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marzo 31, 2009

La madrastra [fragmento]



Supe que mataron a mi padre por un enredo de faldas. Lo supe desde que era yo así de chiquito, a eso de los nueve o diez años; o tal vez desde antes, pero como me falla la cabezota pues no lo recuerdo bien. Su muerte nunca me importó tanto, lo que sí me daba comezón de vez en cuando era no saber quién lo había matado. Y conforme se me fueron juntando los años en el cuerpo más me fue entrando la curiosidad y la muina.
Por ahí de los trece o catorce, cuando yo y todos los demás niños comenzamos a hacernos hombres, fue cuando más me di cuenta de que yo padre no tenía. Al principio me gustó saber que lo mataron por faldas. Sonaba rebonito que al padre de uno le hubieran partido el pecho a cuchillazos por una mujer. La madrastra decía que bien merecido se lo tenía. «De tanto enredo llegó el momento en que se lo quebraron», decía secándose las manos en el delantal.

Lo primero que supe fue cómo lo mataron. Tenía yo ya casi diecisiete. Me lo dijo la Juana, una noche que estaba en su casa mojándome con sus besos y con sus caricias morenas de a treinta pesos.
-Ya se sabe que andas oliéndole los pasos a la Abigail -me dijo entre beso y beso.
Yo seguí como si nada, restregándome en su cuerpo.
-Mejor ni le busques -dijo-, no te vaya a pasar lo que a tu padre.
Entonces me encabroné. Me paré en seco de un pinche brinco y que le clavo los ojos como queriendo que mi mirada tuviera filo para cortarle el pescuezo.
-Déjate de pendejadas, Juana, a mi padre ni tan siquiera lo nombres.
-Perdón -dijo ella-, no sabía que te encabronara tanto.
-Pues ahora ya lo sabes -le dije y comencé a buscar mi ropa regada por todo el suelo.
La Juana se me quedó mirando como si yo fuera un niño todavía, y desde el catre donde estaba acostada, con las piernas abiertas y mojada, me dijo:
-Pues si de veras te molesta tanto, ¿por qué no has vengado su muerte?
Yo sentí como si me hubieran echado lumbre adentro, más lumbre de la que ya tenía por los besos de la Juana.
-Mira, Juana -dije acercándome a ella con los pantalones en la mano-, si yo supiera quién lo mató, en este mismito instante le partía la cabeza.
La Juana se quedó callada. La pinche mirada de como si yo fuera un niño no se le iba de los ojos. Cerró las piernas y sonrió arremolinándose en el catre.
-Tú lo sabes, Juana. Tú, cabrona, sabes quién mató a mi padre -le dije aventando el pantalón a la chingada y agarrándola de los brazos con harta rabia.
-¡Suéltame, pendejo! -dijo intentando zafarse de mis manos. Pero no la dejé. Es más, la apreté más recio. Es más, tuve un chingo de ganas de cachetearla, de voltearle la cara a chingadazos.
-¡Tú sabes quién mató a mi padre, Juana! -le grité zangoloteándola.
La Juana supo que no se me iba a soltar, así que me miró más seria, no como antes sino más seria, más como se mira a un hombre.
-Lo único que sé es que a tu padre no lo mató un hombre, lo mató una mujer.
En cuanto me llegaron las palabras a las orejas se me fueron las fuerzas de los brazos y solté a la Juana. Justo entonces me di cuenta de que estaba encuerado y volví a buscar mis pantalones para ponérmelos.
-Lo mataron en el mirador -siguió diciendo mientras se echaba una cobija encima-. Venía de ver a su querida allá arriba, y en la esquina de casa de don Alfredo López lo esperó una mujer engabanada y con sombrero, retrancada en el poste de luz. Dicen que a tu padre ni tiempo le dio de hacer nada. Cuando menos sintió ya tenía el pecho abierto a cuchilladas.
-Más te vale irte callando la bocota, Juana -le dije con la sangre hirviéndome por dentro-, no vaya a ser que el ansia que te tengo se me convierta en muina -y me salí descalzo y sin camisa, y comencé a caminar hacia mi casa, que es la casa de la madrastra: madre de mi hermano Ramiro y de los otros tres chiquitos.



