junio 21, 2013

el eco de lo blanco está en lo negro y al revés


huir hacia otra mentira


La Jornada :: 2012

gotas.de.mercurio, título de la novela más reciente del narrador.

Exploro el dolor del traidor, porque el traicionado no sufre hasta que se entera: Edson Lechuga

Por Carlos Paul
El intento de huir, la fuga fracasada, lo inasible del pasado, la conciencia de la traición amorosa y la exploración del proceso creativo son temas centrales de gotas.de.mercurio, la novela más reciente del escritor Edson Lechuga.
Coeditada por los sellos Montesinos y Colofón, el volumen –que anoche fue presentado en la Universidad del Claustro de Sor Juana– adentra al lector en la vida de Sergio Bretón, personaje atormentado por su remoto e inmediato pasado, que intenta romper un profundo y complejo círculo vicioso mediante múltiples huidas.
Bretón sabe bien que si no se ocupa uno de arreglar las cosas, éstas no se van a solucionar con el tiempo ni con la distancia.
Tratar de escapar de la desgracia es lo que guiará el descenso del protagonista a los infiernos de la adicción, la culpa y la traición. Un infierno que lo mismo es una habitación de hotel, un cuarto de azotea, un departamento compartido o la tan añorada y monstruosa ciudad.
El libro gotas.de.mercurio es la cruda confesión de la deslealtad fraterna y el testimonio de su tendencia suicida a los triángulos amorosos, en el que las distintas mujeres son la misma mujer que como todos los personajes de esta novela pide a gritos ser salvada.
Bretón, frente a su pasado, se da cuenta de que hay hábitos, formas y maneras que no se trascienden nunca, que sigue siendo el mismo, pese a tratar de convencerse de que es otro. De ahí un verso de Octavio Paz, que sirve de epígrafe y leitmotiv a lo largo de la historia: Soy otro cuando soy.
El acontecimiento que marca ese círculo vicioso ocurre cuando de muy joven su novia enseña a Sergio que el pudor no sirve para nada. Se cachondean, besan y manosean y él tiene su iniciación sexual con Elisa.
Ahí empiezan sus dicoto-mías y su conciencia de ser un traidor. Por un lado quiere estar con la chica a la que ama, quien representa la pureza y, por otro, es atraído por su cuñada, una irreverente, carnal y sensual. Ese es el patrón que repetirá el protagonista una y otra y otra vez, en diferentes circunstancias y personajes, comenta el narrador a La Jornada.
Influencia de Huidobro y Vallejo
Para Edson Lechuga, el libro gotas.de.mercurio “trata del dolor del traidor, porque el traicionado no sufre hasta que se entera, si es que eso ocurre, pero el traidor carga con la conciencia y el remordimiento y tiene que apechugar las consecuencias, sean las que fueren”.
Escribir esta historia, explica el autor, le llevó dos años. “Fue un trabajo de orfebrería, pues siempre he considerado que en una novela todo significa, no solamente los personajes y los ambientes, sino cada palabra, cada oración y calificativo, cada fonema, cada coma, punto y parte.
Por ello, cada grafo que forma parte de la novela ha sido pensado, al considerar que nuestro idioma español es un lenguaje muy rico, específico, profundo y agudo, porque es capaz de llegar a sitios precisos con agudeza quirúrgica.
Escribirla, reconoce, fue desollarme y desollar el pasado, la realidad y sus circunstancias.
En ese sentido, añade, coincido con Vicente Huidrobo: la imagen evocada construida con palabras, puede ser más importante que la imagen real que no está construida con palabras. Huidrobo me enseñó que son posibles las cosas imposibles a través de la palabra.
Edson Lechuga (Pahuatlán, Puebla, 1970) tiene una hija y cuatro libros publicados: Llovizna, Elefantes y papalotes, Luz de luciérnagas y El canto de los búhos. De sí mismo apunta: Prefiero la duda a la certeza, lo sutil a lo concreto, la posibilidad al hecho, el mito a la leyenda, la lluvia de otoño al sol de verano, el pecado a la pureza, las cosas pequeñas a las grandes, las diablas a los dioses, la izquierda a la derecha y la literatura a la realidad; y dos de los autores que me han atravesado el costillar es Huidrobo y César Vallejo.

Los mejores libros de 2010. El Economista

http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2010/12/21/mejores-libros-2010





1. Sukkwan Island (Alfabia)
Esta novela hizo a David Vann acreedor del pretigioso Premio Médicis 2010. Sukwwan Island es una de las novelas más poderosas y agridulces que se han escrito desde La carretera de Cormac McCarthy: no en vano se le ha adjudicado a Vann el epítome de ser su heredero. Un padre decide llevarse a su hijo de 13 años a una isla en donde vivirán un año con apenas lo necesario para sobrevivir: una hacha para cortar leña, un arpón para pescar, y una pistola y un rifle para cazar animales y matar a los osos que acechen su cabaña. A partir de ese argumento, Vann hilvana los temas de la muerte, el suicidio, el aislamiento, la obsesión, la ceguera, el absurdo, la impertinencia y la animalidad, con una prosa superior: efectiva, ligera y mordaz.

