prefiero la duda a la certeza, lo sutil a lo concreto, la posibilidad al hecho, el mito a la leyenda, la lluvia de otoño al sol de verano, el pecado a la pureza, las cosas pequeñas a las grandes, las diablas a los dioses, la izquierda a la derecha y la literatura a la realidad. viví en barcelona más de una década y ahí aprendí a ser uno de esos otros∙muchos que me habitan∙todos. sé ahora que escribir es escribir∙me y que todo texto es mejor que su autor.
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junio 21, 2013
La Jornada :: 2012
Exploro el dolor del traidor, porque el traicionado no sufre hasta que se entera: Edson Lechuga
Por Carlos Paul
El intento de huir, la fuga
fracasada, lo inasible del pasado, la conciencia de la traición amorosa y
la exploración del proceso creativo son temas centrales de gotas.de.mercurio, la novela más reciente del escritor Edson Lechuga.
Coeditada por los sellos Montesinos y Colofón, el volumen –que anoche
fue presentado en la Universidad del Claustro de Sor Juana– adentra al
lector en la vida de Sergio Bretón, personaje atormentado por su remoto e
inmediato pasado, que intenta romper un profundo y complejo círculo
vicioso mediante múltiples huidas.Bretón sabe bien que si no se ocupa uno de arreglar las cosas, éstas no se van a solucionar con el tiempo ni con la distancia.
Tratar de escapar de la desgracia es lo que guiará el descenso del protagonista a los infiernos de la adicción, la culpa y la traición. Un infierno que lo mismo es una habitación de hotel, un cuarto de azotea, un departamento compartido o la tan añorada y monstruosa ciudad.
El libro gotas.de.mercurio
es la cruda confesión de la deslealtad fraterna y el testimonio de su tendencia suicida a los triángulos amorosos, en el que las distintas mujeres son la misma mujer que como todos los personajes de esta novela pide a gritos ser salvada.
Bretón, frente a su pasado, se da cuenta de que hay hábitos, formas y maneras que no se trascienden nunca, que sigue siendo el mismo, pese a tratar de convencerse de que es otro. De ahí un verso de Octavio Paz, que sirve de epígrafe y leitmotiv a lo largo de la historia:
Soy otro cuando soy.
El acontecimiento que marca ese círculo vicioso ocurre cuando de muy joven su novia enseña a Sergio que el pudor no sirve para nada. Se cachondean, besan y manosean y él tiene su iniciación sexual con Elisa.
Ahí empiezan sus dicoto-mías y su conciencia de ser un traidor. Por un lado quiere estar con la chica a la que ama, quien representa la pureza y, por otro, es atraído por su cuñada, una irreverente, carnal y sensual. Ese es el patrón que repetirá el protagonista una y otra y otra vez, en diferentes circunstancias y personajes, comenta el narrador a La Jornada.
Influencia de Huidobro y Vallejo
Para Edson Lechuga, el libro gotas.de.mercurio
“trata del dolor del traidor, porque el traicionado no sufre hasta que
se entera, si es que eso ocurre, pero el traidor carga con la conciencia
y el remordimiento y tiene que apechugar las consecuencias, sean las que fueren”.
Escribir esta historia, explica el autor, le llevó dos años. “Fue un
trabajo de orfebrería, pues siempre he considerado que en una novela
todo significa, no solamente los personajes y los ambientes, sino cada
palabra, cada oración y calificativo, cada fonema, cada coma, punto y
parte.Por ello, cada grafo que forma parte de la novela ha sido pensado, al considerar que nuestro idioma español es un lenguaje muy rico, específico, profundo y agudo, porque es capaz de llegar a sitios precisos con agudeza quirúrgica.
Escribirla, reconoce,
fue desollarme y desollar el pasado, la realidad y sus circunstancias.
En ese sentido, añade,
coincido con Vicente Huidrobo: la imagen evocada construida con palabras, puede ser más importante que la imagen real que no está construida con palabras. Huidrobo me enseñó que son posibles las cosas imposibles a través de la palabra.
