prefiero la duda a la certeza, lo sutil a lo concreto, la posibilidad al hecho, el mito a la leyenda, la lluvia de otoño al sol de verano, el pecado a la pureza, las cosas pequeñas a las grandes, las diablas a los dioses, la izquierda a la derecha y la literatura a la realidad. viví en barcelona más de una década y ahí aprendí a ser uno de esos otros∙muchos que me habitan∙todos. sé ahora que escribir es escribir∙me y que todo texto es mejor que su autor.
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febrero 17, 2010
manual para aspirantes a la residencia europea II:
compre un móvil de 35€ en el fnac, sobrepóngase a la primera impresión y apréndase el número. láncese a ikea, sobrepóngase a la primera impresión y compre un kit de herramientas de 5€ y un armario de 45€, lo demás puede esperar. aprenda a reparar persianas, bicicletas, instalaciones eléctricas, pequeñas fugas de agua y otras chambitas domésticas y corra la voz. continúe con los flyers. continúe con el atún.
febrero 16, 2010
manual para aspirantes a la residencia europea I:
entre al país como turista. instálese en la casa de un valedor. salga a patrullar el barrio y localice el paki más cercano. compre un t10 y aprenda a colarse al metro. acepte la bici que le regalen [no importa las condiciones en que se encuentre, usted o ella]. busque trabajo repartiendo flayers en las ramblas. acostúmbrese a su nueva dieta de atún.
enero 29, 2010
gotas.de.mercurio [11]
Sabrás de mí tiempo después por mis publicaciones. Leerás con ansias mis textos pero no tendrás el filo necesario para llamar a la editorial y buscarme. Secretamente iras haciendo un altar donde irás poniendo mis libros, subrayados en las páginas donde te descubrirás. Ahí pondrás también esta foto donde me miras como si mirases algo bello [el alba, el viento moviendo las hojas de un libro]. Llorarás, Dorina, pero llorarás sana y salva, como el náufrago que llora después del rescate. Y a tus próximos amantes, novios, parejas, enamorados, incluso a tu marido, el primer regalo que le harás, secretamente también, a manera de conjuro, será un poemario de Vallejo. Incluso a veces, temeraria como eres, pedirás que alguno te lea buscando restos de mi voz en su voz. «En mi vida Vallejo fue un accidente», comentarás alguna tarde cuando la llovizna llovizne tus rincones más olvidados.
Ya no te dolerá mi futuro.
Tu tiempo será rectilíneo, sin protuberancias, pacífico y amable como la estela que dejan los barcos. Nunca volverás a esta habitación, incluso evitarás el número 309 en tus posteriores viajes.
Yo me esfumaré de tu vida, Dorina; no volveré a la universidad, ni al Espacio Escultórico; no volveré a hablarte de Pizarnik, Valente o Pessoa, ni de las mujeres nacidas en virgo. Jamás sabré de tus padres, ni de él que aún te ama, y aún, tenlo por seguro, menos que yo.
Pero llegará el día en que me olvidarás, Dorina; llegará el momento en que me borrarás de tu corazón de gaviota. Porque la vida es así, porque el cuerpo no conserva cosas en descomposición. Pondrás mis recuerdos en una cajita de zapatos y la guardarás [con aprecio, con solemnidad, como quien guarda algo hermoso pero pasado], en el fondo de algún armario: vivos pero ocultos; escondidos pero latentes.
Hasta que un día, dentro de muchos, muchos años, unas gotas de olvido como de mercurio, atravesarán tus recuerdos y te llevarán, inevitablemente, a Pahuatlán. Recordarás entonces que ahí nacen todas las cosas del mundo y querrás, una vez más, mojar tus pies en el río, dejar tu dolor en la niebla. Nuevamente harás girar el planeta con la fuerza de tus latidos y el olor a tierra mojada te llevará al cementerio. Ahí, caminarás despacio entre las tumbas hasta encontrar una
que llevará mi nombre
y un epitafio de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
FIN
Ya no te dolerá mi futuro.
Tu tiempo será rectilíneo, sin protuberancias, pacífico y amable como la estela que dejan los barcos. Nunca volverás a esta habitación, incluso evitarás el número 309 en tus posteriores viajes.
Yo me esfumaré de tu vida, Dorina; no volveré a la universidad, ni al Espacio Escultórico; no volveré a hablarte de Pizarnik, Valente o Pessoa, ni de las mujeres nacidas en virgo. Jamás sabré de tus padres, ni de él que aún te ama, y aún, tenlo por seguro, menos que yo.
Pero llegará el día en que me olvidarás, Dorina; llegará el momento en que me borrarás de tu corazón de gaviota. Porque la vida es así, porque el cuerpo no conserva cosas en descomposición. Pondrás mis recuerdos en una cajita de zapatos y la guardarás [con aprecio, con solemnidad, como quien guarda algo hermoso pero pasado], en el fondo de algún armario: vivos pero ocultos; escondidos pero latentes.
Hasta que un día, dentro de muchos, muchos años, unas gotas de olvido como de mercurio, atravesarán tus recuerdos y te llevarán, inevitablemente, a Pahuatlán. Recordarás entonces que ahí nacen todas las cosas del mundo y querrás, una vez más, mojar tus pies en el río, dejar tu dolor en la niebla. Nuevamente harás girar el planeta con la fuerza de tus latidos y el olor a tierra mojada te llevará al cementerio. Ahí, caminarás despacio entre las tumbas hasta encontrar una
que llevará mi nombre
y un epitafio de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
FIN
enero 15, 2010
Gotas.de.mercurio [10]
Pese a todo, dentro de unos minutos me iré, Dorina. Para siempre. Porque ambos sabemos que juntos no podríamos ir a ninguna parte; porque ambos sabemos que el mundo está vetado para este significado nuestro; porque juntos somos malqueridos, malvistos, malhechos, maltrechos, maldichos, malvenidos; porque uno es la enfermedad de la otra y la otra es la enfermedad del uno.
Porque nos dolemos.
Porque no sabemos cómo ni por qué; porque hemos migrado del amor al dolor casi sin darnos cuenta. Dentro de unos minutos me iré porque debo de irme, porque no es posible quedarse aquí para siempre y allá fuera no hay sitio para nosotros dos; no para esto que somos; no para esta labor; no para esta causa.
Así que me iré.
