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Mostrando entradas de noviembre, 2008

Funerales Fragoso [fragmento]

El destino de Liborio Garmendía se torció para siempre la madrugada del Sábado de Gloria de una Semana Santa. Él y su esposa, Etelvina Fragoso, habían ido a cenar a la verbena que cada año se organizaba en el pueblo. Desde que salieron de casa, Etelvina, encantada con el olor de las fritangas, sintió el ansia en la boca de su prominente estómago. «Me lo quisiera tragar todo», se confesó a sí misma, y comenzó con tres tamales de hollejo y un atole de cacahuate que compró en el primer puesto. Siguió con dos tostadas de pata, un pozole, una birria y cinco tacos de longaniza mientras caminaban por la calle principal rumbo a los portales.

El ambiente estaba lleno de gente apretujada, puestos de comida y la música de la banda de viento. Al llegar a la esquina de la plaza encontraron el cielo adornado con tiras de papel de colores vivos; la iglesia también estaba adornada con crisantemos y carteles con la palabra de Dios. La pareja se dirigió al templo y, antes de entrar a confesar sus pecado…
hay un indio con lágrimas en los ojos dentro de mis ojos
esbelto y ocre como danza de cielos o de soles
secular y latente como las flores con que a mis muertos venero
subrepticio
siempre oculto bajo mi piel

y me faltan labios para tantos sus besos
me faltan signos para tantos sus credos

hay un indio que se suelta en mis madrugadas
cuando la noche se desabotona la blusa y enseña su luna como si enseñara un pecho
una mancha de jaguar
una gota de tinta.china

indio huasteco que dice lo que digo
atardeciendo mis palabras cuando hablo
lloviznando mis rincones cuando lloro

y no me alcanzan los párpados para tenerlo
no me bastan los versos para nombrarlo

detrás de mis palabras sus pupilas
detrás de sus pupilas los montes
detrás de los montes un valle
en mitad del valle él
con un árbol naciendo de su palma.



Unas por otras [fragmento]

Yo pensaba que esas pendejadas de Dios eran eso mismamente, puras pendejadas. Pero desde que se me comenzó a pudrir la pierna tuve que agarrarme a veinte uñas al manto sagrado de la Virgen de la Buenaventura. De no haber sido por eso, de seguro ya tendría podrido todo el cuerpo. Suerte que ella con sus ojitos retechulos me cuidó tarde a tarde la pierna que poco a poco se me fue poniendo renegrida; si hasta parece que me sobaba quedito con sus manitas santas.

Y todo por el pendejo del Clodomiro Vargas que me pegó un tiro en la pata derecha. Él dice que porque estaba robándome sus vacas, pero yo para qué iba a querer sus pinches vacas si están reflacas, las méndigas. Además, yo tengo mi Cliopatra; esa sí que está rechula, la canija. Todos los días nos da un chingo de litros de leche blanca y fresquita fresquita. El nombre se lo puso mi hija la menor. Ella, como sí fue a la escuela, pues le puso ese nombre, quesque porque fue una mujer de quién sabe dónde chingados que se bañaba con lech…

sobre mi memoria que es piel y sombra

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