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octubre 21, 2009

DISERTACIONES SOBRE LOS GLOBOS AEROSTÁTICOS DE PAPEL DE CHINA.
II] Los globos aerostáticos son femeninos: la lumbre que llevan dentro crea su liviandad, su levedad, su ingravidez.



octubre 20, 2009

DISERTACIONES SOBRE LOS GLOBOS AEROSTÁTICOS DE PAPEL DE CHINA:
I] Los globos aerostáticos son superiores a los hombres,
porque vuelan.



octubre 08, 2009

gotas.de.mercurio [7]

Hace un momento sonó tu teléfono celular y no supe qué hacer, Dorina. Súbitamente una ráfaga de miedo se coló en mí junto con la cancioncita que elegiste como tono de llamada. Busqué apresuradamente el aparato sobre el buró y oprimí botones al azar con mis dedos temblorosos hasta silenciarlo. Quería evitar que aquella cancioncita dulzona te expulsara del sueño justo donde ahora habitas. Con el teléfono en las manos caminé hacia ti, te vi sentir en el cuerpo el peso de la realidad, la certeza de la vigilia. Quise arrullarte, Dorina; recogerte en mis brazos y cantarte canciones que hablaran de soles y de cielos y de vuelos y de vientos. Puse una caricia en tus gestos y te cobijé otra vez,
como un padre arrepentido,
como un amante,
como un jaguar.
Nuevamente algo dijiste desde aquella realidad que es tu sueño y otra vez las palabras aquí terminaron siendo piedritas rodando por el borde de tus labios. Intenté recogerlas con mis labios mientras te besaba. Intenté probarlas, saberlas ciertas, conocer al menos su textura para tener una idea de las cosas con las que construyes tu inconciente. Sin embargo mi beso te llevó una vez más al centro del sueño y yo volví con el teléfono en la mano a mi silla de centinela.
Entre las manchas de sangre reseca vi la pantalla y leí el nombre de quien llamó: elisa miau
tu mejor amiga, tu compañera de mentiras y de oquedades, tu cómplice buena, tu tendedero de ropa sucia, tu secuaz felina, cauta, fiel. La única persona que sabe que entre tú y yo hay un puente ardiendo que une, que no cae, que quema, que no se derrumba. La única persona a quien hemos mostrado nuestra relación sin complejos, sin tapujos, simples y llanos como niños jugando en un río, como papalotes sostenidos por el viento.
«Elisa miau», dijo el día en que me la presentaste y ya sonreía; y tú, Dorina, sonreías diferente a su lado, más ligera, más sin miedo. Habíamos quedado de ir a un pueblo cerca de la ciudad, un pueblo que no es tuyo pero que lo hiciste tuyo en la medida en que te fuiste entregando a él. Un pueblo limpio donde el aire es limpio y los tejados son limpios y las lápidas de las tumbas del cementerio son limpias también; limpiadas por el peso leve de la niebla de noviembre, el viento de febrero, el sol de abril, la lluvia de junio.
Ahí no te hiciste daño,
tus heridas son de acero, de asfalto. Tus heridas están emparentadas con los puentes peatonales, con el filo de las azoteas; y en Pahuatlán lo que abunda son los sones huastecos, las araucarias, el griterío de las urracas a las seis de la tarde.
Ahí fuiste feliz,
ahí se confunden tus gestos con el olor de la tierra, se mezclan tus palabras con el sabor de las guayabas y tus pasos seden a las hojas de los álamos.
Elisa miau venía sola, dispuesta solamente a hacerte compañía, dedicada a ti, como yo, como toda la geografía de ese pueblo tuyo que no es tuyo y que acomodó sus aires al rimo de tu respiración. Vagamos perezosos por sus calles sintiendo la tierra debajo de nuestros pies; la tierra latente, viva; la tierra húmeda que soltaba sus vahos disfrazando las veredas de estelas nebulosas; la tierra de la que hablaste con soltura y profundidad como si estuvieras hablando de tu madre, como si siglos atrás hubieses sido subterránea y una gota de agua te hubiese hecho levantar los brazos hasta la superficie, estirar las manos en busca del sol, atravesar la cortina de tierra húmeda y, de este lado, en vez de que brotasen tus dedos, hubiera brotado el germen frágil, vivo, nuevo, de una semilla de maíz. La tierra que aquella vez elegiste como tumba porque aquí has de enterrarme, profesor; aquí has de traerme y estos álamos se han de nutrir con mi cuerpo; porque de aquí soy, profesor, de aquí es esta piel que ahora acaricio entre las sábanas de este hotel donde estamos escondidos, Dorina, tú y yo, solos, arrepentidos.
«No sólo tú, Dorina», te dije aquella vez mientras caminábamos por las veredas de Pahuatlán, «yo también soy de esta tierra», y detuviste el cielo deteniendo tus pasos, y giraste las montañas girando el cuerpo hacia mí y pusiste tus palabras en mi oído: «no sólo nosotros, profesor. Todo lo que hay en el mundo nació en esta tierra», y los álamos del monte dejaron caer sus hojas como consecuencia de tus palabras terrosas, llenas de tierra, enterradas como tú hace siglos.
De eso también me enamoré, Dorina, de la textura de tu voz cuando en clase me acercaba a tu butaca con cualquier pretexto y te obligaba a hablar, a decir alguna cosa: la hora, la fecha, algo relacionado con el tema de clase.
Tú lo intuiste.
Tú lo supiste.
Te percataste de la necesidad de dejarme estar en el timbre terroso de tu voz, porque, días después, la respuesta no vino de tu boca sino de tus palmas. Tomaste mi mano y dejaste un papelito entre mis dedos. Leí en silencio tu mensaje y descubrí un verso de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
Quedé mudo.

