Entre Salamandras y Dragones
Todas las noches tomo una larva y rezo por ti ante la virgen de la entraña, ante la salvadora de la pelvis y ante el armiño convertido en jaguar por las gotas de nocturno.
Todas las noches, salamandra que caminó por mis bronquios, lloro los recuerdos de cuando compartimos el dolor de los buenos.tiempos.
―cuando tu voz era tan tiempo y mi vicio la tortura;
cuando en el sótano de casa había una loca atada al mástil de los barcos que intentaban cruzar el océano aguantando la respiración―
Nuestra casita de aves de rapiña, llena, entonces, de venganza, tragos y polvaredas donde muchos hombres mataron golondrinas
y muchas mujeres derramaron lágrimas vivas tendientes a la permanente caricia de mis piernas nocturnas
para luego, con la luz del día, huir a otra mentira embadurnando mi corazón en el asfalto de la calle donde vivimos:
nuestra casita de aves de rapiña
con sus girasoles negros
sus poemas
sus histerias y el llanto nuestro de cada día.
«El siete es mi número de suerte», dijiste frente al símbolo que colgaba en la puerta de nuestra celda, y la fortuna de nuestros besos fue el comienzo para mí, suicida de la ciudad
asesino de mujeres buenas
dragón en años de carne entre los dientes.
No fue culpa del invierno que nuestras lenguas se bifurcaran tocando la pulpa de frutas ajenas;
no fue culpa de la noche, ni de la luna, ni de los hongos...
La culpa, salamandra insólita, fue del color con que pintamos el techo de nuestra cueva.
Fue ahí donde tu obsesión y mi asma terminaron en delirios;
fue ahí donde los demonios tomaron por rehenes a las islas y no a los mastodontes,
donde el otoño mostró su desierto y una mano impertinente quebrantó las leyes impuestas por azar al ghetto de las salamandras que son tu reino, dejando este culebreo mental como la huella del primer hombre alunizado,
como durazno en el ombligo limpio de las putas,
como bengala que ilumina la mejilla de una niña que bajo la falda se le abalanza la necesidad de un soplido que le arranque los orgasmos.
Y hoy, salamandra enamorada de este dragón, me vino este recuerdo retorcido.
Este recuerdo a manera de estornudo salió pecho tierra y muslos viento.
Vino desnudo a ponerse en mi boca, justo donde los pájaros se posaron cuando tú me llevaste en tus caderas a otros mundos donde el humo era sonido y lo violeta era praderas,
donde las cascadas tentaban como penas,
donde las mujeres amaban por siempre a los como yo, dragones,
donde con un conjunto de esperanzas levantamos muros para mirar más lejos que la punta de nuestras miserables almas,
donde las uñas nos crecían como tentáculos dejando al corazón inmóvil,
donde el silencio retorna a tus ojos,
donde la nieve a los míos,
donde el pan y la música eran ciertos, y los colibríes eran el presagio de un mar distinto.
Hoy
no puedo con este miedo prehispánico,
con este ladrido de niño enfermo,
con este rumor de chinos,
con este recuerdo que se oxida.
Por eso rezo por ti cada noche de noche,
para ser por siempre tuyo de ti,
aunque duela la memoria y derive en osadía.
Porque habrá que morirse a versos, salamandra de agua
de viento
de historia.
Habrá que tentar la página del futuro con un lengüetazo de sal y sacudirse las pestañas sin envidia;
habrá que bucear en las ubres del universo con el sombrero bien puesto, con la palabra encendida y con la izquierda en el corazón.
Sólo así ―digo yo: dragón ladrón de mudras―, se congela lo mítico y se trasciende lo podrido.
Hoy, cabalgo cada tarde sobre plegarias que van hacia el crepúsculo, para que las hojas de caña de azúcar con que nos lastimamos sean otoños idos en esta vida nuestra.
Intento así, salamandra, echarle lumbre a los recuerdos para que las bestias se apacigüen y podamos,
de una vez y para siempre,
levantar la cabeza.
