prefiero la duda a la certeza, lo sutil a lo concreto, la posibilidad al hecho, el mito a la leyenda, la lluvia de otoño al sol de verano, el pecado a la pureza, las cosas pequeñas a las grandes, las diablas a los dioses, la izquierda a la derecha y la literatura a la realidad. viví en barcelona más de una década y ahí aprendí a ser uno de esos otros∙muchos que me habitan∙todos. sé ahora que escribir es escribir∙me y que todo texto es mejor que su autor.
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Raza:
febrero 23, 2010
manual para aspirantes a la residencia europea IV:
prepare su currículum de la siguiente manera: nombre verdadero, edad verdadera, dirección verdadera [la de su valedor], teléfono verdadero [recién comprado en el fnac], estudios de posgrado o doctorales [no es necesario que sea verdadero], experiencia laboral en diferente áreas [no es necesario que sea verdadero], hartos cursos y seminarios [no es necesario que sea verdadero]. omita indicar su estatus de ilegal. vaya pensando en una novia. continúe con el atún.
manual para aspirantes a la residencia europea III:
vaya alternando las chambitas con los flyers. haga caso omiso a su nueva condición de ilegal. pida a su valedor un par de meses más alegando asilo político. aproveche las ventajas de europa: salga de fiesta, fume hashís, chupe en las calles, orine entre containers, relaciónese con gente de todo el mundo, ligue con europeas. no salga del país. continúe con el atún.
febrero 17, 2010
manual para aspirantes a la residencia europea II:
compre un móvil de 35€ en el fnac, sobrepóngase a la primera impresión y apréndase el número. láncese a ikea, sobrepóngase a la primera impresión y compre un kit de herramientas de 5€ y un armario de 45€, lo demás puede esperar. aprenda a reparar persianas, bicicletas, instalaciones eléctricas, pequeñas fugas de agua y otras chambitas domésticas y corra la voz. continúe con los flyers. continúe con el atún.
febrero 16, 2010
manual para aspirantes a la residencia europea I:
entre al país como turista. instálese en la casa de un valedor. salga a patrullar el barrio y localice el paki más cercano. compre un t10 y aprenda a colarse al metro. acepte la bici que le regalen [no importa las condiciones en que se encuentre, usted o ella]. busque trabajo repartiendo flayers en las ramblas. acostúmbrese a su nueva dieta de atún.
enero 29, 2010
gotas.de.mercurio [11]
Sabrás de mí tiempo después por mis publicaciones. Leerás con ansias mis textos pero no tendrás el filo necesario para llamar a la editorial y buscarme. Secretamente iras haciendo un altar donde irás poniendo mis libros, subrayados en las páginas donde te descubrirás. Ahí pondrás también esta foto donde me miras como si mirases algo bello [el alba, el viento moviendo las hojas de un libro]. Llorarás, Dorina, pero llorarás sana y salva, como el náufrago que llora después del rescate. Y a tus próximos amantes, novios, parejas, enamorados, incluso a tu marido, el primer regalo que le harás, secretamente también, a manera de conjuro, será un poemario de Vallejo. Incluso a veces, temeraria como eres, pedirás que alguno te lea buscando restos de mi voz en su voz. «En mi vida Vallejo fue un accidente», comentarás alguna tarde cuando la llovizna llovizne tus rincones más olvidados.
Ya no te dolerá mi futuro.
Tu tiempo será rectilíneo, sin protuberancias, pacífico y amable como la estela que dejan los barcos. Nunca volverás a esta habitación, incluso evitarás el número 309 en tus posteriores viajes.
Yo me esfumaré de tu vida, Dorina; no volveré a la universidad, ni al Espacio Escultórico; no volveré a hablarte de Pizarnik, Valente o Pessoa, ni de las mujeres nacidas en virgo. Jamás sabré de tus padres, ni de él que aún te ama, y aún, tenlo por seguro, menos que yo.
Pero llegará el día en que me olvidarás, Dorina; llegará el momento en que me borrarás de tu corazón de gaviota. Porque la vida es así, porque el cuerpo no conserva cosas en descomposición. Pondrás mis recuerdos en una cajita de zapatos y la guardarás [con aprecio, con solemnidad, como quien guarda algo hermoso pero pasado], en el fondo de algún armario: vivos pero ocultos; escondidos pero latentes.