Edson Lechuga (Pahuatlán, Puebla, 1970) tiene una hija y cuatro libros publicados: Llovizna, Elefantes y papalotes, Luz de luciérnagas y El canto de los búhos. De sí mismo apunta:
Prefiero la duda a la certeza, lo sutil a lo concreto, la posibilidad al hecho, el mito a la leyenda, la lluvia de otoño al sol de verano, el pecado a la pureza, las cosas pequeñas a las grandes, las diablas a los dioses, la izquierda a la derecha y la literatura a la realidad; y dos de los autores que me han atravesado el costillar es Huidrobo y César Vallejo.
Los mejores libros de 2010. El Economista
http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2010/12/21/mejores-libros-2010
1. Sukkwan Island (Alfabia)
Esta novela hizo a David Vann acreedor del pretigioso Premio Médicis 2010. Sukwwan Island es una de las novelas más poderosas y agridulces que se han escrito desde La carretera de Cormac McCarthy: no en vano se le ha adjudicado a Vann el epítome de ser su heredero. Un padre decide llevarse a su hijo de 13 años a una isla en donde vivirán un año con apenas lo necesario para sobrevivir: una hacha para cortar leña, un arpón para pescar, y una pistola y un rifle para cazar animales y matar a los osos que acechen su cabaña. A partir de ese argumento, Vann hilvana los temas de la muerte, el suicidio, el aislamiento, la obsesión, la ceguera, el absurdo, la impertinencia y la animalidad, con una prosa superior: efectiva, ligera y mordaz.
2. Blanco nocturno (Anagrama)
Ricardo Piglia se tomó más de una década para publicar una nueva novela. Y es que después de escribir La ciudad ausente o Respiración artificial las exigencias y expectativas en torno de la obra del autor son mayores. Blanco nocturno confirma a Piglia como una de las voces más necesarias, agudas y deliciosas de la literatura escrita en español. El argumento de la novela parte de un crimen en donde lo más importante no es encontrar al asesino sino advertir las consecuencias del mismo. Una novela que es mucho más que su anécdota y adquiere el rango de símbolo a partir de la literatura misma: la mirada depurada del si mismo y la lentitud inherente a lo realidad son sus vectores de lectura. Es además una estación de la literatura latinoamericana subsecuente a la utopía del Boom y al desencanto bolañiano.
3. Infecciosa (Mondadori)
En sintonía con Piglia, Sergio González Rodríguez es otro de los escritores que hace emerger de la literatura los senderos más inesperados para entender la realidad: a partir de la fábula, la imaginación y el lenguaje. Infecciosa es una novela sorprendente y confusa que exige un lector no atento sino advertido, un lector que no solo lee sino interactúa con el ambiente turbio que se propone: la experiencia vertiginosa que ofrecen las pantallas,la ingravidez de los escenarios virtuales e imaginados y la conciencia de aceleración en un mundo en el cual la experiencia del viaje es la experiencia vital por excelencia: el viaje personal y privado que sin embargo y necesariamente atraviesa el espacio virtual en tiempo real y de forma pública.
4. Los muertos (Mondadori)
Cuando parece que ya todo se ha experimentado en cuestión literaria, hay escritores que confirman que al mismo tiempo que se puede ser novedoso y radical también se puede crear una narrativa sólida. En España, la generación afterpop es de lo más nuevo y sólido que hay en la narrativa que se escribe en español, uno de los escritores que se ubica en este grupo es Jorge Carrión, quien con Los muertos debuta como novelista con una obra que reúne genialidad, frescura y entretención. En la anécdota de esta novela, "Los muertos" es una serie televisiva de la cadena Fox, en la cual "reaparecen" personajes del pasado pero con diferentes nombres: desde Lady Macbeth hasta Roy Batty de Blade Runner. La serie se convierte en un fenómeno es escala internacional, pues se una de las polémicas es considerar la "vida" de los personajes de ficción. Una novela breve pero contundente, divertida y mundana; fundacional.
5. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (Anagrama)
Una imagen como la que sugiere dicho título escrita en los 40 solo podía ser atribuible a unos desadaptados. Si pensamos en genios literarios de este tipo los encontramos en los beatniks, y en sus figuras fundamentales: Jack Kerouac y William Burroughs. Antes de que escribieran sus novelas más importantes (En el camino y El almuerzo desnudo), la pareja de escritores decidió contar a cuatro manos una historia que les fue muy cercana: ocurrió en el Nueva York aún bohemio de los 40, en el que maduraron al amparo de los bares, suburbios y departamentos de segunda, cuando un amigo suyo, Lucien Carr asesinó a otro de la pandilla, David Kammerer que estaba enamorado de Carr. En esta novela primeriza ya descollan tanto la prosa intempestiva de Burroughs y el estilo elegante y acabado de Kerouac.