2. Blanco nocturno (Anagrama)
Ricardo Piglia se tomó más de una década para publicar una nueva novela. Y es que después de escribir La ciudad ausente o Respiración artificial las exigencias y expectativas en torno de la obra del autor son mayores. Blanco nocturno confirma a Piglia como una de las voces más necesarias, agudas y deliciosas de la literatura escrita en español. El argumento de la novela parte de un crimen en donde lo más importante no es encontrar al asesino sino advertir las consecuencias del mismo. Una novela que es mucho más que su anécdota y adquiere el rango de símbolo a partir de la literatura misma: la mirada depurada del si mismo y la lentitud inherente a lo realidad son sus vectores de lectura. Es además una estación de la literatura latinoamericana subsecuente a la utopía del Boom y al desencanto bolañiano.

3. Infecciosa (Mondadori)
En sintonía con Piglia, Sergio González Rodríguez es otro de los escritores que hace emerger de la literatura los senderos más inesperados para entender la realidad: a partir de la fábula, la imaginación y el lenguaje. Infecciosa es una novela sorprendente y confusa que exige un lector no atento sino advertido, un lector que no solo lee sino interactúa con el ambiente turbio que se propone: la experiencia vertiginosa que ofrecen las pantallas,la ingravidez de los escenarios virtuales e imaginados y la conciencia de aceleración en un mundo en el cual la experiencia del viaje es la experiencia vital por excelencia: el viaje personal y privado que sin embargo y necesariamente atraviesa el espacio virtual en tiempo real y de forma pública.

4. Los muertos (Mondadori)
Cuando parece que ya todo se ha experimentado en cuestión literaria, hay escritores que confirman que al mismo tiempo que se puede ser novedoso y radical también se puede crear una narrativa sólida. En España, la generación afterpop es de lo más nuevo y sólido que hay en la narrativa que se escribe en español, uno de los escritores que se ubica en este grupo es Jorge Carrión, quien con Los muertos debuta como novelista con una obra que reúne genialidad, frescura y entretención. En la anécdota de esta novela, "Los muertos" es una serie televisiva de la cadena Fox, en la cual "reaparecen" personajes del pasado pero con diferentes nombres: desde Lady Macbeth hasta Roy Batty de Blade Runner. La serie se convierte en un fenómeno es escala internacional, pues se una de las polémicas es considerar la "vida" de los personajes de ficción. Una novela breve pero contundente, divertida y mundana; fundacional.

5. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (Anagrama)
Una imagen como la que sugiere dicho título escrita en los 40 solo podía ser atribuible a unos desadaptados. Si pensamos en genios literarios de este tipo los encontramos en los beatniks, y en sus figuras fundamentales: Jack Kerouac y William Burroughs. Antes de que escribieran sus novelas más importantes (En el camino y El almuerzo desnudo), la pareja de escritores decidió contar a cuatro manos una historia que les fue muy cercana: ocurrió en el Nueva York aún bohemio de los 40, en el que maduraron al amparo de los bares, suburbios y departamentos de segunda, cuando un amigo suyo, Lucien Carr asesinó a otro de la pandilla, David Kammerer que estaba enamorado de Carr. En esta novela primeriza ya descollan tanto la prosa intempestiva de Burroughs y el estilo elegante y acabado de Kerouac.

6. La prueba del ácido (Tusquets)
No en vano a Élmer Mendoza se le considera insignia de ese género inventado que la crítica tiene a bien llamar "narcoliteratura". Más allá de esta reducción, Mendoza se ha promulgado como un escritor del lenguaje y del estilo. Pero en su narrativa el estilo y el fondo son una misma cosa, podrían ser llamadas mendozinas, pero eso suena muy argentino. La prueba del ácido es quizá la mejor novela del sinaloense, en la cual retoma a su detective antiheroico, el Zurdo Mendieta, y parte del código realista para ir más allá de la mera sugerencia a un estado en donde el crimen, la impunidad y la corrupción son el pan de cada día: alcanza los límites reales en torno de la política, la empresa y el narco, la injerencia del gobierno estadounidense en el país llamado México y el desarraigo fronterizo de una sociedad confundida, consternada y descreída.

7. Hotel DF (Mondadori)
Guillermo Fadanelli concede muy pocas entrevistas, tal vez porque le choca que los periodistas no lean sus libros y le pregunten lugares comunes. Motivo suficiente para detenerse y no ansiar la entrevista vacía, sobre todo si en el plano de los escritores mexicanos consagrados, cuyo largo historial arroja las adaptaciones más dóciles al poder gerencial, Fadanelli es de lo menos común en nuestra literatura. En Hotel DF, el autor hace copio de toda su virulencia y viscosidad para entregar una novela ubicua cuyo discurso rector es mostrar la corrosión de una sociedad entera, a partir de un motivo simbólico elocuente por su impronta de engaño, misterio y provocación: un hotel, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México, núcleo de una red inabarcable e irreductible de intereses, negocios e intercambios ilegales y demás corruptelas.

8. El don de la vida (Alfaguara)
En la misma línea del estilo que lo hizo grande con novelas como El desbarrancadero o La virgen de los sicarios, en su más reciente novela El don de la vida, el escritor colombiano nacionalizado mexicano Fernando Vallejo organiza un relato ácido, crudo y violento en primera persona para contar unas horas en las que un viejo hace un repaso arqueológico de sus muertos. Contabiliza 757, mientras despotrica, como Vallejo, contra a todo aquello que merezca la pena despotricar: casi todo, excepto el lenguaje y la belleza. La de Vallejo es una voz necesaria porque escandaliza, polemiza y podemos estar de acuerdo o no pero nos hace pensar, y tan solo con la palabra es capaz de agitar nuestros intestinos.