Apretando los dientes he llamado a tus padres y les he dicho donde estamos ocultos. Ahora mismo estarán ya en camino, furiosos, iracundos, con sus leyes en la boca, con sus juicios. No los dejé que hablarán cuando llamé, sólo dije soy yo, estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación y antes de soportar sus escupitajos colgué. Previamente, al encender tu teléfono, tuve miedo de que una vez más alguien te llamara [lo había apagado inmediatamente después de la llamada de Elisa miau]; tuve miedo y por eso me di prisa; busqué en la agenda el contacto casa y marqué acosado por las dudas. El teléfono de tu casa sonó una sola vez y ya estaba la voz de padre diciendo ¿Estás bien, mi niña? Entonces desaparecieron todas mis vacilaciones, una a una fueron cayendo delante de mí como un desbarrancadero de piedras: «Soy yo», dije, «estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación…» y ante el silencio tieso y vidrioso que cayó sobre nosotros, agregué: «Dorina está bien. Los está esperando», y colgué; y apagué el teléfono antes de soportar sus improperios.
Ahora viene hacia acá, estoy seguro.
Yo no los esperaré. Me iré antes. Así que al despertar sólo encontrarás un vaso de leche, mis gafas sobre nuestros libros [porque he decidido que el mundo siga borroso], y la tonada de Schubert rebotando en las paredes, levantando polvaredas en tu corazón.
Porque nos dolemos.
Porque no sabemos cómo ni por qué; porque hemos migrado del amor al dolor casi sin darnos cuenta. Dentro de unos minutos me iré porque debo de irme, porque no es posible quedarse aquí para siempre y allá fuera no hay sitio para nosotros dos; no para esto que somos; no para esta labor; no para esta causa.
Así que me iré.
Apretando los dientes he llamado a tus padres y les he dicho donde estamos ocultos. Ahora mismo estarán ya en camino, furiosos, iracundos, con sus leyes en la boca, con sus juicios. No los dejé que hablarán cuando llamé, sólo dije soy yo, estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación y antes de soportar sus escupitajos colgué. Previamente, al encender tu teléfono, tuve miedo de que una vez más alguien te llamara [lo había apagado inmediatamente después de la llamada de Elisa miau]; tuve miedo y por eso me di prisa; busqué en la agenda el contacto casa y marqué acosado por las dudas. El teléfono de tu casa sonó una sola vez y ya estaba la voz de padre diciendo ¿Estás bien, mi niña? Entonces desaparecieron todas mis vacilaciones, una a una fueron cayendo delante de mí como un desbarrancadero de piedras: «Soy yo», dije, «estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación…» y ante el silencio tieso y vidrioso que cayó sobre nosotros, agregué: «Dorina está bien. Los está esperando», y colgué; y apagué el teléfono antes de soportar sus improperios.
Ahora viene hacia acá, estoy seguro.
Yo no los esperaré. Me iré antes. Así que al despertar sólo encontrarás un vaso de leche, mis gafas sobre nuestros libros [porque he decidido que el mundo siga borroso], y la tonada de Schubert rebotando en las paredes, levantando polvaredas en tu corazón.
noviembre 30, 2009
Gotas.de.mercurio [9]
Semilla de maíz.
Soy una semilla de maíz.
Estoy puesta aquí por las manos de un nagual. Me ha dejado aquí para que mi sangre, sangre la tierra y germine. Yago en este surco arado por las manos de ese animal mío, ese animal que soy: limpio, oloroso a ocote, idéntico a los terrones de tierra donde fui enterrada. Soy la punta de una espiral. Soy una cicatriz. Soy una gota.
Mi nagual ha arado esta tierra donde yago; esta tierra que me cobija, me nutre, me fecunda; esta tierra donde voy dejando mi piel, mi carne, mis huesos; esta tierra donde sucedo.
Siento el germen latir en mi centro. Mi pequeño tallo recién nacido abriéndose paso desde mí hacia la superficie. Mi pequeño tallo, frágil, que levantará su cuello como quien levanta la cabeza en busca del horizonte, o del mar, o de las cosas imposibles que pueden llegar a su orilla. Mi pequeño tallo que siente niebla por ti, profesor; que siente lluvia, que late en tus labios y en tus sienes. Mi tallo que alzará la vista desperezándose, levantando su sombrero, dejando que tú, profesor, me contemples una vez más. Pero ya no seré yo; o seré yo sin yo: una diminuta mata de maíz con la cara al sol, erguida en mitad de la milpa, cómplice de las yerbas. No habrá entonces heridas en mi piel. No habrá duelo. Sólo, quizá, un rumor de rasguños olvidados, un error embutido en el alma de las cosas, una colmena de ayeres. No habrá duelo porque en su lugar pondré una mariposa atardecida con tu nombre acuestas, profesor, envuelto en malvones, alambre de espinas y lo miel de tus ojos siempre subjetivos: o un manatí melancólico, en cautiverio, para que se haga cargo de nuestras lágrimas y de nuestro exilio.
Seré yerba,
mata de maíz, flora en la lengua de los animales. Lloveré agujas de granizo sobre esta tierra de velorios, sobre este polvo del destino, intentando meterme en tu memoria, mirarte por debajo de la ropa con mi olfato de felina, tocarte con los ojos de mi tallo, nombrar los puntos cardinales de tu vida y hacer un noviembre en cada arista como una santa milagrosa.
Entonces tú vendrás conmigo, profesor,
cobijado de besos, agitando las golondrinas de tu pelvis, recitando poemas de Vallejo. Vendrás con tus ojos que han escarbado en mi tiempo; te harás un hueco en este hueco, te enterrarás aquí, en este lago, en este paraíso ateo que cultivo entre mis piernas. Vendrás, coleccionista de versos, a curiosear en la bahía de mi ombligo donde se escucha el mar cuando acercas el oído
[mi ombligo de vid, de manzana; mi ombligo amado por ti amado por mi ombligo].
Esto será mi cuerpo, profesor: un crío del maíz, un pueblo entero, un momento de jaguares, llovizna, amontonadero de piedras, presagio de tus sueños, un hombre vaciado de momentos, un bicho misterioso que empuña la ceniza de tus huesos, un poeta triste recitando versos que hablarán de aves prehistóricas, una nube que se estira para que la leyenda de mi presencia se haga neblina y te metas todo tú: mi profesor de hispánicas; tú: ciego devoto; tú: piedra de cuarzo; tú: hilo que sutura mis heridas; tu: gota de tierra; voz.
Pero eso será después.
Ahora sólo soy una semilla puesta en este surco de tierra, lastimada, abriéndome. Desde mis heridas brota ya el musgo, la tierra me inunda. Porque estoy hundida en la tierra, profesor, enterrada en la tierra, bañada en tierra, respirando tierra. Un nagual me dejó aquí, navegando en esta carne de tierra que me pudre y me fecunda; esta tierra meridiana, impalpable, surgida de las montañas que bajaron a tocarnos la espalda aquel septiembre en que nos conocimos. Aquí estaré hasta después de las lluvias, cuando los aguaceros den sentido a mi sepultura y levante mi tallo en busca de la luz del sol, en busca del polen de las estrellas.