6. La prueba del ácido (Tusquets)
No en vano a Élmer Mendoza se le considera insignia de ese género inventado que la crítica tiene a bien llamar "narcoliteratura". Más allá de esta reducción, Mendoza se ha promulgado como un escritor del lenguaje y del estilo. Pero en su narrativa el estilo y el fondo son una misma cosa, podrían ser llamadas mendozinas, pero eso suena muy argentino. La prueba del ácido es quizá la mejor novela del sinaloense, en la cual retoma a su detective antiheroico, el Zurdo Mendieta, y parte del código realista para ir más allá de la mera sugerencia a un estado en donde el crimen, la impunidad y la corrupción son el pan de cada día: alcanza los límites reales en torno de la política, la empresa y el narco, la injerencia del gobierno estadounidense en el país llamado México y el desarraigo fronterizo de una sociedad confundida, consternada y descreída.
7. Hotel DF (Mondadori)
Guillermo Fadanelli concede muy pocas entrevistas, tal vez porque le choca que los periodistas no lean sus libros y le pregunten lugares comunes. Motivo suficiente para detenerse y no ansiar la entrevista vacía, sobre todo si en el plano de los escritores mexicanos consagrados, cuyo largo historial arroja las adaptaciones más dóciles al poder gerencial, Fadanelli es de lo menos común en nuestra literatura. En Hotel DF, el autor hace copio de toda su virulencia y viscosidad para entregar una novela ubicua cuyo discurso rector es mostrar la corrosión de una sociedad entera, a partir de un motivo simbólico elocuente por su impronta de engaño, misterio y provocación: un hotel, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México, núcleo de una red inabarcable e irreductible de intereses, negocios e intercambios ilegales y demás corruptelas.
8. El don de la vida (Alfaguara)
En la misma línea del estilo que lo hizo grande con novelas como El desbarrancadero o La virgen de los sicarios, en su más reciente novela El don de la vida, el escritor colombiano nacionalizado mexicano Fernando Vallejo organiza un relato ácido, crudo y violento en primera persona para contar unas horas en las que un viejo hace un repaso arqueológico de sus muertos. Contabiliza 757, mientras despotrica, como Vallejo, contra a todo aquello que merezca la pena despotricar: casi todo, excepto el lenguaje y la belleza. La de Vallejo es una voz necesaria porque escandaliza, polemiza y podemos estar de acuerdo o no pero nos hace pensar, y tan solo con la palabra es capaz de agitar nuestros intestinos.
9. Dublinesca (Seix-Barral)
Dublinesca es una de las novelas más genuinas y honestas del escritor catalán, Enrique Vila Matas con esta obra construye un aparato literario, cuya lectura se siente como si fuera una lectura tecnológica. Esa sensación que no es cosa menor y es un logro del estilo manifiesta la intención de Vila Matas: ofrecer una reflexión sobre la lectura, la escritura y sus soportes justo cuando nos ubicamos en el tránsito que supone lo que él llama la era Gutemberg a la era digital. Su personaje es un editor fracasado de apellido Riba que quiere realizar un ritual justamente el 16 de junio, el Bloomsday, día en que transcurre la novela vanguardista por excelencia y que es justamente un juego con el tiempo: Ulises, de James Joyce. Riba transita por un patetismo del tipo danteso, que en este inicio de siglo se intensifica porque el hombre se siente amenazado por el fin de los tiempos, y cobardemente busca en este liberarse de toda culpa.