9. Dublinesca (Seix-Barral)
Dublinesca es una de las novelas más genuinas y honestas del escritor catalán, Enrique Vila Matas con esta obra construye un aparato literario, cuya lectura se siente como si fuera una lectura tecnológica. Esa sensación que no es cosa menor y es un logro del estilo manifiesta la intención de Vila Matas: ofrecer una reflexión sobre la lectura, la escritura y sus soportes justo cuando nos ubicamos en el tránsito que supone lo que él llama la era Gutemberg a la era digital. Su personaje es un editor fracasado de apellido Riba que quiere realizar un ritual justamente el 16 de junio, el Bloomsday, día en que transcurre la novela vanguardista por excelencia y que es justamente un juego con el tiempo: Ulises, de James Joyce. Riba transita por un patetismo del tipo danteso, que en este inicio de siglo se intensifica porque el hombre se siente amenazado por el fin de los tiempos, y cobardemente busca en este liberarse de toda culpa.


Lista de honor

El Tercer Reich, de Roberto Bolaño (Anagrama) Verano, de Coetzee (Mondadori) Snuff, de Chuck Palahniuk (Mondadori) El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán (Mondadori) Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos (Anagrama) Agosto, octubre, de Andrés Barba (Anagrama) Luz de luciérnagas, de Edson Lechuga (Montesinos) Missing (una investigación), de Alberto Fuguet (Alfaguara) El inventor de palabras, de Gerard Donovan (Tusquets) El caso Kurílov, de Irene Nemirovsky (Salamadra)
Decepciones: los premios

Libro de cuentos del año:
La marrana negra de la literatura rosa, de Carlos Velázquez (Sexto Piso)


Biografía del año

Memorias de un Rolling Stone, de Ron Wood (Global Rhythm)

Noticias MEXBCN

Edson Lechuga recorda el Terratrèmol del 85

ENTREVISTA A L'AUTOR DE LUZ DE LUCIÉRNAGAS


L'escriptor Edson Lechuga viu actualment a Barcelona i ha publicat fa poc el seu darrer llibre, Luz de Luciérnagas, on experimenta amb la ficció al voltant del sisme del setembre de 1985 a Mèxic. Li hem fet una petita entrevista per a que ens expliqui els seus records i sensacions.

El día del terremoto tenías 15 años ¿qué recuerdos tienes, y qué se plasma en la obra de ello?
Pese a que tenía sólo 15 años y pese a que no estaba en DF los recuerdos que guardo de terremoto son tan nítidos como los de la semana pasada. Creo, es más, que muchos mexicanos hemos mantenido el recuerdo de la tragedia a flor de piel. Y supongo que lo hemos mantenido así por falta de duelo, por ausencia de funeral. El terremoto del 85 es una desgracia sin luto. Un cuerpo que no aparece nunca y al que no se le puede velar. Luz de luciérnagas intenta plasmar esta sensación, este estado de ánimo. No sólo el hecho, plano, anecdótico, sino la forma en que este acontecimiento se fue enraizando en el inconciente colectivo dejando cicatrices imborrables.

No hay literatura de este acontecimiento. Quizás aún es traumático hablar del sismo.
Ciertamente pocos textos existen sobre el tema. Al menos pocos de ficción, pocas o ninguna novela. No así crónicas o ensayos. Poniatowska, Monsiváis o recientemente Ignacio Padilla han abordado el tema desde un punto de vista ensayístico.  Supongo que narrativa no se ha hecho debido a que fue un acontecimiento muy traumático y donde los culpables no tuvieron rostro, al menos al principio. Quiero decir que la devastación fue provocada por un fenómeno natural y no humano, por lo tanto inevitable, ineludible, inexorable. O al menos de esa manera el individuo se lo explica. Un huracán, un tsunami, una erupción volcánica caen en el pensamiento colectivo como símbolos del destino. Y ante el destino no hay nada qué hacer. No hay injusticia. No hay causa. Las causas tuvieron que venir posteriormente, ante la ineficacia del gobierno, ante su ineptitud. Sin embargo estas causas no fueron capaces de paliar nuestro duelo, tan es así que hoy por hoy hablar del terremoto provoca silencios hondos, y, me consta, algunas lágrimas.

¿Venir a Barcelona fue una vía de escape? Y si lo fue, ¿de qué escapabas?
Primero me gustaría aclarar que yo no soy Germán Canseco, el personaje de mi novela. Si bien es cierto que existen muchas coincidencias [los pueblos, barrios y ciudades donde hemos vivido, ciertas concepciones estéticas y éticas, la ruta de nuestras vidas], hay varios puntos también en los que somos más bien antagónicos [nuestra cosmovisión, la manera de relacionarnos con los demás, la forma de llevar la amistad, el amor, la duda, pero sobre todo el pasado y la ruptura de este], por lo tanto Germán Canseco huyó del DF por ciertas causas y yo, Edson Lechuga, por otras completamente diferentes. Las de Canseco son sus muertos, o más bien su muerta. Las mías, la intención de desarrollar, de continuar mi formación como escritor. En México el nepotismo ha creado un cuello de botella por el que es casi imposible colarse. Las élites intelectuales y pseudo-intelectuales se cierran en sí mismas, se solapan, se mantiene unas a otras, unos a otros. Yo quería, necesitaba continuar con mi formación, con mi búsqueda. Por eso vine. De eso huía. «¿A qué vas a Barcelona?», recuerdo que me preguntó mi novia de entonces. Sin dudar, sin pensar respondí: «A escribir novelas».