Ahora, aquí, debajo de este cielo ateo y entre esta lluvia que no cesa, tampoco hablo. No hay oídos donde mis palabras cobren sentido. Tú duermes tranquila, como si no debieras nada, como si todos los besos que me has dado fueran justos. Ya no sangras. Ya sólo respiras y duermes y sueñas con libros o con mis poemas que no pronuncias por miedo a que las palabras acaben. Y yo te miro dormir y miro la lluvia y miro las luces de los coches de la autopista que abren la noche, rasgan la noche, parten la noche que se vuelve a cerrar inexorable detrás de ellos. Y dentro de la noche estoy yo,
más solo que tú,
porque tú en tu sueño te acompañas. Yo, sin embargo, me conformo con acariciar tus cicatrices, las hermosas plantas de tus pies de tierra, el borde de tus labios rociado con trocitos de palabras.

Aún la noche está completa, Dorina.
La madrugada todavía no se presiente.
Cierro los ojos y el mundo deja de ser borroso para ser oscuro.

septiembre 14, 2009

gotas.de.mercurio [6]

Desde esta ventana puedo ver las luces de la autopista. Creo que ya te lo había dicho, Dorina. ¿Verdad? El caso es que estas luces me hacen recordar otras, como las de la torre Latinoamericana que vimos aquel día, desde la azotea de tu departamento.
¿Recuerdas?
Antes habíamos comido juntos en la cafetería de la Universidad, habíamos fumado marihuana en el Espacio Escultórico y te había acercado a casa después de acercarlo a él; porque íbamos los tres: tú, yo y él. Debo decirte que nunca pensé que podría traicionarlo tan sinceramente, tan sin tiempo entre los besos de ustedes y los besos nuestros. Lo digo porque cuando se despidió de ti los vi besarse, a ambos, tú a él y él a ti, con talento, con apetencia. Los vi ir uno hacia el otro y el otro hacia el uno y me sentí un apéndice, una añadidura. Intenté largarme, Dorina, te consta. Intenté dejarlos en solos, llevarlos a tu departamento o a su casa o, incluso, pagarles un hotel para que pudieran seguirse diciendo cosas sucias al oído sin la necesidad de estar soportando a este hombre enmarihuanado que hablaba de Valente y de Pizarnik y de lo hermoso que es la pelvis de las mujeres nacidas en virgo. Pero se opusieron ambos: tú dijiste que era más grande el cansancio que las ganas y él dijo que tenía visitas. Yo me puse triste, porque siempre es triste una renuncia, porque me hubiera hecho feliz dejarlos desnudos, fumados y solos sobre una cama. Así que nos fuimos, dejamos abandonadas las esculturas, nos olvidamos de los matorrales, de la piedra, de la luz de la tarde que se había echado al lado nuestro como una bestia mansa.
«Dejamos primero a él», rompiste nuestro mundo mudo con esas palabras cuando estábamos ya en las avenidas de esta ciudad de cables y antenas. Nadie protestó. Los tres buscábamos lo mismo calladamente, ocultamente, tapadamente. Tú: estar a mi lado sin él. Él: dejarnos solos, ponernos a prueba. Yo: tenerte, hacer circulitos con la yema de mis dedos al rededor de tus pezones. Cada uno sabía qué pensaban los otros pero suponíamos que ninguno iba a ser capaz de nada. Suponíamos que a ti no te iba a vencer el deseo, que él no nos iba a poner a prueba, y que yo no iba a ser capaz de ponerte un dedo encima: tú eras mi alumna; él era mi alumno; yo era su profesor.
Fallamos, Dorina.
Fallamos los tres.
Ya que una vez estando frente a tu casa, todavía con la humedad de sus besos en tus labios, te besé. Y no hubo entonces más razón que la que tú me diste, Dorina; pese al remordimiento, al desasosiego; pese al aprecio que siento por él. Uno sólo de tus besos bastó para sentar al mundo sobre una bomba de napalm y poner en mis manos el detonador. No lo dudé ni un segundo: busqué tus hombros por debajo de la blusa, guié a tus labios hacia mi ombligo.

