abril 23, 2012

gotas.de.mercurio [próximamente]

El bicho sintió mi presencia y enderezó la cabeza. Siempre he creído, sinceramente, que los gatos son los peores animales del mundo; éste que tenía delante, me miró con sus pupilas verticales y tuve la sensación de que con él ahí, echado sobre la maleta en mitad de la habitación, vigilando, era imposible siquiera dar un paso más allá del umbral.


abril 17, 2012

gotas.de.mercurio [próximamente]

Sin escucharme, Silvana sacó un puño de billetes arrugados y los puso en mi mano; dejó en mis mejillas dos besos tan convencionales que me pareció una mujer vulgar; después se giró y desapareció escaleras abajo.
Usaba el pelo muy corto.
Pude mirar su nuca.

abril 15, 2012

gotas.de.mercurio [próximamente]

La conocí unas semanas atrás pero a veces siento que la conozco desde hace años [pisando el asfalto de otras calles, sintiendo la sombra de otros árboles]. Llegó de noche, sola, jalando una maleta, con una cámara fotográfica colgando al cuello y cargando un gato. Supe su nombre inmediatamente después de verla:
―Soy Silvana ―dijo―, vengo a ver la habitación que alquilas.



abril 13, 2012

El próximo viernes 20, a las 20h. En Casa Amèrica Catalunya, lectura dramatizada:


Mastroianni y el gas

Mastroianni y el gas, del dramaturgo argentino Gabriel Cosoy, explica, entre el humor y la crítica, la rebelión de un idealista ante la imposibilidad de instalar un museo dedicado al actor Marcello Mastroianni en un cine abandonado. Dirección escénica de Edson Lechuga, escritor mexicano. Presentación con el autor, Gabriel Cosoy.
Gabriel Cosoy se miembro del Comité Académico del profesorado de teatro de la Universidad Autónoma de Entre Ríos y asesor de dirección en el Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires.
Día / HORA:
20/04/2012, 20:00 H
Lugar:
Casa Amèrica Catalunya
C/Córsega 299. Barcelona.

abril 12, 2012

gotas.de.mercurio [próximamente]

En la nuca de Silvana caben todos los besos,
los míos,
los que no he dado.
Aquellos que he madurado en mis labios y he protegido con minúsculos caparazones de insecto.
Aquellos que he guardado bajo la espiral de la voz, bajo el gesto milenario de la sonrisa.

abril 07, 2012

soledad.piedra I

I

sobre el mapa recorres con el índice la carretera que une a oaxaca con puerto escondido en busca de un nombre que te dé noticia de su nombre. fallas. erras. te equivocas. la trayectoria de tu dedo sobre el papel te lleva a su piel. te preguntas cuántas veces vagó tu yema por sus pechos, por su vientre, por su pelvis. cuántas fronteras trazó. cuántas carreteras inventaste para unir sus pezones a su ombligo. el mapa de su piel se impone sobre el mapa que toca tu yema aquí, a muchas ciudades de distancia, rodeado de un paisaje opuesto, contradictorio al suyo. te gustaría saber cuántos pueblos se interponen entre su voz y tu voz pero, pese a que tienes el mapa debajo de tu palma, no lo revisas. su recuerdo pesa. piensas en los límites de su piel y la tuya cuando sus cuerpos estuvieron juntos. aquella finísima línea que une y separa, que indica dónde terminas tú, dónde comienza lo otro; y lo otro, entonces, era ella. toda: ocupando el espacio inmediato a tus lindes, frente a ti, encima de ti, alrededor de ti. piensas en sus orillas, agudas, innatas, constituyentes. experimentas un deseo casi hiriente de vivir en la frontera muchos años hasta volverte fronterizo, como ella: entre aquí y allá, en mitad de esto y lo otro, sujetando una cosa con una mano y otra con la otra. limítrofe como ella:

mujer.mitad,

mujer.puente,

mujer.frontera.

vuelves al mapa, ella te ha dicho que firmará su próxima novela con un pseudónimo que corresponde a un pueblo de esa geografía: «no firmaré con mi nombre», dijo tirada sobre la cama, desnuda, fumando, «usaré el de un pueblo que se encuentra entre oaxaca y puerto escondido». supiste que era un juego. supiste que lo que ella pretendía era que tú adivinaras el pueblo para corroborar que el azar estaba a favor de esa anomalía que estaba creciéndoles dentro. por el rabillo del ojo la viste soltar una bocanada grande de humo. su cuerpo rozaba tu cuerpo. su cuerpo era el límite de tu cuerpo. «me gustaría adivinar cuál es», dijiste y mezclaste el humo de tu boca con el humo de la suya, «pero si acierto…». «si aciertas», te interrumpió, «no te dejaré ir jamás».

acertaste.

lo malo fue que lo hiciste días después.

lejos ya de ella.

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