Pero eso será después. Ahora soy pura fertilidad, el ombligo del mundo, la punta de una espiral, una semilla, una mujer.
La noche tiene para nosotros un bochorno secreto lleno de cometas, profesor. Tiene un derrumbe y un violín huasteco en los brazos tristes de un soldado.
Lo sé.
Lo he visto.
En mis desmayos, en mis crisis, en los sueños posteriores a mis heridas lo he visto. Vi el delirio de los inmortales, y los ecos fulgurantes del amor, y los presagios fatigados de la ausencia, y las barrancas infinitas de la sierra, y las ballenas indivisibles que pastan en tu pensamiento, y las alondras azulosas de tus huellas, y la falsa gloria del falso cielo, y los gritos desaforados del deseo, y los colmillos de los tigres, y mi cuerpo consumido por la tierra. Supe entonces que aún no había terminado de nacer, que mi destino era la semilla, el maíz, la tierra de este pueblo limpio. Y aquí estoy, profesor,
esperándote,
haciéndote un huequito a mi costado.
Un huequito de tierra porque no soy más. Solo mi piel y mi centro. Un corazón latiendo y transformándose en una maraña de raíces que se estiran y escarban en esta tierra que yo elegí. No hay muerte aquí. Aquí sólo hay la humedad del monte, la niebla del monte, el ruido del monte. El monte.
Allá, en aquel lugar diferente a éste, están las cosas del mundo pero no está el mundo. Allá están las hojas de los árboles y el tiempo y los aguaceros y mis padres y mi novio y los trenes y las habitaciones de hotel y esa melodía y tú, profesor. Allá, en ese sitio diferente a éste estás tú, con tus besos y tus versos y tus culpas y tus miedos y tu brutal manera de mirar y de decir. Pero no yo. Yo estoy aquí. Soy una semilla de maíz olorosa a tierra, a pantano. Es este mi mundo ahora:
lodo.
No es pan, ni fruta, ni azúcar, ni música, ni esa melodía que vagamente rebota en alguna esquina de esto que soy.
Antes no era maíz. Un tiempo fui gruta, fragua de espadas, ráfaga incandescente abriendo la carne. Un tiempo fui galope, ácaro, piedra de río mojada, débil. También fui derrumbe y cal, colmena furiosa, perra en celo, cocodrila tibia; y una ramita de araucaria movida por el viento. Un tiempo fui pan, zumbido, pliego de amate, ladrona turbia, páramo, turbina de avión, herida bajo las uñas. También fui escarcha, medias rotas, poema leído con tu voz, profesor… y tu voz, profesor; un tiempo fui tu voz.
Pero ya no,
ahora, enterrada en la tierra de este pueblo limpio,
soy una semilla de maíz esperando la lluvia.
Soy una semilla de maíz.
Estoy puesta aquí por las manos de un nagual. Me ha dejado aquí para que mi sangre, sangre la tierra y germine. Yago en este surco arado por las manos de ese animal mío, ese animal que soy: limpio, oloroso a ocote, idéntico a los terrones de tierra donde fui enterrada. Soy la punta de una espiral. Soy una cicatriz. Soy una gota.
Mi nagual ha arado esta tierra donde yago; esta tierra que me cobija, me nutre, me fecunda; esta tierra donde voy dejando mi piel, mi carne, mis huesos; esta tierra donde sucedo.
Siento el germen latir en mi centro. Mi pequeño tallo recién nacido abriéndose paso desde mí hacia la superficie. Mi pequeño tallo, frágil, que levantará su cuello como quien levanta la cabeza en busca del horizonte, o del mar, o de las cosas imposibles que pueden llegar a su orilla. Mi pequeño tallo que siente niebla por ti, profesor; que siente lluvia, que late en tus labios y en tus sienes. Mi tallo que alzará la vista desperezándose, levantando su sombrero, dejando que tú, profesor, me contemples una vez más. Pero ya no seré yo; o seré yo sin yo: una diminuta mata de maíz con la cara al sol, erguida en mitad de la milpa, cómplice de las yerbas. No habrá entonces heridas en mi piel. No habrá duelo. Sólo, quizá, un rumor de rasguños olvidados, un error embutido en el alma de las cosas, una colmena de ayeres. No habrá duelo porque en su lugar pondré una mariposa atardecida con tu nombre acuestas, profesor, envuelto en malvones, alambre de espinas y lo miel de tus ojos siempre subjetivos: o un manatí melancólico, en cautiverio, para que se haga cargo de nuestras lágrimas y de nuestro exilio.
Seré yerba,
mata de maíz, flora en la lengua de los animales. Lloveré agujas de granizo sobre esta tierra de velorios, sobre este polvo del destino, intentando meterme en tu memoria, mirarte por debajo de la ropa con mi olfato de felina, tocarte con los ojos de mi tallo, nombrar los puntos cardinales de tu vida y hacer un noviembre en cada arista como una santa milagrosa.
Entonces tú vendrás conmigo, profesor,
cobijado de besos, agitando las golondrinas de tu pelvis, recitando poemas de Vallejo. Vendrás con tus ojos que han escarbado en mi tiempo; te harás un hueco en este hueco, te enterrarás aquí, en este lago, en este paraíso ateo que cultivo entre mis piernas. Vendrás, coleccionista de versos, a curiosear en la bahía de mi ombligo donde se escucha el mar cuando acercas el oído
[mi ombligo de vid, de manzana; mi ombligo amado por ti amado por mi ombligo].
Esto será mi cuerpo, profesor: un crío del maíz, un pueblo entero, un momento de jaguares, llovizna, amontonadero de piedras, presagio de tus sueños, un hombre vaciado de momentos, un bicho misterioso que empuña la ceniza de tus huesos, un poeta triste recitando versos que hablarán de aves prehistóricas, una nube que se estira para que la leyenda de mi presencia se haga neblina y te metas todo tú: mi profesor de hispánicas; tú: ciego devoto; tú: piedra de cuarzo; tú: hilo que sutura mis heridas; tu: gota de tierra; voz.
Pero eso será después.