Las noches en tu azotea fueron siempre abyectas, siempre barnizadas con el alevoso olor de la apostasía. Más ¿qué le vamos a hacer?, las cicatrices de tus muñecas no nos dejan otro remedio; tu sangre no nos deja otra salida. Aquel día sabíamos que así sería y así ha sido: sin engaños para nadie, sin trucos, sin dobles fondos.
La verdad desnuda es esta mentira:
esta habitación de hotel con el número 309 en la puerta; esta nocturnidad de lluvia terca, animal; esta autopista que nunca duerme; este humo tan parecido a mis ojos; esta contemplación de la fragilidad de tu cuerpo; esta noche soterrada en algo ínfimo; este ir y venir de pensamientos encontrados, atrapados, ateridos, yertos, frígidos, asidos unos a otros como nido de serpientes recién nacidas.
La verdad desnuda es esta mentira:
este presentimiento de que tu familia está a punto de irrumpir por la puerta; estos sorbos de leche que bebo desde el cartón; estos poemas de Vallejo que me hunden, me hunden, me hunden; estas ganas de salvarte, de curarte, de protegerte, de sanarte, de limpiarte, Dorina, alumna mía, hija mía, amada mía, puta mía; estos minutos que se amontonan en los rincones de la habitación como si fueran piedras; estos labios que de vez en vez buscan tus párpados y tus cicatrices; esta sensación de que cuando el sol levante el tallo de las cosas, tú y yo, vamos a desmoronarnos como ceniza.

septiembre 01, 2009

gotas.de.mercurio [5]

