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septiembre 20, 2008

Morir matando [fragmento]

A ese cabrón yo lo maté. Lo maté con mis propias manos, o mejor dicho, con mis propias botas. Le metí un chingadazo al hijueputa y, luego, en el suelo, lo aplasté como quien aplasta a un pinche insecto. Y es que eso es lo que era: un pinche insecto. Pero sobre todo lo maté por torcerme la pinche vida, porque de alguna manera él también me mató a mí.

Yo no quería matarlo.
Pero la situación estaba ya muy revuelta y no me quedó de otra más que aplastarle la cabeza. Todavía me acuerdo de sus chillidos agudos, horribles, como si le estuviera quitando la vida. Y eso mero hacía: le quitaba la vida. Le puse la bota en la cabeza y se la aplasté hasta que escuché cómo su cráneo lleno de bolas crujió como cazuela de barro.
La Sonia se había quedado metida entre las sábanas, escondiendo la cabeza para no verlo. En cuanto encendimos la luz y lo miramos, se acurrucó en las cobijas y desde ahí debajo me dijo:
—Mátalo, Ufrosino. Mátalo.
Y a mí nomás de recordar sus putas patas peludas en mi espalda se me pusieron los pelos de punta; y luego al verlo ahí soltando una baba verdosa por el hocico y chillando agudo…, no me quedó de otra más que matarlo.

La culpa la tuvo él, porque si no hubiera estado metido entre las cobijas ahorita todavía seguiría vivo, y sobre todo, yo y la Sonia seguiríamos en santa paz. Pero aquella noche ahí estaba y ni la Sonia ni yo nos dimos cuenta; y no nos dimos cuenta porque cuando entramos al cuarto ya veníamos desbaratándonos a besos y la pinche ropa nos estorbaba para acariciarnos desnudos como cada noche. No prendimos la luz, nunca la habíamos prendido, siempre nos habíamos acariciado a oscuras tratando de no hacer ruido. Aquella noche íbamos más desesperados que nunca. No sé por qué. Quizá fueron los tequilas que nos habíamos resbalado un poco antes, sin tocarnos, fingiendo que nomás éramos amigos pero mirándonos cada vez que le pegábamos un trago al tequila, como queriendo que dentro del vaso en vez del aguardiente estuvieran nuestros labios, o nuestra lengua, o todo nuestro cuerpo completo.
A mí no me gustaba fingir pero no había de otra, nadie puede acaramelarse a la vista de todos con una mujer ajena. Pero en lo oscuro ya es diferente, ahí no hay ojos que lo acusen a uno, no hay miradas que lo maldigan y lo culpen. En lo oscuro no hay más que dos, solos, desnudos, alebrestados por la sangre que galopa en las venas y queriéndose beber enteros sin dejarle nada a nadie; ni al marido de la Sonia; ni a mi esposa; ni a nadie.

septiembre 11, 2008

Bigotito de galán de los años 50´s

Soñé que estaba en un restaurante chino. De esos donde venden arroz.tres.delicias, rollitos.primavera y tienen los asientos forrados con vinil rojo. Sentado en uno de aquellos sillones, abrazaba a la mujer que amo mientras mirábamos una película en blanco y negro del Tin Ta.

La película era proyectada sobre una cascada instalada al fondo del local. En la poza del pie de la cortina de agua nadaba tranquila una mamá.pato con sus tres patitos siguién-dola en fila.india. La cascada media por lo menos dos metros por cada lado y la proyección sobre el agua daba a la película un toqué extremadamente realista.
En el filme actuaban también Cantinflas y Mauricio Garcés. La trama consistía en que los tres cómicos intentaban deshacerse del cadáver de una viejita que inesperadamente se les había muerto en el baño de su departamento, mientras orinaba.
De pronto, dentro de la película aparecía yo. Yo mismo. Vestido
de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios.