Ahora sólo soy una semilla puesta en este surco de tierra, lastimada, abriéndome. Desde mis heridas brota ya el musgo, la tierra me inunda. Porque estoy hundida en la tierra, profesor, enterrada en la tierra, bañada en tierra, respirando tierra. Un nagual me dejó aquí, navegando en esta carne de tierra que me pudre y me fecunda; esta tierra meridiana, impalpable, surgida de las montañas que bajaron a tocarnos la espalda aquel septiembre en que nos conocimos. Aquí estaré hasta después de las lluvias, cuando los aguaceros den sentido a mi sepultura y levante mi tallo en busca de la luz del sol, en busca del polen de las estrellas.
Pero eso será después. Ahora soy pura fertilidad, el ombligo del mundo, la punta de una espiral, una semilla, una mujer.
La noche tiene para nosotros un bochorno secreto lleno de cometas, profesor. Tiene un derrumbe y un violín huasteco en los brazos tristes de un soldado.
Lo sé.
Lo he visto.
En mis desmayos, en mis crisis, en los sueños posteriores a mis heridas lo he visto. Vi el delirio de los inmortales, y los ecos fulgurantes del amor, y los presagios fatigados de la ausencia, y las barrancas infinitas de la sierra, y las ballenas indivisibles que pastan en tu pensamiento, y las alondras azulosas de tus huellas, y la falsa gloria del falso cielo, y los gritos desaforados del deseo, y los colmillos de los tigres, y mi cuerpo consumido por la tierra. Supe entonces que aún no había terminado de nacer, que mi destino era la semilla, el maíz, la tierra de este pueblo limpio. Y aquí estoy, profesor,
esperándote,
haciéndote un huequito a mi costado.
Un huequito de tierra porque no soy más. Solo mi piel y mi centro. Un corazón latiendo y transformándose en una maraña de raíces que se estiran y escarban en esta tierra que yo elegí. No hay muerte aquí. Aquí sólo hay la humedad del monte, la niebla del monte, el ruido del monte. El monte.
Allá, en aquel lugar diferente a éste, están las cosas del mundo pero no está el mundo. Allá están las hojas de los árboles y el tiempo y los aguaceros y mis padres y mi novio y los trenes y las habitaciones de hotel y esa melodía y tú, profesor. Allá, en ese sitio diferente a éste estás tú, con tus besos y tus versos y tus culpas y tus miedos y tu brutal manera de mirar y de decir. Pero no yo. Yo estoy aquí. Soy una semilla de maíz olorosa a tierra, a pantano. Es este mi mundo ahora:
lodo.
No es pan, ni fruta, ni azúcar, ni música, ni esa melodía que vagamente rebota en alguna esquina de esto que soy.
Antes no era maíz. Un tiempo fui gruta, fragua de espadas, ráfaga incandescente abriendo la carne. Un tiempo fui galope, ácaro, piedra de río mojada, débil. También fui derrumbe y cal, colmena furiosa, perra en celo, cocodrila tibia; y una ramita de araucaria movida por el viento. Un tiempo fui pan, zumbido, pliego de amate, ladrona turbia, páramo, turbina de avión, herida bajo las uñas. También fui escarcha, medias rotas, poema leído con tu voz, profesor… y tu voz, profesor; un tiempo fui tu voz.
Pero ya no,
ahora, enterrada en la tierra de este pueblo limpio,
soy una semilla de maíz esperando la lluvia.
noviembre 11, 2009
vengo de un aletazo del monte
aztlán:
un accidente en la zurda de la cordillera
chícales
zopilote
palabra en llamas
salí de la yerba crecida en el pecho de este animal que soy
que he sido
jehuite devorando paredones
apoxcahuando la carne de los años
vengo del ruido de la lluvia rompiendo esperanzas
del divino tormento del refino y sus mentiras buenas
salí a mitad de una noche como a mitad de un suspiro
metidos en la cama dejé mis miedos
con sus tormentos
con el paso de sus pasos
huí porque vengo
vengo porque huí del hallazgo del primer hombre
y de la preñez de la única mujer.
aztlán:
un accidente en la zurda de la cordillera
chícales
zopilote
palabra en llamas
salí de la yerba crecida en el pecho de este animal que soy
que he sido
jehuite devorando paredones
apoxcahuando la carne de los años
vengo del ruido de la lluvia rompiendo esperanzas
del divino tormento del refino y sus mentiras buenas
salí a mitad de una noche como a mitad de un suspiro
metidos en la cama dejé mis miedos
con sus tormentos
con el paso de sus pasos
huí porque vengo
vengo porque huí del hallazgo del primer hombre
y de la preñez de la única mujer.
octubre 24, 2009
Gotas.de.mercurio [8]
Todo se derrumbó allá afuera, Dorina.
Qué bueno que no estás en esta vigilia porque hace un momento toda la realidad se vino abajo. Sin remedio. Sin sentido. Lo único que permanece ahora es esta habitación con nosotros dentro, a salvo, aislados del mundo en ruinas, metidos en esta burbuja que orbita en torno a un sol que se demora, que se niega a calentar nuestros desesperados huesos. Si intentásemos salir moriríamos perdidos en la nada. Eso me lo enseñaste tú, ¿recuerdas? Hace meses. Aquel día en que nos colamos clandestinamente a tu habitación y después de muchas horas de besos quise salir a darle la cara al mundo. «No salgas, profesor», dijiste, «mientras hacíamos el amor el mundo se fue al carajo y, ahora, allá afuera no hay nada».
Detuve mis pasos.
Hice caso a tus manos que ya me tocaban las piernas, la base de la espalda; ya me guiaban a tu costado tibio. Me tiré a tu lado y me dejé envolver por tu cuerpo montoncito de tierra caliente. Me dejé ahí, como quien deja un pan sobre la mesa:
adentro de tu habitación había mantras, símbolos, frases que te daban identidad escritas en las paredes, libros y una hoja de álamo pendiente de una ramita donde se leía:
La forma y el color de mi corazón;
afuera de tu habitación el desierto y el destierro. La oquedad. La ira de un dios falso, falsificado por la fe de los hombres;
adentro de tu habitación había tu piel, tus cicatrices, los poemas de Vallejo esperando ser leídos, ser nombrados, ser creados, ser inflados con fonemas hasta darles cuerpo;
afuera de tu habitación el delirio, la ciudad ardiendo, el olfato de los lobos en busca de nuestra sangre, la maldición de las nubes negras;
adentro todo tu significado, las palabras que el tiempo ha escrito sobre tu piel y que sólo yo he sabido leer;
afuera la devastación, las leyes de los hombres que no han aprendido a bien.morir;
adentro tus orgasmos, uno a uno, tenuemente, uno a uno, levemente, uno a uno, nubemente;
afuera el frío, la ausencia;
adentro tú
y tu cabello negro, largo, enmarañado a la almohada, a las sábanas, a mis dedos, al espejo del baño, a mis besos, al cristal de la ventana, a mi pupila cautiva; tu cabello tocando cada palabra pronunciada por nosotros; tu cabello enredándose a mis latidos, a mi pasado, al recuerdo del río donde mojaste tus pies de tierra y te echaste a reír debajo de aquel sol pahuateco. «Ven», me pediste aquella ocasión desde tu pequeña piedra.isla [la ropa mojada, la voz mojada].