309
Este es el número de la habitación que nos asignaron, Dorina. Tú no lo sabes porque ahora duermes y antes no tenías el cuerpo como para fijarte en cosas tan sin sentido. Yo sí: 309. Lo sé porque es la misma que aparece en uno de mis poemas. ¿Lo recuerdas? ¿Lo sueñas ahora en tu sueño? ¿Serás capaz de escucharme, de entenderme allá, de ese otro lado de la vida?
Nada más salir el camarero, me dio por leerte y entonces fue cuando lo noté [no había caído en cuenta hasta entonces]. Tomé el par de libros que compramos, mis poemas embarrados con tu sangre y te leí desde esta vigilia, desde esta borrosa realidad. Y al nombrar la 309 en uno de mis textos quise saber si la sincronicidad de Jung había tocado nuestro destino. Me levanté, fui a la puerta y la abrí. Antes de ver el número eché un vistazo a ambos lados, la luz del techo iluminaba el pasillo cada pocos metros y se perdía en perspectiva, al fondo. Me sentí aislado, Dorina, infinitamente pequeño. Volteé la mirada seguro de ver lo que vi y no pude evitar poner mis dedos sobre los números en relieve. Toqué como un ciego el tres, el cero, el nueve. Bajé la mirada a mis pies descalzos y los encontré borrosos como el mundo, como es ahora el mundo desde que llegamos aquí. Mis pies ligeramente abiertos por las puntas, las plantas firmes sobre la alfombra azul, áspera, olorosa, con una quemadura de cigarro entre mis talones. Y recordé las golondrinas de esta tarde, luego el piano de Schubert, luego tú acurrucada en el asiento del copiloto leyéndome poemas y fumando, luego los meses que llevamos de conocernos, el día en que viniste a mi clase por vez primera, tus continuas ausencias, tu manera de mordisquear el lápiz en los exámenes, la cicatriz que descubrí en tu muñeca al acercarme a la butaca para entregarte la nota de tu ensayo sobre Vallejo. «Un accidente, profesor», dijiste aquella vez y escondiste la herida. «Cierto», agregué, «en la vida Vallejo es un accidente». Y me miraste, Dorina [¿lo recuerdas?, ¿lo sueñas?], pusiste tus pupilas en las mías y leíste las palabras que este corazón más viejo que el tuyo había escrito en ellas y en las nubes que rodeaban tu cielo, y en las huellas de tus ojos tristes; comprendiste los símbolos que este corazón más viejo que el tuyo había tatuado a fuego en mis pupilas como un estigma luminoso donde también te encontrabas tú. A partir de entonces releí a Vallejo buscándote, tristemente, llovidamente. Ahora duermes en esta habitación de hotel, desnuda, herida y sola porque en tu sueño no puedo hacerte compañía. Y yo te veo y fumo; a ratos me acerco a besar tus palmas y tus parpados; a ratos te leo poemas míos o de los libros que compramos esta tarde a media fuga, cuando después de llenar el tanque de gasolina y comprar leche, pan y tabaco te empecinaste como una hiena en pasar a una librería a comprar a Vallejo o me tiro del puto coche, profesor, y sabes que no miento, sabes que soy capaz, sabes que necesito la voz de Vallejo, la tristeza de Vallejo, la lluvia de Vallejo para seguir existiendo, para seguir siendo naturaleza. Y yo mirando la carretera que se abría frente a nosotros, las fondas de pie de la autopista, los cables de luz que acompañan en paralelo a la carretera. Volvimos, Dorina; por supuesto que volvimos por tu libro de Vallejo y otro de Pessoa que aproveché para comprar y hacer que me leyeras en el coche, horas después de haber detenido tu hemorragia con mis textos, horas después de ver las golondrinas tachando el cielo, metidos ya en la lluvia que nos ha perseguido desde entonces. Bajamos el volumen al piano de Schubert y tu voz se encargó de empañar el cristal de las ventanas. Leíste a Vallejo a Pessoa y a mí, con un tono leve y acuático que me hizo pensar en que eras piscis, o hija de piscis. Y yo, maldito géminis, te escuché hondamente y contuve mis besos para más adelante, cuando estuvieras más tranquila.
De pie en el umbral de la puerta, después de haber sentido con las yemas el número de la habitación, mirando mis pies descalzos y borrosos y la quemadura de cigarro en la alfombra, volví al cuarto inundado con tus suspiros.
Cerré la puerta.

agosto 17, 2009

gotas.de.mercurio [4]