marzo 15, 2009

me miras
desde la fotografía me miras
a mí

y yo
quisiera morir abrazado a tus ojos
estos que me beben ahora
y los.otros.ojos.tuyos que esta noche me beberán
desnuda
sembrada en mí

estar junto a ti es estar a la sombra de los cedros
cobijado por su tiempo
aliviado por su pausa

desde la fotografía
tu mirada escarba en la escarcha de los años que me restan
adivina en mis ojeras

quizá por eso no paro de nimbar tus labios
estos, que me nombran ahora
y los.otros.labios.tuyos que esta noche me nombrarán
desnudo
sembrado en ti

brota
desde tu fotografía
un aroma a sombra de cedros

te miro.



marzo 04, 2009




la noche aquí es larga y honda y llena de carcajadas y cadáveres
la noche aquí es un insecto
un incesto
un defecto

no hay aquí sitio para el mar
ni se pueden ver los barcos perdiéndose en la lejanía

tierra es lo que me hierve en el cuerpo
en las costuras de mis huesos
en el escarabajo de la fe
en la hilerita de hormigas que caminan por mis nervios

puñados de tierra en mis pupilas
montones de piedra desmoronándose en mi boca pedregosa de palabras

la noche aquí es un helecho.oscuro
un oscuro.helecho
rastro de saliva sobre las desnudas piernas de una mujer
no hay mar que pueda ser porque aquí la noche es de
los terrosos
los enterrados

no hay viento entre los dientes
ni cielo posible

sólo el mineral
el barro
las sustancias de la noche
las carcajadas de lodo
y estas mis lágrimas que no sirven para un carajo.


Edson Lechuga

enero 18, 2009

Anoche me soñé muerta [cap. 2]

La abuela de Diego Santamaría era viuda. En sus buenos tiempos fue profesora de canto y organizadora de coreografías con las niñas de la única escuela que había en Pahuatlán: la escuela Leandro Valle. La abuela tenía fama de buena cantante por los registros melodiosos con los que entonaba los boleros rancheros. El gusto por el canto la llevó a agenciarse un gramófono con el que se pasaba tardes enteras acompañando la voz de los artitas con la suya. Ocasionalmente fue invitada a cantar en alguna boda o en algún bautismo. Se presentaba engalanada de blanco y con un sombrero de fieltro con un colibrí dorado bordado en la copa y entonaba, con poca voz pero con mucha alma, las canciones que la gente aplaudía.
«No canto bien, pero canto recio», presumía al público.
Estuvo a punto de cambiar el gramófono por un aparato que reproducía discos de setenta y ocho revoluciones, pero el negocio del café, heredado de su padre, le arrancó las intenciones y la obligó a esmerarse en los asuntos de la vendimia. Pese a todo, el hábito por el canto no se le fue nunca, aún de vieja se le veía entre los tendales de café oreado, apoyada en su bordón de lima, limpiándose la frente con un paliacate y canturreando rancheras viejas incrustadas para siempre en su memoria. Creció envuelta en café tostado y su piel se impregnó de su aroma a tal grado, que cuando se acercaba a algún sitio, primero se percibía un sutil aroma a café y después llegaba ella. Su padre se había dedicado al negocio desde que ella lo recordaba, gracias a eso él había mantenido a seis hijos, y a un puñado de nietos, nietas y yernos. El negocio fue quedando en manos de la abuela por ser la más chica de la familia y la que aún vivía.
En otros tiempos la casa de la abuela había estado llena de vida: los corredores estaban rebosantes de indios que venían a la compra-venta de caracolillo; los macheros llenos de caballos y mulas, y muchos peones para descargar los bultos de café en bola, cereza, pergamino, verde, tostado y molido. La abuela aún recordaba los tiempos en que en su casa se preparaba el almuerzo para treinta personas diariamente. Recordaba a su padre diciendo con voz alta y orgullosa:
«Que no se respire miseria. Que echen hartos huevos y que preparen más agua de tuna».
Y las sirvientas se apuraban a quebrar huevos en las cazuelas con manteca hirviendo, a echar tortillas al comal curado con cal y ajo, a molcajetear el cuatomate y los chiles verdes.