Mientras los tres cómicos intentaban esconder el cadá-ver de la viejita en la parte superior de un ropero enorme, yo me dirigía hacia otra sala donde había un piano de cola, negro y brillante. Tomaba asiento frente al piano y
de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
empezaba a tocar una pieza clásica. Lo raro era que cada vez que mis dedos caían sobre las teclas, de la caja del piano brotaba una tortuguita amarilla. Viva. Sonriente.
Así, mientras yo interpretaba la pieza, el cuarto se iba llenando de decenas de pequeñas tortuguitas amarillas. Vivas. Sonrientes.

La película cambiaba de pronto la trama y el tono. Aho-ra Cantinflas, Tin Tan y yo, huíamos en un Chevrolet 56 de la temible, abominable, diabólica carcajada de Mauricio Garcés que nos perseguía omnisciente. En la imagen aparecía el ros-tro maléfico de Mauricio Garcés superpuesto en transparencia sobre el Chevrolet 56 donde viajábamos nosotros.
Ahí, se apoderaba de mí el presentimiento de que el fin del mundo estaba cerca. Y corroboraba esa noticia cuando veía pasar por la calle una camioneta de helados pregonando por el altavoz:

«¡Tin Tan, Cantinflas y Mauricio Garcés
quieren destruir el mundo!»

Con el terror de la noticia, yo
de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
iba en busca de la mujer que amo. Pero dramática-mente la encontraba fuera del filme.
Abrazada a otro hombre.
Otro hombre que era yo mismo.
Estaba sentada junto a ese otro yo en un sillón de vinil de un restaurante chino y mirándome de frente.
Su mirada me hería. Tanto, que estuve a punto de en-tregarme a la carcajada diabólica de Mauricio Garcés.

Fuera del filme yo.vestido.como.ahora, también sufría. Sufría por verme sufrir dentro de la película. Sufría porque el otro yo.en.blanco.y.negro era incapaz de entender que él y yo éramos el mismo.
«¡Apaguen esta chingadera!», gritaba a los chinos del restaurante, «Me hace sufrir verme sufrir». Pero nadie me hacía caso. No me entendían. Los chinos hablaban chino.
En un arranque de locura y al no soportar más el dolor de mis dos yoes. Tomaba del brazo a la mujer que amo y nos lanzamos hacia la cortina de agua donde se proyectaba la película alborotando a la mamá.pato y a sus tres patitos que la seguían en fila.india.
Y aparecíamos ahí los tres:
yo de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
la mujer que amo,
y yo.vestido.como.ahora.
Yo.en.blanco.y.negro miraba ofendido a yo.vestido.como.ahora porque llevaba de la mano a la mujer que amo. Yo.vestido.como.ahora intentaba explicarle a yo.en.blanco.y.-negro que éramos lo mismo, que ese yo y este yo éramos la misma persona, que por favor no se ofendiera.

Yo.en.blanco.y.negro no aguantaba más la rabia y la burla de ese otro yo. Así que
con sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
sacaba del riguroso smoking una smith.&.wesson cali-bre 44 y encañonaba a yo.vestido.como.ahora. Pero justo cuando iba a vaciar el arma sobre mí, Mauricio Garcés suje-taba mi brazo y me desarmaba sin que pusiera resistencia.
Súbitamente Tin Tan y Cantinflas me sacaban de cua-dro y yo.vestido.como.ahora me acercaba a Mauricio Garcés para agradecerle el gesto de haberme salvado de mí mismo.
―Gracias, pinche Mauricio ―le decía sonriendo.
―No soy Mauricio ―contestaba él con un brillo extraño en la mirada―. Soy Satanás.
Y su carcajada sonaba tétrica en el ambiente.
Y enormes llamaradas incendiaban la escena con todo y la cortina de agua donde se proyectaba la película;
con todo y la mamá.pato y sus patitos en fila.india;
con todo y los sillones de vinil rojo;
con todo y los chinos que hablaban chino.

Entonces,
llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

Amar a Mar [fragmento]

Para Mar.

Paz en la mar a las olas de buena voluntad.
Vicente Huidobro



El día en que Paolo Ardengo decidió quitarse la vida fue un lunes a mediados de junio. No era el día de su cumpleaños, no cerraba ningún ciclo con nadie, no festejaba nada, no recordaba nada especial. Era simplemente un lunes común y corriente, ordinario, insípido como todos los lunes. Un lunes que podría haber sido jueves o domingo.
Pero no.
Era lunes.
Un afortunado lunes, y eso, precisamente, enderezó su destino.