Lista de honor
El Tercer Reich, de Roberto Bolaño (Anagrama) Verano, de Coetzee (Mondadori) Snuff, de Chuck Palahniuk (Mondadori) El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán (Mondadori) Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos (Anagrama) Agosto, octubre, de Andrés Barba (Anagrama) Luz de luciérnagas, de Edson Lechuga (Montesinos) Missing (una investigación), de Alberto Fuguet (Alfaguara) El inventor de palabras, de Gerard Donovan (Tusquets) El caso Kurílov, de Irene Nemirovsky (Salamadra)
Decepciones: los premios
Libro de cuentos del año:
La marrana negra de la literatura rosa, de Carlos Velázquez (Sexto Piso)
Biografía del año
Memorias de un Rolling Stone, de Ron Wood (Global Rhythm)
1. Sukkwan Island (Alfabia)
Esta novela hizo a David Vann acreedor del pretigioso Premio Médicis 2010. Sukwwan Island es una de las novelas más poderosas y agridulces que se han escrito desde La carretera de Cormac McCarthy: no en vano se le ha adjudicado a Vann el epítome de ser su heredero. Un padre decide llevarse a su hijo de 13 años a una isla en donde vivirán un año con apenas lo necesario para sobrevivir: una hacha para cortar leña, un arpón para pescar, y una pistola y un rifle para cazar animales y matar a los osos que acechen su cabaña. A partir de ese argumento, Vann hilvana los temas de la muerte, el suicidio, el aislamiento, la obsesión, la ceguera, el absurdo, la impertinencia y la animalidad, con una prosa superior: efectiva, ligera y mordaz.
2. Blanco nocturno (Anagrama)
Ricardo Piglia se tomó más de una década para publicar una nueva novela. Y es que después de escribir La ciudad ausente o Respiración artificial las exigencias y expectativas en torno de la obra del autor son mayores. Blanco nocturno confirma a Piglia como una de las voces más necesarias, agudas y deliciosas de la literatura escrita en español. El argumento de la novela parte de un crimen en donde lo más importante no es encontrar al asesino sino advertir las consecuencias del mismo. Una novela que es mucho más que su anécdota y adquiere el rango de símbolo a partir de la literatura misma: la mirada depurada del si mismo y la lentitud inherente a lo realidad son sus vectores de lectura. Es además una estación de la literatura latinoamericana subsecuente a la utopía del Boom y al desencanto bolañiano.
3. Infecciosa (Mondadori)
En sintonía con Piglia, Sergio González Rodríguez es otro de los escritores que hace emerger de la literatura los senderos más inesperados para entender la realidad: a partir de la fábula, la imaginación y el lenguaje. Infecciosa es una novela sorprendente y confusa que exige un lector no atento sino advertido, un lector que no solo lee sino interactúa con el ambiente turbio que se propone: la experiencia vertiginosa que ofrecen las pantallas,la ingravidez de los escenarios virtuales e imaginados y la conciencia de aceleración en un mundo en el cual la experiencia del viaje es la experiencia vital por excelencia: el viaje personal y privado que sin embargo y necesariamente atraviesa el espacio virtual en tiempo real y de forma pública.
4. Los muertos (Mondadori)
Cuando parece que ya todo se ha experimentado en cuestión literaria, hay escritores que confirman que al mismo tiempo que se puede ser novedoso y radical también se puede crear una narrativa sólida. En España, la generación afterpop es de lo más nuevo y sólido que hay en la narrativa que se escribe en español, uno de los escritores que se ubica en este grupo es Jorge Carrión, quien con Los muertos debuta como novelista con una obra que reúne genialidad, frescura y entretención. En la anécdota de esta novela, "Los muertos" es una serie televisiva de la cadena Fox, en la cual "reaparecen" personajes del pasado pero con diferentes nombres: desde Lady Macbeth hasta Roy Batty de Blade Runner. La serie se convierte en un fenómeno es escala internacional, pues se una de las polémicas es considerar la "vida" de los personajes de ficción. Una novela breve pero contundente, divertida y mundana; fundacional.
5. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (Anagrama)
Una imagen como la que sugiere dicho título escrita en los 40 solo podía ser atribuible a unos desadaptados. Si pensamos en genios literarios de este tipo los encontramos en los beatniks, y en sus figuras fundamentales: Jack Kerouac y William Burroughs. Antes de que escribieran sus novelas más importantes (En el camino y El almuerzo desnudo), la pareja de escritores decidió contar a cuatro manos una historia que les fue muy cercana: ocurrió en el Nueva York aún bohemio de los 40, en el que maduraron al amparo de los bares, suburbios y departamentos de segunda, cuando un amigo suyo, Lucien Carr asesinó a otro de la pandilla, David Kammerer que estaba enamorado de Carr. En esta novela primeriza ya descollan tanto la prosa intempestiva de Burroughs y el estilo elegante y acabado de Kerouac.