En México DF muchos tenemos la sensación que estamos en una ciudad en permanente derrumbe. El hundimiento, las hendiduras, la fragilidad. Lo inestable. Metáfora también de un espacio social y político. ¿Qué es para ti México DF?
Un nido de gatos. Una luz. Un sitio sin sentido. Un imán. Mi razón de ser. Mi ombligo. Un conflicto entre el monte y el asfalto. La ciudad más hermosa del mundo y la más hija de puta. México es una contradicción: por un lado es un espacio de dolor, de constante dolor, de soborno, de deudas, de corrupción, de vicio, de impunidad, de abuso, de injusticia, de mal gobierno, de nepotismos, de racismo, de machismo, de clasismo; y por la otra, es un lugar de sol, de luminosidad, de manos tendidas, de canciones rancheras, de sonrisas, de colectividad, de fraternidad, de comida caliente, de mujeres fuertes, dignas. México es un lugar al que no se puede renunciar. Jamás.

¿Está teniendo buena acogida el libro? ¿Aquí? ¿En México?
Afortunadamente Luz de luciérnagas está pasando de ser un ejercicio individual, es decir, del autor, a convertirse en una experiencia colectiva, es decir de los lectores. Me refiero a que la acogida tanto aquí como allá ha sido extraordinaria y sorprendente. Decenas de personas se han sumado a este ejercicio llamado Luz de luciérnagas y lo han llevado, traído, hablado de él, analizado, recomendado, regalado sin una razón aparente más que la obra misma. He recibido muchos e-mails de personas desconocidas [en la solapa del libro aparece mi dirección] dándome sus opiniones, felicitando y/o agradeciendo. Todos, sin excepción son respondidos.

Háblanos de tu vida en Barcelona. Te sientes después de ocho años un catalán más?
Debo decir que España, y Cataluña en particular, y Barcelona en particular, ha sido un espacio muy importante en mi formación profesional y en mi construcción como individuo. La realidad que me rodea aquí poco o nada tiene que ver con la de allá, en todos los sentidos y en todos los niveles. Sin embargo, sigo teniendo la sensación de ser ajeno, pese a que me nuevo en esta ciudad como en mi casa, pese a que aquí tengo grandes amistades, relaciones, trabajo, vida social, pese a que aquí está mi agente literario, mi editor, pese a que he participado en grandes proyectos de esta ciudad, para esta ciudad, sigo teniendo la sensación de ser ajeno. Y no me refiero a estar de paso, no me refiero a vivir de una manera pasajera, sino a una emoción, a una anomalía que nada tiene que ver ni con la integración ni con la extranjería. No se trata de las diferencias culturales, ni lo hábitos, ni las formas. En ese sentido soy uno más. De lo que hablo es de un estremecimiento, una sensación de ajenidad. Afortunadamente esta sensación no ha sido capaz de hacerme ir. Sólo, y en momentos muy determinados, provoca que me sienta sesgado. De cualquier manera Barcelona es una ciudad de la no me quiero ir. La quiero, sin ruido, sin escombros, nítidamente.

En La Jornada



No hay porqué negar lo que somos, menos en un ejercicio artístico, considera el autor
En Llovizna, Edson Lechuga pone en práctica la honestidad de la literatura.
 
En su libro más reciente, el autor indaga en los sentimientos menos prestigiosos de las personas


