ATEMPORAL

Para Elisa.

Desde hace meses una duda me atraviesa los sesos, me muerde, me invade, me duele, me desquicia: ¿Qué diablos es el tiempo?

Salgo a la calle con la intención de ocultarme entre la multitud que infesta a Barcelona este verano escandaloso. Aquí, entre las manadas de gentes que van y vienen, soy desconocido, anónimo, una persona más que camina entre la masa sin dirección y sin tiempo. Las multitudes tiene esa particularidad: te ocultan, te hacen invisible, te hacen valiente. Y valor es lo que ahora necesito porque la noticia que recibí me ha dejado sucio por dentro, como si hubiera bebido litros y litros de lodo.

Hace apenas unos minutos sonó el teléfono de casa. Malas noticias. Lo sabía. Si tu teléfono suena a las seis de la mañana de un domingo solamente puede ser para dar malas noticias. Y mi teléfono sonó a la una del mediodía de aquí, de Barcelona; pero la una del mediodía de aquí, son las seis de la mañana de allá, de México. Puta conclusión. Puto tiempo. Pero es así, mientras aquí las calles ya están reventando de turistas, allá apenas despierta el día; y despierta con malas noticias.

Mientras camino aquí pienso en allá. Porque yo sigo allá, con el cuerpo aquí pero con el corazón allá, con la noche de allá, con el tiempo de allá. Pese a los años no he podido arrancarme sus aromas ni sus horarios. Tampoco lo he querido, confieso. Por eso en cuanto sonó el teléfono de casa y vi el número, automáticamente calculé la hora, o más bien, la intuí. Así me sucede desde que estoy aquí. De repente un hecho, un objeto, una palabra, una textura hace que mi mente se traslade allá y de inmediato intuyo la hora y pienso: «Ahora están comiendo»; o, «es sábado, seguramente están en la sala bebiendo café»; o, «están a punto de meterse en la cama», mis viejos solos, cada día con menos cosas que decirse. Así sucedió hace apenas unos minutos cuando recibí la llamada. «Allá son las seis de la mañana», pensé y supe que era una mala noticia.

Después de escuchar a mi madre a través del auricular no supe qué hacer más que salir a la calle a esconderme entre la multitud, perderme entre cuerpos que no miran y pasos apresurados y tiendas y ruido y semáforos. La voz de mi madre sonaba triste, desgastada y sombría, como si la noticia le hubiera quitado el color, como si estuviera hablando desde un lugar oscuro y frío. «Aquí te queremos, te extrañamos», me dijo; «aquí te necesitamos». Y yo no supe qué hacer, qué decir, cómo, con qué palabras…

Recuerdo a mi madre, la recuerdo bien pese a la distancia y al tiempo. Tiene las manos pequeñas y un alud en los ojos distantes, leves. Sonríe mucho, sin pudor, y cada vez habla con menos gritos. Le dan miedo las tormentas. Se persigna invocando a todos sus santos cuando las nubes se ponen negras y desbaratan cosas en el cielo, desgarran árboles, derriban muros, dinamitan cerros que despedregan su ruido en lo alto y hacen vibrar los vidrios de casa. Mi madre se santigua mientras desconecta la radio y la televisión y se apresura a encender una veladora a la Virgen de Guadalupe. Mi madre es Guadalupana, esa es su única verdad, o mi única certeza con respecto a ella. También la asusta el viento. Ese viento de febrero que se deja venir desbocado y filoso arrancando ramas y tejas, desbaratando corrales, quitando sombreros, levantando faltas dejando a las muchachas con las piernas desnudas y temblando. Mi madre se apresura a cerrar ventanas y puertas y abre los brazos ofreciendo cobijo. Y yo, cuando estaba allí con ella, me metía en sus brazos y me soltaba sintiéndome protegido, aliviado del grosero ventarrón que metía sus dedos polvorientos por debajo de las puertas; me metía en sus brazos que eran en ese entonces el único y el más amado refugio. Y ahí, en su regazo de madre, escuchaba su respiración y, a veces, su pequeño llanto. Pocas veces he visto llorar a mi madre, siempre se le han dificultado las lágrimas; quizá sea por sus pequeños ojos; quizás sea por sus largos suspiros; quizás sea porque prefiere convertir en risas las nostalgias. Hoy imagino que llora. No es para menos.