Hasta que un día, dentro de muchos, muchos años, unas gotas de olvido como de mercurio, atravesarán tus recuerdos y te llevarán, inevitablemente, a Pahuatlán. Recordarás entonces que ahí nacen todas las cosas del mundo y querrás, una vez más, mojar tus pies en el río, dejar tu dolor en la niebla. Nuevamente harás girar el planeta con la fuerza de tus latidos y el olor a tierra mojada te llevará al cementerio. Ahí, caminarás despacio entre las tumbas hasta encontrar una
que llevará mi nombre
y un epitafio de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
FIN
Ya no te dolerá mi futuro.
Tu tiempo será rectilíneo, sin protuberancias, pacífico y amable como la estela que dejan los barcos. Nunca volverás a esta habitación, incluso evitarás el número 309 en tus posteriores viajes.
Yo me esfumaré de tu vida, Dorina; no volveré a la universidad, ni al Espacio Escultórico; no volveré a hablarte de Pizarnik, Valente o Pessoa, ni de las mujeres nacidas en virgo. Jamás sabré de tus padres, ni de él que aún te ama, y aún, tenlo por seguro, menos que yo.
Pero llegará el día en que me olvidarás, Dorina; llegará el momento en que me borrarás de tu corazón de gaviota. Porque la vida es así, porque el cuerpo no conserva cosas en descomposición. Pondrás mis recuerdos en una cajita de zapatos y la guardarás [con aprecio, con solemnidad, como quien guarda algo hermoso pero pasado], en el fondo de algún armario: vivos pero ocultos; escondidos pero latentes.
Hasta que un día, dentro de muchos, muchos años, unas gotas de olvido como de mercurio, atravesarán tus recuerdos y te llevarán, inevitablemente, a Pahuatlán. Recordarás entonces que ahí nacen todas las cosas del mundo y querrás, una vez más, mojar tus pies en el río, dejar tu dolor en la niebla. Nuevamente harás girar el planeta con la fuerza de tus latidos y el olor a tierra mojada te llevará al cementerio. Ahí, caminarás despacio entre las tumbas hasta encontrar una
que llevará mi nombre
y un epitafio de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
FIN
enero 15, 2010
Gotas.de.mercurio [10]
Pese a todo, dentro de unos minutos me iré, Dorina. Para siempre. Porque ambos sabemos que juntos no podríamos ir a ninguna parte; porque ambos sabemos que el mundo está vetado para este significado nuestro; porque juntos somos malqueridos, malvistos, malhechos, maltrechos, maldichos, malvenidos; porque uno es la enfermedad de la otra y la otra es la enfermedad del uno.
Porque nos dolemos.
Porque no sabemos cómo ni por qué; porque hemos migrado del amor al dolor casi sin darnos cuenta. Dentro de unos minutos me iré porque debo de irme, porque no es posible quedarse aquí para siempre y allá fuera no hay sitio para nosotros dos; no para esto que somos; no para esta labor; no para esta causa.
Así que me iré.
Apretando los dientes he llamado a tus padres y les he dicho donde estamos ocultos. Ahora mismo estarán ya en camino, furiosos, iracundos, con sus leyes en la boca, con sus juicios. No los dejé que hablarán cuando llamé, sólo dije soy yo, estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación y antes de soportar sus escupitajos colgué. Previamente, al encender tu teléfono, tuve miedo de que una vez más alguien te llamara [lo había apagado inmediatamente después de la llamada de Elisa miau]; tuve miedo y por eso me di prisa; busqué en la agenda el contacto casa y marqué acosado por las dudas. El teléfono de tu casa sonó una sola vez y ya estaba la voz de padre diciendo ¿Estás bien, mi niña? Entonces desaparecieron todas mis vacilaciones, una a una fueron cayendo delante de mí como un desbarrancadero de piedras: «Soy yo», dije, «estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación…» y ante el silencio tieso y vidrioso que cayó sobre nosotros, agregué: «Dorina está bien. Los está esperando», y colgué; y apagué el teléfono antes de soportar sus improperios.
Ahora viene hacia acá, estoy seguro.
