enero 15, 2011

México. Duele. México



Hoy México duele. Me duele.
Me ofende, me indigna, me enfurece, pero sobre todo: me duele. Cada día al consultar la prensa nacional e internacional doy de bruces contra esta realidad imposible de comprender, esta realidad que se escapa a mis más sesudas reflexiones. Una pregunta traza líneas en el cielo como estelas de avión, o más bien, como buitre. Asecha: ¿Cómo hemos llegado a esto?
No tengo la menor duda de que un Gobierno que no ofrece ni siquiera las mínimas garantías individuales a sus ciudadanos es un Gobierno fallido. Entiendo, pero no comparto, que declarar la guerra al narco fue la única alternativa que encontró Calderón en su desaforada búsqueda de legitimar su condición presidencial. Una decisión negra. Sin duda. Una decisión equivocada desde cualquier arista de análisis. Calderón llegó a la presidencia con la mitad del país en su contra, después de un proceso electoral plagado de anomalías y, en ese entonces, con una oposición definida y fuerte. Calderón llegó al poder sin causas, renqueante, sin propósitos de estado, sin idea política y sin plataforma de despegue. Algo tenía que hacer. Y lo hizo. A los cuatro vientos. Lo hizo. Declaro a boca.abierta la guerra contra el narco. Buscó legitimarse con esa bandera. Los resultados [sus resultados]: más de 28 mil muertos en cuatro años.
Veintiocho mil.
Muertos.
Niños muertos.
Mujeres muertas.
Adolescentes muertos.
Hombres muertos.
Veintiocho mil.
Habría que aclarar que dicha guerra no atacó [ni ataca] la raíz del problema: ir en busca de los de los productores, manufactureros, lavado de dinero, etcétera; sino sólo las ramas: desplegar e instaurar al ejército en las calles de de varias ciudades mexicanas, agarrarse a balazos.
Sin embargo, obviamente, esta desventura no es sólo causa y competencia de Calderón y su gabinete. Existen otra serie de inferencias que sazonan el caldo donde se cuece la guerra contra el narco. En primerísimo lugar la televisión donde se fomentan explícitamente conductas sociales como la discriminación, el machismo, la xenofobia, el complejo de raza, la violencia sexual; la televisión que construye modelos éticos y estéticos, pseudo.líderes de opinión, pseudo.líderes morales, pseudo.artistas; después la educación pública lastimada, empobrecida, derrengada; y la educación privada empeñada en fomentar el modelo neoliberal; y los miserables sueldos en el aparato burocrático; y las relaciones obrero-patronales abusivas, ventajosas; los presupuestos inverosímiles otorgados a los partidos políticos, a los diputados, senadores, gobernadores, presidentes municipales; los altos índices de personas con apenas la primaria terminada, o la secundaria, o los primeros semestres de bachilleres; la pésima distribución de la riqueza; la paulatina pero sistemática desaparición de la clase media; los altísimos índices de pobreza y sus estragos en la urdimbre social; el abuso de poder; los compadrazgos, nepotismos, amiguismos, palancas, el cheque por debajo del agua, la camiseta, la torta, la despensa, la botella de Buchanan’s para mi gran amigo el Comandante; la corrupción como idiosincrasia, en todos los ámbitos y en todos los niveles; la extorsión; la explotación; la tergiversación de las noticias en los noticiarios, la omisión de datos, la información sesgada, tendenciosa, desleal.
En esta realidad social el narco ha encontrado cobijo, arropo y clandestinidad, se ha integrado: El narco y toda su complejidad interactuando en esta otra complejidad que es la realidad mexicana.
Ante la falta de empleo el narco ofrece empleo; ante la falta de justicia el narco ofrece justicia; ante la falta de oportunidades el narco ofrece oportunidades, ciertamente inmediatas y apetecibles [la promesa de pasar de un brinco de la pobreza a la riqueza, del hambre a la abundancia, de una condición anodina al prestigio, del anonimato al poder], pero falaces.