Paolo Ardengo había despertado arrastrando del sueño a la vigilia la misma tristeza de hacía meses. Había estado mirado el techo blanco de su habitación dejando que los minutos largos y bajos pasaran delante de sus ojos. Había estado escuchando sus latidos, contando sus latidos como quien cuenta ovejas. Había deseado estar solo. Solo y el sabor a alquitrán de su boca; solo y la flor de sal de sus recuerdos que se desmoronaba mientras miraba el techo blanco, inmóvil.
Inmóvil el techo.
Inmóvil él.
Paolo Ardengo se levantó en silencio, fue a la cocina a preparar café y caminó en calzoncillos hasta el balcón. Echó un vistazo reconociendo su calle: el café de las gallegas, la tienda de foto de Diego, el restaurante italiano, las bicicletas atadas a los postes, el bar de brasileños, las motos estacionadas en batería, las turistas rubias con poca ropa y gafas y sandalias y mapas de Barcelona en la mano y pechos levantados y barbillas levantadas y faldas levantadas. Las rancheras de José Alfredo Jiménez se desbarrancaban desde el tercer piso del edificio de enfrente. Jóse, el culpable de la música, estaba ya en su balcón sentado en su silla de viejo olvidado; y en el balcón de al lado, la morena que cada tarde tomaba el sol completamente desnuda pero lejana, sumergida en la música de los auriculares, desconectada del aquí y del ahora y enchufada en el allá, quién sabe dónde.
Era lunes.
Repito.
Un lunes como cualquier otro.

Desde su balcón, Paolo Ardengo se inclinó y tomó la cuerda que tenía dispuesta desde la noche anterior, atada firmemente en un extremo al barandal y con un perfecto nudo de horca en la otra punta. Muchas veces había pensado en su muerte. Imaginaba su cadáver en medio del paisaje y se estremecía. Le resultaba bello imaginarse, por ejemplo, ardiendo sin vida en una pira en mitad del monte rodeado de araucarias y framboyanes que alfombraban la tierra con una lluvia de pétalos; o reventado en la acera después de caer de diez metros de altura, con los ojos abiertos, intuyendo por última vez los pasos de algún transeúnte que se acercaría a ofrecerle ayuda inútilmente; o ahogado en mitad de un océano frío, lejano, sin más elemento que el agua y la sal. Si embargo, había desechado una a una esas alternativas. La muerte en la pira porque sabía que en realidad no tendría fuerzas ni valor para hacerse fuego una vez rodeado de leña y rociado con gasolina. La muerte por lanzamiento de azotea porque le producía algo muy parecido a la indignación el hecho de imaginar su cuerpo reventado, pisoteado por los turistas en la acera. Y el ahogamiento, porque juzgaba que el mar era más bien un elemento de vida y no de muerte. «Quien se suicida en el mar no quiere suicidarse», pensaba, «lo que busca en realidad es trascenderse». Así, había llegado a la conclusión de que la muerte más digna era la horca. La horca tenía ese toque romántico y brutal que tanto seduce a los poetas. Y Paolo Ardengo era poeta. Unos meses antes había ido a tatuarse en la planta de los pies sus últimas palabras a este mundo. En la planta del pie izquierdo se leía:
“Esta vida”
y en la planta del pie derecho:
“es una mierda”.

agosto 20, 2008

Sonata número 13 para clarinete [fragmento]


Para Daverio Miasnikoff
por las nostalgias compartidas.

Para la mujer que me enseñó a bailar.



Cuando don José Alfredo Sarquís percibió que estaba perdiendo el oído no lloró ni se lo dijo a nadie; ni siquiera a doña Consuelo Zendrera, su mujer, ni a Néstor, su mejor amigo, ni a Daverio Miasnikoff sino que, por el contrario, continuó tocando el clarinete en la Orquesta Filarmónica Nacional de la Ciudad de México como desde hacía ya cuarenta y cinco años, porque el clarinete no sólo era su devoción, sino su vida misma.