Yo no los esperaré. Me iré antes. Así que al despertar sólo encontrarás un vaso de leche, mis gafas sobre nuestros libros [porque he decidido que el mundo siga borroso], y la tonada de Schubert rebotando en las paredes, levantando polvaredas en tu corazón.
Porque nos dolemos.
Porque no sabemos cómo ni por qué; porque hemos migrado del amor al dolor casi sin darnos cuenta. Dentro de unos minutos me iré porque debo de irme, porque no es posible quedarse aquí para siempre y allá fuera no hay sitio para nosotros dos; no para esto que somos; no para esta labor; no para esta causa.
Así que me iré.
Apretando los dientes he llamado a tus padres y les he dicho donde estamos ocultos. Ahora mismo estarán ya en camino, furiosos, iracundos, con sus leyes en la boca, con sus juicios. No los dejé que hablarán cuando llamé, sólo dije soy yo, estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación y antes de soportar sus escupitajos colgué. Previamente, al encender tu teléfono, tuve miedo de que una vez más alguien te llamara [lo había apagado inmediatamente después de la llamada de Elisa miau]; tuve miedo y por eso me di prisa; busqué en la agenda el contacto casa y marqué acosado por las dudas. El teléfono de tu casa sonó una sola vez y ya estaba la voz de padre diciendo ¿Estás bien, mi niña? Entonces desaparecieron todas mis vacilaciones, una a una fueron cayendo delante de mí como un desbarrancadero de piedras: «Soy yo», dije, «estamos en tal carretera, en tal hotel, en tal habitación…» y ante el silencio tieso y vidrioso que cayó sobre nosotros, agregué: «Dorina está bien. Los está esperando», y colgué; y apagué el teléfono antes de soportar sus improperios.
Ahora viene hacia acá, estoy seguro.
Yo no los esperaré. Me iré antes. Así que al despertar sólo encontrarás un vaso de leche, mis gafas sobre nuestros libros [porque he decidido que el mundo siga borroso], y la tonada de Schubert rebotando en las paredes, levantando polvaredas en tu corazón.
noviembre 30, 2009
Gotas.de.mercurio [9]
Semilla de maíz.
Soy una semilla de maíz.
Estoy puesta aquí por las manos de un nagual. Me ha dejado aquí para que mi sangre, sangre la tierra y germine. Yago en este surco arado por las manos de ese animal mío, ese animal que soy: limpio, oloroso a ocote, idéntico a los terrones de tierra donde fui enterrada. Soy la punta de una espiral. Soy una cicatriz. Soy una gota.
Mi nagual ha arado esta tierra donde yago; esta tierra que me cobija, me nutre, me fecunda; esta tierra donde voy dejando mi piel, mi carne, mis huesos; esta tierra donde sucedo.
Siento el germen latir en mi centro. Mi pequeño tallo recién nacido abriéndose paso desde mí hacia la superficie. Mi pequeño tallo, frágil, que levantará su cuello como quien levanta la cabeza en busca del horizonte, o del mar, o de las cosas imposibles que pueden llegar a su orilla. Mi pequeño tallo que siente niebla por ti, profesor; que siente lluvia, que late en tus labios y en tus sienes. Mi tallo que alzará la vista desperezándose, levantando su sombrero, dejando que tú, profesor, me contemples una vez más. Pero ya no seré yo; o seré yo sin yo: una diminuta mata de maíz con la cara al sol, erguida en mitad de la milpa, cómplice de las yerbas. No habrá entonces heridas en mi piel. No habrá duelo. Sólo, quizá, un rumor de rasguños olvidados, un error embutido en el alma de las cosas, una colmena de ayeres. No habrá duelo porque en su lugar pondré una mariposa atardecida con tu nombre acuestas, profesor, envuelto en malvones, alambre de espinas y lo miel de tus ojos siempre subjetivos: o un manatí melancólico, en cautiverio, para que se haga cargo de nuestras lágrimas y de nuestro exilio.
Seré yerba,
mata de maíz, flora en la lengua de los animales. Lloveré agujas de granizo sobre esta tierra de velorios, sobre este polvo del destino, intentando meterme en tu memoria, mirarte por debajo de la ropa con mi olfato de felina, tocarte con los ojos de mi tallo, nombrar los puntos cardinales de tu vida y hacer un noviembre en cada arista como una santa milagrosa.
