marzo 23, 2008

Tigres

Soñé que estaba en la India, en las montañas de la India, en el Himalaya. Estaba ahí haciendo un viaje iniciático que consistía en acompañar a una pequeña manada de tigres que realizaban su viaje migratorio anual hacia el centro de las montañas. Iba yo acompañado por dos o tres personajes, uno de ellos era mi amigo desde la infancia. Cuando comenzamos el viaje estábamos bastante alejados de los tigres ―tigres dorados, rayados, poderosos―.

Mi atuendo era muy básico, consistía en una manta color ladrillo oscuro atada a la cintura o cruzada por un hombro. Nada más. El paisaje era nebuloso y húmedo pero no hacía frío. Todo estaba mojado pero no llovía. Yo era moreno, prieto. Y el color de mi piel ayudaba a ser un tanto invisible en aquella selva. Conforme fuimos avanzando, día tras día, nos íbamos acercando cada vez más a los tigres ―tigres olfativos, tigres curiosos, desconfiados y magníficos―, y éstos se iban familiarizando con nosotros. Avanzábamos en riguroso silencio. Nadie decía ni una sola palabra durante varios días. Comíamos sólo fruta, una especie de dátiles o higos bastante azucarados. El terreno se hacía cada vez más agreste, más selvático, más irregular y teníamos que ayudarnos de las manos para poder seguir caminando, hasta que llegó el punto en que casi gateábamos junto a los tigres ―tigres sigilosos, tersos, enormes tigres fantásticos―. Yo podía sentir el latir de su corazón cuando pasaban junto a mí casi rozándome, podía sentir su incesante jadeo y su mirada que partía en dos la espesura. Mientras pasaban los días y acompañaba a los tigres mi pensamiento se iba aclarando al grado de que todo llegó a parecerme simple y natural. Me fui quedando sin cuestionamientos. En determinado momento uno de los personajes que me acompañaba, mi amigo de la infancia, se acercaba a mí y me hablaba. Entonces un tigre descomunal se lanzaba sobre nosotros rugiendo terriblemente, separándonos y dejándome a mí hecho un ovillo, temblando, sumido profundamente en el pánico. El tigre acercaba su enorme cabeza a mi cuello y olisqueaba pelando los dientes. Yo podía sentir su aliento, su baba, sus colmillos enormes. Miraba temeroso por debajo de mi brazo y veía también la furia en los otros tigres ―tigres malditos, enfermos, terriblemente maravillosos―. El animal enorme gruñía amenazante en mi cuello y yo guardaba todo el silencio posible, todo el respeto posible, toda la quietud posible. El formidable tigre cerraba el hocico y apagaba su furia, daba media vuelta e iba a echarse a unos metros de mí. Yo miraba con recelo a mi amigo de la infancia, reprochándole su insolencia, su desacato. Un rato después, cuando ya estábamos una vez más caminando como animales junto a los tigres, intenté decir algo a mi amigo de la infancia y de mi boca no salieron palabras, salieron gruñidos.

Así, llegamos al santuario de los tigres ―tigres supremos, tigres divinos, tigres omnipotentes―: era una especie de arena circundada por árboles y arbustos; una cazuela poco honda alfombrada por un pasto verde y terso y embrumada por una niebla sutil y tenue. Para llegar al redondel había que escalar una pendiente de lodo, marañas y piedras sueltas; y en la cima, un hombre. Un indio acuclillado, con el mismo atuendo que el mío y de mi mismo color. Me detuvo y me preguntó mirándome fijamente a los ojos:

―Parlas català?

―Sense problema ―contesté yo sin ningún desconcierto.

El indio tomó un cajete y, usando como pincel una ramita horquetada de la punta, comenzó a pintar sobre mi cara unas rayas atigradas. Después de mi rostro rayó mi cuerpo entero haciéndome sentir más animal que nunca; haciéndome sentir casi uno de ellos. Desde esa condición felina pude ver como en el redondel del santuario iban apareciendo varios ciervos inofensivos, débiles ciervos quebradizos. Entonces, los tigres iniciaban el festín: se lanzaban contra el cuello de los ciervos y les desgarraban la piel, los abrían en canal haciendo saltar por los aires las vísceras. Los rasgaban, los mordían, los reventaban. La escena se llenaba de ojos, de desesperados ojos de ciervo agónico, de hocicos de tigre con carne entre los dientes, de rostros felinos ensangrentados, de balidos agónicos de rumiante, de terribles rugidos de tigres ―hermosos tigres asesinos, apocalípticos, sangrientos, fratricidas, bellos y despiadados tigres―. Yo no sentía dolor ni pena. Sólo miraba estremecido y violento. Quería gritar, pero rugía.

En ese momento, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño, devolviéndome a la vigilia.

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