Don José Alfredo Sarquís era un hombre más bien solitario que tenía un andar parsimonioso y una despacés al hablar que a veces terminaba por desesperar a sus interlocutores. «Habla más aprisa, Fredo», le había dicho su mujer miles de veces, «¿No te das cuenta que aburres a la gente?»; a lo que don José Alfredo respondía igual de quedo que siempre: «Si la gente no tiene tiempo ni siquiera para escuchar, entonces es gente que no merece la pena», y cruzaba los brazos desnudos, porque siempre llevaba las mangas de la camisa remangadas para dejar libres las manos y los dedos, que cada noche masajeaba una hora y media exactamente.
Casado por lo civil con doña Consuelo Zendrera de Sarquís, fiel hasta el tuétano, negado al consuelo de las lágrimas y sin más hijos que un clarinete en si bemol, de ébano, traído de Alemania a principios del siglo diecinueve, don José Alfredo Sarquís había dedicado sesenta y nueve de sus setenta y ocho años de vida a tocar el clarinete, pues cuando tenía nueve años cumplidos comenzó su relación indestructible con aquel instrumento de aliento.
Fue la noche de un invierno triste en el Distrito Federal cuando su padre, don Rogelio Sarquís, lo llevó al Zócalo Capitalino a escuchar a la Sinfónica de Luxemburgo interpretando el Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach. En esos tiempos José Alfredo Sarquís era un niño al que apenas interesaban las cosas del mundo; con trabajos asistía a la escuela y las tardes duraban una eternidad mientras su madre intentaba ayudarle en sus tareas escolares. Aparentemente, lo único que le interesaba era el aire, las ráfagas de viento que en febrero se subían a la azotea y levantaban las sábanas blancas recién lavadas, o el viento que arrancaba las hojas de los árboles y las mantenía flotando ingrávidas con sus manos invisibles. Pocas cosas le interesaban más, podía pasarse horas y horas en la azotea viendo cómo los aviones atravesaban el cielo dejando una estela etérea, sostenidos por los brazos incorpóreos del viento.
Al llegar al Zócalo Capitalino ocuparon su lugar en la primera fila de las butacas plegables que se extendían de un lado a otro de la explanada. Era una noche fría y abierta, con la luna rutilante descaradamente puesta en lo alto del cielo. Y cuando los músicos estuvieron en sus puestos y el director izó la batuta y comenzaron a emerger las primeras notas musicales de los instrumentos de aliento, José Alfredo Sarquís sintió por vez primera la caricia más extraordinaria que jamás había sentido; abrió los ojos creyendo que su corazón también se abría conforme la pieza iba tocando suavemente sus oídos, pero se estremeció aún más hondamente cuando entendió que ese sonido no era otra cosa más que viento. El mismo viento que levanta sábanas en la azotea, el mismo viento que deshoja los árboles. Desde entonces no tuvo nada más en la mente y en el pecho que la idea impertinente de poder, como esos hombres, convertir el viento en música.
A los pocos meses lo expulsaron de la escuela porque se pasaba las clases con la mirada perdida en la ventana reproduciendo perennemente dentro de su cabeza aquel sonido que le daba cuerpo al viento. Y cuando su padre lo interrogó iracundo con el cinturón en la mano decidido a meterlo en el aro, a él no se le vinieron encima las lágrimas, sino la idea de hacerse etéreo y salir volando por encima del mundo. Cerró los ojos e intentó con todas sus fuerzas desvanecerse, hacerse invisible y salir convertido en una ráfaga de viento, sin embargo un cinturonazo de su padre le devolvió a la tierra.
—No te entiendo —se disculpó don Rogelio Sarquís arrepentido y con la voz llena de impotencia—. ¿Qué es lo que quieres, José Alfredo?
Entonces él sintió cómo las palabras se le caían de la boca empujadas desde el centro su pecho:
—Un clarinete —dijo con voz pequeñita.
—¡¿Qué?! —preguntó su padre, un poco porque no entendió, y otro porque la respuesta le resultó insólita.
—Un clarinete —repitió, ahora más claro.
Su padre reprimió una sonrisa de satisfacción y de orgullo, giró sobre sí mismo y abandonó la sala donde se encontraban, con un gesto contradictorio en la cara.
Para las siguientes navidades, José Alfredo Sarquís recibió con los ojos desorbitados de júbilo aquel instrumento que lo acompañó toda la vida. Venía en una caja envuelta en papel navideño y con una tarjeta donde se leía:
Para el mejor clarinetista del mundo.