Entonces tú vendrás conmigo, profesor,
cobijado de besos, agitando las golondrinas de tu pelvis, recitando poemas de Vallejo. Vendrás con tus ojos que han escarbado en mi tiempo; te harás un hueco en este hueco, te enterrarás aquí, en este lago, en este paraíso ateo que cultivo entre mis piernas. Vendrás, coleccionista de versos, a curiosear en la bahía de mi ombligo donde se escucha el mar cuando acercas el oído
[mi ombligo de vid, de manzana; mi ombligo amado por ti amado por mi ombligo].
Esto será mi cuerpo, profesor: un crío del maíz, un pueblo entero, un momento de jaguares, llovizna, amontonadero de piedras, presagio de tus sueños, un hombre vaciado de momentos, un bicho misterioso que empuña la ceniza de tus huesos, un poeta triste recitando versos que hablarán de aves prehistóricas, una nube que se estira para que la leyenda de mi presencia se haga neblina y te metas todo tú: mi profesor de hispánicas; tú: ciego devoto; tú: piedra de cuarzo; tú: hilo que sutura mis heridas; tu: gota de tierra; voz.
Pero eso será después.
Ahora sólo soy una semilla puesta en este surco de tierra, lastimada, abriéndome. Desde mis heridas brota ya el musgo, la tierra me inunda. Porque estoy hundida en la tierra, profesor, enterrada en la tierra, bañada en tierra, respirando tierra. Un nagual me dejó aquí, navegando en esta carne de tierra que me pudre y me fecunda; esta tierra meridiana, impalpable, surgida de las montañas que bajaron a tocarnos la espalda aquel septiembre en que nos conocimos. Aquí estaré hasta después de las lluvias, cuando los aguaceros den sentido a mi sepultura y levante mi tallo en busca de la luz del sol, en busca del polen de las estrellas.
Pero eso será después. Ahora soy pura fertilidad, el ombligo del mundo, la punta de una espiral, una semilla, una mujer.
La noche tiene para nosotros un bochorno secreto lleno de cometas, profesor. Tiene un derrumbe y un violín huasteco en los brazos tristes de un soldado.
Lo sé.
Lo he visto.
En mis desmayos, en mis crisis, en los sueños posteriores a mis heridas lo he visto. Vi el delirio de los inmortales, y los ecos fulgurantes del amor, y los presagios fatigados de la ausencia, y las barrancas infinitas de la sierra, y las ballenas indivisibles que pastan en tu pensamiento, y las alondras azulosas de tus huellas, y la falsa gloria del falso cielo, y los gritos desaforados del deseo, y los colmillos de los tigres, y mi cuerpo consumido por la tierra. Supe entonces que aún no había terminado de nacer, que mi destino era la semilla, el maíz, la tierra de este pueblo limpio. Y aquí estoy, profesor,
esperándote,
haciéndote un huequito a mi costado.
Un huequito de tierra porque no soy más. Solo mi piel y mi centro. Un corazón latiendo y transformándose en una maraña de raíces que se estiran y escarban en esta tierra que yo elegí. No hay muerte aquí. Aquí sólo hay la humedad del monte, la niebla del monte, el ruido del monte. El monte.
Allá, en aquel lugar diferente a éste, están las cosas del mundo pero no está el mundo. Allá están las hojas de los árboles y el tiempo y los aguaceros y mis padres y mi novio y los trenes y las habitaciones de hotel y esa melodía y tú, profesor. Allá, en ese sitio diferente a éste estás tú, con tus besos y tus versos y tus culpas y tus miedos y tu brutal manera de mirar y de decir. Pero no yo. Yo estoy aquí. Soy una semilla de maíz olorosa a tierra, a pantano. Es este mi mundo ahora:
lodo.
No es pan, ni fruta, ni azúcar, ni música, ni esa melodía que vagamente rebota en alguna esquina de esto que soy.