6. La prueba del ácido (Tusquets)
No en vano a Élmer Mendoza se le considera insignia de ese género inventado que la crítica tiene a bien llamar "narcoliteratura". Más allá de esta reducción, Mendoza se ha promulgado como un escritor del lenguaje y del estilo. Pero en su narrativa el estilo y el fondo son una misma cosa, podrían ser llamadas mendozinas, pero eso suena muy argentino. La prueba del ácido es quizá la mejor novela del sinaloense, en la cual retoma a su detective antiheroico, el Zurdo Mendieta, y parte del código realista para ir más allá de la mera sugerencia a un estado en donde el crimen, la impunidad y la corrupción son el pan de cada día: alcanza los límites reales en torno de la política, la empresa y el narco, la injerencia del gobierno estadounidense en el país llamado México y el desarraigo fronterizo de una sociedad confundida, consternada y descreída.
7. Hotel DF (Mondadori)
Guillermo Fadanelli concede muy pocas entrevistas, tal vez porque le choca que los periodistas no lean sus libros y le pregunten lugares comunes. Motivo suficiente para detenerse y no ansiar la entrevista vacía, sobre todo si en el plano de los escritores mexicanos consagrados, cuyo largo historial arroja las adaptaciones más dóciles al poder gerencial, Fadanelli es de lo menos común en nuestra literatura. En Hotel DF, el autor hace copio de toda su virulencia y viscosidad para entregar una novela ubicua cuyo discurso rector es mostrar la corrosión de una sociedad entera, a partir de un motivo simbólico elocuente por su impronta de engaño, misterio y provocación: un hotel, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México, núcleo de una red inabarcable e irreductible de intereses, negocios e intercambios ilegales y demás corruptelas.
8. El don de la vida (Alfaguara)
En la misma línea del estilo que lo hizo grande con novelas como El desbarrancadero o La virgen de los sicarios, en su más reciente novela El don de la vida, el escritor colombiano nacionalizado mexicano Fernando Vallejo organiza un relato ácido, crudo y violento en primera persona para contar unas horas en las que un viejo hace un repaso arqueológico de sus muertos. Contabiliza 757, mientras despotrica, como Vallejo, contra a todo aquello que merezca la pena despotricar: casi todo, excepto el lenguaje y la belleza. La de Vallejo es una voz necesaria porque escandaliza, polemiza y podemos estar de acuerdo o no pero nos hace pensar, y tan solo con la palabra es capaz de agitar nuestros intestinos.
9. Dublinesca (Seix-Barral)
Dublinesca es una de las novelas más genuinas y honestas del escritor catalán, Enrique Vila Matas con esta obra construye un aparato literario, cuya lectura se siente como si fuera una lectura tecnológica. Esa sensación que no es cosa menor y es un logro del estilo manifiesta la intención de Vila Matas: ofrecer una reflexión sobre la lectura, la escritura y sus soportes justo cuando nos ubicamos en el tránsito que supone lo que él llama la era Gutemberg a la era digital. Su personaje es un editor fracasado de apellido Riba que quiere realizar un ritual justamente el 16 de junio, el Bloomsday, día en que transcurre la novela vanguardista por excelencia y que es justamente un juego con el tiempo: Ulises, de James Joyce. Riba transita por un patetismo del tipo danteso, que en este inicio de siglo se intensifica porque el hombre se siente amenazado por el fin de los tiempos, y cobardemente busca en este liberarse de toda culpa.
Lista de honor
El Tercer Reich, de Roberto Bolaño (Anagrama) Verano, de Coetzee (Mondadori) Snuff, de Chuck Palahniuk (Mondadori) El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán (Mondadori) Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos (Anagrama) Agosto, octubre, de Andrés Barba (Anagrama) Luz de luciérnagas, de Edson Lechuga (Montesinos) Missing (una investigación), de Alberto Fuguet (Alfaguara) El inventor de palabras, de Gerard Donovan (Tusquets) El caso Kurílov, de Irene Nemirovsky (Salamadra)
Decepciones: los premios
Libro de cuentos del año:
La marrana negra de la literatura rosa, de Carlos Velázquez (Sexto Piso)
Biografía del año
Memorias de un Rolling Stone, de Ron Wood (Global Rhythm)
Noticias MEXBCN
Edson Lechuga recorda el Terratrèmol del 85
L'escriptor Edson Lechuga viu
actualment a Barcelona i ha publicat fa poc el seu darrer llibre, Luz de
Luciérnagas, on experimenta amb la ficció al voltant del sisme del
setembre de 1985 a Mèxic. Li hem fet una petita entrevista per a que ens
expliqui els seus records i sensacions.