El negocio de café fue próspero cuando Pahuatlán estaba rodeado de montañas salpicadas de tonos verdes y un mapa de ríos y arroyos bajaba por las laderas y regaba los cafetales. En esos tiempos se sentía una calidez extraña al mirar el pueblo desde la loma, como si fuera el hogar de quien lo visitara, viniera de donde viniera, fuera quien fuera. Amanecía junto con el olor a pan caliente y el canto de los gallos. Al poco rato las casas se llenaban del aroma a café recién hecho; luego la escuela comenzaba a recibir niños del Barrio Unido, Chancalco, Palpa, Quetzala y de algunas comunidades cercanas; los negocios del pueblo abrían sus puertas y los campesinos salían a arar la tierra. A media mañana venía el almuerzo. Los indios se acuclillaban en torno a un atado de enchiladas de jornalero que compartían con tragos de agua del bule, los comerciantes se echaban a la panza un par de huevos con frijoles y las madres llevaban el tentempié a sus hijos. Cuando sonaba el timbre de la escuela anunciando el final de clases, los niños corrían en estampida y llegaban a sus casas, colorados y sudorosos exigiendo un trago de agua fresca.
En aquel tiempo Pahuatlán parecía un racimo de casas, tapizado con tejados a dos aguas y muros de adobe, flotando sobre la falda del Cerro de Ahíla. Los domingos la plaza rebosaba de olores por el mercado, y las calles se llenaban de puestos de fritangas. Los indios de Atlantongo, Mamiquetla, Atlá, San Pablito y otros pueblos aledaños venían a Pahuatlán a comprar o vender maíz, frijol, chile, alimento para marrano, herraduras para caballo. Los menos pobres, además, llevaban un trozo de carne o un par de guaraches.
La abuela salía al mercado acompañada de dos indias que cargaban detrás de ella las canastas del mandado llenas de plátano macho, chayotexcle, papaya, frijol, calabacitas tiernas, quelites, carne de puerco y cilantro. Se vestía de do-mingo y se paseaba entre los manteados con las mejillas chapeadas con betabel y el reboso bordado. Después volvía a su casa a dar las instrucciones de la comida, y por la tarde cambiaba de reboso para ir a misa de seis. A esa hora el pueblo se inundaba del griterío de urracas que se disputaban las ramas de las impresionantes araucarias que crecían en el jardín, mientras Odilón se colgaba de las reatas de las campanas de la iglesia que anunciaban la misa, que en esos tiempos, todavía no oficiaba el padre Benigno. Después de misa las muchachas recién bañadas se sentaban en los bancos del parque, olorosas a sábila y a agua limpia, o paseaban dando vueltas al parque iluminado por los últimos chisguetes de luz vespertina y por los faroles que desparramaban una lucecita tímida y ámbar, esperando que a lo lejos sus enamorados les hicieran una seña para caminar disimuladamente hacia algún callejón oscuro donde pudieran estrujarse a besos. Mientras tanto, los indios ya iban de vuelta a sus comunidades colma-dos de aguardiente, mecapaleados, cargando costales de maíz para las tortillas de la semana, y seguidos en silencio por sus mujeres y sus hijos.
Entonces Pahuatlán olía a pulque y a chicharrón, a fritanga y a mula, a caballo, a indio. Y la abuela esperaba las noches sentada en el banco del patio de su casa, frente a los tendales ya sin café, tejiendo alguna chambrita a gancho y canturreando boleros rancheros.

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Los hermanos de la abuela habían emigrado del pueblo uno a uno; se habían ido acomodando en otras ciudades hasta olvidarse de Pahuatlán y de ella misma. Sus hijos también se fueron, únicamente se quedó Ruperto Santamaría quien se casó con Soledad Huipulco en una de las bodas más relevantes del pueblo.
Habían llegado al tendal de aquella casa adornada con papel picado y macetas de alcatraces envueltas en tela blanca y rematadas con filo dorado, para celebrar su boda. Se habían matado tres puercos, una novillona, seis guajolotes y catorce pollos; se frieron veintidós kilos de arroz con azafrán para trescientos cincuenta invitados; se trajeron sesenta tambos de pulque y dos toneles de refino del ochenta y cinco; se con-trataron dos tríos de huapangueros y una orquesta que toca-ba éxitos rancheros y boleros. Aquella noche la abuela deleitó a la concurrencia con su gentil voz de princesita, mientras Ruperto Santamaría embestía con urgencia a su esposa, porque los novios ni siquiera esperaron a que terminara la pachanga. El temperamento de Ruperto Santamaría no le permitió esperar ni un minuto más de lo necesario y, en cuanto terminaron la comilona, tomó a su mujer del brazo y la llevó al lecho.
«Sería mejor esperarnos a que acabara la fiesta, Ruperto», intentó detenerlo Soledad.
Pero el argumento de su marido fue categórico:
«¿Y mientras qué hago con esto?», dijo y se bajó los pantalones mostrando una erección febril e insoportable.
Entonces la abuela tuvo que cantar con más pasión, porque la pasión de su hijo le arrancó la virginidad a Soledad Huipulco junto con unos desgarradores gritos de placer que se escucharon en toda la casa.
Desafortunadamente, sólo les alcanzó el tiempo para engendrar un hijo: Diego Santamaría Huipulco; porque la línea de su vida se cortó de tajo y definitivamente cuando un incendio provocado por una veladora los sorprendió en la cama desnudos y amando.
Soledad fue la que percibió el olor a humo e intentó detenerse.
—Pérate, Rupe —pidió al padre de Diego entre beso y beso—. Creo que huele a lumbre.
Pero Ruperto Santamaría no pudo apaciguar el ímpetu del amor y siguió con su tarea de hombre. El fuego avanzó veloz haciendo crujir los muebles y llenando de humo el cuarto, pero Ruperto confundió el calor del incendio con el calor de Soledad, creyó también que sus gritos eran de placer y no de alarma, y arremetió con más ahínco. Cuando por fin terminó su febril tarea el fuego ya los estaba devorando implacablemente.
Diego se salvó gracias a que la abuela lo recogió de la cuna justo antes de que la lumbre lo chamuscara. No obstante, ella nunca le contó la historia; el pudor católico fue más fuerte y amasó el secreto en su pecho hasta el día de su muerte.