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Todas las noches, salamandra que caminó por mis bronquios, lloro los recuerdos de cuando compartimos el dolor de los buenos.tiempos.
―cuando tu voz era tan tiempo y mi vicio la tortura;
cuando en el sótano de casa había una loca atada al mástil de los barcos que intentaban cruzar el océano aguantando la respiración―
Nuestra casita de aves de rapiña, llena, entonces, de venganza, tragos y polvaredas donde muchos hombres mataron golondrinas
y muchas mujeres derramaron lágrimas vivas tendientes a la permanente caricia de mis piernas nocturnas
para luego, con la luz del día, huir a otra mentira embadurnando mi corazón en el asfalto de la calle donde vivimos:
nuestra casita de aves de rapiña
con sus girasoles negros
sus poemas
sus histerias y el llanto nuestro de cada día.
«El siete es mi número de suerte», dijiste frente al símbolo que colgaba en la puerta de nuestra celda, y la fortuna de nuestros besos fue el comienzo para mí, suicida de la ciudad
asesino de mujeres buenas
dragón en años de carne entre los dientes.
No fue culpa del invierno que nuestras lenguas se bifurcaran tocando la pulpa de frutas ajenas;
no fue culpa de la noche, ni de la luna, ni de los hongos...
La culpa, salamandra insólita, fue del color con que pintamos el techo de nuestra cueva.
Fue ahí donde tu obsesión y mi asma terminaron en delirios;
fue ahí donde los demonios tomaron por rehenes a las islas y no a los mastodontes,
donde el otoño mostró su desierto y una mano impertinente quebrantó las leyes impuestas por azar al ghetto de las salamandras que son tu reino, dejando este culebreo mental como la huella del primer hombre alunizado,
como durazno en el ombligo limpio de las putas,
como bengala que ilumina la mejilla de una niña que bajo la falda se le abalanza la necesidad de un soplido que le arranque los orgasmos.
Y hoy, salamandra enamorada de este dragón, me vino este recuerdo retorcido.
Este recuerdo a manera de estornudo salió pecho tierra y muslos viento.
Vino desnudo a ponerse en mi boca, justo donde los pájaros se posaron cuando tú me llevaste en tus caderas a otros mundos donde el humo era sonido y lo violeta era praderas,
donde las cascadas tentaban como penas,
donde las mujeres amaban por siempre a los como yo, dragones,
donde con un conjunto de esperanzas levantamos muros para mirar más lejos que la punta de nuestras miserables almas,
donde las uñas nos crecían como tentáculos dejando al corazón inmóvil,
donde el silencio retorna a tus ojos,
donde la nieve a los míos,
donde el pan y la música eran ciertos, y los colibríes eran el presagio de un mar distinto.
Hoy
no puedo con este miedo prehispánico,
con este ladrido de niño enfermo,
con este rumor de chinos,
con este recuerdo que se oxida.
Por eso rezo por ti cada noche de noche,
para ser por siempre tuyo de ti,
aunque duela la memoria y derive en osadía.
Porque habrá que morirse a versos, salamandra de agua
de viento
de historia.
Habrá que tentar la página del futuro con un lengüetazo de sal y sacudirse las pestañas sin envidia;
habrá que bucear en las ubres del universo con el sombrero bien puesto, con la palabra encendida y con la izquierda en el corazón.
Sólo así ―digo yo: dragón ladrón de mudras―, se congela lo mítico y se trasciende lo podrido.
Hoy, cabalgo cada tarde sobre plegarias que van hacia el crepúsculo, para que las hojas de caña de azúcar con que nos lastimamos sean otoños idos en esta vida nuestra.
Intento así, salamandra, echarle lumbre a los recuerdos para que las bestias se apacigüen y podamos,
de una vez y para siempre,
levantar la cabeza.