El narco compra policías, vende drogas, compra armas, vende gobernadores, compra diputados, familias, ranchos, aviones, barcos, submarinos. El narco ha construido un imaginario real o un real imaginario donde se autodenomina indestructible, poderoso y, lo peor, ejemplar. A tal grado que hoy muchos niños juegan a ser sicarios, muchos jóvenes aspiran a la fama, y el narco la da; porque ser narco es ser duro, macho, chingón, el que todo puede, el que no se acobarda, al que la vida le importa un pito y se emborracha y se mete hasta los dedos y aguanta y no cae. No se rinde. No se raja.
Lo narco como causa.
Lo narco como valor.
Ser mexicano. Ser patriota. Ser narco.
Pegar de gritos el 16 de septiembre y exaltar el espíritu bravo e independentista convencidos de que ser mexicano es eso, precisamente, exactamente. No lo otro. No el pensamiento crítico. No la búsqueda de justicia. No el análisis. No la solidaridad. No la opinión.
El narco construye toda una apología sobre las virtudes de los nuevos héroes, invitando a los jóvenes a participar pese a saber que dentro del negocio del narco es difícil vivir más de seis o siete años. Luego la muerte [por otros cárteles o la policía o el ejército o el cártel propio], o la prisión [quizá más violenta, impune, injusta y compleja que la libertad]. Con todo y eso se afilian, ya que la promesa de poder es mejor que nada, y de este lado no hay nada: Ni trabajo, ni bienestar, ni seguridad, ni justicia, ni credibilidad, ni techo, ni pan. De este lado hay miseria y corrupción. Impunidad. Ejecuciones. Dolor. Abuso. Miedo.
Agrego a este caldo lamentable un ingrediente más: esta suerte de normalización de la violencia tanto en las instituciones como en la sociedad civil.
Me explico: Debido a la cantidad de muertes, las desquiciantes atrocidades cometidas por los cárteles, los cientos de escenas violentas trasmitidas por televisión, la cantidad de notas, cifras, números, noticias, masacres, decapitaciones, secuestros, levantamientos, enterramientos, tiros de gracia, etcétera, se ha creado en el individuo de a píe una especie de pensamiento lógico donde, partiendo de que la realidad está infectada con el narco, la violencia parece normal, la muerte con violencia parece normal, como fumarse un cigarrillo, o ir al baño, o dar de merendar a los niños. Temas y nombres como los Beltrán Leyva, las Cuerno de chivo, La Familia, el Cártel del Golfo, los sicarios, el Cártel de Juárez, las decapitaciones, Los Negros, el Cártel de Sinaloa, el Cártel de Tijuana, Los Zetas, los escuchamos en nuestro cotidiano cada vez con más naturalidad. Cierto es que si nuestro cerebro no utilizara este sistema de defensa, viviríamos en el horror inmediato, constante, y hasta la locura. Aún así, el último informe de la OMS respecto a la realidad mexicana manifiesta un incremento del 20% de casos que asisten al psicólogo por terror social.
Por parte de las instituciones, en cambio, la normalización de la violencia responde a intereses más oscuros. El Gobierno de Calderón se empeña, hasta el extremo de lo patético o de lo impío, en dar una imagen de fuerza y consistencia, de bienestar; y sobre todo, de difundir un mensaje triunfalista donde ésta, su guerra contra el narco, ha valido pena. Las cifras, sin embargo, dicen lo contrario: veintiocho mil muertos.
Repito: veintiocho mil.
Lo cierto es que hoy México está considerado por la comunidad internacional uno de los primeros países mas violentos y peligrosos del planeta y el más impune: 95% de los casos sin investigación y sin castigo.
Repito: 95% de los casos sin investigación y sin castigo.