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Así, el negocio del café quedó en manos de la abuela y cuando comenzaron a escasear las lluvias Diego era ya el encargado. Pero una vez más el destino les partió la cara, se les vino encima la falta de aguas y la compra-venta se fue secando junto con los cafetales, las plantas, los montes, todas las cosas..., dejando a Pahuatlán de Valle como si nunca hubiera habido algo verde encima de sus cerros.

enero 01, 2009

Anoche me soñé muerta [cap. 1]

La noche anterior Gloria había soñado que Pahuatlán ardía.
El incendio comenzaba en la falda del cerro de Ahíla y desde su ventana podía ver el resplandor del fuego comiéndose al pueblo. La gente se organizaba para detener las llamara-das; hacían una cadena humana y acarreaban cubetas con agua desde la fuente del parque hasta el barrio Unido. Los baldes pasaban de mano en mano intentando detener a la bestia embravecida que devoraba árboles, huertas y corrales.
El fuego había venido de fuera, de lejos, de otro sitio diferente al mundo.


Había entrado por el barrio de Chancalco colándose por las ventanas escupiendo llamaradas, derribando fincas, tumbando postes y dejando los cables eléctricos chicoteando encendidos.
Luego había subido hasta el panteón a desbaratar las criptas.
Arrancaba a los muertos de sus tumbas y les achicharraba los huesos; profanaba las lápidas y quemaba muertos viejos y recientes tiñendo sus llamaradas de un color azul violáceo debido al tuétano que servía de combustible. Algunas calaveras salían rodando de entre las llamas con los huecos de los ojos enrojecidos, empujadas por las convulsiones de la lumbre.
Después cambiaba de dirección como si tuviera voluntad propia.
Se dirigía hacia el barrio del Mirador haciendo una herradura que envolvía a Pahuatlán en las llamas del infierno. A su paso la quemazón encontraba un chiquero con marranos en engorda, y sin piedad se les echaba encima carcomiéndoles la carne. Las crepitaciones crecían por la grasa de los cerdos y el ruido del fuego se llenaba de otro ruido: el chillido agudo de los marranos que, desesperados, intentaban huir de la boca de la lumbre. Uno de ellos, embestía la puerta del chiquero enloquecido por el ardor y salía huyendo envuelto en llamas. La bola de fuego chillaba horriblemente rebotando entre las casas, a media calle, de una acera a otra, revolcándose en la tierra hasta que la lumbre lo dejaba sin fuerzas.
Los árboles también lloraban.
Cada vez que alguno se venía abajo, vencido, se escuchaba el lamento ronco de su tallo.
Algunas personas se percataban a tiempo de las llama-radas y salían corriendo hacia la carretera de Huahuchinango. Otros, montando sus caballos, arrancaban rumbo a Tlacuilo. Incluso había gente que en vez de morir en el sueño, se aventaba por el barranco de detrás de la escuela Leandro Valle, sin importarles los golpes, los rasguños, las lajas que abrían sus carnes, las piedras que hacían tronar sus huesos cuando iban cayendo.
El sueño de Gloria fue tan vívido que le pareció real cuando, al salir de casa desquiciada de nervios por el incendio, por vez primera lo miró:
Un dios azteca.
Ostentaba en la cabeza el tocado de las deidades, la cara tachada con insignias de ofrenda; las piernas poderosas trazadas por el músculo; los pies calzados con un racimo de conchas ceremoniales. Con la mano derecha sujetaba firme la lanza de guerra que mostraba en la punta el terrible filo de una obsidiana; con la izquierda la copa de la sangre de los inmolados; y estaba metido en la piel de un hombre sacrificado.
Era un ser de fuego.
Ardían sus ojos, su boca, y ardía también el centro de su pecho. Gloria quedaba paralizada cuando el dios azteca acercaba su humanidad incandescente y señalaba en medio de sus pechos con el terrible filo de obsidiana.
En el sueño, Gloria corría desesperadamente calle arriba intentando salvarse; y desde la esquina podía ver cómo la herradura de fuego iba rodeando a Pahuatlán dejando sólo una salida. A gritos, poniendo su cuerpo delante de la multitud que corría sin sentido, llamaba la atención y señalaba la única puerta que ofrecía el incendio, pero entonces, miraba con horror cómo unía sus puntas encerrándolos en su corazón ardiente.
El anillo de lumbre viva comenzaba a cerrarse sobre ellos, iba haciendo estallar los tanques de agua, reventando los tinacos, derribando techos y tejabanes, devorando casas y plantas. Los pájaros volaban en parvadas espantadizas. Las calles se llenaban de una estampida de mulas, caballos, gallinas, cerdos, ratas y personas despavoridas que corrían hacia el centro del pueblo e iban apelotonándose en la plaza. Algu-nas personas morían aplastadas por las patas de las bestias, o quedaban a merced del fuego heridas en el suelo. Hasta que llegó el momento en que todos estaban ahí, apretados unos contra otros, mulas contra hombres, niños contra cerdos, aterrorizados, rodeados por el humo y las llamaradas que despedían un olor a carne y plumas quemadas.
Dentro del sueño, Gloria recordó la pestilencia que inva-dió a Pahuatlán el día de la lluvia de pájaros, y quiso, igual que entonces, arrodillarse ante la Virgen de la Inmaculada Concepción a rezar por su alma.
Pero en el sueño no había Virgen alguna.
Sólo estaba el incendio asesino que intentaba acabar con ella y que ahora elevaba ante sus ojos una ola de lava y la dejaba caer espesa y ardiente sobre su rostro.