Encima de mi cabeza se recorta entre los edificios del barrio Gótico este cielo de Barcelona. Es un cielo más alto que el mío, un cielo menos azul que el que recuerdo. Aquí no se ven aquellas procesiones de nubes espesas, espumosas, taciturnas, algodonadas, blancas y despacias, muy despacias. Aquí las nubes son delgadas, transparentes, deshilachadas y puestas sobre un cielo alto; un cielo tachado casi siempre por la estela de algún avión… y pienso en los aviones, pienso en volar, cruzar el Atlántico mirando las nubes por la ventanilla; atravesar el océano para estar allá, con mi madre, en su espacio, en su tiempo. Pienso en volar y recuperar horas mientras cruzo de un continente a otro; hacerle trampa al tiempo ya que mientras vuelas de aquí para allá rescatas siete horas. Es así: mientras el tiempo viaja en una dirección tú vas en contrasentido, en dirección opuesta, equivocado. Imagino que es debido a eso que recuperas siete horas de tu vida; o quizás, te alejas siete horas de tu muerte. Por un momento pienso que ojalá fuera posible viajar más horas para recuperar más tiempo. Recuperar veinte horas, cien, tres meses, treinta años, remontarme hasta mi infancia, bajarme del avión siendo un niño para volver a sentir el viento voraz y los aguaceros que ennegrecían el cielo. Volver al monte con mi padre, y al río; volver a elevar papalotes en mi pueblo; volver a comer cachaza los marzos; quemar toritos; hacer globos aerostáticos de papel de china y soltarlos al cielo estrellado de mi pueblo, vigilados por mis ojos de niño, absortos y luminosos como el fuego que hacía volar los globos aerostáticos. Y verlos irse, verlos subir lentamente hacia la noche y hacia las estrellas allá puestas en ese cielo bajito.

Me detengo en una esquina del barrio Gótico, cierro los ojos un momento y casi puedo verlos; casi puedo sentir el calor que desprendían entre tus manos cuando los sujetabas de la base justo antes de irse, justo antes de volar; casi puedo ver a mi viejo sonriendo, con la cabeza descubierta, con el sombrero en la mano para poder seguir el vuelo de esas aves nocturnas luminiscentes, lentas, esponjadas, como coloridas nubes nocturnas.

Recuerdo a mi viejo; recuerdo como solía escuchar la radio mientras desempolvaba sus libros. Aquella radio de transistores por donde salían palabras que construían imágenes que se superponían a las imágenes reales. Historias de Kalimán, ese héroe oriental que fue a dar a México por un azar que nunca nadie se preguntó y cuya ética era jamás matar a ningún hombre. «Kalimán, el hombre increíble», decía la radio con voz penetrante. Y yo imaginaba a Kalimán con su turbante blanco y su mirada honda y su equilibrio mental y sus sólidos principios y su dominio de la hipnosis. «Serenidad y paciencia, mi querido Solín», decía Kalimán a su discípulo mientras mi padre sacudía sus libros y yo lo miraba de espaldas imaginándolo con un turbante blanco defendiéndome del mal. Lo imaginaba luchando contra monstruos y malhechores, derrotando canallas y llevándome a un lugar seguro. Lo imaginaba con su turbante blanco y su esmeralda en la frente protegiéndome de los malvados. En ocasiones incluso hablaba con él: «Ayúdame, Kalimán», pedía en mis fantasías, «tercer hijo de la dinastía de la Diosa Kali». Y él venía hacia mí y derrotaba mis demonios, sanaba mis miedos, lavaba mis angustias. Yo era entonces su discípulo, el alumno que mira con veneración al maestro. Yo era su compañero, el testigo de sus hazañas, el espectador de sus virtudes y sus luchas contra titanes y miserables. Pero hoy sé que mi viejo es solamente un hombre, incapaz de defenderme de esta soledad, de esta distancia, de estos litros de lodo que me bebí desde que recibí la noticia. Y tampoco está aquí Kalimán. Aquí sólo está Barcelona con sus calles, sus prisas, sus ruidos, sus coches. Y aquí estoy yo, solo, con el cuerpo enlodado por la noticia.

Mi padre también solía darnos baños con agua de sol a mi hermana y a mí. Llenaba tres o cuatro cazos con agua y los dejaba a pleno rayo de sol la mañana entera. Al mediodía nos desnudaba completos y nos bañaba en el patio entre sonrisas y chapoteos. No había entonces resentimiento, ni pudor, ni miedo. No había soledad, ni este hoyo negro que descubrí en mi pecho hace algunos años, ni esta sensación de lejanía que siento ahora mientras camino y cavilo en el anonimato de las calles, escondido del mundo, luido por dentro.

Mi hermana seguramente está ya con mis viejos. Más triste que nadie, más sola que todos. Así es ella, de pocas palabras y mucha disposición, solidaria y sincera. Ella y su hija que está por nacer. Su hija que no sabe lo que está pasando, y que sin embargo, ya late. Seguramente cuando crezca le contaremos la historia deformada, como son las historias que recordamos. Y ella —estoy seguro que es mujer—, intentará reconstruir el tiempo viejo —será viejo entonces—, y ponerles rostro a las personas de quienes solo conocerá el nombre. Seguramente no sabrá de Kalimán, ni de los aguaceros de mi pueblo, ni de los baños de agua de sol. O solo lo sabrá de oídas, por boca de su madre que es mi hermana; por boca de su tío que soy yo. Sabrá por nuestra boca de mi huída a Barcelona; y sabrá, por supuesto, de esta noticia que recibí hace unas horas. Pero a ella le sonará lejana, antigua, empolvada por el paso de los años, arrinconada en el puto tiempo que inexorablemente pasa. Pienso en mi hermana solidaria y fiel y en su tiempo parsimonioso y creador; pienso en su hija que ya late en otro tiempo distinto al de todos; pienso en mis viejos que cada día transitan en un tiempo más lento y más triste; pienso en las horas de vida que recuperaría si volara de aquí para allá.

