junio 19, 2016

baños de agua.de.sol



 
mi padre silbaba.
sí, esa costumbre que tenían los viejos de otras épocas. podía pasarse tardes enteras silbando alguna cancioncilla una y otra vez.
entonado y melódico silbaba.
cuando por las tardes volvía de su escuela era fácil adivinarlo en la distancia porque silbaba. cuando afilaba los cuchillos inclinado en la pileta silbaba. cuando forraba la mesa del comedor con papel manila y extendía los papeles de su trabajo silbaba. cuando se sentaba en el patio con su cajón de bolero y cepillaba a conciencia sus botines silbaba. cuando caminábamos por el monte comiendo naranjas silbaba. mientras tallaba la madera de algún mueble a medio hacer sobre su banco de carpintería silbaba. cuando subíamos la loma para elevar papalotes silbaba. cuando trazaba sobre el papel de china las formas de los globos de cantolla silbaba.
silbaba en la regadera.
silbaba mientras conducía.
silbaba sentado en su silla de cuero en la banqueta de nuestro pueblo dejando caer la tarde sobre su sombrero y saludando a cuantas personas pasaban calle arriba o calle abajo.
pero no me refiero al chiflido escandaloso de los conciertos o del futbol, sino al silbido melódico, constante, entonado. me refiero a tararear el estribillo de algún bolero, de alguna ranchera, incluso de alguna cumbia con sus matices en la armonía y sus crescendos, sus coros, sus estribillos.
me refiero a trinar.
silbar como trinar: llenar de notas las habitaciones y los tapancos; salpicar de sonido los tejados, la noche, la corteza de los xalamas y las chacas.
mi padre silbaba tanto que llamaba a sus hijos con silbido distinto para cada uno y cada uno sabía cuando estaba llamando al otro. hoy por hoy todavía en mi pueblo algunos amigos de mi infancia me silban aún con aquel silbido.

mi padre también solía darnos baños con agua.de.sol a mi hermana, mis hermanos y a mí. llenaba tres palanganas con agua y las dejaba a pleno rayo de sol toda la mañana; y al medio día nos desnudaba y nos dejaba chapotear entre burbujas y sonrisas.
y aquella agua.de.sol nos lavaba, nos hacía saber que la vida era buena y que los caminos se habían inventado para recorrerse y que la tierra seguiría siendo tierra pese a las impertinencias del hombre.
aquella agua.de.sol nos refrescaba dejándonos la mirada nueva.
aquella agua.de.sol nos daba noticia de resistencia y lucha y buena voluntad.
aquella agua.de.sol nos alimentaba, nos regaba como si fuéramos helechos o matas de café o malvones o agapandos.
no había entonces pudor ni miedo.
solo el agua.de.sol
la espuma, las sonrisas, el ruido de las cigarras y el monte. su monte.
también había sus libros.
se pasaba horas sentado delante del librero leyéndolos, acariciándolos como quien acaricia el cuello brioso de un caballo. se levantaba el sombrero, se acomodaba los lentes y los hojeaba con tal interés que hacía pensar en algo sagrado. tengo atravesados en la memoria a los autores de muchos libros de entonces que he ido leyendo después. flotan en mis recuerdos portadas y ediciones. descansan todavía en el mismo librero algunos títulos desmadejados por los años pero vivos, respirando aún.
quizá por eso escribo ahora que escribo.
quizá por eso escribo desde que escribo.
quizá en aquellos gestos está la respuesta a estas letras que habitan en mí y a este oficio que me da sentido.
quizá por eso además a veces reproduzco su silbido a solas,
bajito,
y es como volver a verlo, como tenerlo aquí, en el viento que sale de mis pulmones al silbar; en el sonido mismo del silbido.
reproducir su silbido es reproducir a mi padre, nombrarlo, rehacerlo, no dejarlo ir pese a que ya se ha ido.
quizá por eso también le doy a mi hija baños de agua.de.sol en el mismo patio
de la misma casa
del mismo pueblo
donde hace cuarenta años mi padre a mí me los daba.

Seguidores

Histórico