Ángel Vargas

Domingo 18 de septiembre de 2011


Hacer literatura es un ejercicio de honestidad, de ser capaz de desnudar esas cosas que a nadie le gustan de sí mismo, sostiene Edson Lechuga, quien después de publicar sendos libros de poesía y novela, da a conocer ahora uno de cuento, con el título de Llovizna.
Ser honesto, en literatura, implica serlo incluso en la mentira, aceptar cuando uno miente, sin ningún menosprecio, ni desprecio; colocar los sentimientos, las emociones, las ideas exactamente con la misma puntuación, tratarlas con la misma neutralidad, señala.
No hay porqué negar lo que somos, menos en un ejercicio literario, artístico. Pienso en la música: si una melodía pide ser tocada con rabia, así debe hacerse. Perderíamos mucho si el arte se ejecutara desde el amor de las telenovelas, esa visión de la vida que tratan de imponernos sobre lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello.
Una de las principales búsquedas del autor poblano, según puntualiza en entrevista, consiste precisamente en confrontar esa perspectiva idílica planteada por los medios audiovisuales y proponer una lectura más acorde con la naturaleza humana, en la que tengan cabida los claroscuros y las contradicciones.
Ojalá que mi escritura pueda ser un ejercicio a contracorriente. Creo que nuestros gustos y apetencias están muy sesgados y manipulados por la infame televisión. Es importante levantar el dedo y dar un punto de vista diferente, subraya.
“La doble moral que pregona la televisión no es la única forma de enfrentarnos al mundo: la mujer no sólo tiene que ser tetona y nalgona, estar buenísima y sonreír tontamente; el hombre no es sólo el proveedor; no tenemos que tener los mismos sentimientos, ni ser únicamente buenos o malos.
Estoy en contra de ese reduccionismo; somos mucho más que TV Azteca y Televisa; ocurre que hay una suerte de alineación y alienación de catalogarnos a partir de lo bueno y lo malo, lo feliz y lo triste, cuando cada uno de nosotros encierra infinidad de significados.
Lo anterior explica por qué para Edson Lechuga es muy importante que sus personajes, por lo menos los de su libro Llovizna, muestren y cuestionen más asuntos éticos que estéticos: Me gustan más las personas que voy conociendo por su ética que por su estética. La televisión dice que lo más importante es la estética, y tiene prisa. La literatura muestra que lo más importante es la ética, y no tiene prisa.
Sobre este nuevo volumen de cuentos, coeditado por Colofón y Montesinos, el cual reúne 13 relatos escritos en el decenio más reciente, el autor precisa que en él buscó indagar en los sentimientos menos prestigiosos de los seres humanos.
Me molesta un poco la arrogancia del amor, esa idea que nos ha vendido la televisión de que tenemos que ir en su búsqueda, que es la finalidad de todo. Yo no lo creo, es un estado transitorio, al igual que las demás emociones; no es un fin, sino un medio por el cual se pasa, lo mismo que ocurre con los celos, el desdén, la soledad, el miedo, la lujuria, abunda.
Predilecciones, predisposiciones
“No debemos olvidar que estamos compuestos de miserias y grandezas. Instalarnos en una cosa de éstas necesariamente se vuelve antinatural, ya sean los celos o el amor. Llovizna intenta no una reinvindicación, sino un ejercicio de empatía hacia personas que viven circunstancias y provocan emociones muy poco prestigiosas, ocultas. En el libro hay historias de soledad, de amor y seudotraición, de remordimiento y traición explícita, de dolor y muerte.”
Cuando se le pregunta en cuál género literario se siente más a gusto, si en la poesía, el cuento o la novela, Edson Lechuga responde que no tiene predilección o predisposición especial por alguno, que es un escritor a secas, a quien lo que le interesa es la escritura en cualquiera de sus formas, relacionarse con lo real a partir de la ficción.
Asegura, además, que la literatura es un asunto de incomodidades, por ser un ejercicio más de dudas que de certezas, como ha podido comprobar en los tres géneros literarios que cultiva.
La novela, define, es su esposa, el cuento la amante y la poesía el deseo o el amor platónico: Entiendo que la novela es una relación marido-mujer, larga, con subes y bajas, tensiones y distensiones, lunas de miel, una relación de intereses comunes, de muchos años, en la que te mandas al diablo y luego te reconcilias; el relato es un fin de semana con alguien que recién conoces, un proceso de enamoramiento en el que no hay tiempo de que aparezcan los defectos del otro y se queda en algo bonito, y la poesía es sólo evocación, lo que pudo haber sido y no fue.

La Fábrica de Mitos Urbanos

http://www.fabricademitos.com/la-verdad-desnuda-es-esta-mentira-sobre-gotas-de-mercurio-de-edson-lechuga/

 

"La verdad desnuda es esta mentira": sobre gotas.de.mercurio, de Edson Lechuga. Por La niña fonema



