Buscar este blog

mayo 08, 2008

Papalotes y Elefantes

Soñé que despertaba.
Me encontraba en una habitación ajena y, sin embargo, conocida. Un haz de luz se colaba por la pequeña ventana. Dentro del brazo de luz gravitaba una colmena de motas de polvo. Las blanquísimas briznas se movían lentas, iban y venían como un banco de sardinas. Sentado en la orilla de la cama intentaba reconocer la habitación:
junto a la ventana había un descascarado casillero color granate,
al lado un montón de ropa tirada en el suelo,
al lado un cesto de basura,
al lado un elefante.
Movía la cola y las orejas mientras comía enrollando paja con su trompa y llevándosela a la boca. Estaba ciego. Lo supe porque en lugar de ojos tenía dos cuentecitas de lentejuela azul. Me puse de pie con la necesidad onírica de acariciar a ese animal salvaje y leve. Estaba desnudo y desnudo toqué su cabeza enorme, su frente milenaria, y cuando pasé la mano por sus ojos de lentejuela, sentí que lloraba,
sin derramar ni una lágrima lloraba,
sin ojos lloraba.
Me sentía cómodo en aquel espacio, como si estuviera en un lugar conocido pero olvidado, dejado de lado en la memoria. Un sitio visitado en sueños, en sueños diferentes, en sueños anteriores y que en el sueño de ahora reconocía de forma sesgada, caliginosa, lejos del alcance de mi conciencia. Presentía los mismos muebles, la misma ropa tirada en el suelo, el mismo banco de sardinas nadando en el brazo de luz. Lo que no recordaba era al elefante, ni sus ojos de lentejuela azul, ni su llanto seco.
Desnudo
salí de la habitación y me encontré en una casa también cercana y distante.
Desnudo
recorrí el recinto y fui notando el silencio que empantanaba el aire. Todo estaba mudo. Como si una maldición hubiera caído en la tierra y todos los objetos y los seres hubiéramos perdido la capacidad de hacer cualquier sonido, incluso el más insignificante, el más inútil, el más sinsentido.
Desnudo
salí a la calle y la encontré, además de callada, solitaria. Era la avenida de los Insurgentes en el DF y estaba traspasada por la más absoluta vaciedad. Me encontraba muy al sur, a la altura de la zona arqueológica de Cuicuilco. No había nada en movimiento: ni coches, ni personas, ni perros, ni palomas, ni insectos. Todo era silencio e inmovilidad; como si la ciudad fuera sólo una escenografía, un pueblo deshabitado, sin vida; como si alguien hubiera convertido al DF en una caja de zapatos y una mano gigante la hubiera vaciado de sonido y movimiento.
Desnudo
inicié un vuelo omnisciente por la avenida, de sur a norte. Avancé incorpóreo a velocidad de pájaro. Con una conciencia atemporal fui mirando absorto el paisaje quieto y acartonado. Primero, en el sur, Perisur, la UNAM, el Parque Hundido, el Polyforum Siqueiros. Más hacia el centro, la glorieta de Insurgentes, la Zona Rosa, el monumento a Cuitláhuac. Ya en el norte, la estación de ferrocarril de Buanavista, el Monumento a la Raza, Indios Verdes.
Todo el DF estaba vacío.
Únicamente, en un momento determinado pero imposible de definir, mi piel sintió el levísimo soplo que provocó al mover sus alas una libélula posada sobre el pétalo lila de una gardenia de una jardinera del Parque Hundido.
Desnudo
a la altura de la colonia Del Valle decidí indagar en algún edificio de los que flanquean la avenida. Elegí el Hotel de México. Como un jaguar, vagué por sus pasillos, recorrí sus oficinas, entré a los baños, subí a todos y cada unos de los pisos, a las salas de juntas, al restaurante giratorio, a los estacionamientos:
ni una sola palabra,
ni un sola voz.
El mutismo me llevó a la azotea y desde ahí noté que la luz de la ciudad había cambiado. Miré al cielo y, entonces, los vi:
cientos de papalotes volaban tenues en el cielo de México,
cientos cubrían el sol hambriento y blanquecino,
cientos de papalotes gravitaban casi inmóviles a hombros del viento que no soplaba allá abajo pero sí aquí arriba,
cientos de papalotes estáticos como una familia inconmensurable de libélulas moviendo sus alas con una tenuidad que hacía pensar en medusas:
una civilización de papalotes ensabanando el cielo de ese mundo mudo.
Ingrávidos vigilaban las calles enfermas del DF y protegían las azoteas de aquel sol esdrújulo. Estaban atados a los postes, a los barandales de los balcones, a los árboles, a los coches, a las antenas, a las tapas de las alcantarillas, a los semáforos, a las tuberías, a los pomos de las puertas, a los cables de luz. El espacio estaba lleno de hilos que bajaban de sus pechos y aterrizaban en sus anclajes improvisados. Los hilos hacían una cuadrícula plana y oblonga que se sobreponía a los edificios grisáceos, a los coches abandonados, a los árboles manchados de hollín, a los parques con sus columpios inmóviles, a las fuentes sin agua.
Desnudo
desde la azotea del Hotel de México tuve la sensación de ser un brujo infame, un amuleto macabro, un ser que se ríe de los seres. Se me vino a la cabeza el elefante de ojos de lentejuela azul y quise desatar a los papalotes de los cables, de los árboles, de las alcantarillas, para atarlos a las trompas de cientos de elefantes que yo crearía con la fuerza mítica de mis latidos, con la brutal respiración de mi corazón. Vi, en el futuro, el cielo del DF colmado de papalotes vigilantes, cariñosos, atados por un hilo a la trompa de cientos de elefantes ciegos, con ojos de lentejuela azul.
Miré en derredor la ciudad desde mi posición de héroe,
en mi rostro se fue trazando una perversa sonrisa.
Entonces, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño, devolviéndome a la vigilia.