Hace un rato tocaron la puerta de la habitación y por mi cuerpo atravesó como una espada tu pareja. Cada golpecito amplificado en mi pecho con el rostro de él, compañero tuyo en la universidad, también mi alumno. Él, de quién conozco apenas nada salvo que ama a la mujer que amo. Él, muchacho sonriente que cuida más de ti que de él. Cada golpecito en la puerta su nombre cuando lo nombro en clase y atiende a mis palabras e intenta comprender. Cada golpecito en la puerta su rostro y los besos de tus labios destinados a él y atrapados alevosamente por mí. Él y su guitarra, sus notas bajas en hispánicas, su necesidad de hacer poesía. Cada golpecito en la puerta sus palabras [aquella tarde después de clase] pidiéndome ayuda para ayudarte, para salvarte, para rescatarte, para dar la vida por ella si fuese necesario, profesor; porque la amo, ¿sabe?; porque se ha convertido en el cielo bajito de donde tomo el alimento. Y yo mirándolo a través de mis gafas; compadeciéndolo; sabiendo que tú piel ya había estado en mi piel y que tus miedos eran sempiternos, antiguos y más fuertes que él. Cada golpecito en la puerta sus canciones que escuché muchas tardes en los prados de la universidad: colmados de marihuana, tu cabeza en sus piernas, tus brazos rodeando su cuerpo, tus ojos en mis ojos cuando pasaba rumbo al estacionamiento. Cada golpecito en la puerta de esta habitación de hotel donde hace unas horas entramos prófugos, Dorina, eran el rostro de él, tan joven, tan valiente, tan con ganas.
No abrí.
Simplemente me quedé observando la puerta blanca, recortada por un marco de madera color café, en el centro un letrero enmarcado y protegido con un cristal donde se detallaba la normativa del hotel. Me acerqué y con el mundo borroso leí los teléfonos de servicio: 01 recepción, 02 urgencias, 03 Room Service; luego las normas: 1.- Las habitaciones se entregan a las 12:00 sin excepción 2.- No se permite recibir visitas, 3.- La toallas, el papel higiénico y el control remoto de la televisión son propiedad del hotel, 4.- Prohibido el uso de sustancias, 5.- No fumar. Y yo fumaba, Dorina, y mientras fumaba volvieron a tocar la puerta. Vino entonces su recuerdo nuevamente, sus canciones como espadas, su pelo largo, sus ojos caídos de marihuana; pero esta vez acompañado de tus padres a quienes no conozco, enfurecidos y dispuestos a descargar su ira sobre mis huesos de profesor seductor de alumnas inocentes, lastimadas; tus padres y sus gritos y sus llantos. Y mi hija, dos años menor que tú, muchos siglos por detrás, lastimada de otra forma, parricida espetando mi conducta, apelando a la ética, tachándome de desvergonzado, aprovechado, ventajoso, cobarde. Mi hija consternada tocando la puerta de esta habitación de hotel donde estamos escondidos tú y yo, Dorina. Tus padres iracundos tocando la puerta de esta habitación de hotel donde estamos escondidos tú y yo, Dorina. Tu novio destrozado tocando la puerta de esta habitación de hotel donde estamos escondidos tú y yo, Dorina.
Acerqué el oído a la puerta.
―¿Quién es?
«Las toallas, caballero», respondieron desde el otro lado.
Era cierto. Cuando llegamos no había y tuviste que secarte con una sábana. Entramos silenciosos, silenciados por nuestra conducta o por la noche tan espesa o por las tristes notas de Schubert que aún resonaban en nuestros cráneos. Tiré las llaves del coche sobre el tocador, evité mirarme al espejo [cruzarme conmigo, ponerme delante de mí, decirme la verdad] y me tiré a la cama boca arriba. Me zafé los zapatos y los calcetines, me quité las gafas y el mundo fue borroso desde entonces. Tú no hiciste otra cosa que aventar la bolsa de víveres y correr al baño intentando vomitar, intentando llorar, intentando olvidar. Poco después, escuché la regadera e imaginé el agua resbalando por tus heridas. Quise aliviarte, quise curarte, quise ser el agua y lavarte. Busqué una toalla y no encontré, así que tomé una sábana y te envolví como a una hija.
―¿Quieres un vaso de leche? ―te dije al oído.
―Dormir ―dijiste tú y casi tuve que llevarte cargando a la cama donde ahora duermes y respiras y callas y quizá sueñas con cosas limpias o con los versos de mis poemas o con el olor a libros de mi biblioteca o con cualquier otra de esas cosas que te fascinan, te alteran, te hacen vibrar.
El camarero dejó las toallas y al salir te miró sin ninguna discreción. Así son los camareros del sur: miran y ya; sin dar explicaciones de nada; sin pedir permiso a nadie. Desde el umbral me sonrió con complicidad como diciendo: Si necesitas algo [lo que sea] dímelo, hermano, colega, padrino, cuñado, camarada, brother, valedor, ñero, carnalito. Su rostro era borroso porque borroso es el mundo desde que llegué aquí. El mundo desde mis ojos. Mi mundo.
Cerré la puerta.
Ahora duermes y yo quisiera dormir contigo pero me resulta imposible. Lo único que puedo hacer es ver como los minutos se amontonan en los rincones de esta habitación de hotel.
No pasan.
Se asientan.
Se aquietan.
Se quedan ahí y yo los veo llenos de segundos borrosos,
porque borroso es el mundo desde que llegamos aquí.

agosto 02, 2009

gotas.de.mercurio [3]