Vamos a toda velocidad, a toda risa y a toda prisa comiendo helado dentro del cochecito en el que navegamos avenida Universidad. Entonces digo: no sabes lo que me acaba de pasar. Saco el libro de la bolsa. Y leo:
En la nuca de Silvana caben todos los besos,
los míos,
los que no he dado.
Aquellos que he madurado en mis labios y he protegido con minúsculos caparazones de insecto.
Aquellos que he guardado bajo la espiral de la voz, bajo el gesto milenario de la sonrisa. Los que no sé dar, los que resisto, los que resguardo, los que protejo de la tala de otras bocas líquidas y cutáneas.
Aquellos que ocultan la cabeza dispuestos a no asomarse más que por incendio, por desgarro. Nunca por amor. Porque el amor es una enorme lengua de vaca lamiendo el rostro de un cadáver; el amor es la mentira del polvo acumulado sobre mis libros.
- Ya. Lo quiero leer ya- dice el Doctorito. ¿Verdad que sí?, le contesto. Y es que a nosotros no nos dan gato por liebre: hemos hecho certámenes en mi librero para elegir los diez mejores principios de novela y hemos dicho que Fitzgerald sí, que Hemingway no, que Rulfo es un campeón y que en las primeras frases de Dostoievsky comenzó la literatura contemporánea completa. En el anuncio del misterio de la nuca de Silvana adivinamos la promesa de una inquietud. ¿Qué es una buena novela, sino una inquietud que uno intenta agotar sin lograrlo?
Pues con esa inquietud abre gotas.de.mercurio. Con esa página inicial nos muerde, fuerte y bien.
En el centro de la historia está Sergio Bretón con sus culpas, sus huídas y sus búsquedas; en su entorno están los personajes que lo acompañan y a veces lo obsesionan: algunos pertenecen a su presente o a su pasado, a otros los busca en sus lecturas y a otros más los crea, porque Sergio Bretón, el cobarde protagonista, es también un escritor. Entonces, esta novela es una fuga construida en muchos niveles, con muchos recursos: en ella hay varios mundos, el nuestro, el de papel, un mundo de papel dentro de él y libros -mundos de papel- que el autor de papel toma prestados del mundo nuestro, que le queda a la orilla de la página. La novela nunca se detiene, porque es un viaje: el del protagonista que huye, pero también persigue: que busca con nosotros el sentido de todo y de sí mismo.
Sobre el pinche autor
Edson Lechuga nació en Pahuatlán, pero divide su tiempo entre Barcelona y la Ciudad de México, escribiendo, leyendo y enseñando; en contacto permanente con la literatura, se define a sí mismo como un escritor que ha hecho las paces con su propio proceso creativo:
Yo soy un orfebre, yo te hago trabajos de orfebrería; yo construyo artefactos narrativos bajo las tres premisas de Faulkner: verosímiles, con implicación emocional y que provoquen cuestionamientos. Es una visión muy romántica la del escritor que dice que una mañana se levantó porque tenía la certeza tremenda y terrible, y escribió la novela hasta las ocho de la mañana… Yo no conozco a nadie, a ninguno, conozco a algunos que lo dicen, no conozco a nadie que le haya pasado en realidad; esto no quiere decir que la inspiración no exista, o el talento, pero talento sin trabajo, sin oficio, es igual a una obra mediocre o nada, y trabajo sin talento es igual a una obra mediocre. Yo creo que son igual de importantes, lo que pasa es que el oficio se consigue, se estudia, se analiza, se practica… El talento no, el talento, a mi juicio, se descubre, lo tienes o no lo tienes, lo puedes estimular o no estimular pero se tiene o no se tiene.
¿Y cómo es el proceso creativo de Edson Lechuga en particular? 
Comienzo de lo externo a lo interno, digamos… Primero tengo varios fetiches, varios, varios: tengo que estar en soledad y en silencio para escribir, siempre escribo en una libreta, tomo muchas notas y esto lo paso al ordenador y en el ejercicio de pasarlo al ordenador es cuando comienzo a hacer narrativa, no sé si literatura aún, pero narrativa sí. En el papel es muy difícil que escriba algo con sentido, solamente son notas que luego me cuesta mucho trabajo interpretar o entender porque escribo como si escribiera con la pata derecha… Tengo que estar en soledad y en silencio, tengo que estar en una habitación solo, tengo que estar sin ningún ruido ni siquiera música, ni siquiera música clásica, debo tener a la mano algunos elementos de consulta: diccionarios, sinónimos, muchos libros, porque a veces soy muy obsesivo y me detengo minutos, quizá horas, en buscar un calificativo adecuado o una oración como creo que debe de ir… Puedo mover una oración sesenta veces, puedo cambiar una coma de sitio, puedo cambiar el calificativo, puedo mover el sustantivo, puedo quitar el sujeto, puedo hacerla más larga, más corta… Y si aún no considero que está claro, si no es claro, si no es conciso, si no es conmovedor, no estoy en paz, incluso cuando tengo novelas terminadas y hago unas relecturas tengo la tendencia a subrayar y a decir:  “esto no debí de decirlo así, es horrible, es horrible”, o “esto lo pude haber dicho de una manera mejor”. [...] Sí me gusta releerme, hay una cosa bien bonita porque, por ejemplo, releyendo, ahora que presenté gotas.de.mercurio en Cuernavaca, releí un cuento de Llovizna y hay una sensación de ajeneidad bien interesante; son cuentos que neta no me pertenecen ya, son personajes que han adquirido autonomía e independencia, independientemente del pinche autor, y esto es maravilloso de verdad. Son relatos que me gustan y que me conmueven independientemente del pinche autor, esto está muy bonito ¿no? [...]  Volviendo al proceso creativo, creo que los tiros van por ahí: una vez que tengo un contexto adecuado para escribir, yo creo que la creatividad necesita calentamiento. Yo me siento a escribir y las primeras dos horas no hago nada: papaloteo, doy vueltas, giro, escribo una cosa, me acuerdo de un texto, no sé, que tengo que consultar una información en Internet, la consulto… Hasta que empiezo más o menos a acercarme a ese estadio de donde surge la palabra con sentido, digamos, y creo que el diálogo y el buen rollo con mi proceso creativo consiste en que hemos llegado al acuerdo de que lo que me interesa y lo que pretendo es textualizarlo todo: es que yo estoy muy encabronado con la realidad, muy encabronado contigo, muy encabronado con todos, que la única forma de reconciliarme es a partir del texto y también que la literatura me da la oportunidad de incidir en esta cosa rara, abstracta, incomprensible, llena de cosas que entendemos como vida, y no escribir me hace sentir como al margen… Haga lo que haga, en cuanto escribo y en cuanto construyo siento que incido, siento que contribuyo con esta tontería.
Sobre gotas.de.mercurio, en particular, y la literatura, en general
¿Cuál es el germen de esta novela?
Un día tomé una nota, iba en  un autobús, hace unos nueve años, rumbo a Jalapa, y tomé una libreta y empecé a escribir sobre una serie de circunstancias de alcohol, calle, drogas y putas, y me hizo tanto daño que lo guardé. Siete años después era un muerto que había enterrado vivo; siete años después fui ahí a escarbar, a darle vueltas a las páginas de la libreta, e hice otro intento, a ver en qué condiciones me encontraba con respecto al texto, y me di cuanta que ahora sí podíamos dialogar, pero estos siete años fue un muerto enterrado vivo, estaba consciente y sabía que en algún momento tenía que escribir esta historia del fracaso de una fuga, una fuga fracasada, de un güey que intenta, que cree que poniendo tierra de por medio su condición puede cambiar y se da cuenta que no cambia nada, que si tú dejas una bolsa de basura en tu casa y te largas, cuando vuelvas estará la bolsa de basura y si vuelves cinco años después será peor porque estará la bolsa de basura atestada de gusanos. [...]  Sergio Bretón, es un hombre que está sacudido por la literatura, destrozado por la literatura y que comprende que si no es a través de la literatura no podrá salvarse; rubrico esta cosmovisión, yo reitero, si cada vez me gusta más escribir, cada vez me es más necesario escribirlo, escribirte y escribirme, porque cada vez [...] se hace más nítida la sensación de que si no escribo, si no meescribo, iré perdiendo sentido y esto es terrible, por eso la cita de Vallejo [epígrafe de la novela], porque comparto ese temor: “y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra”…  Y si no sobrevive la palabra yo me pego un tiro. [...] La novela es la posibilidad de la vida, la vida son los hechos y la novela son todas sus posibilidades, todas sus posibilidades, me quedo con la novela. [...] Si me dan a escoger, la vida o la novela, me quedo con la novela indudablemente. [...] gotas.de.mercurio es Edson Lechuga abierto en canal, enseñando el cuajo, el nenepil, el buche, el hígado, el corazón, gotas.de.mercurio es Edson Lechuga abierto en canal pero respirando.