Este tiempo que nos separa. Este tiempo que transmuta en muchos tiempos diferentes. Muchas realidades separadas por tiempos distintos: el tiempo de aquí, de Barcelona; el tiempo de allá, de México; el tiempo de la hija de mi hermana que ya late; el tiempo de mi hermana que gesta; el viejo tiempo de mis viejos. Muchos tiempos que no son lo mismo; ajenos unos con otros y, sin embargo, simultáneos.

Pienso, recuerdo, imagino, hundido en esta marea de rubias con faltita y blusas de tirantes y enormes gafas de sol. Sin saber cómo llego a Plaza Cataluña; busco un rincón para descansar mis adoloridos pies; tomo asiento en un banco cualquiera. El paisaje está cubierto por una fina capa de ceniza que lo hace grisáceo: gringos haciéndose fotos frente a la fuente; abuelas hablando solas mientras tiran migas de pan a las palomas que se amotinan y asoman sus ojos rojos y sus patas rosadas entre un hervidero de plumas; niños corriendo detrás de pompas de jabón que sus padres producen a soplidos desdeñosos detrás de un patético arito mojado en un líquido fluorescente que sujetan con la mano donde no tienen el cigarrillo; un grupo de jóvenes con pinta de Vatos-Locos; bicicletas que atraviesan la plaza como los aviones atraviesan el cielo. Mis párpados pesan, mi mente gira, se confunde, se sumerge entre la bruma del presente de aquí y el pasado de allá. De repente, al otro lado de la plaza, lo veo. No puedo creerlo. No es verdad. Me miento. Mi mente me miente, me miente ese tiempo que evoco. Ese tiempo que se superpone a este. Ese tiempo sin tiempo que llevo dentro y que me dice que es real sin serlo. Ese tiempo que se retuerce dentro de mí y me hace ver cosas pasadas, o presentes, ya no lo sé. Me tallo los ojos, ajusto la mirada y voy distinguiendo su figura recortada entre la gente que va y viene. Está sentado en flor de loto dándome la espalda, la columna recta y serena, los brazos relajados, los hombros alerta, la cabeza erguida coronada con un turbante blanco. No hay duda, es él: Kalimán, tercer hijo de la dinastía de la Diosa Kali. Su presencia me altera de la misma forma que me alteró la noticia que esta mañana me dio mi madre. Súbitamente me levanto, lo busco con la mirada entre cuerpos que van y vienen, pero ha desaparecido. Yo me trago la angustia y en un estado casi delirante le pido ayuda, como cuando era niño:

—Ayúdame, Kalimán. Dame claridad ante esta jodida realidad que no comprendo.

Pero Kalimán no responde, no está, ha desaparecido. Solo queda la gente y las turistas y los gringos y las abuelas dando de comer a las palomas y yo. Pero insisto:

—Ayúdame, Kalimán. Dale sentido al pasado y al presente.

Entonces, la voz de Kalimán viene a mis oídos, potente, profunda. La voz de Kalimán que me lleva nítida y sutilmente a México, justo delante de la puerta de la casa de mis viejos. Antes de entrar miro esa puerta carcomida por los años. Ahí, detrás de esa puerta está mi gente esperando mi regreso. Detrás de esa puerta está mi hermana sentada en la sala, ensimismada y serena, rodeada por las paredes donde cuelgan diplomas de la familia, fotos de nuestro pueblo, adornitos de bautizos y bodas. Detrás de esa puerta está mi hermana, fiel, solidaria, acariciando a su hija que se mueve tenue en su vientre. Detrás de esa puerta está el aroma a café recién hecho, el librero frente al cuál mi viejo se pasaba horas enteras, y la luz de las seis de la tarde colándose por la ventana e iluminando un trozo de suelo. Detrás de esa puerta está también la recamara de mi madre con sus paredes adornadas con calendarios, fotos de sus padres de otro tiempo, fotos de sus hijos de otro tiempo. Detrás de esa puerta está mi madre sentada en el filo de la cama, pequeña, adolorida, llorando poquito en los brazos de mi padre que intenta darle consuelo en penumbras, alumbrados únicamente por la infinita veladora que arde frente a la Guadalupana. Ahí están los tres intentando no llorar para que los otros no lloren. Ahí están los tres, o debería decir los cuatro porque el tiempo de la hija de mi hermana ya cuenta. Ellos son mi gente y están ahí, detrás de esa puerta y con la noticia puesta encima de ellos como si fuera una cobija mojada, pesada, oscura. Detrás de esa puerta está también la respuesta del tiempo; porque cuando estás con tu gente no hay tiempos divididos, no hay fracturas en la realidad, no hay dudas. Ahí, detrás de esa puerta, está mi salud, mi ombligo, mi razón de ser.

