octubre 08, 2009

gotas.de.mercurio [7]

Hace un momento sonó tu teléfono celular y no supe qué hacer, Dorina. Súbitamente una ráfaga de miedo se coló en mí junto con la cancioncita que elegiste como tono de llamada. Busqué apresuradamente el aparato sobre el buró y oprimí botones al azar con mis dedos temblorosos hasta silenciarlo. Quería evitar que aquella cancioncita dulzona te expulsara del sueño justo donde ahora habitas. Con el teléfono en las manos caminé hacia ti, te vi sentir en el cuerpo el peso de la realidad, la certeza de la vigilia. Quise arrullarte, Dorina; recogerte en mis brazos y cantarte canciones que hablaran de soles y de cielos y de vuelos y de vientos. Puse una caricia en tus gestos y te cobijé otra vez,
como un padre arrepentido,
como un amante,
como un jaguar.
Nuevamente algo dijiste desde aquella realidad que es tu sueño y otra vez las palabras aquí terminaron siendo piedritas rodando por el borde de tus labios. Intenté recogerlas con mis labios mientras te besaba. Intenté probarlas, saberlas ciertas, conocer al menos su textura para tener una idea de las cosas con las que construyes tu inconciente. Sin embargo mi beso te llevó una vez más al centro del sueño y yo volví con el teléfono en la mano a mi silla de centinela.
Entre las manchas de sangre reseca vi la pantalla y leí el nombre de quien llamó: elisa miau
tu mejor amiga, tu compañera de mentiras y de oquedades, tu cómplice buena, tu tendedero de ropa sucia, tu secuaz felina, cauta, fiel. La única persona que sabe que entre tú y yo hay un puente ardiendo que une, que no cae, que quema, que no se derrumba. La única persona a quien hemos mostrado nuestra relación sin complejos, sin tapujos, simples y llanos como niños jugando en un río, como papalotes sostenidos por el viento.
«Elisa miau», dijo el día en que me la presentaste y ya sonreía; y tú, Dorina, sonreías diferente a su lado, más ligera, más sin miedo. Habíamos quedado de ir a un pueblo cerca de la ciudad, un pueblo que no es tuyo pero que lo hiciste tuyo en la medida en que te fuiste entregando a él. Un pueblo limpio donde el aire es limpio y los tejados son limpios y las lápidas de las tumbas del cementerio son limpias también; limpiadas por el peso leve de la niebla de noviembre, el viento de febrero, el sol de abril, la lluvia de junio.
Ahí no te hiciste daño,
tus heridas son de acero, de asfalto. Tus heridas están emparentadas con los puentes peatonales, con el filo de las azoteas; y en Pahuatlán lo que abunda son los sones huastecos, las araucarias, el griterío de las urracas a las seis de la tarde.
Ahí fuiste feliz,
ahí se confunden tus gestos con el olor de la tierra, se mezclan tus palabras con el sabor de las guayabas y tus pasos seden a las hojas de los álamos.
Elisa miau venía sola, dispuesta solamente a hacerte compañía, dedicada a ti, como yo, como toda la geografía de ese pueblo tuyo que no es tuyo y que acomodó sus aires al rimo de tu respiración. Vagamos perezosos por sus calles sintiendo la tierra debajo de nuestros pies; la tierra latente, viva; la tierra húmeda que soltaba sus vahos disfrazando las veredas de estelas nebulosas; la tierra de la que hablaste con soltura y profundidad como si estuvieras hablando de tu madre, como si siglos atrás hubieses sido subterránea y una gota de agua te hubiese hecho levantar los brazos hasta la superficie, estirar las manos en busca del sol, atravesar la cortina de tierra húmeda y, de este lado, en vez de que brotasen tus dedos, hubiera brotado el germen frágil, vivo, nuevo, de una semilla de maíz. La tierra que aquella vez elegiste como tumba porque aquí has de enterrarme, profesor; aquí has de traerme y estos álamos se han de nutrir con mi cuerpo; porque de aquí soy, profesor, de aquí es esta piel que ahora acaricio entre las sábanas de este hotel donde estamos escondidos, Dorina, tú y yo, solos, arrepentidos.
«No sólo tú, Dorina», te dije aquella vez mientras caminábamos por las veredas de Pahuatlán, «yo también soy de esta tierra», y detuviste el cielo deteniendo tus pasos, y giraste las montañas girando el cuerpo hacia mí y pusiste tus palabras en mi oído: «no sólo nosotros, profesor. Todo lo que hay en el mundo nació en esta tierra», y los álamos del monte dejaron caer sus hojas como consecuencia de tus palabras terrosas, llenas de tierra, enterradas como tú hace siglos.
De eso también me enamoré, Dorina, de la textura de tu voz cuando en clase me acercaba a tu butaca con cualquier pretexto y te obligaba a hablar, a decir alguna cosa: la hora, la fecha, algo relacionado con el tema de clase.
Tú lo intuiste.
Tú lo supiste.
Te percataste de la necesidad de dejarme estar en el timbre terroso de tu voz, porque, días después, la respuesta no vino de tu boca sino de tus palmas. Tomaste mi mano y dejaste un papelito entre mis dedos. Leí en silencio tu mensaje y descubrí un verso de Vallejo:
Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra.
Quedé mudo.