Gloria se enderezó en la cama empapada en sudor y con el miedo carcomiéndola por dentro. Sus ojos se encontraron con la negrura de la noche, con el sofoco, con el bochorno, con la sed. Tuvo que esperar un rato a que sus pupilas se acostumbraran a la oscuridad y a que su cabeza fuera comprendiendo que había sido un mal sueño.
Pero cuando estuvo clara y llegó la realidad a su entendimiento, tuvo ganas de volver al sueño, a la pesadilla, al ardor de las llamaradas.
Fue consciente de que el horror del sueño, por terrible que fuera, era menos cruel que los escupitajos malolientes de su realidad.



noviembre 23, 2008

Funerales Fragoso [fragmento]

El destino de Liborio Garmendía se torció para siempre la madrugada del Sábado de Gloria de una Semana Santa. Él y su esposa, Etelvina Fragoso, habían ido a cenar a la verbena que cada año se organizaba en el pueblo. Desde que salieron de casa, Etelvina, encantada con el olor de las fritangas, sintió el ansia en la boca de su prominente estómago. «Me lo quisiera tragar todo», se confesó a sí misma, y comenzó con tres tamales de hollejo y un atole de cacahuate que compró en el primer puesto. Siguió con dos tostadas de pata, un pozole, una birria y cinco tacos de longaniza mientras caminaban por la calle principal rumbo a los portales.

El ambiente estaba lleno de gente apretujada, puestos de comida y la música de la banda de viento. Al llegar a la esquina de la plaza encontraron el cielo adornado con tiras de papel de colores vivos; la iglesia también estaba adornada con crisantemos y carteles con la palabra de Dios. La pareja se dirigió al templo y, antes de entrar a confesar sus pecados, Etelvina sucumbió a la tentación de la carne y devoró una chuleta de cerdo en chile huajillo.
—Ya deja de tragar —la regañó Liborio Garmendía con sus aires de señor.
—No puedo —confesó ella.
Cuando entraron a la iglesia Etelvina soltó el primer eructo premonitorio. Fue de una sonoridad tal que alejó a la gente que los rodeaba. «Perdón», se disculpó ella, «pero me salió del alma».
Dieron gracias a Dios hincados y en silencio, escuchando de fondo la música de viento y el trajín de la verbena. Al momento de levantarse, Liborio tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para poner en pie a su esposa.
—De haber sabido que te ibas a poner así, de pendejo me caso —masculló enrojecido por el esfuerzo.
Al salir de la iglesia otra vez le vino el antojo, ahora de frijoles charros. Agudizó el olfato, identificó el aroma, lo separó quirúrgicamente de los otros olores y se dejó guiar hacia el puesto donde borboteaba la cazuela.