Tomo aire, respiro, abro la puerta y lo que veo no es lo que supuse que vería. Veo lo que hay, y lo que hay es una casa vacía, totalmente vacía; sin muebles, en penumbras y casi muda. El único ruido que se escucha es el golpeteo de las gotas de lluvia en el tejado, porque inesperadamente afuera ha empezado a llover. Cruzo la sala escuchando el eco de mis pasos rebotando en las paredes desnudas, sin cuadros; giro por el pasillo hacia la recámara de mis viejos de donde sale un resplandor desuniforme, trémulo, como si se tratara de un resplandor de velas. El cuerpo se me endurece a cada paso y dentro de mi pecho se comienza a abrir un hueco enorme y negro que me impide respirar. Llego a la puerta y echo un vistazo. La recámara está vacía, totalmente vacía; no hay muebles, ni cortinas, ni nada; solo, tocando la pared del fondo, descansa un ataúd escoltado por cuatro cirios que sueltan desde sus lenguas rojas unos sinuosos hilitos de humo que tiznan el techo. El enorme hueco de mi pecho se hace más hondo apretándome con sus tenazas de escorpión los pulmones y agudizando mi asfixia; pero sometido por un instinto insano, avanzo tembloroso hacia el ataúd con los ojos espantados y colmados de lágrimas. Me acerco. Estiro el brazo y justo cuando toco el féretro con la mano, mi ojo izquierdo suelta una lágrima gorda y redonda que rueda por mi mejilla, baja al mentón y cae al vacío, sola, desamparada. Se desploma mi lágrima viva hasta reventar entre los dedos de mis pies que ahora descubro descalzos y sucios, como si hubieran pisado un suelo de lodo. Acaricio estremecido el féretro con la mano abierta. Mientras lo rodeo, mi palma va dejando un rastro de sudor en la madera. Me detengo a la altura de la cabeza, donde se encuentra el cristal de la caja de muerto. Miro y me miro. Digo bien, me miro; porque quién descansa dentro del ataúd soy yo mismo.

Me largo de ahí gritando aterrorizado, ahogado en llanto, babeando, mordiéndome las manos, desquiciado. Corro en busca de la puerta de salida y al abrirla me encuentro de súbito con las estruendosas calles de Barcelona llenas de gringos con la cámara fotográfica colgando del pecho y turistas rubias con falditas y blusas de tirantes y enormes gafas oscuras. Veo a través de las lágrimas el cielo alto tachado por la estela de un avión; veo el ir de venir de los coches y el ruido y este sol que hace daño a los ojos; veo este tiempo que trato de hacer mío, este tiempo separado de otros tiempos pasados o futuros.

Regreso a casa aterrado, con los nervios retorciéndoseme dentro, con la sangre golpeándome sin piedad en las venas. Entro a mi piso y corro al teléfono, marco el número de mis viejos como siempre. Espero… al cabo de cuatro timbrazos me contesta una voz desconocida. Pido por mis padres, pero la voz desconocida me ladra exigiéndome que deje de llamar; me grita que no insista, que ahí no vive ninguna familia Mabres, que no conocen a nadie con los nombres que digo, que ni siquiera saben quién soy, que estoy loco, que no vuelva llamar nunca.

Tembloroso y sudando frío, cada vez más enlodado por dentro, cuelgo el auricular y me dejo caer en el sofá. Cierro los ojos huyendo de esta realidad; cierro los ojos en busca de mi refugio de paz, atemporal, imaginario.

SOÑEUS

4) Papalotes y elefantes

Soñé que despertaba. Me encontraba en una habitación desconocida pero no ajena, limpia, ordenada. Un haz de luz se colaba por la pequeña ventana. Dentro del brazo de luz gravitaba una colmena de motas de polvo. Las blanquísimas briznas se movían lentas, iban y venían como un banco de sardinas. Me senté en la orilla de la cama e intenté reconocer el cuarto. Después de la ventana estaba pegado a la pared un mueble de lámina color azul con la pintura descascarada. Se trataba de un casillero. Incluso tenía aún algunas llaves puestas en una que otra puerta. Junto al casillero un montón de ropa tirada en el suelo, al lado, un cesto de basura. A continuación del cesto estaba un elefante. Movía la cola y las orejas mientras comía enrollando paja con su trompa y llevándosela a la boca. Estaba ciego. Lo supe porque en lugar de ojos tenía dos cuentecitas de lentejuela azul, brillantes.

Me puse de pie con una necesidad imperiosa de acariciar al enorme animal. Estaba desnudo y desnudo acaricié su frente. Cuando pasé la mano por sus ojos de lentejuela azul brillante sentí que lloraba. Sin derramar ni una sola lágrima lloraba. Sin ojos lloraba.

En aquel espacio y en aquella situación me sentía cómodo, como si estuviera en una recámara ya conocida pero olvidada, dejada de lado en la memoria, epidérmicamente estacionada. Era como estar en un lugar visitado en sueños, habitado en sueños. Eso soñaba. Es decir, soñé que estaba en un lugar en el que ya había estado antes en otro sueño; y en el sueño de ahora pude reconocerlo pero de forma sesgada, caliginosa, lejos del alcance de mi conciencia. Pude sentir que eran los mismos muebles y el mismo brazo de luz. Del elefante sólo quedaban pequeños matices mal acomodados en un hueco recóndito mi memoria.