Rompió el papel con desesperación y se encontró la caja negra forrada en piel y con herrajes plateados al frente. No dudó ni un segundo en abrir los herrajes y contemplar aquel instrumento partido en tres y acomodado gentilmente sobre el empaque de terciopelo rojo.
A partir de entonces se le vino encima otra afición, la de pasarse horas enteras subido en la azotea, pero ahora no sólo mirando las sábanas y los aviones allá puestos en el cielo, sino intentando sacarle alguna nota melodiosa a aquel instrumento. Así llegó a sus años adolescentes, sin instrucción profesional sobre el clarinete pero con un dominio de él que, cuando alguien lo escuchaba tocando, hacía que se sintiera irremisiblemente colmado de nostalgia; así cursó los seis años de conservatorio; así se especializó otros cuatro años más en el instrumento; y así fue cómo Consuelo Zendrera, en sus años de soltera, se enamoró ciegamente de él. De eso hacía ya casi cincuenta y dos años. Don José Alfredo Sarquís lo recordaba perfectamente. Fue el veintidós de julio, en plena época de lluvias. Consuelo Zendrera atendía un modesto tenderete de flores en el Parque de los Venados y, aquella tarde fría, después de un aguacero diluviano, escuchó, arrinconada en su puesto, las notas tristísimas del clarinete. El sonido se le enredó en el alma sometiéndola a seguir el aroma de las notas que se extendían en el ambiente como si se tratara de humo. Abandonó el puesto de flores, caminó entre los prados solitarios sin percatarse del ramo de claveles blancos que llevaba en la mano y, en una banca del fondo, entre la soledad que dejaba la lluvia tras de sí, encontró a José Alfredo Sarquís cerrando los ojos, envuelto en la bruma de la tarde y en una paz de monje, unido al clarinete en un beso perpetuo y acariciando con los dedos las claves de su instrumento. Atrapada por la nostalgia, por la fragilidad de la escena y por las notas, Consuelo Zendrera no pudo evitar sentarse a penas en la banca contigua y escuchar con un silencio solemne la pieza que aquel hombre interpretaba: Sonata número 13 para clarinete, de Johannes Brahms. La pieza por momentos caía en un remanso sutil y plácido, después subía el tono acariciando las copas de los álamos. Fue ahí cuando los árboles comenzaron a dejar caer sus hojas acompañando la melodía y un viento suave las mantuvo ingrávidas en el aire, jugueteando taciturnas, extraordinariamente etéreas. Consuelo Zendrera no supo en qué momento comenzó a deshojar los claveles blancos, soltando los pétalos al mismo viento que los recogía y los ponía a bailar igual de ingrávidos que las hojas. El parque se llenó entonces de una nube tersa de pétalos blancos, hojas secas y notas musicales que giraba pausada, luminosa, fantástica. «Así que esto es el cielo», pensó Consuelo Zendrera, y sin resistencia se dejó ir en la nube.
Nueve semanas más tarde se casaron sin ceremonia religiosa, les bastó un almuerzo en Tres Marías acompañados solamente por los familiares más cercanos y por Néstor, el eterno compañero y colega de oficio de don José Alfredo, con quien arreglaba el mundo todos los martes y jueves en el café Le Boheme ubicado en la calle Orizaba de la colonia Roma. Le Boheme era un cafecito con paredes de madera y luz tenue, atendido por Daverio Miasnikoff, un muchacho alto y blanco como la nieve, de gesto adusto y mirada recelosa herencia de sus abuelos rusos que habían llegado a México por esos azares inexplicables y a quien don José Alfredo intentaba persuadir para que se iniciara en las artes del clarinete. «En la tierra de tus abuelos este instrumento es muy importante», le decía. «Deberías interesarte un poco por su historia». En realidad don José Alfredo Sarquís veía al muchacho como el hijo que nunca tuvo y eso no era secreto para nadie; ni para Néstor, ni para doña Consuelo, ni para Daverio, ni para él mismo. Muchas veces, sentado en Le Boheme esperando a que llegara Néstor, don José Alfredo le había confesado:
—El destino se equivocó con nosotros, muchacho, tú debiste ser mi hijo y yo debí ser tu padre.
A lo que Daverio Miasnikoff respondía cambiando el gesto adusto por una sonrisa mientras le preparaba el eterno expreso doble, sin azúcar, servido en un pequeño vasito de cerámica poblana y sin cucharilla ni plato. Pero el muchacho estaba más interesado en asuntos del teatro y la fotografía que en asuntos de música. Sin embargo, jamás se negó a asistir a sus conciertos, y no sólo por complacer a don José Alfredo, sino porque igual que los pocos que lo conocían, disfrutaba empapado de la nostalgia que salía del clarinete cuando don José Alfredo Sarquís tocaba.