¿Y las viudas? ¿Y los huérfanos? ¿Y las madres? ¿Qué condiciones psicológicas, emotivas y sociales generan estas pérdidas? ¿Cuál es el radio traumático y oscuro que genera un muerto, un ejecutado, un acribillado? ¿Por cuánto hay que multiplicar el número de víctimas para obtener el número de afectados? Por tres, es decir ochenta y cuatro mil; por cinco, es decir ciento cuarenta mil. ¿Cómo repercute socialmente este triste nuevo colectivo social llamado: familiares de las víctimas? ¿Y el Estado? ¿Ofrece atención psicológica, programas de reinserción social, orientación legal, jurisprudencia? ¿Ofrece justicia? ¿Cumple con su deber? ¿Qué hace el Estado para atenderlos? Esta última es la única pregunta que desgraciadamente soy capaz de responder: nada.
A pesar de todo, sobre esta realidad devastadora sobrevuela en mí una idea más limpia: México. Con todos sus significados y desde todas sus aristas. Aquel México nuestro, el de antes, el real. Aquel México indígena, mestizo y criollo, de mujeres fuertes, de latidos, de colibríes que aún se atreven a cruzar su cielo. Aquel México de güeras y morenas y coloradas y cenizas y prietas. La esencia de México descansando en las banquetas de sus ciudades y en los tejados de sus pueblos; en las montañas lacandonas donde es fácil perder la mirada y el aliento; en el desierto de Sonora de antes, no el cementerio de ahora; en el descanso migratorio de las ballenas del pacífico; en Teotihuacan y Mitla y Palenque; en el rito festivo del Día de Muertos, no en los muertos de ahora; en los globeros que llenan de colores el bosque de Chapultepec los domingos; en los muros de sus universidades. La esencia de México en los tacos de canasta, la machaca, el chileatole, la carne de puerco con verdolagas; en sus cantinas y sus mercados; en los corridos de José Alfredo donde la vida se entregaba por amor, no por poder como ahora; en su música hispánica, prehispánica, folclórica, étnica, contemporánea; en cientos y cientos de figuras que han dicho de México con su obra, Paz, Rulfo, Villaurrutia, Chumacero, Monsivais, Sabines, Reyes; o Remedios Varo, Frida, Diego, Orozco, Rivera, Siqueiros; o Tin Tan, Cantinflas, el Indio Fernández, Lupita Tovar, Agustín Lara, Pedro Infante; o Iñárritu, Arriaga, Reigadas, Ripstein; o Lila Downs, Café Tacvba, Alex Lora, el Buki, Chavela Vargas, Guillermo Velázquez. Pero sobre todo, la esencia de México en las manos de la señora que vende tamales en la esquina de Rafael Rebollar y Benjamín Franklin; en los pasos de los maestros rurales que caminan monte.arriba para enseñar a los niños de México a leer, escribir y entender el mundo; en las mujeres de todas las clases que se revelan ante el machismos y la discriminación; en los gays y lesbianas que levantan la cara sin vergüenza; en la Chaparrita luchona que mantiene su puesto de quesadillas en la Candelaria; en los dedos del mariachi que toca el tololoche en la Plaza Garibaldi o en el zócalo de Cuernavaca. La esencia de México en el Norte, el Bajío, el Altiplano, las Huastecas, el Sureste; aquel México nuestro de son, de rock, de cumbia, de blues, de trova, de pop, de huapango, de rancheras y rancheros y petates y chicharras y jumiles y chinicuiles y nixtamal y quexquémetl. Aquel México que nos forma, nos crea y, por lo tanto, nos define.
No el terror, ni las balas, ni la cocaína, ni las cuerno de chivo. No los tigres siberianos. No el machismo disfrazado de patriotismo. No la intolerancia disfrazada de patriotismo. No la falsa identidad disfrazada de patriotismo. Aquel México real, que cura, que da la mano. No este México que duele.

Publicado en El Viejo Topo. España y Nuestra Aparente Rendición. España.


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