mayo 01, 2008

Frijoles quemados

Soñé que estaba en una habitación con las paredes excesivamente altas. Eran unas paredes de adobe, sin ventanas. Sin embargo, entre el techo de tejas y los muros, había una apertura que hacía de la habitación un espacio iluminado con un chorro de luz anaranjada, cálida. Los muros estaban impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas. Miles de manos impresas sobre aquellas enormes paredes de adobe. Al contemplarlas pensé en mis palmas y las miré. Tenía las mismas manos de ahora, incluso estaba anillado con un aro de plata en el mismo dedo: el pulgar derecho. Tomé el anillo ―que extrañamente se rompió por la parte de abajo― y lo abrí como quien abre un aro de alambre. Esta apertura sirvió para ponérmelo en el lóbulo de la oreja izquierda, justo donde tengo dos aros más como pendientes. Los dos aros de la oreja más el aro nuevo sumaban cuatro, no tres. Cuatro aretes de plata que pendían de mi oreja izquierda y destellaban pequeños reflejos de la cálida luz anaranjada que entraba a chorros por el hueco del techo. Sonaba un ruidito en las tejas como de lluvia, pero no llovía.



En el centro de la habitación había sólo una mesita cubierta con una carpetita tejida a mano ―de aquellas carpetitas de ganchillo que en los años 70’s las señoras ponían sobre todos los muebles para adornarlos― y sobre la carpetita un florero de cristal opaco lleno de agua que contenía un ramo de flores. Los pétalos eran intensamente rojos ―rojos como sangre viva, rojos como lunas rojas― y en la punta de cada uno de ellos nacía una garra de águila, feroz, agresiva. Dirigí mi atención al agua del florero y pude ver, con la escena iluminada en tonos azul oscuro y plata, como navegaba a vela un barco de madera. Se trataba de un galeón español. Arrumbaba en dirección oeste con las velas desplegadas. Se movía suave empujado por el viento, silencioso y vacío; porque estaba vacío, nadie lo tripulaba. Las azul negruzcas aguas del florero rebotaban reflejos plata cuando chocaban mansas en la proa, y el ruido como de lluvia dejó paso a un ruido como de olas. En la distancia, sobre un manto casi negro, se percibía apenas un levísimo filo de luz horizontal que atravesaba la escena de lado a lado. El galeón fue girando con cansancio la proa hacia el norte, en dirección opuesta a mí, y se fue alejando con un movimiento apenas perceptible, sin el menor atisbo de prisa, hacia el filo de luz horizontal.