Desnudo salí de la habitación y me encontré una casa igual de cercana, igual de distante. Desnudo recorrí la casa sin decir palabra y poco a poco fui notando el estricto silencio que empantanaba el ámbito. Todo estaba mudo. Religiosamente mudo. Como si una maldición hubiera caído en la tierra y todos los objetos y los seres hubiéramos perdido la capacidad de hacer cualquier ruido, por nimio y mísero que éste fuera. Desnudo salí a la calle y la encontré además de callada, vacía. Era la avenida de los Insurgentes en el DF y estaba vacía. Me encontraba muy al sur, a la altura de la zona arqueológica de Cuicuilco. Caminé a media calle y miré en derredor. No había nada en movimiento, ni coches, ni gentes, ni perros, ni palomas, ni insectos. Todo estaba en silencio y todo estaba inmóvil, como si la ciudad fuera sólo una escenografía, un pueblo deshabitado, sin vida. Como si alguien hubiera convertido al DF en una caja de zapatos y una mano gigante la hubiera vaciado de gentes y de sonidos. Desnudo inicié una especie de vuelo omnisciente por la avenida, de sur a norte. Avancé a una velocidad de vuelo pájaro: rápido y sigiloso. Fui mirando absorto el paisaje quieto y acartonado. Primero, en el sur, Perisur, la UNAM, el Parque Hundido, el Polyforum Siqueiros. Más hacia el centro, la Glorieta de Insurgentes, la Zona Rosa, el monumento a Cuitláhuac. Y ya en el norte, la estación de ferrocarril de Buanavista, el Monumento a la Raza, Indios Verdes. Todo el DF estaba vacío. Únicamente, en un momento determinado pero imposible de definir, pude sentir como una libélula disecada sobre el pétalo lila de una gardenia de una jardinera del Parque Hundido movió por un instante sus alas. El silencio era tal que mis oídos fueron capaces de percibir el aleteo y mi piel sintió el levísimo soplo de viento que provocó. Luego siguió todo mudo, petrificado para siempre.

Desnudo en mitad de Insurgentes a la altura del Hotel de México, decidí indagar en algún edificio de los que flanquean la avenida. Entré a uno cualquiera. Estaba vacío. Me paseé por sus pasillos, recorrí sus oficinas, entré a los baños, a las salas de juntas, a los estacionamientos sin encontrar nada vivo. Absolutamente nada vivo, nada que produjera el menor ruido imaginable. Me asomé a un balcón y noté que la luz de la ciudad era diferente. Miré al cielo y entonces los vi: cientos de miles de papalotes volaban tenues en el cielo de México; cientos de miles de papalotes cubrían el sol hambriento y blanquecino; cientos de miles de papalotes de colores leves gravitaban casi inmóviles a hombros del viento que no soplaba aquí abajo, sólo allá arriba. Era una ciudad entera, una civilización de papalotes multicolores en sabanando el cielo de ese mundo mudo. Estaban atados a los postes, a los barandales de los balcones, a los árboles y arbustos, a los coches, a las antenas, a los cestos de basura, a las tapas de las alcantarillas, a los semáforos, a las tuberías, a los pomos de las puertas, a los cables de luz y de teléfono. Cientos de miles de papalotes estáticos como una familia inconmensurable de libélulas moviendo sus alas con una tenuidad que hacía pensar en medusas o en caracoles. Ingrávidas vigilaban las calles enfermas del DF y protegían las azoteas de aquel sol esdrújulo. Todo el espacio estaba lleno de hilos que bajaban de sus pechos y aterrizaban en sus anclajes improvisados. El espacio estaba tachado por cientos de miles de hilos que hacían en el paisaje un adorno plano y oblongo que se sobreponía a la arquitectura grisácea, a los coches estacionados, a los árboles manchados de hollín, a los parques con sus fuentes sin agua y sin ruido.

Desnudo en el balcón tuve la sensación de ser un brujo infame, un amuleto macabro, un ser que se ríe de los seres. Se me vino a la cabeza el elefante de ojos de lentejuela azul brillante y quise desatar los papalotes de los cables, de los árboles, de las alcantarillas para atarlos a las trompas de miles de elefantes que crearía con la fuerza de mis latidos. Imagine al DF con su cielo colmado de papalotes multicolores moviéndose inquietos atados a las trompas de miles de elefantes ciegos y llorosos con los ojos de lentejuela azul brillante colmando su suelo. Miré en derredor desde mi balcón de héroe. En mi cara se fue trazando una sonrisa.