Ahora, aquí, debajo de este cielo ateo y entre esta lluvia que no cesa, tampoco hablo. No hay oídos donde mis palabras cobren sentido. Tú duermes tranquila, como si no debieras nada, como si todos los besos que me has dado fueran justos. Ya no sangras. Ya sólo respiras y duermes y sueñas con libros o con mis poemas que no pronuncias por miedo a que las palabras acaben. Y yo te miro dormir y miro la lluvia y miro las luces de los coches de la autopista que abren la noche, rasgan la noche, parten la noche que se vuelve a cerrar inexorable detrás de ellos. Y dentro de la noche estoy yo,
más solo que tú,
porque tú en tu sueño te acompañas. Yo, sin embargo, me conformo con acariciar tus cicatrices, las hermosas plantas de tus pies de tierra, el borde de tus labios rociado con trocitos de palabras.

Aún la noche está completa, Dorina.
La madrugada todavía no se presiente.
Cierro los ojos y el mundo deja de ser borroso para ser oscuro.

15 comentarios:

Lluis dijo...

gotas 7.... la danza de dos enamorados, libres y apasionados, convertido en letras y sentimientos.
Un placer leerte...

Medusa dijo...

gracias...

Huitzil dijo...

"Ahí no te hiciste daño..." y saltó el llanto, explosivo, inagotable...
Llegar así de golpe a lo inconsciente es una cualidad invaluable. Apenas tenga claro qué cosa se me movió adentro, te escribo. Un beso. Huitzil.

Lía dijo...

Me enganchó éste... el 7... el 6... aún no puedo terminar de leerlo...
Gracias por compartirlo, por dejarte oír una vez más... gracias por recordarme que hay un cyber-lugar donde puedo leerte y escucharte a la vez... sigue y sigue... es una de tus pasiones y se nota un montón!...
(la letra blanca y el fondo negro... me lastima un poco la vista, como que las letras danzan pero no por lo que dicen o porque yo esté peda, jajaja... sino porque visualmente, me permito decirlo, es demasiado contrastante!... ¿no has probado poner fondo gris???, sería un descanso para mis ojitos!). Un gran abrazo.

Anónimo dijo...

Hola L,
Este capítulo 7 me parece más poesía que prosa y lleno de olores y de texturas. Algunas frases te hacen vibrar, como dice alguien un poco más arriba. La mía ha sido "como si siglos atrás hubieses sido subterránea...". Que Dorina ésta, tan especial. Y me encanta lo de puente ardiendo entre los dos, que no se cae. ¿Que cosa debe ser sentir pasiones así?
Gracias mil!

MR
En fin

Montse R dijo...

Hola L,
Este capítulo 7 me parece más poesía que prosa y lleno de olores y de texturas. Algunas frases te hacen vibrar, como dice alguien un poco más arriba. La mía ha sido "como si siglos atrás hubieses sido subterránea...". Que Dorina ésta, tan especial. Y me encanta lo de puente ardiendo entre los dos, que no se cae. ¿Que cosa debe ser sentir pasiones así?
Gracias mil!

MR
En fin

Marta dijo...

"...o con mis poemas que no pronuncias por miedo a que las palabras acaben"
tu blog está convirtiéndose en un viciooo
Me gusta Dorina. Y su nombre es tan dulce...¿ella es dulce también?
Marta

Monica dijo...

M. L.L.,

me deja siempre con el alma en un hilo. Misterio, sangre, soledad, hiserias e historias que se entretejen... ¿qué secreto esconden? ¿de qué o quién huyen?

Espero descubrir más en el 8.

Un abrazo,

M

Huehuetéotl dijo...

A veces nuestros anhelos no coinciden con los hechos: ahí está lo jodido. En ese sentido el trascurso de la realidad es un sueño, igual de inasible, igual de ingobernable…,
o quizá no;
quizá los hechos también dependa de nosotros.
Hazlo Lechuga. Ya transformas el mundo con tus letras; así que hazlo.

Huehuetéotl.

Chambe dijo...

Continuas fascinando mis sentidos con este triste personaje, Dorina y un amor que rompe las barreras de la calificable.
Enraizando cada vez más la historia a nuestras vidas y convirtiendo el momento de aparición de Gotas de Mercurio, última entrega en el halito de mi respiración.

Sandra dijo...

Caramba! Yo también me he enganchado con éstas palabras... Dorina, Profesor... y ése momento, esas escasas horas en las que pasan tantas cosas!! definitivamente tocas fibras! y más aún, me he inspirado pa seguir escribiendo yo misma, espero que mi trabajo sea la mitad del bueno que el tuyo y ya la hize!! besos! y gracias!!

mariadelccanto dijo...

Hola Edson, qué cálido es tu lenguaje. Cuando lo leía escuchaba tu tono de voz, tu ritmo. Tu mundo es cálido. suave, amarillo y verde, se toca, que bueno poder escribir como uno habla.
Gracias

Huehuetéotl dijo...

Si eres capaz de escribir con ese pulso, eres capaz.

Señorita Cánovas dijo...

Es cierto, yo también puedo oír tu voz cuando te leo y al escirbir tienes un ritmo excepcional, como si uno pudiera bailar en vez de leer y caer rodando por tus versos como piedritas y, sí, digo versos porque es pura poesía. Quiero más... más palabras/universos... para beberlas y sentirlas, como agua, caer dentro de mí y dentro de mí fundirse conmigo para seguir siendo. Porque ésas son las palabras que no pueden acabar nunca, las que siguen siendo en el corazón de todos.

Felicidades. No dejes de escribir, para que sea posible.
Me he sentido viva.

Anónimo dijo...

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