Fui,
como he ido siempre que me dices ven.
Elisa miau nos miraba desde el puente colgante, nos tomaba fotos, nos decía en voz alta cosas simples. Elisa miau jugaba con su mote y gritaba: «miau, miau», cuando nos besábamos, cuando nos abrazábamos, cuando recogíamos piedritas del fondo de las pequeñas pozas, cuando nos quitábamos el pelo de la cara, cuando jugábamos a salpicarnos con el agua limpia del río limpio de aquel pueblo limpio.
Aún conservo una de aquellas fotos, Dorina. Debes saberlo. Aún tengo tu tristeza impresa en papel, tus ojos inalcanzables, tu cabello selvático, las pequeñas gotas de agua rociando tus hombros, aquel anillo de plata adornando tu dedo.corazón. Elisa miau me regaló la fotografía días después del viaje. «Le haces bien, profesor», me dijo, «mira como sonríe».
Era verdad: brillabas.
En la foto me mirabas como si estuvieras mirando al mar. Sonreías como si estuvieras presenciando algo bello y perenne: el alba, el viento moviendo las hojas de un libro. Llevabas el pantalón remangado hasta las rodillas y hundías tus pies en la pequeña poza, sentada [o puesta ahí], en tu pequeña isla.piedra. Yo, delante de ti, limpiaba tu rostro con las yemas de mis dedos. Dentro de la fotografía yo era feliz; fuera de ella, entonces, también; ahora, no. Ahora la realidad está hecha una inmensa bola de mierda a punto de pasar sobre nosotros. Por eso no debemos salir de esta habitación, Dorina, porque igual que aquella vez en tu cuarto, la realidad se está cayendo a pedazos.
Lo comprobé hace un momento, cuando intenté salir de este: nuestro refugio bueno. Pretendía ir al coche en busca de la foto. La tengo ahí, en la guantera, metida en la funda de los documentos del coche. ¿Lo sabes? ¿Incluso desde tu mundo onírico eres capaz de recordar que tú ahí la guardaste? La contemplaste entre tus manos, abriste la guantera y la acomodaste en la funda de mica para que puedas verme cuando te de la gana, profesor; para que no te olvides tan rápido de mí.
Esa foto fue una de las causas por las que continúe con esta historia, Dorina, porque debes saber que hace algún tiempo intenté soltarte, o mejor, soltarme de ti. Lo intenté como se intentan las cosas trascendentales, es decir, con ardor, con todo el espinazo. Lo intenté a partir de aquella madrugada cuando te encontré tirada en la escalera de tu edificio: ahogada en llanto y marihuana, abandonada, turbia, pasada por alcohol, el cúter en una mano, la herida en la otra. Al día siguiente al salir del hospital llamé a tu padre y una vez más recargó toda su cólera, su culpa, su miedo en usted estúpido profesor abusivo; usted que si tuviera en mis manos un arma ya no existiría; usted abusador, seductor, pedófilo; usted viejo.verde; porque antes de usted no se había hecho tanto daño, antes de usted las heridas eran más superficiales, antes de usted no tenía esa tendencia a llorar mientras llovía, antes de usted no leía cosas tan tristes, antes de usted no escribía cosas tan grises, antes de usted cantaba canciones bajitas, pequeñas, infantiles, mi niña, mi hija, mi astilla. Y yo sin saber qué decir. Cómo. Desde qué sitio. Con qué palabras.
Decidí largarme, Dorina.
Huir.
Poner distancia entre la ira de tu padre y mi humanidad; entre tus cicatrices y mis ganas de salvarte. Decidí alejarme, Dorina, pese a que tu ausencia significaría mi desolación, mi caída. Porque un hombre es incapaz de soportar el duelo de otro hombre; porque un hombre no puede contener el miedo de otro hombre, porque un hombre no es más que un hombre, porque yo sólo soy yo. Pero sobre todo, decidí largarme porque comprendí que si no iba a ser capaz de salvarte, te destruiría.
Me detuvo Elisa miau; o más precisamente, tu fotografía; o mejor aún, la forma en que ahí, en la foto, me mirabas. Dentro de ese hilo de luz que se tendía como telaraña entre tus ojos y los míos hallé una esperanza, una pulsión, un síntoma de vida, una rendija por donde entraban cielos limpios y el vuelo de las aves, los poemas de Vallejo, el aleteo de las mariposas, la niebla con sus pisadas de gata, la amistad de Elisa miau, el piano de Schubert, las palabras que he puesto en tu pupilas, la tierra de Pahuatlán, tu hambre de libros. Por eso volví. Por eso he vuelto siempre. Porque cada vez que intento alejarme,
vuelo,
siempre,
irremediablemente,
a ti,
a tu centro.
Invariablemente vuelvo, Dorina. Oscilo entorno a ti. Atado a ti. Centrifugando en ti. Orbitando en ti. Soy satelital a ti. Muchas veces he intentado largarme, dejar de herirte, dejar de salvarte, pero vuelvo, regreso, giro, rectifico, retorno a ti. Muchas veces, muchas veces, muchas veces, Dorina. Incluso hace unos minutos [¿Lo sabías? ¿Fuiste capaz de percibir mis intensiones?], cuando dije que iba al coche por la fotografía que tengo en la guantera, clandestinamente pretendía largarme, salir de aquí y no volver. Dejarte sola en tu mundo de sueños. Cambiar de facultad de universidad de ciudad de país de continente de hemisferio de planeta. Cambiar de especie. Romper todo vínculo. Dejar de ser yo. Pero no lo conseguí, Dorina, porque afuera el mundo está roto, despojado de sentido, hecho una mierda. Así que en esta realidad únicamente quedamos tú y yo, más solos juntos que separados.
Porque allá fuera el mundo está muerto
y ha comenzado a pudrirse.
Qué bueno que no estás en esta vigilia porque hace un momento toda la realidad se vino abajo. Sin remedio. Sin sentido. Lo único que permanece ahora es esta habitación con nosotros dentro, a salvo, aislados del mundo en ruinas, metidos en esta burbuja que orbita en torno a un sol que se demora, que se niega a calentar nuestros desesperados huesos. Si intentásemos salir moriríamos perdidos en la nada. Eso me lo enseñaste tú, ¿recuerdas? Hace meses. Aquel día en que nos colamos clandestinamente a tu habitación y después de muchas horas de besos quise salir a darle la cara al mundo. «No salgas, profesor», dijiste, «mientras hacíamos el amor el mundo se fue al carajo y, ahora, allá afuera no hay nada».