El día del terremoto tenías 15 años ¿qué recuerdos tienes, y qué se plasma en la obra de ello?
Pese a que tenía sólo 15 años y pese a que no estaba en DF los recuerdos que guardo de terremoto son tan nítidos como los de la semana pasada. Creo, es más, que muchos mexicanos hemos mantenido el recuerdo de la tragedia a flor de piel. Y supongo que lo hemos mantenido así por falta de duelo, por ausencia de funeral. El terremoto del 85 es una desgracia sin luto. Un cuerpo que no aparece nunca y al que no se le puede velar. Luz de luciérnagas intenta plasmar esta sensación, este estado de ánimo. No sólo el hecho, plano, anecdótico, sino la forma en que este acontecimiento se fue enraizando en el inconciente colectivo dejando cicatrices imborrables.
Pese a que tenía sólo 15 años y pese a que no estaba en DF los recuerdos que guardo de terremoto son tan nítidos como los de la semana pasada. Creo, es más, que muchos mexicanos hemos mantenido el recuerdo de la tragedia a flor de piel. Y supongo que lo hemos mantenido así por falta de duelo, por ausencia de funeral. El terremoto del 85 es una desgracia sin luto. Un cuerpo que no aparece nunca y al que no se le puede velar. Luz de luciérnagas intenta plasmar esta sensación, este estado de ánimo. No sólo el hecho, plano, anecdótico, sino la forma en que este acontecimiento se fue enraizando en el inconciente colectivo dejando cicatrices imborrables.
No hay literatura de este acontecimiento. Quizás aún es traumático hablar del sismo.
Ciertamente
pocos textos existen sobre el tema. Al menos pocos de ficción, pocas o
ninguna novela. No así crónicas o ensayos. Poniatowska, Monsiváis o
recientemente Ignacio Padilla han abordado el tema desde un punto de
vista ensayístico. Supongo que narrativa no se ha hecho debido a que
fue un acontecimiento muy traumático y donde los culpables no tuvieron
rostro, al menos al principio. Quiero decir que la devastación fue
provocada por un fenómeno natural y no humano, por lo tanto inevitable,
ineludible, inexorable. O al menos de esa manera el individuo se lo
explica. Un huracán, un tsunami, una erupción volcánica caen en el
pensamiento colectivo como símbolos del destino. Y ante el destino no
hay nada qué hacer. No hay injusticia. No hay causa. Las causas tuvieron
que venir posteriormente, ante la ineficacia del gobierno, ante su
ineptitud. Sin embargo estas causas no fueron capaces de paliar nuestro
duelo, tan es así que hoy por hoy hablar del terremoto provoca silencios
hondos, y, me consta, algunas lágrimas.
¿Venir a Barcelona fue una vía de escape? Y si lo fue, ¿de qué escapabas?
Primero
me gustaría aclarar que yo no soy Germán Canseco, el personaje de mi
novela. Si bien es cierto que existen muchas coincidencias [los pueblos,
barrios y ciudades donde hemos vivido, ciertas concepciones estéticas y
éticas, la ruta de nuestras vidas], hay varios puntos también en los
que somos más bien antagónicos [nuestra cosmovisión, la manera de
relacionarnos con los demás, la forma de llevar la amistad, el amor, la
duda, pero sobre todo el pasado y la ruptura de este], por lo tanto
Germán Canseco huyó del DF por ciertas causas y yo, Edson Lechuga, por
otras completamente diferentes. Las de Canseco son sus muertos, o más
bien su muerta. Las mías, la intención de desarrollar, de continuar mi
formación como escritor. En México el nepotismo ha creado un cuello de
botella por el que es casi imposible colarse. Las élites intelectuales y
pseudo-intelectuales se cierran en sí mismas, se solapan, se mantiene
unas a otras, unos a otros. Yo quería, necesitaba continuar con mi
formación, con mi búsqueda. Por eso vine. De eso huía. «¿A qué vas a
Barcelona?», recuerdo que me preguntó mi novia de entonces. Sin dudar,
sin pensar respondí: «A escribir novelas».