Volví mis ojos a las flores, a los pétalos rojos como lunas rojas, a las violentas garras de águila. Ahí, me sedujo la idea de tocarlas: deslizar la yema de los dedos por aquellas garras filosas como hoja de afeitar; cerrar los ojos y concentrar toda mi atención en la agudas aristas sobre mis yemas; resbalar mi caricia hacia los pétalos tersos, sentirlos sólo un instante para luego devolver mis dedos a la garras nocivas y punzantes.

No lo hice.

En lugar de eso tomé los pendientes de plata de mi oreja y con ellos fui anillando las garras. Los aretes se multiplicaron hasta igualarse al número de pétalos. Los conté con circunspección: nueve.

―Nueve ―dije en voz alta.

Los contemplé por un momento: hermosos pétalos rojos como lunas rojas con unas garras de águila en sus puntas anilladas con un aro de plata; y en su base, sumergido en una noche azul oscura, un galeón alejándose hacia un filo de luz en el horizonte.

Mientras miraba aquella delicada y maléfica imagen, llegó a mí un familiar olor a quemado. Me acerqué a la estufa ―estaba situada junto a uno de los muros impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas―. Sobre los fogones descansaba una cazuela con frijoles borboteando y un sartén de peltre azul. Indudablemente la cazuela con frijoles era la de casa de mi abuela; indudablemente el sartén de peltre era el de casa de mi madre.

Frente a la estufa apareció una mujer muy vieja de pelo color ceniza y enrebosada. Nunca me dio la cara, siempre estuvo de espaldas a mí.

―No te preocupes. Todo está bien ―me dijo con una voz de anciana buena.

―Que raro ―contesté acercándome a la estufa.

―¿Por qué raro? ―preguntó ella haciendo ver que tenía controlados los guisos.

―Porque generalmente soy una bestia ―contesté y comprobé las perillas de la estufa: Efectivamente, estaban abiertas.

Giré con suavidad una a una las llaves de la estufa sintiendo la fricción que hacían al moverse. Vi como el fuego de los fogones poco a poco se iba hundiendo hasta extinguirse. Pero en el último latigazo de una pequeña llama pude ver el reflejo de los pétalos rojos como lunas rojas anillados con aros de plata, y la anciana buena frente a uno de los muros impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas, y los chorros de luz cálida que entraba por el hueco del techo, y el agua del florero donde navegaba el galeón.

Sentí límpidamente el rasposo olor a frijoles quemados. Observé con tiento su color, su forma y su textura dentro de la cazuela ―de casa de mi abuela―. Incluso probé con el dedo los esquites que había en el sartén de peltre azul ―de casa de mi madre―. Pese a estar algo chamuscados, tanto los frijoles como los esquites, eran apetitosos, muy apetitosos. Salivé.

Entonces, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

abril 21, 2008

Hoja de álamo

Soñé que estaba mirando por la ventana de mi departamento, un tercer piso frente a una calle ancha pero poco transitada, en el DF. El departamento tenía enormes ventanales por donde se colaba una luz clara y hermosamente blanca. Era media mañana, lo recuerdo bien. A mis pies, en la calle, rodaban una película. Se podía escuchar el rumor de la gente haciendo cine: las instrucciones del director, los comentarios de los artistas. Un par de actores homosexuales se disponían a entrar en escena.