Entonces, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

SOÑEUS

3) Frijoles quemados

Soñé que estaba en una habitación con las paredes excesivamente altas. Eran unas paredes de adobe, sin ventanas. Sin embargo, entre el techo de tejas y los muros, había una apertura que hacía de la habitación un espacio iluminado con un chorro de luz anaranjada, cálida. Los muros estaban impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas. Miles de manos impresas sobre aquellas enormes paredes de adobe. Al contemplarlas pensé en mis palmas y las miré. Tenía las mismas manos de ahora, incluso estaba anillado con un aro de plata en el mismo dedo: el pulgar derecho. Tomé el anillo ―que extrañamente se rompió por la parte de abajo― y lo abrí como quien abre un aro de alambre. Esta apertura sirvió para ponérmelo en el lóbulo de la oreja izquierda, justo donde tengo dos aros más como pendientes. Los dos aros de la oreja más el aro nuevo sumaban cuatro, no tres. Cuatro aretes de plata que pendían de mi oreja izquierda y destellaban pequeños reflejos de la cálida luz anaranjada que entraba a chorros por el hueco del techo. Sonaba un ruidito en las tejas como de lluvia, pero no llovía.

En el centro de la habitación había sólo una mesita cubierta con una carpetita tejida a mano ―de aquellas carpetitas de ganchillo que en los años 70’s las señoras ponían sobre todos los muebles para adornarlos― y sobre la carpetita un florero de cristal opaco lleno de agua que contenía un ramo de flores. Los pétalos eran intensamente rojos ―rojos como sangre viva, rojos como lunas rojas― y en la punta de cada uno de ellos nacía una garra de águila, feroz, agresiva. Dirigí mi atención al agua del florero y pude ver, con la escena iluminada en tonos azul oscuro y plata, como navegaba a vela un barco de madera. Se trataba de un galeón español. Arrumbaba en dirección oeste con las velas desplegadas. Se movía suave empujado por el viento, silencioso y vacío; porque estaba vacío, nadie lo tripulaba. Las azul negruzcas aguas del florero rebotaban reflejos plata cuando chocaban mansas en la proa, y el ruido como de lluvia dejó paso a un ruido como de olas. En la distancia, sobre un manto casi negro, se percibía apenas un levísimo filo de luz horizontal que atravesaba la escena de lado a lado. El galeón fue girando con cansancio la proa hacia el norte, en dirección opuesta a mí, y se fue alejando con un movimiento apenas perceptible, sin el menor atisbo de prisa, hacia el filo de luz horizontal.

Volví mis ojos a las flores, a los pétalos rojos como lunas rojas, a las violentas garras de águila. Ahí, me sedujo la idea de tocarlas: deslizar la yema de los dedos por aquellas garras filosas como hoja de afeitar; cerrar los ojos y concentrar toda mi atención en la agudas aristas sobre mis yemas; resbalar mi caricia hacia los pétalos tersos, sentirlos sólo un instante para luego devolver mis dedos a la garras nocivas y punzantes.

No lo hice.

En lugar de eso tomé los pendientes de plata de mi oreja y con ellos fui anillando las garras. Los aretes se multiplicaron hasta igualarse al número de pétalos. Los conté con circunspección: nueve.

―Nueve ―dije en voz alta.

Los contemplé por un momento: hermosos pétalos rojos como lunas rojas con unas garras de águila en sus puntas anilladas con un aro de plata; y en su base, sumergido en una noche azul oscura, un galeón alejándose hacia un filo de luz en el horizonte.

Mientras miraba aquella delicada y maléfica imagen, llegó a mí un familiar olor a quemado. Me acerqué a la estufa ―estaba situada junto a uno de los muros impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas―. Sobre los fogones descansaba una cazuela con frijoles borboteando y un sartén de peltre azul. Indudablemente la cazuela con frijoles era la de casa de mi abuela; indudablemente el sartén de peltre era el de casa de mi madre.

Frente a la estufa apareció una mujer muy vieja de pelo color ceniza y enrebosada. Nunca me dio la cara, siempre estuvo de espaldas a mí.

―No te preocupes. Todo está bien ―me dijo con una voz de anciana buena.

―Que raro ―contesté acercándome a la estufa.

―¿Por qué raro? ―preguntó ella haciendo ver que tenía controlados los guisos.

―Porque generalmente soy una bestia ―contesté y comprobé las perillas de la estufa: Efectivamente, estaban abiertas.

Giré con suavidad una a una las llaves de la estufa sintiendo la fricción que hacían al moverse. Vi como el fuego de los fogones poco a poco se iba hundiendo hasta extinguirse. Pero en el último latigazo de una pequeña llama pude ver el reflejo de los pétalos rojos como lunas rojas anillados con aros de plata, y la anciana buena frente a uno de los muros impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas, y los chorros de luz cálida que entraba por el hueco del techo, y el agua del florero donde navegaba el galeón.

Sentí límpidamente el rasposo olor a frijoles quemados. Observé con tiento su color, su forma y su textura dentro de la cazuela ―de casa de mi abuela―. Incluso probé con el dedo los esquites que había en el sartén de peltre azul ―de casa de mi madre―. Pese a estar algo chamuscados, tanto los frijoles como los esquites, eran apetitosos, muy apetitosos. Salivé.