Nunca te había visto tan vulnerable, Dorina; tan triste, tan como niña, sola, temerosa. Entre las sábanas te veo así: quebradiza y enferma, herida.
Esta tarde, cuando subiste al coche sangrando de la muñeca, cuando vi tus temblorosos dedos teñidos, tus labios apretados entre los dientes, tus parpados subiendo y bajando rápidamente tratando de detener las lágrimas, las palabras llenas de llanto, ininteligibles, que se escabulleron de tu boca y salieron veloces por la ventana del coche sin que yo pudiera escucharlas, tu mano derecha oprimiendo la muñeca izquierda, tu cuerpo contraído sobre el asiento del copiloto, mi pie hundido en el acelerador, el golpazo de la puerta, los hilos se sangre que se colaban entre los dedos de tus manos; esta tarde, Dorina, cuando te retorcías de miedo dentro del coche, cuando el cielo se ponía ambarino y las nubes comenzaban a estropear su color, cuando levantaste la mirada y a través del parabrisas viste un grupo de golondrinas tachando el cielo, el cielo nuestro, el cielo sin dios que nos tocó por techo; esta tarde, Dorina, cuando buscaste en el asiento trasero algo con qué detener la hemorragia y lo único que encontraste fueron las hojas del manuscrito que llevaba a la editorial y sin pedir permiso a nadie agarraste un puño de folios y los apretaste contra tu muñeca herida; esta tarde, Dorina, cuando de tu boca salían hilitos de baba, maldiciones, relámpagos, gotitas de saliva y muchos te quiero, muchos no me dejes, muchos perdóname profesor, perdóname; esta tarde cuando vi como mi manuscrito se teñía con tu sangre, mis poemas se teñían con tu sangre, mis palabras se teñían con tu sangre y dije [o pensé]: «Se está mezclando tu sangre con mi sangre»; esta tarde, Dorina, cuando con mis poemas intentabas sanar tu herida y estiraste ambas manos [una sujetando la muñeca de la otra], y encendiste el estero del coche y el piano de Schubert comenzó a hacernos compañía en nuestro viaje de fugitivos, nuestro viaje de arrepentidos, nuestro viaje de escapados, huidos, ácratas; esta tarde, Dorina, cuando ya con Schubert sonando te recostaste en el asiento y [mientras yo me saltaba los semáforos en rojo, mientras yo tomaba calles en sentido contrario, mientras yo conducía y te miraba por el rabillo del ojo, mientras yo huía junto, con, para y por ti, mientras yo veía mis poemas tiñéndose con tu sangre, mientras yo trataba de dar coherencia a tus ruidos y a tus gemidos y a los pedazos de palabras que escupías, mientras yo deseaba beber hasta la última gota de tu sangre], te pusiste a hablarme de cosas…,
cosas como el vuelo de las golondrinas que recién habías visto en nuestro cielo desprovisto de dios, cosas como algunas palabras de mis poemas que lograbas leer sobre las hojas que cubrían tu muñeca, cosas como tu necesidad de encender un cigarrillo; esta tarde, Dorina, cuando te pregunté: ¿Te duele?, y tú, como si la herida en tu muñeca fuera una cosa como cualquier otra, como si el piano de Schubert no sirviera de consuelo, como si el cigarrillo en tus labios te hiciera cada vez más semejante al humo, como si te gustara teñir mis poemas con tu sangre, respondiste: «Lo que más me duele es tu futuro».
―Nuestro futuro, Dorina.
―No. Mi futuro no me duele. Me duele el tuyo.
Y dejaste de mirarme para mirar el cielo ahora gris y sin golondrinas, y dejaste de escucharme para escuchar a Schubert, y dejaste de sentirme para sentir tu herida tiñendo de rojo mis poemas.

julio 17, 2009

gotas.de.mercurio [2]

Aunque han pasado muchas horas aún es jueves.
Afuera sigue lloviendo.
La diferencia es que ahora llueve debajo de la noche. La noche espesa, rota apenas por la luz del estacionamiento del hotel y por los faros de los coches que a lo lejos pasan veloces por la autopista. Hace un momento meneaste tu cuerpo desnudo buscando las sábanas. Me acerqué y al cobijarte tuve la sensación de estar cobijando una niña, una hija. Quizá fue tu gesto apacible o quizá tus cicatrices, lo cierto es que te besé diferente. Susurraste algo allá, en tu sueño infante, pero la frase no logró atravesar la barrera de la vigilia y de este lado llegaron sólo pedacitos de palabras que se desmoronaron en el borde de tus labios.
Sentado aún delante de la ventana te veo a ratos y a ratos me pierdo en las luces de los coches de la autopista. Sigue lloviendo y tú sigues placida metida ahora debajo de las sábanas olorosas a hotel.
Miró tus cicatrices y miro la noche mojada.
Miro tu muñeca lastimada y miro los faros de los coches.
Miro tus labios [a veces tan de niña, a veces tan de puta] y miro desaparecer el humo de mi cigarro.
Nadie sabe más de ti que yo, Dorina. Nadie sabe de los laberintos donde has perdido el sosiego. Nadie sabe que tus huesos esconden ayeres que te persiguen como persigue el remordimiento.
Yo lo sé.
A medias pero lo sé.
O más bien lo intuyo, porque desde que te conozco he ido uniendo hebritas de información hasta construir una madeja más o menos coherente. Sé, por ejemplo, que desde niña has tenido esa tendencia a hacerte daño. Primero los arañazos, luego los golpes y las agujas hasta llegar, como ayer, al filo de las hojas de navaja. Casi puedo verte aún corriendo hacia mí: la falda arriba de las rodillas, la blusa de tirantes, el pelo enmarañado, la cajetilla de Camel ensangrentada en la mano izquierda, el celular en la derecha. Y tus ojos vivos, abiertos, llorando.