La secuencia que rodaban trataba de una pareja gay que se separaba por unas semanas. Uno de ellos ―quien se quedaba―, era un tanto ancho de espaldas y llevaba una boina vasca con visera; el otro ―quien se iba―, era más joven que el primero, delgado y afeminado, optimista, se le veía enamorado. Los actores se despidieron con un abrazo sincero y sonriente. Después del abrazo el joven estiró la mano coqueteando, haciendo el gesto de quien pide dinero. Era una broma, un juego entre dos personas que se aman. El de la boina dejó caer en su mano algunas monedas, pero no el billete completamente extendido que sujetaba apenas con la punta de sus dedos. En ese momento llegó un taxi. El joven giraba en derredor del coche y subió a la parte trasera. El de la boina le dijo adioses sosegados asomando la cabeza por la ventanilla contraria y descansando el brazo en el toldo del taxi, con el billete ―completamente extendido― apenas sujeto en la punta de sus dedos. Entonces un viento dócil zafó de sus dedos el billete y lo hizo volar lento, delicado e inquieto hacia el cielo azul, sin una sola nube, del DF. El billete levitó impreciso hasta la altura de mi ventana. Yo, extendí el brazo y entreabrí los dedos como invitando al billete a posarse en ellos. Como si se tratara de una mariposa o de un colibrí. El billete descendió hacia mi mano pero sólo alcancé a tocarlo porque el mismo viento dócil volvió a levantarlo. Por un instante pude escuchar nítidamente el ruidito causado por mis dedos tratando, sin apuros, de tomar el billete ―ese peculiar sonido que hace el papel al ser sujetado por un extremo―. Pude escuchar, también, el viento que lo levantó y lo dejó por un momento quieto, flotando. Levanté la mirada y lo vi: ingrávido, inmóvil, a contracielo, dejando escapar por sus orillas destellos de sol que obligaban a achicar los ojos. Abajo había cierta expectación, muchos del equipo de realización habían sido testigos del vuelo del billete y miraban atentos. Me alejé de la ventana y tomé asiento en el comedor que estaba al centro de mi departamento. La silla era de madera y la mesa redonda, blanca, pesada y firme. De esas mesas que soportan con facilidad el peso de un hombre. Delante de mí apareció la persona con quien compartía mi vivienda, era un hombre simple, no recuerdo más. Detrás de mí la disposición del departamento era amplia y diáfana, la luz entraba por todos lados haciendo el espacio muy agradable. Al fondo se encontraba otro hombre ―mi segundo compañero de vivienda― echado en el sofá, quizá dormitaba, quizá escuchaba música, quizá leía, no lo sé. Entonces, sentado frente a la mesa blanca y firme ―de esas que soportan con facilidad el peso de un hombre―, vi entrar volando por la ventana al billete, como si fuera una mariposa o un colibrí. Extendí el brazo repitiendo el ademán de antes y el billete se posó suave en mis dedos. Lo tomé con cautela, sin avaricia, lo doblé por la mitad ―como suelo doblar los billetes― y lo puse sobre la mesa firme y blanca ―de esas que soportan con facilidad el peso de un hombre―. Encima de él acomodé una pequeña pila de monedas evitando así que volviera a volar. Yo y mis compañeros de vivienda ―que súbitamente habían aparecido a mi lado y habían presenciado el acontecimiento―, iniciamos entonces un aplauso emotivo y cálido. Sonreímos. Nos miramos con alegría a los ojos. Y en aquel momento pude escuchar ―nítidamente otra vez―, como el equipo de realización que hacía cine afuera, nos devolvía el aplauso, igual de cálido, igual de emotivo.

Con una sensación de bienestar metida en el cuerpo miré el billete, acerqué la punta de los dedos a su borde y al tocarlo, vi como lentamente se trasformó en una bellísima hoja seca de álamo. Tomé la hoja y caminé hacia otra ventana, no la misma, otra que hacia esquina con la primera. En esa segunda ventana se pegaban al cristal como las palmas de las manos de un hombre, las enormes hojas de un álamo frondoso movido por el viento, plantado en la acera y erguido hasta esa altura. Tomé la hoja seca y la superpuse en el cristal tratando de hacerla coincidir con una de las hojas de afuera. Ahí, tuve la sensación de que esa hoja me la había obsequiado una mujer. Una mujer muy triste, francesa, sola, deshabitada. No sabía quien era. Sólo sabía que estaba sola y distante de todo y de todos, menos de aquella hoja seca que mis manos ahora intentaban hacer coincidir con la otra hoja de afuera.

Miré por la ventana el cielo limpio. Pensé en el vuelo del billete; en el vuelo de las mariposas y de los colibríes; en el vuelo de las hojas secas. Pensé en los ojos de aquella mujer deshabitada.

Entonces, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

marzo 23, 2008

Tigres

Soñé que estaba en la India, en las montañas de la India, en el Himalaya. Estaba ahí haciendo un viaje iniciático que consistía en acompañar a una pequeña manada de tigres que realizaban su viaje migratorio anual hacia el centro de las montañas. Iba yo acompañado por dos o tres personajes, uno de ellos era mi amigo desde la infancia. Cuando comenzamos el viaje estábamos bastante alejados de los tigres ―tigres dorados, rayados, poderosos―.