Entrevista en Pliego Suelto




Edson Lechuga (Pahuatlán del Valle, 1970), escritor y poeta mexicano residente en Barcelona, nos introduce en su última novela gotas.de.mercurio (2012), una ingeniosa fusión de géneros literarios y de elementos metatextuales, que retratan la soledad y la evasión autodestructiva de un joven narrador y de su entorno. Es también autor de Llovizna (2011) Luz de luciérnagas (2010) y de los poemarios Elefantes y papalotes (2011) y El canto de los búhos (2001)

Barcelona, México DF y Pahuatlán, lugares comunes para ti, son los escenarios donde transcurre la historia de tu última novela, gotas.de.mercurio, ¿estamos ante una creación marcada por lo autobiográfico?
A mi juicio cualquier obra es autobiográfica en mayor o menor medida, en el sentido en que no es posible escribir acerca de algo que no haya sido percibido por el autor. El tema está en el uso que hacemos de la biografía. En mi caso es evidente que mis geografías reales coinciden con las literarias, pero la diferencia reside en que estas últimas son un reflejo espectral de aquellas, por lo tanto, nuevas, únicas, habitables en primer lugar por los personajes construidos dentro de ese mismo espacio, y en segundo, por el lector. Quiero decir que las geografías de mi narrativa están basadas en mis geografías propias, pero puestas al servicio de unos hechos y unas vidas completamente diferentes a la mía.
¿De qué manera se manifiesta en tu vida y obra la interculturalidad –náhualt, panhispánica, catalana y europea– desde que estableciste tu residencia en Barcelona?
La distancia ofrece perspectiva, y la perspectiva reflexión. El hecho de ser un huasteco viviendo en Barcelona me ha dado la oportunidad de acercarme con ojos ajenos a sitios propios; es decir, en principio, reconocer lo conocido y, en el mejor de los casos, redefinir lo definido.
La desolación, la sordidez humana, el paisaje gris y oscuro están presentes en tus obras, ¿qué significa Juan Rulfo en tu carrera de escritor y poeta? ¿Qué te sugieren los siguientes nombres: Roberto Bolaño, César Vallejo y Agota Kristof?
Rulfo me enseñó que el tiempo no es lineal sino fragmentado y que el espacio está supeditado a este tiempo. También que la tradición es la base de lo futuro y, por  encima de esto, que lo muerto es imprescindible a la hora de definir lo vivo. Vallejo que la tristeza esencial, la tristeza de nihilismo del hombre, solo puede ser soportada por la poesía, y la lluvia. Kristof, por su parte, que todos los lugares son el mismo lugar y que todos los odios son el mismo odio; pero más que nada, que la escritura es un proceso dual, donde el escritor debe aprender a desdoblarse para poder mirarse desde su texto.
Y a Bolaño le admiro, sobre todo, la rabia, la violencia, la pasión con la que propone deshacerse en la narración de una manera tan enfermiza que termina teniendo más sentido en sus textos que en su realidad. Bolaño me enseñó que escribir es un acto de dignidad y de luz y de terror.
En gotas.de.mercurio hay una aproximación a la mística, la superstición y a la religiosidad popular, ¿constituye para ti un recurso argumental o la reafirmación de algún credo?
Mi ruta en temas religiosos ha sido como la de muchos. Nací en una familia no practicante pero a la sombra del catolicismo; pasé luego al repudio, luego al estudio, luego al desamparo. Hasta que, con el paso de los años, he ido arribando a un espacio de paz construido con vírgenes fértiles como la tierra, árboles estoicos y una fascinación por el impulso irrefrenable de la naturaleza. Ningún dios, sin embargo; solo la fuerza incomprensible de lo natural. El milagro de nacer es igual de extraordinario que el milagro de morir. Quiero decir que el hecho de que algo cobre vida es igual de sublime al hecho de que algo deje de tenerla.
¿Consideras que el título gotas.de.mercurio es una metáfora del carácter errático, volátil, inestable y tóxico del protagonista, Sergio Bretón, y su entorno?
No solo esos sino que gotas.de.mercurio es también una alegoría de cómo elementos únicos se fusionan tan solo con un levísimo roce de sus lindes y forman un elemento igualmente único. La novela está organizada en capítulos en apariencia independientes unos de otros, pero que al tocarse componen una sola idea. Dichos capítulos están compuestos por sucesos que tienen un estado de ánimo similar. Por eso están titulados de esta manera: Vaho, Niebla, Sal, Sed, etcétera.
Los personajes femeninos tiene un peso gravitante en la trama: Silvana (la fotógrafa solitaria), Dorina (la alumna enamorada de su profesor) y Lara (la novia del hermano del protagonista y, a la vez, amante de éste). ¿Qué tienen en común y en qué se diferencian?