julio 06, 2009

gotas.de.mercurio [1]

Llueve. Es jueves y llueve.
Noviembre se vino encima del mundo con toda su nostalgia. Allá afuera la autopista mojada refleja tímidamente los últimos suspiros de luz vespertina. Va cayendo la noche sobre nosotros como un presentimiento negro y bello; como el ala de un cuervo inmenso. Una pequeña parvada de palomas se acurruca sobre los cables que flanquean la carretera y tachan el cielo oscurecido. El cielo sin dios. Y debajo de este cielo nosotros, siempre mansos, siempre arrepentidos.
No es una lluvia torrencial la que cae; es, más bien, una llovizna fina y persistente que termina por meter sus dedos en los rincones más íntimos de nosotros.
Tú duermes.
Descansas metida en la cama de este hotel donde las horas, la carretera y la lluvia nos hicieron buscar refugio. Derrumbado entre las sábanas tu cuerpo se presiente liviano, completamente diferente al de hace unas horas, cuando sentada en el asiento del copiloto ibas encendiendo un cigarrillo con la colilla de otro, y otro, y otro. «No me gusta esta lluvia», dijiste mirando como los limpiaparabrisas abrían un hueco por donde metíamos la mirada para descubrir la carretera. Sonaba Schubert y su piano se mezclaba con el infinito humo de tu boca. «A mí sí», comenté buscándote con el rabillo del ojo. Hacía frío. Ibas envuelta en una manta que sólo dejaba fuera una de tus manos donde ardía eternamente el cigarro. Sentí girar tu cabeza y buscar con tus ojos mis ojos: «Lo que digo es que no me gusta esta lluvia. No la lluvia en general, sino ésta; precisamente ÉSTA». Mi ángulo de visión alcanzaba a dibujar tus rodillas envueltas en la manta, tus pies desnudos buscando cobijo en los rincones.
Estabas descalza.
Horas antes, cuando pasé por ti, no te dio tiempo de ponerte los zapatos, ni de echarte encima la chamarra, ni de buscar el bolso. Saliste corriendo y lo único que pudiste hacer fue tomar el teléfono celular y la cajetilla de Camel. A través de la ventana del coche te vi correr hacia mí: la falda arriba de las rodillas, la blusa de tirantes, el pelo enmarañado, el celular en una mano, los Camel en la otra.
Y partimos.
Prófugos,
temerosos y, ya, desde mucho tiempo atrás, arrepentidos.
«Todas las lluvias son bonitas», dije yo sinceramente. Tú, silenciaste el cassette con el piano de Schubert y replicaste con esa contundencia que había empezado a conocer y que daba a tu voz un matiz escalofriante y agudo:
«Ésta no».

junio 21, 2009

pacto entre salamandras y dragones

todas las noches tomo una larva y rezo por ti ante la virgen de la entraña,
ante la salvadora de la pelvis
y ante el armiño convertido en jaguar por las gotas de nocturno

todas las noches, salamandra que caminó por mis bronquios, lloro los recuerdos de cuando compartimos el dolor de los buenos.tiempos
cuando tu voz era tan tiempo y mi vicio la tortura
cuando en el sótano de casa había una loca atada al mástil de los barcos que intentaban cruzar el océano aguantando la respiración


nuestra casita de aves de rapiña, llena, entonces, de venganza, tragos y polvaredas donde muchos hombres mataron golondrinas
y muchas mujeres derramaron lágrimas vivas tendientes a la permanente caricia de mis piernas nocturnas
para luego, con la luz del día, huir a otra mentira embadurnando mi corazón en el asfalto de la calle donde vivimos:
nuestra casita de aves de rapiña
con sus girasoles negros
sus poemas
sus histerias y el llanto nuestro de cada día