Antes no era maíz. Un tiempo fui gruta, fragua de espadas, ráfaga incandescente abriendo la carne. Un tiempo fui galope, ácaro, piedra de río mojada, débil. También fui derrumbe y cal, colmena furiosa, perra en celo, cocodrila tibia; y una ramita de araucaria movida por el viento. Un tiempo fui pan, zumbido, pliego de amate, ladrona turbia, páramo, turbina de avión, herida bajo las uñas. También fui escarcha, medias rotas, poema leído con tu voz, profesor… y tu voz, profesor; un tiempo fui tu voz.
Pero ya no,
ahora, enterrada en la tierra de este pueblo limpio,
soy una semilla de maíz esperando la lluvia.
Soy una semilla de maíz.
Estoy puesta aquí por las manos de un nagual. Me ha dejado aquí para que mi sangre, sangre la tierra y germine. Yago en este surco arado por las manos de ese animal mío, ese animal que soy: limpio, oloroso a ocote, idéntico a los terrones de tierra donde fui enterrada. Soy la punta de una espiral. Soy una cicatriz. Soy una gota.
Mi nagual ha arado esta tierra donde yago; esta tierra que me cobija, me nutre, me fecunda; esta tierra donde voy dejando mi piel, mi carne, mis huesos; esta tierra donde sucedo.
Siento el germen latir en mi centro. Mi pequeño tallo recién nacido abriéndose paso desde mí hacia la superficie. Mi pequeño tallo, frágil, que levantará su cuello como quien levanta la cabeza en busca del horizonte, o del mar, o de las cosas imposibles que pueden llegar a su orilla. Mi pequeño tallo que siente niebla por ti, profesor; que siente lluvia, que late en tus labios y en tus sienes. Mi tallo que alzará la vista desperezándose, levantando su sombrero, dejando que tú, profesor, me contemples una vez más. Pero ya no seré yo; o seré yo sin yo: una diminuta mata de maíz con la cara al sol, erguida en mitad de la milpa, cómplice de las yerbas. No habrá entonces heridas en mi piel. No habrá duelo. Sólo, quizá, un rumor de rasguños olvidados, un error embutido en el alma de las cosas, una colmena de ayeres. No habrá duelo porque en su lugar pondré una mariposa atardecida con tu nombre acuestas, profesor, envuelto en malvones, alambre de espinas y lo miel de tus ojos siempre subjetivos: o un manatí melancólico, en cautiverio, para que se haga cargo de nuestras lágrimas y de nuestro exilio.
Seré yerba,
mata de maíz, flora en la lengua de los animales. Lloveré agujas de granizo sobre esta tierra de velorios, sobre este polvo del destino, intentando meterme en tu memoria, mirarte por debajo de la ropa con mi olfato de felina, tocarte con los ojos de mi tallo, nombrar los puntos cardinales de tu vida y hacer un noviembre en cada arista como una santa milagrosa.
Entonces tú vendrás conmigo, profesor,
cobijado de besos, agitando las golondrinas de tu pelvis, recitando poemas de Vallejo. Vendrás con tus ojos que han escarbado en mi tiempo; te harás un hueco en este hueco, te enterrarás aquí, en este lago, en este paraíso ateo que cultivo entre mis piernas. Vendrás, coleccionista de versos, a curiosear en la bahía de mi ombligo donde se escucha el mar cuando acercas el oído
[mi ombligo de vid, de manzana; mi ombligo amado por ti amado por mi ombligo].
Esto será mi cuerpo, profesor: un crío del maíz, un pueblo entero, un momento de jaguares, llovizna, amontonadero de piedras, presagio de tus sueños, un hombre vaciado de momentos, un bicho misterioso que empuña la ceniza de tus huesos, un poeta triste recitando versos que hablarán de aves prehistóricas, una nube que se estira para que la leyenda de mi presencia se haga neblina y te metas todo tú: mi profesor de hispánicas; tú: ciego devoto; tú: piedra de cuarzo; tú: hilo que sutura mis heridas; tu: gota de tierra; voz.
Pero eso será después.
Ahora sólo soy una semilla puesta en este surco de tierra, lastimada, abriéndome. Desde mis heridas brota ya el musgo, la tierra me inunda. Porque estoy hundida en la tierra, profesor, enterrada en la tierra, bañada en tierra, respirando tierra. Un nagual me dejó aquí, navegando en esta carne de tierra que me pudre y me fecunda; esta tierra meridiana, impalpable, surgida de las montañas que bajaron a tocarnos la espalda aquel septiembre en que nos conocimos. Aquí estaré hasta después de las lluvias, cuando los aguaceros den sentido a mi sepultura y levante mi tallo en busca de la luz del sol, en busca del polen de las estrellas.