A Etelvina Fragoso el ansia le había venido después del matrimonio. Fue una señorita bien portada y de carnes firmes; se casó de blanco y por las tres leyes con la ilusión virginal de entregarse a su esposo en cuerpo y alma para dedicar el resto de sus días a la crianza de los hijos. «Siete», decía, «quiero siete pilcatitos», pero en la noche de bodas a Liborio Garmendía le entró un algo que no le permitió que se le endureciera ni el gesto.
—Ha de ser por los nervios —se disculpó ante Etelvina escondido entre las sábanas.
—Ha de ser —suspiró ella aún virgen.
Sin embargo, los nervios le duraron años, porque Liborio no respondió a la tentación de la carne pese a que Etelvina intentó de todo: desde la sutileza de un baño de temazcal después de la merienda, hasta el descaro de abrírsele de piernas y esperarlo urgida. Tampoco sirvieron los menjurjes, el polvito de uña, el toloache y la sopa de ostión con gotitas de sangre de menstruación. Nada dio resultado. Liborio Garmendía estaba negado para siempre a las humedades del matrimonio.
La madre de Etelvina, anciana esculpida a golpe de rezo, le aconsejó que guardara el secreto como si fuera verdad de Dios. «Esa es la cruz que te tocó», le dijo. Etelvina Fragoso no sólo guardó el secreto, sino que dejó entrever en los bailes y en las tardes de café que la culpa de la ausencia de hijos era suya. «Es que soy de vientre delicado», decía con una resignación católica cuando le preguntaban. Así, poco a poco se le fue transformando el deseo carnal en deseo de carne, y le vino esa voracidad de náufrago.
Por su parte, Liborio Garmendía había sido un muchacho solitario y huraño. Huérfano de padre y madre, y arrimado en la casa de su tío abuelo Simón Garmendía, a duras penas terminó la primaria y después se puso a aprender el oficio de la madera en el taller de su tío. Gastó su juventud acariciando las tablas con el formón y la garlopa hasta que don Simón Garmendía murió y se quedó él al frente de la carpintería. Su única afición era ver a los muertos en los velorios, mirarlos impávidos recostados dentro de sus ataúdes, indefensos e inanimados. Liborio se quedaba mirando a los cadáveres desde la silla donde se sentaba hasta que el sueño le exigía descanso.
Descubrió su falta de pasión en sus años mozos, cuando todos los muchachos comenzaban a platicar de sus toqueteos. Liborio esperó con impaciencia el día en que sus partes se levantaran al amor pero eso nunca sucedió. Entonces ocultó su impotencia ante todos, incluso ante Dios, porque ni siquiera lo reveló en confesión.
Años más tarde, cuando en el pueblo se comenzaba a correr el rumor de sus impedimentos carnales, tuvo que darle vueltas a la cabeza buscando la manera de salvar su dignidad de hombre hecho y derecho, y decidió casarse. Inmediatamente pensó en Etelvina Fragoso por virginal, católica y obediente. Así, sin más, se presentó en casa de la elegida recién bañado, con un clavel ajado en la solapa del único saco que tenía herencia de Simón Garmendía, con sus botines cepillados a conciencia, y con un ramo de margaritas para que Etelvina tomara una decisión deshojándolas. Siete meses después fue la boda, discreta pero llena de ilusión, Etelvina Fragoso pensando en los hijos y Liborio Garmendía pensando en las apariencias.


noviembre 16, 2008

hay un indio con lágrimas en los ojos dentro de mis ojos
esbelto y ocre como danza de cielos o de soles
secular y latente como las flores con que a mis muertos venero
subrepticio
siempre oculto bajo mi piel

y me faltan labios para tantos sus besos
me faltan signos para tantos sus credos

hay un indio que se suelta en mis madrugadas
cuando la noche se desabotona la blusa y enseña su luna como si enseñara un pecho
una mancha de jaguar
una gota de tinta.china

indio huasteco que dice lo que digo
atardeciendo mis palabras cuando hablo
lloviznando mis rincones cuando lloro

y no me alcanzan los párpados para tenerlo
no me bastan los versos para nombrarlo

detrás de mis palabras sus pupilas
detrás de sus pupilas los montes
detrás de los montes un valle
en mitad del valle él
con un árbol naciendo de su palma.