Detuve mis pasos.
Hice caso a tus manos que ya me tocaban las piernas, la base de la espalda; ya me guiaban a tu costado tibio. Me tiré a tu lado y me dejé envolver por tu cuerpo montoncito de tierra caliente. Me dejé ahí, como quien deja un pan sobre la mesa:
adentro de tu habitación había mantras, símbolos, frases que te daban identidad escritas en las paredes, libros y una hoja de álamo pendiente de una ramita donde se leía:
La forma y el color de mi corazón;
afuera de tu habitación el desierto y el destierro. La oquedad. La ira de un dios falso, falsificado por la fe de los hombres;
adentro de tu habitación había tu piel, tus cicatrices, los poemas de Vallejo esperando ser leídos, ser nombrados, ser creados, ser inflados con fonemas hasta darles cuerpo;
afuera de tu habitación el delirio, la ciudad ardiendo, el olfato de los lobos en busca de nuestra sangre, la maldición de las nubes negras;
adentro todo tu significado, las palabras que el tiempo ha escrito sobre tu piel y que sólo yo he sabido leer;
afuera la devastación, las leyes de los hombres que no han aprendido a bien.morir;
adentro tus orgasmos, uno a uno, tenuemente, uno a uno, levemente, uno a uno, nubemente;
afuera el frío, la ausencia;
adentro tú
y tu cabello negro, largo, enmarañado a la almohada, a las sábanas, a mis dedos, al espejo del baño, a mis besos, al cristal de la ventana, a mi pupila cautiva; tu cabello tocando cada palabra pronunciada por nosotros; tu cabello enredándose a mis latidos, a mi pasado, al recuerdo del río donde mojaste tus pies de tierra y te echaste a reír debajo de aquel sol pahuateco. «Ven», me pediste aquella ocasión desde tu pequeña piedra.isla [la ropa mojada, la voz mojada].
Fui,
como he ido siempre que me dices ven.
Elisa miau nos miraba desde el puente colgante, nos tomaba fotos, nos decía en voz alta cosas simples. Elisa miau jugaba con su mote y gritaba: «miau, miau», cuando nos besábamos, cuando nos abrazábamos, cuando recogíamos piedritas del fondo de las pequeñas pozas, cuando nos quitábamos el pelo de la cara, cuando jugábamos a salpicarnos con el agua limpia del río limpio de aquel pueblo limpio.
Aún conservo una de aquellas fotos, Dorina. Debes saberlo. Aún tengo tu tristeza impresa en papel, tus ojos inalcanzables, tu cabello selvático, las pequeñas gotas de agua rociando tus hombros, aquel anillo de plata adornando tu dedo.corazón. Elisa miau me regaló la fotografía días después del viaje. «Le haces bien, profesor», me dijo, «mira como sonríe».
Era verdad: brillabas.
En la foto me mirabas como si estuvieras mirando al mar. Sonreías como si estuvieras presenciando algo bello y perenne: el alba, el viento moviendo las hojas de un libro. Llevabas el pantalón remangado hasta las rodillas y hundías tus pies en la pequeña poza, sentada [o puesta ahí], en tu pequeña isla.piedra. Yo, delante de ti, limpiaba tu rostro con las yemas de mis dedos. Dentro de la fotografía yo era feliz; fuera de ella, entonces, también; ahora, no. Ahora la realidad está hecha una inmensa bola de mierda a punto de pasar sobre nosotros. Por eso no debemos salir de esta habitación, Dorina, porque igual que aquella vez en tu cuarto, la realidad se está cayendo a pedazos.
Lo comprobé hace un momento, cuando intenté salir de este: nuestro refugio bueno. Pretendía ir al coche en busca de la foto. La tengo ahí, en la guantera, metida en la funda de los documentos del coche. ¿Lo sabes? ¿Incluso desde tu mundo onírico eres capaz de recordar que tú ahí la guardaste? La contemplaste entre tus manos, abriste la guantera y la acomodaste en la funda de mica para que puedas verme cuando te de la gana, profesor; para que no te olvides tan rápido de mí.
Esa foto fue una de las causas por las que continúe con esta historia, Dorina, porque debes saber que hace algún tiempo intenté soltarte, o mejor, soltarme de ti. Lo intenté como se intentan las cosas trascendentales, es decir, con ardor, con todo el espinazo. Lo intenté a partir de aquella madrugada cuando te encontré tirada en la escalera de tu edificio: ahogada en llanto y marihuana, abandonada, turbia, pasada por alcohol, el cúter en una mano, la herida en la otra. Al día siguiente al salir del hospital llamé a tu padre y una vez más recargó toda su cólera, su culpa, su miedo en usted estúpido profesor abusivo; usted que si tuviera en mis manos un arma ya no existiría; usted abusador, seductor, pedófilo; usted viejo.verde; porque antes de usted no se había hecho tanto daño, antes de usted las heridas eran más superficiales, antes de usted no tenía esa tendencia a llorar mientras llovía, antes de usted no leía cosas tan tristes, antes de usted no escribía cosas tan grises, antes de usted cantaba canciones bajitas, pequeñas, infantiles, mi niña, mi hija, mi astilla. Y yo sin saber qué decir. Cómo. Desde qué sitio. Con qué palabras.
Decidí largarme, Dorina.
Huir.
Poner distancia entre la ira de tu padre y mi humanidad; entre tus cicatrices y mis ganas de salvarte. Decidí alejarme, Dorina, pese a que tu ausencia significaría mi desolación, mi caída. Porque un hombre es incapaz de soportar el duelo de otro hombre; porque un hombre no puede contener el miedo de otro hombre, porque un hombre no es más que un hombre, porque yo sólo soy yo. Pero sobre todo, decidí largarme porque comprendí que si no iba a ser capaz de salvarte, te destruiría.
Me detuvo Elisa miau; o más precisamente, tu fotografía; o mejor aún, la forma en que ahí, en la foto, me mirabas. Dentro de ese hilo de luz que se tendía como telaraña entre tus ojos y los míos hallé una esperanza, una pulsión, un síntoma de vida, una rendija por donde entraban cielos limpios y el vuelo de las aves, los poemas de Vallejo, el aleteo de las mariposas, la niebla con sus pisadas de gata, la amistad de Elisa miau, el piano de Schubert, las palabras que he puesto en tu pupilas, la tierra de Pahuatlán, tu hambre de libros. Por eso volví. Por eso he vuelto siempre. Porque cada vez que intento alejarme,
vuelo,
siempre,
irremediablemente,
a ti,
a tu centro.