«el siete es mi número de suerte», dijiste frente al símbolo que colgaba en la puerta de nuestra celda y la fortuna de nuestros besos fue el comienzo para mí, suicida de la ciudad
asesino de mujeres buenas
dragón en años de carne entre los dientes

no fue culpa del invierno que nuestras lenguas se bifurcaran tocando la pulpa de frutas ajenas
no fue culpa de la noche, ni de la luna, ni de los hongos
la culpa
salamandra insólita
fue del color con que pintamos el techo de nuestra cueva
fue ahí donde tu obsesión y mi asma terminaron en delirios
fue ahí donde los demonios tomaron por rehenes a las islas y no a los mastodontes,
donde el otoño mostró su desierto y una mano impertinente quebrantó las leyes impuestas por azar al ghetto de las salamandras que son tu reino, dejando este culebreo mental como la huella del primer hombre alunizado,
como durazno en el ombligo limpio de las putas,
como bengala que ilumina la mejilla de una niña que bajo la falda se le abalanza la necesidad de un soplido que le arranque los orgasmos

y hoy
salamandra enamorada de este dragón
me vino este recuerdo retorcido
este recuerdo a manera de estornudo salió pecho tierra y muslos viento
vino desnudo a ponerse en mi boca, justo donde los pájaros se posaron cuando tú me llevaste en tus caderas a otros mundos donde el humo era sonido y lo violeta era praderas,
donde las cascadas tentaban como penas,
donde las mujeres amaban por siempre a los como yo, dragones,
donde con un conjunto de esperanzas levantamos muros para mirar más lejos que la punta de nuestras miserables almas,
donde las uñas nos crecían como tentáculos dejando al corazón inmóvil,
donde el silencio retorna a tus ojos,
donde la nieve a los míos,
donde el pan y la música eran ciertos, y los colibríes eran el presagio de un mar distinto

hoy
no puedo con este miedo prehispánico,
con este ladrido de niño enfermo,
con este rumor de chinos,
con este recuerdo que se oxida

por eso rezo por ti cada noche de noche,
para ser por siempre tuyo de ti,
aunque duela la memoria y derive en osadía

porque habrá que morirse a versos, salamandra de agua
de viento
de historia
habrá que tentar la página del futuro con un lengüetazo de sal y sacudirse las pestañas sin envidia;
habrá que bucear en las ubres del universo con el sombrero bien puesto, con la palabra encendida y con la izquierda en el corazón

sólo así [digo yo: dragón ladrón de mudras], se congela lo mítico y se trasciende lo podrido

hoy
cabalgo cada tarde sobre plegarias que van hacia el crepúsculo, para que las hojas de caña de azúcar con que nos lastimamos sean otoños idos en esta vida nuestra
intento así, salamandra, echarle lumbre a los recuerdos para que las bestias se apacigüen y podamos,
de una vez y para siempre,
levantar la cabeza.



mayo 18, 2009

yo no soy edson.lechuga
no tengo espinas en los labios
ni besos migrañosos esparcidos por el cuerpo
ni ojos lunáticos de animal furtivo escondido en los colmillos de las letras
no he descubierto versos tibios en el cuerpo de ninguna mujer
ni los he leído en el silencio secular de la habitación 309 de un hotel de paso
nunca he pretendido beberme el mar a sorbos
ni dar voz a las aves
ni apagar el sol con los dedos como si fuese el pabilo de una vela
mi pasado no es alcohólico
no viví en la cuerda floja equilibrando mis pasos
entre el vicio y el miedo
entre el llanto y el fuego
entre la carcoma y el ego

no
yo no soy edson.lechuga
no han muerto lagartijas en mi sangre
ni se atiborra mi mente de dinosaurios
y las sábanas de mi cama no huelen al sudor de cualquier mujer
jamás he llorado
mis lágrimas no son de tierra

no te confundas
no soy yo quien podó las alas de las espaldas de los árboles aquella noche en que murió la noche
jamás he escrito historias de pueblos donde nunca llueve
ni de muertos que hablan como vivos
esperando ser oídos con algo.diferente.a.los.oídos
ni de viejos sordos
ni de indios que arrancan estrellas al firmamento

no me mires así no me consueles
no necesito silencio
ni una mujer que me escuche
ni una sangre que me sangre
porque yo
yo no soy ese que piensas
de mis palabras nunca
nunca
han brotado nubes
y no fui yo quien quiso salvarte

entiende por favor que yo no soy edson.lechuga
y no ando muerto de ganas de morirme
desde aquel día en que dices que te fuiste
lo siento
te equivocas
no me duelen las guerras ni las hambres
ni mi pecho se ahuasteca cuando cae la tarde

así que no me ames ni me odies
no me castigues no me implores
porque te doy mi palabra coyotezca
que soy otro
menos fiel
más retorcido
otro cualquiera diferente
nunca el mismo
nunca ese edson.lechuga.