En México DF muchos
tenemos la sensación que estamos en una ciudad en permanente derrumbe.
El hundimiento, las hendiduras, la fragilidad. Lo inestable. Metáfora
también de un espacio social y político. ¿Qué es para ti México DF?
Un
nido de gatos. Una luz. Un sitio sin sentido. Un imán. Mi razón de ser.
Mi ombligo. Un conflicto entre el monte y el asfalto. La ciudad más
hermosa del mundo y la más hija de puta. México es una contradicción:
por un lado es un espacio de dolor, de constante dolor, de soborno, de
deudas, de corrupción, de vicio, de impunidad, de abuso, de injusticia,
de mal gobierno, de nepotismos, de racismo, de machismo, de clasismo; y
por la otra, es un lugar de sol, de luminosidad, de manos tendidas, de
canciones rancheras, de sonrisas, de colectividad, de fraternidad, de
comida caliente, de mujeres fuertes, dignas. México es un lugar al que
no se puede renunciar. Jamás.
¿Está teniendo buena acogida el libro? ¿Aquí? ¿En México?
Afortunadamente
Luz de luciérnagas está pasando de ser un ejercicio individual, es
decir, del autor, a convertirse en una experiencia colectiva, es decir
de los lectores. Me refiero a que la acogida tanto aquí como allá ha
sido extraordinaria y sorprendente. Decenas de personas se han sumado a
este ejercicio llamado Luz de luciérnagas y lo han llevado, traído,
hablado de él, analizado, recomendado, regalado sin una razón aparente
más que la obra misma. He recibido muchos e-mails de personas
desconocidas [en la solapa del libro aparece mi dirección] dándome sus
opiniones, felicitando y/o agradeciendo. Todos, sin excepción son
respondidos.
Háblanos de tu vida en Barcelona. Te sientes después de ocho años un catalán más?
Debo
decir que España, y Cataluña en particular, y Barcelona en particular,
ha sido un espacio muy importante en mi formación profesional y en mi
construcción como individuo. La realidad que me rodea aquí poco o nada
tiene que ver con la de allá, en todos los sentidos y en todos los
niveles. Sin embargo, sigo teniendo la sensación de ser ajeno, pese a
que me nuevo en esta ciudad como en mi casa, pese a que aquí tengo
grandes amistades, relaciones, trabajo, vida social, pese a que aquí
está mi agente literario, mi editor, pese a que he participado en
grandes proyectos de esta ciudad, para esta ciudad, sigo teniendo la
sensación de ser ajeno. Y no me refiero a estar de paso, no me refiero a
vivir de una manera pasajera, sino a una emoción, a una anomalía que
nada tiene que ver ni con la integración ni con la extranjería. No se
trata de las diferencias culturales, ni lo hábitos, ni las formas. En
ese sentido soy uno más. De lo que hablo es de un estremecimiento, una
sensación de ajenidad. Afortunadamente esta sensación no ha sido capaz
de hacerme ir. Sólo, y en momentos muy determinados, provoca que me
sienta sesgado. De cualquier manera Barcelona es una ciudad de la no me
quiero ir. La quiero, sin ruido, sin escombros, nítidamente.
En La Jornada
No hay porqué negar lo que somos, menos en un ejercicio artístico, considera el autor
En Llovizna, Edson Lechuga pone en práctica la honestidad de la literatura.
En su libro más reciente, el autor indaga en los sentimientos menos prestigiosos de las personas
Ángel Vargas
Domingo 18 de septiembre de 2011
Hacer literatura es un ejercicio de
honestidad, de ser capaz de desnudar esas cosas que a nadie le gustan de sí
mismo, sostiene Edson Lechuga, quien después de publicar sendos libros de
poesía y novela, da a conocer ahora uno de cuento, con el título de Llovizna.