Llovizna [fragmento]

El lunes don Bardomiano despertó más temprano que de costumbre, calentó agua a leña y tomó un baño tibio a las cinco treinta. Había pasado la noche en vela escuchando el rumor de la llovizna rebotando en las tejas mezclado con los rezos apretados de su mujer, doña Aquilea. Ella, acostumbrada a madrugar desde hacía más de cincuenta años, se levantó después que él y le preparó la ropa en silencio.

Tendió la cama de tablas, encendió otra veladora a la Guadalupana y continuó con el rezo. Cuando cantaron los gallos don Bardomiano ya estaba afeitándose a navaja la barba encanecida frente al trozo de espejo que tenía colgado en un puntal del tejabán del patio, a un lado de la pila de agua. La mañana estaba igual de triste que ellos, el cielo era una misma cosa plomiza que lloraba y lloraba tercamente. Don Bardomiano fue al cuarto y se vistió sin ánimo, sintiendo que en cualquier momento se le iba a salir la pena por los ojos. Cuando entró al cuartito de la cocina, iluminado a penas por un par de velas y humedecido por las goteras que escurrían del techo, encontró a su esposa más envejecida que nunca. Llevaba puestos los guaraches de hule y el reboso sobre su cabeza de pelo largo y ceniciento, tenía los labios partidos y los ojos desgastados por la ausencia de sueño y el llanto.

—¿No quedamos en que nomás iba yo? —preguntó él sin ánimo, con la mirada apolillada y gris.
—No me dejates ir a despedirlo..., onque sea déjame ir a recogerlo —dijo doña Aquilea y su voz era una gotera más.
Don Bardomiano soltó la mirada al suelo, se acercó a ella e intentó una caricia manumisora pero el remordimiento y la culpa detuvieron su mano dejándola absurdamente en el aire. Fue doña Aquilea quien rescató la caricia al acercarse a él y meterse tímidamente en sus brazos. Don Bardomiano la recibió en silencio y no tuvo corazón para oponerse.

Al salir los recibió la llovizna impertinente de noviembre, don Bardomiano tomó del brazo a su esposa, se escondió debajo del sombrero y caminaron rumbo al pueblo. Bajaron por el Camino Real durante hora y cuarto sin decir palabra, acomodando los pasos entre el lodo y los charcos. Don Bardomiano seguía escuchando debajo del ruido de sus botines raspando las piedras, el rezo apretado de doña Aquilea y le pareció el mismo rezo que hacía ya casi veinte años había escuchado. También había sido de madrugada y también en ese camino, la diferencia estaba en que entonces ella rezaba por él. En aquellos tiempos don Bardomiano había decidido irse a buscar suerte a otras tierras y la única alternativa que encontró era El Norte. «Nomás pa hacer un dinerito, Aquilea, y así tener con qué hacerle frente a la vida», le decía. Doña Aquilea se opuso dócilmente a la determinación que había tomado, pero don Bardomiano arrojó una pregunta contundente: «Si no me voy ¿qué chingados vamos a comer?». Y doña Aquilea tuvo que comerse su tristeza. Unas semanas después vendieron sus dos vacas y al mes don Bardomiano ya estaba subido en la camioneta de redilas agarrándose el sombrero para que no se lo llevara el viento y rumbo al Norte.
Desafortunadamente el viaje de don Bardomiano había durado poco, porque nada más entrar en territorio Yanqui la policía migratoria ya estaba esperando al grupo de mojados con quienes viajaba, y a los pocos días regresó a su pueblo, vencido, con el amargo sabor de la derrota metido en todo el cuerpo y con una sensación culpígena pudriéndole las entrañas que lo obligó a esconder el suceso como quien esconde la deshonra. A partir de entonces le vino una resignación perniciosa que lo detuvo en su maizal durante años, obligándolo a hacer verdaderos milagros para ganarse el pan.