Invariablemente vuelvo, Dorina. Oscilo entorno a ti. Atado a ti. Centrifugando en ti. Orbitando en ti. Soy satelital a ti. Muchas veces he intentado largarme, dejar de herirte, dejar de salvarte, pero vuelvo, regreso, giro, rectifico, retorno a ti. Muchas veces, muchas veces, muchas veces, Dorina. Incluso hace unos minutos [¿Lo sabías? ¿Fuiste capaz de percibir mis intensiones?], cuando dije que iba al coche por la fotografía que tengo en la guantera, clandestinamente pretendía largarme, salir de aquí y no volver. Dejarte sola en tu mundo de sueños. Cambiar de facultad de universidad de ciudad de país de continente de hemisferio de planeta. Cambiar de especie. Romper todo vínculo. Dejar de ser yo. Pero no lo conseguí, Dorina, porque afuera el mundo está roto, despojado de sentido, hecho una mierda. Así que en esta realidad únicamente quedamos tú y yo, más solos juntos que separados.
Porque allá fuera el mundo está muerto
y ha comenzado a pudrirse.
octubre 23, 2009
octubre 21, 2009
octubre 20, 2009
octubre 08, 2009
gotas.de.mercurio [7]
Hace un momento sonó tu teléfono celular y no supe qué hacer, Dorina. Súbitamente una ráfaga de miedo se coló en mí junto con la cancioncita que elegiste como tono de llamada. Busqué apresuradamente el aparato sobre el buró y oprimí botones al azar con mis dedos temblorosos hasta silenciarlo. Quería evitar que aquella cancioncita dulzona te expulsara del sueño justo donde ahora habitas. Con el teléfono en las manos caminé hacia ti, te vi sentir en el cuerpo el peso de la realidad, la certeza de la vigilia. Quise arrullarte, Dorina; recogerte en mis brazos y cantarte canciones que hablaran de soles y de cielos y de vuelos y de vientos. Puse una caricia en tus gestos y te cobijé otra vez,
como un padre arrepentido,
como un amante,
como un jaguar.
Nuevamente algo dijiste desde aquella realidad que es tu sueño y otra vez las palabras aquí terminaron siendo piedritas rodando por el borde de tus labios. Intenté recogerlas con mis labios mientras te besaba. Intenté probarlas, saberlas ciertas, conocer al menos su textura para tener una idea de las cosas con las que construyes tu inconciente. Sin embargo mi beso te llevó una vez más al centro del sueño y yo volví con el teléfono en la mano a mi silla de centinela.
Entre las manchas de sangre reseca vi la pantalla y leí el nombre de quien llamó: elisa miau
tu mejor amiga, tu compañera de mentiras y de oquedades, tu cómplice buena, tu tendedero de ropa sucia, tu secuaz felina, cauta, fiel. La única persona que sabe que entre tú y yo hay un puente ardiendo que une, que no cae, que quema, que no se derrumba. La única persona a quien hemos mostrado nuestra relación sin complejos, sin tapujos, simples y llanos como niños jugando en un río, como papalotes sostenidos por el viento.
«Elisa miau», dijo el día en que me la presentaste y ya sonreía; y tú, Dorina, sonreías diferente a su lado, más ligera, más sin miedo. Habíamos quedado de ir a un pueblo cerca de la ciudad, un pueblo que no es tuyo pero que lo hiciste tuyo en la medida en que te fuiste entregando a él. Un pueblo limpio donde el aire es limpio y los tejados son limpios y las lápidas de las tumbas del cementerio son limpias también; limpiadas por el peso leve de la niebla de noviembre, el viento de febrero, el sol de abril, la lluvia de junio.
Ahí no te hiciste daño,
tus heridas son de acero, de asfalto. Tus heridas están emparentadas con los puentes peatonales, con el filo de las azoteas; y en Pahuatlán lo que abunda son los sones huastecos, las araucarias, el griterío de las urracas a las seis de la tarde.
Ahí fuiste feliz,
ahí se confunden tus gestos con el olor de la tierra, se mezclan tus palabras con el sabor de las guayabas y tus pasos seden a las hojas de los álamos.
Elisa miau venía sola, dispuesta solamente a hacerte compañía, dedicada a ti, como yo, como toda la geografía de ese pueblo tuyo que no es tuyo y que acomodó sus aires al rimo de tu respiración. Vagamos perezosos por sus calles sintiendo la tierra debajo de nuestros pies; la tierra latente, viva; la tierra húmeda que soltaba sus vahos disfrazando las veredas de estelas nebulosas; la tierra de la que hablaste con soltura y profundidad como si estuvieras hablando de tu madre, como si siglos atrás hubieses sido subterránea y una gota de agua te hubiese hecho levantar los brazos hasta la superficie, estirar las manos en busca del sol, atravesar la cortina de tierra húmeda y, de este lado, en vez de que brotasen tus dedos, hubiera brotado el germen frágil, vivo, nuevo, de una semilla de maíz. La tierra que aquella vez elegiste como tumba porque aquí has de enterrarme, profesor; aquí has de traerme y estos álamos se han de nutrir con mi cuerpo; porque de aquí soy, profesor, de aquí es esta piel que ahora acaricio entre las sábanas de este hotel donde estamos escondidos, Dorina, tú y yo, solos, arrepentidos.
«No sólo tú, Dorina», te dije aquella vez mientras caminábamos por las veredas de Pahuatlán, «yo también soy de esta tierra», y detuviste el cielo deteniendo tus pasos, y giraste las montañas girando el cuerpo hacia mí y pusiste tus palabras en mi oído: «no sólo nosotros, profesor. Todo lo que hay en el mundo nació en esta tierra», y los álamos del monte dejaron caer sus hojas como consecuencia de tus palabras terrosas, llenas de tierra, enterradas como tú hace siglos.
De eso también me enamoré, Dorina, de la textura de tu voz cuando en clase me acercaba a tu butaca con cualquier pretexto y te obligaba a hablar, a decir alguna cosa: la hora, la fecha, algo relacionado con el tema de clase.
Tú lo intuiste.
Tú lo supiste.
Te percataste de la necesidad de dejarme estar en el timbre terroso de tu voz, porque, días después, la respuesta no vino de tu boca sino de tus palmas. Tomaste mi mano y dejaste un papelito entre mis dedos. Leí en silencio tu mensaje y descubrí un verso de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
Quedé mudo.