Ser honesto, en literatura, implica
serlo incluso en la mentira, aceptar cuando uno miente, sin ningún menosprecio,
ni desprecio; colocar los sentimientos, las emociones, las ideas exactamente
con la misma puntuación, tratarlas con la misma neutralidad, señala.
No hay porqué negar lo que somos,
menos en un ejercicio literario, artístico. Pienso en la música: si una melodía
pide ser tocada con rabia, así debe hacerse. Perderíamos mucho si el arte se
ejecutara desde el amor de las telenovelas, esa visión de la vida que tratan de
imponernos sobre lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello.
Una de las principales búsquedas del
autor poblano, según puntualiza en entrevista, consiste precisamente en
confrontar esa perspectiva idílica planteada por los medios audiovisuales y
proponer una lectura más acorde con la naturaleza humana, en la que tengan
cabida los claroscuros y las contradicciones.
Ojalá que mi escritura pueda ser un
ejercicio a contracorriente. Creo que nuestros gustos y apetencias están muy
sesgados y manipulados por la infame televisión. Es importante levantar el dedo
y dar un punto de vista diferente, subraya.
“La doble moral que pregona la televisión
no es la única forma de enfrentarnos al mundo: la mujer no sólo tiene que ser
tetona y nalgona, estar buenísima y sonreír tontamente; el hombre no es sólo el
proveedor; no tenemos que tener los mismos sentimientos, ni ser únicamente
buenos o malos.
Estoy en contra de ese
reduccionismo; somos mucho más que TV Azteca y Televisa; ocurre que hay una
suerte de alineación y alienación de catalogarnos a partir de lo bueno y lo
malo, lo feliz y lo triste, cuando cada uno de nosotros encierra infinidad de significados.
Lo anterior explica por qué para
Edson Lechuga es muy importante que sus personajes, por lo menos los de su
libro Llovizna, muestren y cuestionen más asuntos éticos que estéticos:
Me gustan más las personas que voy conociendo por su ética que por su estética.
La televisión dice que lo más importante es la estética, y tiene prisa. La
literatura muestra que lo más importante es la ética, y no tiene prisa.
Sobre este nuevo volumen de cuentos,
coeditado por Colofón y Montesinos, el cual reúne 13 relatos escritos en el
decenio más reciente, el autor precisa que en él buscó indagar en los
sentimientos menos prestigiosos de los seres humanos.
Me molesta un poco la arrogancia del
amor, esa idea que nos ha vendido la televisión de que tenemos que ir en su
búsqueda, que es la finalidad de todo. Yo no lo creo, es un estado transitorio,
al igual que las demás emociones; no es un fin, sino un medio por el cual se
pasa, lo mismo que ocurre con los celos, el desdén, la soledad, el miedo, la
lujuria, abunda.
Predilecciones, predisposiciones
“No debemos olvidar que estamos
compuestos de miserias y grandezas. Instalarnos en una cosa de éstas
necesariamente se vuelve antinatural, ya sean los celos o el amor. Llovizna intenta
no una reinvindicación, sino un ejercicio de empatía hacia personas que viven
circunstancias y provocan emociones muy poco prestigiosas, ocultas. En el libro
hay historias de soledad, de amor y seudotraición, de remordimiento y traición
explícita, de dolor y muerte.”
Cuando se le pregunta en cuál género
literario se siente más a gusto, si en la poesía, el cuento o la novela, Edson
Lechuga responde que no tiene predilección o predisposición especial por
alguno, que es un escritor a secas, a quien lo que le interesa es la escritura
en cualquiera de sus formas, relacionarse con lo real a partir de la ficción.
Asegura, además, que la literatura
es un asunto de incomodidades, por ser un ejercicio más de dudas que de
certezas, como ha podido comprobar en los tres géneros literarios que cultiva.
La novela, define, es su esposa, el
cuento la amante y la poesía el deseo o el amor platónico: Entiendo que la
novela es una relación marido-mujer, larga, con subes y bajas, tensiones y
distensiones, lunas de miel, una relación de intereses comunes, de muchos años,
en la que te mandas al diablo y luego te reconcilias; el relato es un fin de
semana con alguien que recién conoces, un proceso de enamoramiento en el que no
hay tiempo de que aparezcan los defectos del otro y se queda en algo bonito, y
la poesía es sólo evocación, lo que pudo haber sido y no fue.
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