Entonces, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

SOÑEUS

2) Hoja de álamo

Soñé que estaba mirando por la ventana de mi departamento, un tercer piso frente a una calle ancha pero poco transitada, en el DF. El departamento tenía enormes ventanales por donde se colaba una luz clara y hermosamente blanca. Era media mañana, lo recuerdo bien. A mis pies, en la calle, rodaban una película. Se podía escuchar el rumor de la gente haciendo cine: las instrucciones del director, los comentarios de los artistas. Un par de actores homosexuales se disponían a entrar en escena. La secuencia que rodaban trataba de una pareja gay que se separaba por unas semanas. Uno de ellos ―quien se quedaba―, era un tanto ancho de espaldas y llevaba una boina vasca con visera; el otro ―quien se iba―, era más joven que el primero, delgado y afeminado, optimista, se le veía enamorado. Los actores se despidieron con un abrazo sincero y sonriente. Después del abrazo el joven estiró la mano coqueteando, haciendo el gesto de quien pide dinero. Era una broma, un juego entre dos personas que se aman. El de la boina dejó caer en su mano algunas monedas, pero no el billete completamente extendido que sujetaba apenas con la punta de sus dedos. En ese momento llegó un taxi. El joven giraba en derredor del coche y subió a la parte trasera. El de la boina le dijo adioses sosegados asomando la cabeza por la ventanilla contraria y descansando el brazo en el toldo del taxi, con el billete ―completamente extendido― apenas sujeto en la punta de sus dedos. Entonces un viento dócil zafó de sus dedos el billete y lo hizo volar lento, delicado e inquieto hacia el cielo azul, sin una sola nube, del DF. El billete levitó impreciso hasta la altura de mi ventana. Yo, extendí el brazo y entreabrí los dedos como invitando al billete a posarse en ellos. Como si se tratara de una mariposa o de un colibrí. El billete descendió hacia mi mano pero sólo alcancé a tocarlo porque el mismo viento dócil volvió a levantarlo. Por un instante pude escuchar nítidamente el ruidito causado por mis dedos tratando, sin apuros, de tomar el billete ―ese peculiar sonido que hace el papel al ser sujetado por un extremo―. Pude escuchar, también, el viento que lo levantó y lo dejó por un momento quieto, flotando. Levanté la mirada y lo vi: ingrávido, inmóvil, a contracielo, dejando escapar por sus orillas destellos de sol que obligaban a achicar los ojos. Abajo había cierta expectación, muchos del equipo de realización habían sido testigos del vuelo del billete y miraban atentos. Me alejé de la ventana y tomé asiento en el comedor que estaba al centro de mi departamento. La silla era de madera y la mesa redonda, blanca, pesada y firme. De esas mesas que soportan con facilidad el peso de un hombre. Delante de mí apareció la persona con quien compartía mi vivienda, era un hombre simple, no recuerdo más. Detrás de mí la disposición del departamento era amplia y diáfana, la luz entraba por todos lados haciendo el espacio muy agradable. Al fondo se encontraba otro hombre ―mi segundo compañero de vivienda― echado en el sofá, quizá dormitaba, quizá escuchaba música, quizá leía, no lo sé. Entonces, sentado frente a la mesa blanca y firme ―de esas que soportan con facilidad el peso de un hombre―, vi entrar volando por la ventana al billete, como si fuera una mariposa o un colibrí. Extendí el brazo repitiendo el ademán de antes y el billete se posó suave en mis dedos. Lo tomé con cautela, sin avaricia, lo doblé por la mitad ―como suelo doblar los billetes― y lo puse sobre la mesa firme y blanca ―de esas que soportan con facilidad el peso de un hombre―. Encima de él acomodé una pequeña pila de monedas evitando así que volviera a volar. Yo y mis compañeros de vivienda ―que súbitamente habían aparecido a mi lado y habían presenciado el acontecimiento―, iniciamos entonces un aplauso emotivo y cálido. Sonreímos. Nos miramos con alegría a los ojos. Y en aquel momento pude escuchar ―nítidamente otra vez―, como el equipo de realización que hacía cine afuera, nos devolvía el aplauso, igual de cálido, igual de emotivo.

Con una sensación de bienestar metida en el cuerpo miré el billete, acerqué la punta de los dedos a su borde y al tocarlo, vi como lentamente se trasformó en una bellísima hoja seca de álamo. Tomé la hoja y caminé hacia otra ventana, no la misma, otra que hacia esquina con la primera. En esa segunda ventana se pegaban al cristal como las palmas de las manos de un hombre, las enormes hojas de un álamo frondoso movido por el viento, plantado en la acera y erguido hasta esa altura. Tomé la hoja seca y la superpuse en el cristal tratando de hacerla coincidir con una de las hojas de afuera. Ahí, tuve la sensación de que esa hoja me la había obsequiado una mujer. Una mujer muy triste, francesa, sola, deshabitada. No sabía quien era. Sólo sabía que estaba sola y distante de todo y de todos, menos de aquella hoja seca que mis manos ahora intentaban hacer coincidir con la otra hoja de afuera.