Ahora, aquí, debajo de este cielo ateo y entre esta lluvia que no cesa, tampoco hablo. No hay oídos donde mis palabras cobren sentido. Tú duermes tranquila, como si no debieras nada, como si todos los besos que me has dado fueran justos. Ya no sangras. Ya sólo respiras y duermes y sueñas con libros o con mis poemas que no pronuncias por miedo a que las palabras acaben. Y yo te miro dormir y miro la lluvia y miro las luces de los coches de la autopista que abren la noche, rasgan la noche, parten la noche que se vuelve a cerrar inexorable detrás de ellos. Y dentro de la noche estoy yo,
más solo que tú,
porque tú en tu sueño te acompañas. Yo, sin embargo, me conformo con acariciar tus cicatrices, las hermosas plantas de tus pies de tierra, el borde de tus labios rociado con trocitos de palabras.
Aún la noche está completa, Dorina.
La madrugada todavía no se presiente.
Cierro los ojos y el mundo deja de ser borroso para ser oscuro.
como un padre arrepentido,
como un amante,
como un jaguar.
Nuevamente algo dijiste desde aquella realidad que es tu sueño y otra vez las palabras aquí terminaron siendo piedritas rodando por el borde de tus labios. Intenté recogerlas con mis labios mientras te besaba. Intenté probarlas, saberlas ciertas, conocer al menos su textura para tener una idea de las cosas con las que construyes tu inconciente. Sin embargo mi beso te llevó una vez más al centro del sueño y yo volví con el teléfono en la mano a mi silla de centinela.
Entre las manchas de sangre reseca vi la pantalla y leí el nombre de quien llamó: elisa miau
tu mejor amiga, tu compañera de mentiras y de oquedades, tu cómplice buena, tu tendedero de ropa sucia, tu secuaz felina, cauta, fiel. La única persona que sabe que entre tú y yo hay un puente ardiendo que une, que no cae, que quema, que no se derrumba. La única persona a quien hemos mostrado nuestra relación sin complejos, sin tapujos, simples y llanos como niños jugando en un río, como papalotes sostenidos por el viento.
«Elisa miau», dijo el día en que me la presentaste y ya sonreía; y tú, Dorina, sonreías diferente a su lado, más ligera, más sin miedo. Habíamos quedado de ir a un pueblo cerca de la ciudad, un pueblo que no es tuyo pero que lo hiciste tuyo en la medida en que te fuiste entregando a él. Un pueblo limpio donde el aire es limpio y los tejados son limpios y las lápidas de las tumbas del cementerio son limpias también; limpiadas por el peso leve de la niebla de noviembre, el viento de febrero, el sol de abril, la lluvia de junio.
Ahí no te hiciste daño,
tus heridas son de acero, de asfalto. Tus heridas están emparentadas con los puentes peatonales, con el filo de las azoteas; y en Pahuatlán lo que abunda son los sones huastecos, las araucarias, el griterío de las urracas a las seis de la tarde.
Ahí fuiste feliz,
ahí se confunden tus gestos con el olor de la tierra, se mezclan tus palabras con el sabor de las guayabas y tus pasos seden a las hojas de los álamos.
Elisa miau venía sola, dispuesta solamente a hacerte compañía, dedicada a ti, como yo, como toda la geografía de ese pueblo tuyo que no es tuyo y que acomodó sus aires al rimo de tu respiración. Vagamos perezosos por sus calles sintiendo la tierra debajo de nuestros pies; la tierra latente, viva; la tierra húmeda que soltaba sus vahos disfrazando las veredas de estelas nebulosas; la tierra de la que hablaste con soltura y profundidad como si estuvieras hablando de tu madre, como si siglos atrás hubieses sido subterránea y una gota de agua te hubiese hecho levantar los brazos hasta la superficie, estirar las manos en busca del sol, atravesar la cortina de tierra húmeda y, de este lado, en vez de que brotasen tus dedos, hubiera brotado el germen frágil, vivo, nuevo, de una semilla de maíz. La tierra que aquella vez elegiste como tumba porque aquí has de enterrarme, profesor; aquí has de traerme y estos álamos se han de nutrir con mi cuerpo; porque de aquí soy, profesor, de aquí es esta piel que ahora acaricio entre las sábanas de este hotel donde estamos escondidos, Dorina, tú y yo, solos, arrepentidos.
«No sólo tú, Dorina», te dije aquella vez mientras caminábamos por las veredas de Pahuatlán, «yo también soy de esta tierra», y detuviste el cielo deteniendo tus pasos, y giraste las montañas girando el cuerpo hacia mí y pusiste tus palabras en mi oído: «no sólo nosotros, profesor. Todo lo que hay en el mundo nació en esta tierra», y los álamos del monte dejaron caer sus hojas como consecuencia de tus palabras terrosas, llenas de tierra, enterradas como tú hace siglos.
De eso también me enamoré, Dorina, de la textura de tu voz cuando en clase me acercaba a tu butaca con cualquier pretexto y te obligaba a hablar, a decir alguna cosa: la hora, la fecha, algo relacionado con el tema de clase.
Tú lo intuiste.
Tú lo supiste.
Te percataste de la necesidad de dejarme estar en el timbre terroso de tu voz, porque, días después, la respuesta no vino de tu boca sino de tus palmas. Tomaste mi mano y dejaste un papelito entre mis dedos. Leí en silencio tu mensaje y descubrí un verso de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
Quedé mudo.
Ahora, aquí, debajo de este cielo ateo y entre esta lluvia que no cesa, tampoco hablo. No hay oídos donde mis palabras cobren sentido. Tú duermes tranquila, como si no debieras nada, como si todos los besos que me has dado fueran justos. Ya no sangras. Ya sólo respiras y duermes y sueñas con libros o con mis poemas que no pronuncias por miedo a que las palabras acaben. Y yo te miro dormir y miro la lluvia y miro las luces de los coches de la autopista que abren la noche, rasgan la noche, parten la noche que se vuelve a cerrar inexorable detrás de ellos. Y dentro de la noche estoy yo,
más solo que tú,
porque tú en tu sueño te acompañas. Yo, sin embargo, me conformo con acariciar tus cicatrices, las hermosas plantas de tus pies de tierra, el borde de tus labios rociado con trocitos de palabras.
Aún la noche está completa, Dorina.
La madrugada todavía no se presiente.
Cierro los ojos y el mundo deja de ser borroso para ser oscuro.
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Semilla de maíz. Soy una semilla de maíz. Estoy puesta aquí por las manos de un nagual. Me ha dejado aquí para que mi sangre, sangre la tier...