Mi atuendo era muy básico, consistía en una manta color ladrillo oscuro atada a la cintura o cruzada por un hombro. Nada más. El paisaje era nebuloso y húmedo pero no hacía frío. Todo estaba mojado pero no llovía. Yo era moreno, prieto. Y el color de mi piel ayudaba a ser un tanto invisible en aquella selva. Conforme fuimos avanzando, día tras día, nos íbamos acercando cada vez más a los tigres ―tigres olfativos, tigres curiosos, desconfiados y magníficos―, y éstos se iban familiarizando con nosotros. Avanzábamos en riguroso silencio. Nadie decía ni una sola palabra durante varios días. Comíamos sólo fruta, una especie de dátiles o higos bastante azucarados. El terreno se hacía cada vez más agreste, más selvático, más irregular y teníamos que ayudarnos de las manos para poder seguir caminando, hasta que llegó el punto en que casi gateábamos junto a los tigres ―tigres sigilosos, tersos, enormes tigres fantásticos―. Yo podía sentir el latir de su corazón cuando pasaban junto a mí casi rozándome, podía sentir su incesante jadeo y su mirada que partía en dos la espesura. Mientras pasaban los días y acompañaba a los tigres mi pensamiento se iba aclarando al grado de que todo llegó a parecerme simple y natural. Me fui quedando sin cuestionamientos. En determinado momento uno de los personajes que me acompañaba, mi amigo de la infancia, se acercaba a mí y me hablaba. Entonces un tigre descomunal se lanzaba sobre nosotros rugiendo terriblemente, separándonos y dejándome a mí hecho un ovillo, temblando, sumido profundamente en el pánico. El tigre acercaba su enorme cabeza a mi cuello y olisqueaba pelando los dientes. Yo podía sentir su aliento, su baba, sus colmillos enormes. Miraba temeroso por debajo de mi brazo y veía también la furia en los otros tigres ―tigres malditos, enfermos, terriblemente maravillosos―. El animal enorme gruñía amenazante en mi cuello y yo guardaba todo el silencio posible, todo el respeto posible, toda la quietud posible. El formidable tigre cerraba el hocico y apagaba su furia, daba media vuelta e iba a echarse a unos metros de mí. Yo miraba con recelo a mi amigo de la infancia, reprochándole su insolencia, su desacato. Un rato después, cuando ya estábamos una vez más caminando como animales junto a los tigres, intenté decir algo a mi amigo de la infancia y de mi boca no salieron palabras, salieron gruñidos.

Así, llegamos al santuario de los tigres ―tigres supremos, tigres divinos, tigres omnipotentes―: era una especie de arena circundada por árboles y arbustos; una cazuela poco honda alfombrada por un pasto verde y terso y embrumada por una niebla sutil y tenue. Para llegar al redondel había que escalar una pendiente de lodo, marañas y piedras sueltas; y en la cima, un hombre. Un indio acuclillado, con el mismo atuendo que el mío y de mi mismo color. Me detuvo y me preguntó mirándome fijamente a los ojos:

―Parlas català?

―Sense problema ―contesté yo sin ningún desconcierto.

El indio tomó un cajete y, usando como pincel una ramita horquetada de la punta, comenzó a pintar sobre mi cara unas rayas atigradas. Después de mi rostro rayó mi cuerpo entero haciéndome sentir más animal que nunca; haciéndome sentir casi uno de ellos. Desde esa condición felina pude ver como en el redondel del santuario iban apareciendo varios ciervos inofensivos, débiles ciervos quebradizos. Entonces, los tigres iniciaban el festín: se lanzaban contra el cuello de los ciervos y les desgarraban la piel, los abrían en canal haciendo saltar por los aires las vísceras. Los rasgaban, los mordían, los reventaban. La escena se llenaba de ojos, de desesperados ojos de ciervo agónico, de hocicos de tigre con carne entre los dientes, de rostros felinos ensangrentados, de balidos agónicos de rumiante, de terribles rugidos de tigres ―hermosos tigres asesinos, apocalípticos, sangrientos, fratricidas, bellos y despiadados tigres―. Yo no sentía dolor ni pena. Sólo miraba estremecido y violento. Quería gritar, pero rugía.

En ese momento, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño, devolviéndome a la vigilia.