de ahora en adelante dormiré con un revolver bajo la almohada
por si a la madrugada se le ocurre entrar a tentarme
a ungirme con su olor de sombras
elegiré la mesa del rincón en las cantinas para no perder de vista al cantinero
ni a las muchachas que bailan desnudas
ni a los borrachos con los ojos inyectados
ni a los alacranes que salen de las rendijas

cruzaré los dedos cuando lance los dados
cuando te bese hondo con los ojos cerrados
cuando cuelgue el auricular después de charlar con el filo de los cuchillos

a partir de hoy mi mano izquierda contará mentiras a mi mano derecha
lanzaré escupitajos a los peter.panes que en las noches saltan por los tejados
y miraré de frente a guillermo.tell antes de atravesar con un aliento la manzana en su cabeza

sin osadía
sin remordimiento
meramente jugando desnudaré a las adanas
y negaré muchas veces a los evos
lúdico
continuaré matando hormigas con el índice como un niño.dios
y a golpe de mastercard compraré un pedazo del universo para enterrar mis penas
y las almas de los no.nacidos
las lágrimas de los abandonados
las venas lastimadas de los yonkies

seré
de ahora en adelante
el hombre.bala metido en la boca de un cañón con la mecha encendida
el trapecista.del.destino que salta sin red y sin respuesta
el pobre.infeliz que se enamora de las cosas imposibles:
el filo de la espada del caballo.de.espadas
la lluvia de vallejo
el semen en la puntita de los preservativos
la corteza de los árboles en marzo
las pintadas subversivas en los muros
el dolor olvidado de las recién.paridas
las fundas de las almohadas de los hoteles de paso
la ausencia de buenas.noches
el ruido de mis difuntas
las canas que me crecen en la barba
las bolsas de basura del día después de las borracheras
el polvo a contra luz
la letra efe
el aroma del epazote
la neblina de los panteones

y no lloraré más.



agosto 02, 2008


frente a ti soy un árbol
tengo sentido
existo

frente a ti soy un pez un girasol
la hebra del zarape negro con que la noche cobija el cielo
el cielo con que la tierra se protege de otros astros ajenos
los astros y sus ecuaciones del universo que frente a ti tienen razón en mí

he aprendido a cavar agujeros en mis manos
a prometer cielos y salivas
a cosechar todos los besos que maduran en tus labios
a robarle caricias a los gatos y ponerlas en tus muslos de agua que cura sedes justas
porque frente a ti puedo cambiar el sentido de las cosas tan sólo con el verbo:
«yerba» le digo a las calles y súbitamente reverdecen
«sangre» ordeno a las palomas y tiñen de rojo sus alas y sus vuelos
«agua» invoco en mi habitación y me veo en alta.mar navegando en mi cama siguiendo la estela de tus pies de las doce y diez

frente a ti me hago silencio y el escándalo del alcohol deja de torturarme las orejas y las encías
soy salvaje
una bestia
américa india de pezón prieto

frente a ti soy un gorila
un hombre de las cavernas
antes
una célula
el primer síntoma de vida

apelotonado y paquidermo frente a ti ligero
enchuequecido de los huesos frente a ti expansivo
huacal de leña de ocote que pretende ahumar tu corazón de niebla
tu corazón de cal
tu corazón de harina
tu corazón de gis
tu corazón de agua escurriendo por las tejas de la casa invisible del pueblo donde han de enterrarnos
juntos
uno encima del otro