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Prosa poética
Yo no soy Edson Lechuga
no tengo espinas en los labios
ni besos migrañosos esparcidos por el cuerpo
ni ojos lunáticos de animal furtivo escondido en los colmillos de las letras
No he descubierto versos tibios en el cuerpo de ninguna mujer
ni los he leído en el silencio secular de la habitación 309 de un hotel de paso
Nunca he pretendido beberme el mar a sorbos
ni dar voz a las aves
ni apagar el sol con los dedos como si fuera el pabilo de una vela
Mi pasado no es alcohólico
no viví en la cuerda floja equilibrando mis pasos entre el vicio y el miedo
entre el llanto y el fuego
entre la carcoma y el ego
No,
yo no soy Edson Lechuga
no han muerto lagartijas en mi sangre
ni se atiborra mi mente de dinosaurios
y las sábanas de mi cama no huelen al sudor de cualquier mujer
Jamás he llorado por lo tanto mis lágrimas no son de tierra
No te confundas, no soy yo el que podó las alas de las espaldas de los árboles
aquella noche en que murió la noche
Jamás he escrito historias de pueblos donde nunca llueve
ni de muertos que hablan como vivos esperando ser oídos con algo diferente a los oídos
ni de viejos sordos
ni de indios que arrancan estrellas al firmamento
No me mires así, no me consueles
no necesito silencio
ni una mujer que me escuche
ni una sangre que me sangre
porque yo…, yo no soy ese que piensas
de mis palabras nunca, nunca han brotado nubes
y no fui yo quien quiso salvarte
Entiende por favor, que yo no soy Edson Lechuga
y no ando muerto de ganas de morirme
desde aquel día que dices que te fuiste
Lo siento, te equivocas
no me duelen las guerras y las hambres
ni mi pecho se ahuasteca cuando cae la tarde
Así que no me ames ni me odies
no me castigues
no me implores
porque te doy mi palabra coyotezca
que soy otro
menos fiel
más retorcido
otro cualquiera, diferente
nunca el mismo
nunca ese Edson Lechuga.
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no tengo espinas en los labios
ni besos migrañosos esparcidos por el cuerpo
ni ojos lunáticos de animal furtivo escondido en los colmillos de las letras
No he descubierto versos tibios en el cuerpo de ninguna mujer
ni los he leído en el silencio secular de la habitación 309 de un hotel de paso
Nunca he pretendido beberme el mar a sorbos
ni dar voz a las aves
ni apagar el sol con los dedos como si fuera el pabilo de una vela
Mi pasado no es alcohólico
no viví en la cuerda floja equilibrando mis pasos entre el vicio y el miedo
entre el llanto y el fuego
entre la carcoma y el ego
No,
yo no soy Edson Lechuga
no han muerto lagartijas en mi sangre
ni se atiborra mi mente de dinosaurios
y las sábanas de mi cama no huelen al sudor de cualquier mujer
Jamás he llorado por lo tanto mis lágrimas no son de tierra
No te confundas, no soy yo el que podó las alas de las espaldas de los árboles
aquella noche en que murió la noche
Jamás he escrito historias de pueblos donde nunca llueve
ni de muertos que hablan como vivos esperando ser oídos con algo diferente a los oídos
ni de viejos sordos
ni de indios que arrancan estrellas al firmamento
No me mires así, no me consueles
no necesito silencio
ni una mujer que me escuche
ni una sangre que me sangre
porque yo…, yo no soy ese que piensas
de mis palabras nunca, nunca han brotado nubes
y no fui yo quien quiso salvarte
Entiende por favor, que yo no soy Edson Lechuga
y no ando muerto de ganas de morirme
desde aquel día que dices que te fuiste
Lo siento, te equivocas
no me duelen las guerras y las hambres
ni mi pecho se ahuasteca cuando cae la tarde
Así que no me ames ni me odies
no me castigues
no me implores
porque te doy mi palabra coyotezca
que soy otro
menos fiel
más retorcido
otro cualquiera, diferente
nunca el mismo
nunca ese Edson Lechuga.