gotas.de.mercurio es también un viaje a lo femenino. Las mujeres de la novela pretenden acercarnos a diferentes ángulos de la feminidad: la inasibilidad de Silvana, la fragilidad de Dorina, Lara es descarnada, la lascivia de Martha, la pureza de Elisa. Lo femenino es un elemento que me perturba y me atrae. Hoy entiendo lo femenino como algo insondable, y por lo mismo, magnético.
La novela también incide en la representación de Caín y Abel (Diego y Sergio), la figura del doble, la traición y el engaño (Martha y Elisa), ¿se trata de una relectura de Claus y Lucas de Agota Kristof?
En algún sentido sí, pero por otra parte propone otras líneas de indagación: la ausencia que es presencia; la ingravidez de las emociones; el pasado que no pasa; la búsqueda.
¿Qué grado de dificultad te ha implicado construir el plano introspectivo de tus personajes, movidos por un instinto autodestructivo y de evasión permanente?
Entiendo que mis personajes se autodestruyen porque no pueden cambiar por sí mismos y tampoco pueden cambiar su realidad. Sergio Bretón lo intenta pero no lo consigue, el pasado es más fuerte que su voluntad. En este sentido gotas.de.mercurio es la historia de un fracaso, un gran fracaso: un hombre que intenta dejar de ser quien es para convertirse en alguien más –menos melancólico, menos ingrávido– pero que, tristemente, no lo consigue. Por otro lado mis personajes son introspectivos porque ese es el terreno narrativo que me seduce: la introspección, el cuestionamiento, la duda.
Volviendo a Rulfo, en tu primera novela, Luz de luciérnagas, convive el mundo de los vivos y de los muertos, ¿existe una intención estética de exorcizar los demonios de la matanza de Tlatelolco (1968) y del terremoto en México DF (1985)?
Sí, Luz de luciérnagas es, también, una denuncia y un duelo por las personas implicadas en estos acontecimientos.
Por otra parte, en tu libro de cuentos Llovizna afrontas temas tabú como la pedofilia (“Cartas de amor de un hombre solo”) y la necrofilia (“Funerales Fragoso”), practicada por personas que van a misa y asisten a ritos religiosos. ¿Esta paradoja es casual u obedece a una intención de explorar la psicología humana? 
Cada persona, cada ser humano es una entidad compleja y con muchas definiciones, con muchos matices más de los que la televisión muestra. Llovizna intenta una exploración a estas capas que nos constituyen.
¿Podrías hablarnos de tu obra poética?
Sospecho que la poesía es nuestra única salvación. O la mía. Sospecho que ante los grandes interrogantes de la existencia la única posibilidad es el acto poético, la poesía.viva, latente, en movimiento. No hay respuesta a las grandes preguntas, pero hay poesía. Sospecho que la poesía es un acercamiento a lo sutil, apenas un roce a aquel impulso que hace que, de un momento a otro y por generación espontánea, una célula cobre vida y un corazón lata. Después de todo nos quedará el poema… y la lluvia, que no es otra cosa más que poesía líquida y en movimiento.
Escribo poemas en busca de amparo. No sé qué más decir.
Apelas a la fusión y yuxtaposición de géneros. No te limitas a relatar historias a través del texto, sino que otorgas una condición narrativa a las fotografías, estampas, planos de calles, cubiertas de libros, como ocurre en tus novelas gotas.de.mercurio y Luz de luciérnagas. ¿Qué papel juega la fragmentación como lenguaje poético-narrativo?
Intento poner al servicio de una historia varias disciplinas, para que entre todas constituyan una sola entidad: una novela. La fragmentación como posibilidad de redefinición de espacios, de tiempos, de emociones. La fragmentación como elemento donde buscar un reflejo y hallar muchos y diferentes a partir de uno en principio indivisible. Ver, en un espejo roto, nuestro rostro convertido en muchos. Diferentes géneros participando en un solo discurso y con un único sentido.
El panorama actual de la literatura mexicana goza de buena salud. ¿Qué autores y títulos recomiendas? ¿Y en la península?
Ciertamente en México se están haciendo grandes novelas. Pero sobre todo se están definiendo escritores con líneas de indagación muy interesantes y consistentes. Para no llenar de nombres me ciño a dos recomendaciones, un mexicano y un español: David Miklos y Alfons Cervera.
De cara a los próximos meses, ¿qué proyectos tienes?
Este año publicaré un libro de relatos, soledad.piedra. Ahora mismo estoy escribiendo perros.de.azotea, una novela que cierra esta suerte de trilogía completada por Luz de luciérnagas y gotas.de.mercurio.

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