Pero eso será después. Ahora soy pura fertilidad, el ombligo del mundo, la punta de una espiral, una semilla, una mujer.
La noche tiene para nosotros un bochorno secreto lleno de cometas, profesor. Tiene un derrumbe y un violín huasteco en los brazos tristes de un soldado.
Lo sé.
Lo he visto.
En mis desmayos, en mis crisis, en los sueños posteriores a mis heridas lo he visto. Vi el delirio de los inmortales, y los ecos fulgurantes del amor, y los presagios fatigados de la ausencia, y las barrancas infinitas de la sierra, y las ballenas indivisibles que pastan en tu pensamiento, y las alondras azulosas de tus huellas, y la falsa gloria del falso cielo, y los gritos desaforados del deseo, y los colmillos de los tigres, y mi cuerpo consumido por la tierra. Supe entonces que aún no había terminado de nacer, que mi destino era la semilla, el maíz, la tierra de este pueblo limpio. Y aquí estoy, profesor,
esperándote,
haciéndote un huequito a mi costado.
Un huequito de tierra porque no soy más. Solo mi piel y mi centro. Un corazón latiendo y transformándose en una maraña de raíces que se estiran y escarban en esta tierra que yo elegí. No hay muerte aquí. Aquí sólo hay la humedad del monte, la niebla del monte, el ruido del monte. El monte.
Allá, en aquel lugar diferente a éste, están las cosas del mundo pero no está el mundo. Allá están las hojas de los árboles y el tiempo y los aguaceros y mis padres y mi novio y los trenes y las habitaciones de hotel y esa melodía y tú, profesor. Allá, en ese sitio diferente a éste estás tú, con tus besos y tus versos y tus culpas y tus miedos y tu brutal manera de mirar y de decir. Pero no yo. Yo estoy aquí. Soy una semilla de maíz olorosa a tierra, a pantano. Es este mi mundo ahora:
lodo.
No es pan, ni fruta, ni azúcar, ni música, ni esa melodía que vagamente rebota en alguna esquina de esto que soy.
Antes no era maíz. Un tiempo fui gruta, fragua de espadas, ráfaga incandescente abriendo la carne. Un tiempo fui galope, ácaro, piedra de río mojada, débil. También fui derrumbe y cal, colmena furiosa, perra en celo, cocodrila tibia; y una ramita de araucaria movida por el viento. Un tiempo fui pan, zumbido, pliego de amate, ladrona turbia, páramo, turbina de avión, herida bajo las uñas. También fui escarcha, medias rotas, poema leído con tu voz, profesor… y tu voz, profesor; un tiempo fui tu voz.
Pero ya no,
ahora, enterrada en la tierra de este pueblo limpio,
soy una semilla de maíz esperando la lluvia.
noviembre 11, 2009
vengo de un aletazo del monte
aztlán:
un accidente en la zurda de la cordillera
chícales
zopilote
palabra en llamas
salí de la yerba crecida en el pecho de este animal que soy
que he sido
jehuite devorando paredones
apoxcahuando la carne de los años
vengo del ruido de la lluvia rompiendo esperanzas
del divino tormento del refino y sus mentiras buenas
salí a mitad de una noche como a mitad de un suspiro
metidos en la cama dejé mis miedos
con sus tormentos
con el paso de sus pasos
huí porque vengo
vengo porque huí del hallazgo del primer hombre
y de la preñez de la única mujer.
aztlán:
un accidente en la zurda de la cordillera
chícales
zopilote
palabra en llamas
salí de la yerba crecida en el pecho de este animal que soy
que he sido
jehuite devorando paredones
apoxcahuando la carne de los años
vengo del ruido de la lluvia rompiendo esperanzas
del divino tormento del refino y sus mentiras buenas
salí a mitad de una noche como a mitad de un suspiro
metidos en la cama dejé mis miedos
con sus tormentos
con el paso de sus pasos
huí porque vengo
vengo porque huí del hallazgo del primer hombre
y de la preñez de la única mujer.
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