Miré por la ventana el cielo limpio. Pensé en el vuelo del billete; en el vuelo de las mariposas y de los colibríes; en el vuelo de las hojas secas. Pensé en los ojos de aquella mujer deshabitada.

Entonces, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

SOÑEUS

1) Tigres

Soñé que estaba en la India, en las montañas de la India, en el Himalaya. Estaba ahí haciendo un viaje iniciático que consistía en acompañar a una pequeña manada de tigres que realizaban su viaje migratorio anual hacia el centro de las montañas. Iba yo acompañado por dos o tres personajes, uno de ellos era mi amigo desde la infancia. Cuando comenzamos el viaje estábamos bastante alejados de los tigres ―tigres dorados, rayados, poderosos―. Mi atuendo era muy básico, consistía en una manta color ladrillo oscuro atada a la cintura o cruzada por un hombro. Nada más. El paisaje era nebuloso y húmedo pero no hacía frío. Todo estaba mojado pero no llovía. Yo era moreno, prieto. Y el color de mi piel ayudaba a ser un tanto invisible en aquella selva. Conforme fuimos avanzando, día tras día, nos íbamos acercando cada vez más a los tigres ―tigres olfativos, tigres curiosos, desconfiados y magníficos―, y éstos se iban familiarizando con nosotros. Avanzábamos en riguroso silencio. Nadie decía ni una sola palabra durante varios días. Comíamos sólo fruta, una especie de dátiles o higos bastante azucarados. El terreno se hacía cada vez más agreste, más selvático, más irregular y teníamos que ayudarnos de las manos para poder seguir caminando, hasta que llegó el punto en que casi gateábamos junto a los tigres ―tigres sigilosos, tersos, enormes tigres fantásticos―. Yo podía sentir el latir de su corazón cuando pasaban junto a mí casi rozándome, podía sentir su incesante jadeo y su mirada que partía en dos la espesura. Mientras pasaban los días y acompañaba a los tigres mi pensamiento se iba aclarando al grado de que todo llegó a parecerme simple y natural. Me fui quedando sin cuestionamientos. En determinado momento uno de los personajes que me acompañaba, mi amigo de la infancia, se acercaba a mí y me hablaba. Entonces un tigre descomunal se lanzaba sobre nosotros rugiendo terriblemente, separándonos y dejándome a mí hecho un ovillo, temblando, sumido profundamente en el pánico. El tigre acercaba su enorme cabeza a mi cuello y olisqueaba pelando los dientes. Yo podía sentir su aliento, su baba, sus colmillos enormes. Miraba temeroso por debajo de mi brazo y veía también la furia en los otros tigres ―tigres malditos, enfermos, terriblemente maravillosos―. El animal enorme gruñía amenazante en mi cuello y yo guardaba todo el silencio posible, todo el respeto posible, toda la quietud posible. El formidable tigre cerraba el hocico y apagaba su furia, daba media vuelta e iba a echarse a unos metros de mí. Yo miraba con recelo a mi amigo de la infancia, reprochándole su insolencia, su desacato. Un rato después, cuando ya estábamos una vez más caminando como animales junto a los tigres, intenté decir algo a mi amigo de la infancia y de mi boca no salieron palabras, salieron gruñidos.

Así, llegamos al santuario de los tigres ―tigres supremos, tigres divinos, tigres omnipotentes―: era una especie de arena circundada por árboles y arbustos; una cazuela poco honda alfombrada por un pasto verde y terso y embrumada por una niebla sutil y tenue. Para llegar al redondel había que escalar una pendiente de lodo, marañas y piedras sueltas; y en la cima, un hombre. Un indio acuclillado, con el mismo atuendo que el mío y de mi mismo color. Me detuvo y me preguntó mirándome fijamente a los ojos:

―Parlas català?

―Sense problema ―contesté yo sin ningún desconcierto.

El indio tomó un cajete y, usando como pincel una ramita horquetada de la punta, comenzó a pintar sobre mi cara unas rayas atigradas. Después de mi rostro rayó mi cuerpo entero haciéndome sentir más animal que nunca; haciéndome sentir casi uno de ellos. Desde esa condición felina pude ver como en el redondel del santuario iban apareciendo varios ciervos inofensivos, débiles ciervos quebradizos. Entonces, los tigres iniciaban el festín: se lanzaban contra el cuello de los ciervos y les desgarraban la piel, los abrían en canal haciendo saltar por los aires las vísceras. Los rasgaban, los mordían, los reventaban. La escena se llenaba de ojos, de desesperados ojos de ciervo agónico, de hocicos de tigre con carne entre los dientes, de rostros felinos ensangrentados, de balidos agónicos de rumiante, de terribles rugidos de tigres ―hermosos tigres asesinos, apocalípticos, sangrientos, fratricidas, bellos y despiadados tigres―. Yo no sentía dolor ni pena. Sólo miraba estremecido y violento. Quería gritar, pero rugía.

En ese momento, llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño, devolviéndome a la vigilia.