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poesía
La madrastra [fragmento]
Supe que mataron a mi padre por un enredo de faldas. Lo supe desde que era yo así de chiquito, a eso de los nueve o diez años; o tal vez desde antes, pero como me falla la cabezota pues no lo recuerdo bien. Su muerte nunca me importó tanto, lo que sí me daba comezón de vez en cuando era no saber quién lo había matado. Y conforme se me fueron juntando los años en el cuerpo más me fue entrando la curiosidad y la muina.
Por ahí de los trece o catorce, cuando yo y todos los demás niños comenzamos a hacernos hombres, fue cuando más me di cuenta de que yo padre no tenía. Al principio me gustó saber que lo mataron por faldas. Sonaba rebonito que al padre de uno le hubieran partido el pecho a cuchillazos por una mujer. La madrastra decía que bien merecido se lo tenía. «De tanto enredo llegó el momento en que se lo quebraron», decía secándose las manos en el delantal.
Lo primero que supe fue cómo lo mataron. Tenía yo ya casi diecisiete. Me lo dijo la Juana, una noche que estaba en su casa mojándome con sus besos y con sus caricias morenas de a treinta pesos.
-Ya se sabe que andas oliéndole los pasos a la Abigail -me dijo entre beso y beso.
Yo seguí como si nada, restregándome en su cuerpo.
-Mejor ni le busques -dijo-, no te vaya a pasar lo que a tu padre.
Entonces me encabroné. Me paré en seco de un pinche brinco y que le clavo los ojos como queriendo que mi mirada tuviera filo para cortarle el pescuezo.
-Déjate de pendejadas, Juana, a mi padre ni tan siquiera lo nombres.
-Perdón -dijo ella-, no sabía que te encabronara tanto.
-Pues ahora ya lo sabes -le dije y comencé a buscar mi ropa regada por todo el suelo.
La Juana se me quedó mirando como si yo fuera un niño todavía, y desde el catre donde estaba acostada, con las piernas abiertas y mojada, me dijo:
-Pues si de veras te molesta tanto, ¿por qué no has vengado su muerte?
Yo sentí como si me hubieran echado lumbre adentro, más lumbre de la que ya tenía por los besos de la Juana.
-Mira, Juana -dije acercándome a ella con los pantalones en la mano-, si yo supiera quién lo mató, en este mismito instante le partía la cabeza.
La Juana se quedó callada. La pinche mirada de como si yo fuera un niño no se le iba de los ojos. Cerró las piernas y sonrió arremolinándose en el catre.
-Tú lo sabes, Juana. Tú, cabrona, sabes quién mató a mi padre -le dije aventando el pantalón a la chingada y agarrándola de los brazos con harta rabia.
-¡Suéltame, pendejo! -dijo intentando zafarse de mis manos. Pero no la dejé. Es más, la apreté más recio. Es más, tuve un chingo de ganas de cachetearla, de voltearle la cara a chingadazos.
-¡Tú sabes quién mató a mi padre, Juana! -le grité zangoloteándola.
La Juana supo que no se me iba a soltar, así que me miró más seria, no como antes sino más seria, más como se mira a un hombre.
-Lo único que sé es que a tu padre no lo mató un hombre, lo mató una mujer.
En cuanto me llegaron las palabras a las orejas se me fueron las fuerzas de los brazos y solté a la Juana. Justo entonces me di cuenta de que estaba encuerado y volví a buscar mis pantalones para ponérmelos.
-Lo mataron en el mirador -siguió diciendo mientras se echaba una cobija encima-. Venía de ver a su querida allá arriba, y en la esquina de casa de don Alfredo López lo esperó una mujer engabanada y con sombrero, retrancada en el poste de luz. Dicen que a tu padre ni tiempo le dio de hacer nada. Cuando menos sintió ya tenía el pecho abierto a cuchilladas.
-Más te vale irte callando la bocota, Juana -le dije con la sangre hirviéndome por dentro-, no vaya a ser que el ansia que te tengo se me convierta en muina -y me salí descalzo y sin camisa, y comencé a caminar hacia mi casa, que es la casa de la madrastra: madre de mi hermano Ramiro y de los otros tres chiquitos.
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