frente a ti muero
paso días conviviendo con los bárbaros de inframundo y cada domingo resucito de entre los muertos
pero no me elevo
el peso de tus párpados me mantiene sujeto a la tierra
me zurcen a la tierra tus dedos
tus lienzos
tus besos
tus manos esdrújulas que saben disipar la comezón que me entra al alma cuando el mundo se apuñala y se desangra
tus manos
―abres tus manos
abres el pecho
los ojos
el corazón
y yo frente a ti soy capaz de apagar el sol a sombrerazos
de tumbar estrellas a pedradas
de cazar sirenas tiernas con mis perversas pesadillas
de sacar la mugre de las uñas a las soldadas
de masticar farolas hasta que la panza me relumbre como
luciérnago―

frente a ti soy un caracol
un ruido
un estupor de vientos masticados
un desfiladero
una hormiga eléctrica que echa rayos por las antenas

mira este corazón de mazapán
mira como tiembla en medio de tu mirada antigua
como se desliza en las cálidas arenas que son tu piel en las noches de desierto y en los días de desconsuelo
mira como se inflama ante tus ojos
porque frente a ti
tiemblo
soy más de lo que soy

mujer.acuarela
madre de los quirquinchos
crea una nueva humanidad con tus pinceles y nombra otra vez las cosas del mundo
ya que lo he desacomodado todo por culpa de tus ojos
porque yo
frente a ti soy una cosa sempiterna
un árbol
un jade
un armadillo
un espíritu viejo que se funde a tu costado por las noches
para poder dormir tranquilo.



mis ideas son un revoltijo de palomas amotinadas sobre un puño de alpiste
mis sentires, el alpiste
yo, la calle donde se amotinan las palomas

mis ideas son una horda de perros que se pelan los dientes y se erizan luchando por montar a una perra en celo
mis sentires, la perra en celo
yo, la calle llena de perros

mis ideas son el aguacero que irrumpe de unas nubes bastas y encharca los montes y los muelles y las ciudades
mis sentires, los charcos
yo, la calle mojada

mis ideas son las palabras de los locos, los gritos de los necios, la culpa de los infieles, el dolor de los asesinos
mis sentires, los locos, los necios, los infieles, los asesinos
yo, la calle llena de enfermos

mis ideas son los agujeros que dejaron las balas en el paredón donde fusilaron a un hombre
mis sentires, el paredón
yo, la calle donde fusilaron a ese hombre

mis ideas son las estrellas
mis sentires, la mano que intenta tocarlas
yo, esta calle desde donde no se ven las estrellas

mis ideas, los postes
mis sentires, los cables
yo, la calle.



tú y yo tenemos restos indios en la sangre
rasgos de tierra en las venas
rastros aztecas en la piel

tú y yo mujer.que.ve
estamos atados al ombligo de la misma luna

no hay tiempo entre nosotros
no hay mar
no hay dunas
ni cal en los párpados bastardos de nuestras lejanías
ni lenguajes extraños como telarañas enredadas en la lengua
ni trasatlánticos navegantes juicios.judeos

porque tú y yo mujer.que.cree.y.que.crea
estamos unidos al mismo humo
a la misma siembra
a la misma cuna

en nuestros labios late la misma selva
el mismo cactus
en nuestros dedos hierven los mismos vicios
en nuestras uñas laten las mismas muertes
y tenemos en nuestras manos la misma cicatriz de los años.



un montón de adoloridos huesos
un manojo de nervios y músculos envueltos con jirones de piel y pelo
carne
uñas
cartílagos
líquidos que suben y bajan
que entran y salen
que bullen
que hierven
que estallan

un amasijo de dudosos sesos que no cesan
que no ceden
impulsos.eléctricos―pulsiones.cardiacas
enviones bioquímicos que responden a estímulos externos
instintos
esfínteres
fibras que se desechan
sustancias que circulan

un caudal de fluidos que me tensan o me ralentizan
un buche de secreciones que me relajan o me exasperan

igual que un buitre
lo mismo que un manatí
idéntico a un artrópodo

soy eso
no soy más.