noviembre 02, 2008

Unas por otras [fragmento]

Yo pensaba que esas pendejadas de Dios eran eso mismamente, puras pendejadas. Pero desde que se me comenzó a pudrir la pierna tuve que agarrarme a veinte uñas al manto sagrado de la Virgen de la Buenaventura. De no haber sido por eso, de seguro ya tendría podrido todo el cuerpo. Suerte que ella con sus ojitos retechulos me cuidó tarde a tarde la pierna que poco a poco se me fue poniendo renegrida; si hasta parece que me sobaba quedito con sus manitas santas.

Y todo por el pendejo del Clodomiro Vargas que me pegó un tiro en la pata derecha. Él dice que porque estaba robándome sus vacas, pero yo para qué iba a querer sus pinches vacas si están reflacas, las méndigas. Además, yo tengo mi Cliopatra; esa sí que está rechula, la canija. Todos los días nos da un chingo de litros de leche blanca y fresquita fresquita. El nombre se lo puso mi hija la menor. Ella, como sí fue a la escuela, pues le puso ese nombre, quesque porque fue una mujer de quién sabe dónde chingados que se bañaba con leche. A mí me cuadró el nombre, suena rebonito: Cliopatra. Luego en las tardes me la paso divisándola cómo menea la cola para espantarse las moscas, y le digo y le digo: «Cliopatra, Cliopatra». La verdad, no creo que me entienda ni una chingada, y si me entiende se hace güey, porque la ingrata ni siquiera me mira de reojo, nomás sigue meneando la cola de un lado para otro.
El Clodomiro dice que fue por lo de las vacas, pero en realidad fue por lo de su mujer. Yo no tengo la culpa de que aquella noche en el baile la Felipa se me arrejuntara tanto, y pues poco a poco se me fue poniendo duro el entendimiento. Ella bien que se daba cuenta, no me van a decir a mí que las viejas no sienten cuándo a uno se le endurece el instrumento. Sí, bien que se dan cuenta, las canijas, nomás que le hacen al güey para que uno piense que no saben nada de esas cosas.
La verdad es que a mí se me habían pasado las cucharadas aquella noche. Mi mujer no quiso ir al baile porque los zapatos que traiba estaban ya de al tiro muy dados al traste.
―Cómprame onque sea unos guaraches, Prudencio ―me había dicho una semana antes.
Pero de dónde hijos iba yo a sacar para unos guaraches, si con trabajos le habíamos comprado las libretas a los pilcates para que fueran a la escuela. Además, estaban pagando rebarato el maíz, si no mal recuerdo a menos de tres pesos el cuartillo.
―No vieja, ¿de dónde quieres que saque yo centavos para calzarte? ―dije yo.
Y ella que se monta en su macho.
―Si no me los compras, pues no voy.
Y pues no fue.

sobre mi memoria que es piel y sombra

octubre 27, 2008

los armadillos son radiantes
tímidos
misteriosos
inalcanzables

los armadillos son de allá
del otro lado del océano

endémicos
filósofos
constructores de mitos

los armadillos son los culpables de las nubes
ellos las crean con la intención de enamorar libélulas

para ser armadillo primero hay que ser tierra
después de ser armadillo se es agua
porque los armadillos son
lodo

nadie conoce el verdadero talento de los armadillos
son lo que son
en otros tiempos fueron gaznate
latido
niebla
guateque
otredad
insurgencia
miel
verso

los armadillos son los seres más hermosos del mundo
sobre todo ese que duerme acurrucado en tu ombligo.



octubre 19, 2008

Cartas de amor de un hombre solo [fragmento]

Ciudad de México, Distrito Federal.
Marzo 19 de 1970.

Señorita Silvia Torres.
Antes que nada permítame presentarme, mi nombre es Rodolfo Saldivar I. Saldivar, soy vecino suyo, vivo en el edificio C, departamento 201, de la misma unidad habitacional donde usted vive.
Acaso se preguntará el motivo por el cual un desconocido se toma el atrevimiento de perturbar su tiempo con estas líneas furtivas; pues a continuación explicaré a detalle la situación, e intentaré despejar sus incógnitas recién nacidas.

El motivo de esta carta, señorita Silvia, nació una tarde del otoño pasado, cuando por vez primera mis ojos sexagenarios pero aún llenos de vida encontraron por un azar que no busco comprender, su cuerpo flotando de un lado a otro del patio de la unidad que cohabitamos. He de confesar que desde entonces quedé prendado de usted, irremediablemente. Fue un momento fugaz e irrepetible, señorita, un viento suave sopló en derredor de usted alborotando su cabello rubio y levantando impertinentemente sus faldas dejando al descubierto sus tobillos. Tardé un instante en entender que se trataba de usted, porque a penas ayer era usted una niña todavía, sin el menor presagio de mujer en su cuerpo. Aún recuerdo, señorita Silvia, el día de su cumpleaños número nueve, porque sus padres se tomaron la molestia de convidarme a la celebración y asistí con mi sobrina. Seguramente la recuerda, se llama Sonia y su belleza es similar a la de usted.
Estuvieron jugando la tarde entera rodeadas de muñecas, regalos y otros niños de la unidad. Sepa, señorita Silvia, que entonces no había nada en usted que yo pudiera desear, incluso aún vivía mi esposa y la soledad no era tan aguda como en estos años. Pero no se piense usted que es la soledad la que me lleva a escribir estas líneas, no; el motivo es usted misma, porque desde aquel día de otoño no he dejado de pensarla a cada momento, hasta el punto de no pensar en nada más, sólo en usted, en todo momento, en todo lugar: usted.
Le he escrito largos poemas amorosos que guardo celosamente en una libreta que compré especialmente, y que ojala en un futuro próximo pueda usted escuchar mientras yo se los recito; quizá sentados en la banca de algún parque, o en una cafetería tranquila, o remando serenos sobre una lancha en el lago de Chapultepec, o en el sitio que usted decida.
Sé mucho de usted, señorita Silvia, porque desde aquel día de otoño comencé a indagar sobre su vida y sus costumbres con el único propósito de acercarme, de hacerme presente en su vida, de aparecer repentinamente en su camino. Pero fue inútil, nunca me atreví a saludarla siquiera. Excepto en una ocasión, seguramente la recordará. Fue aquel día lluvioso del febrero pasado cuando “casualmente” nos encontramos. Usted salió de la zapatería donde trabaja y buscó refugio en la parada del autobús, entonces llegué yo a su rescate. Le había comprado un ramo de rosas rojas y me protegía de la lluvia bajo un paraguas. ¿Recuerda?, incluso tuve que presentarme porque no me reconoció. Después estuvo de acuerdo en tomar mi brazo para que la acercara a casa, y hasta hizo un comentario sobre el ramo de rosas que esgrimía en mi mano. Recuerdo exactamente lo que dijo, señorita: «¿Quién es la afortunada?». Pero su aliento de manzana y de campo me impidió rotundamente decirle la verdad, confesarle que era usted misma. Porque ha de saber, señorita Silvia, que efectivamente, tiene usted un aliento a campo, a manzanas verdes.
No puedo ni quiero olvidar el peso de su mano sobre mi brazo, ni su risa liviana como papeles al viento, ni sus ojos inquietos, ni su cabello rubio y lacio, sujeto apenas en la nuca por una pinza.
Conservo aún los pétalos de aquellas rosas con la esperanza de algún día poder bañarla en ellos. Pero por favor no se equivoque, señorita; no se trata ésta de una carta soez y de mal gusto; ni de un arrebato pasional y desmesurado; ni siquiera de un tiento calculador. Todo lo contrario, se trata de una declaración de amor, abierta y sincera, franca.
Sé que podría ser su padre, señorita Silvia; pero también sé que podría ser su amante, su compañero, su protector, su aliado, su cómplice, su marido.
Señorita Silvia, de antemano permítame agradecerle sus pasos aquella tarde de otoño, y el viento que me mostró sus tobillos, y el peso de su mano sobre mi brazo, y su aliento a campo, a manzanas verdes.
Por último déjeme decirle que ya estoy ansioso esperando su respuesta, que seguramente (lo sé por el olfato intuitivo que me ha caracterizado desde siempre), será un definitivo, sincero y enamorado: Sí.

Atentamente.
Rodolfo Saldivar I. Saldivar

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DF 4 de abril
hola señor rodolfo
la verdad es que me costó un poco acordarme de usted, hasta que mi papá me puso al tanto.
me gustó mucho la carta que me escribió, en verdad es muy bonita y sincera. pero déjeme decirle que no pienso lo mismo que usted, aunque me encantaría ser su amiga y que me platique de aquellos tiempos que de seguro usted extraña mucho

hasta luego
silvia



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