Para Elisa.
Desde hace meses una duda me atraviesa los sesos,
Salgo a la calle con la intención de ocultarme entre la multitud que infesta a Barcelona este verano escandaloso. Aquí, entre las manadas de gentes que van y vienen, soy desconocido, anónimo, una persona más que camina entre la masa sin dirección y sin tiempo. Las multitudes tiene esa particularidad: te ocultan, te hacen invisible, te hacen valiente. Y valor es lo que ahora necesito porque la noticia que recibí me ha dejado sucio por dentro, como si hubiera bebido litros y litros de lodo.
Hace apenas unos minutos sonó el teléfono de casa. Malas noticias. Lo sabía. Si tu teléfono suena a las seis de la mañana de un domingo solamente puede ser para dar malas noticias. Y mi teléfono sonó a la una del mediodía de aquí, de Barcelona; pero la una del mediodía de aquí, son las seis de la mañana de allá, de México. Puta conclusión. Puto tiempo. Pero es así, mientras aquí las calles ya están reventando de turistas, allá apenas despierta el día; y despierta con malas noticias.
Mientras camino aquí pienso en allá. Porque yo sigo allá, con el cuerpo aquí pero con el corazón allá, con la noche de allá, con el tiempo de allá. Pese a los años no he podido arrancarme sus aromas ni sus horarios. Tampoco lo he querido, confieso. Por eso en cuanto sonó el teléfono de casa y vi el número, automáticamente calculé la hora, o más bien, la intuí. Así me sucede desde que estoy aquí. De repente un hecho, un objeto, una palabra, una textura hace que mi mente se traslade allá y de inmediato intuyo la hora y pienso: «Ahora están comiendo»; o, «es sábado, seguramente están en la sala bebiendo café»; o, «están a punto de meterse en la cama», mis viejos solos, cada día con menos cosas que decirse. Así sucedió hace apenas unos minutos cuando recibí la llamada. «Allá son las seis de la mañana», pensé y supe que era una mala noticia.
Después de escuchar a mi madre a través del auricular no supe qué hacer más que salir a la calle a esconderme entre la multitud, perderme entre cuerpos que no miran y pasos apresurados y tiendas y ruido y semáforos. La voz de mi madre sonaba triste, desgastada y sombría, como si la noticia le hubiera quitado el color, como si estuviera hablando desde un lugar oscuro y frío. «Aquí te queremos, te extrañamos», me dijo; «aquí te necesitamos». Y yo no supe qué hacer, qué decir, cómo, con qué palabras…
Recuerdo a mi madre, la recuerdo bien pese a la distancia y al tiempo. Tiene las manos pequeñas y un alud en los ojos distantes, leves. Sonríe mucho, sin pudor, y cada vez habla con menos gritos. Le dan miedo las tormentas. Se persigna invocando a todos sus santos cuando las nubes se ponen negras y desbaratan cosas en el cielo, desgarran árboles, derriban muros, dinamitan cerros que despedregan su ruido en lo alto y hacen vibrar los vidrios de casa. Mi madre se santigua mientras desconecta la radio y la televisión y se apresura a encender una veladora a
Encima de mi cabeza se recorta entre los edificios del barrio Gótico este cielo de Barcelona. Es un cielo más alto que el mío, un cielo menos azul que el que recuerdo. Aquí no se ven aquellas procesiones de nubes espesas, espumosas, taciturnas, algodonadas, blancas y despacias, muy despacias. Aquí las nubes son delgadas, transparentes, deshilachadas y puestas sobre un cielo alto; un cielo tachado casi siempre por la estela de algún avión… y pienso en los aviones, pienso en volar, cruzar el Atlántico mirando las nubes por la ventanilla; atravesar el océano para estar allá, con mi madre, en su espacio, en su tiempo. Pienso en volar y recuperar horas mientras cruzo de un continente a otro; hacerle trampa al tiempo ya que mientras vuelas de aquí para allá rescatas siete horas. Es así: mientras el tiempo viaja en una dirección tú vas en contrasentido, en dirección opuesta, equivocado. Imagino que es debido a eso que recuperas siete horas de tu vida; o quizás, te alejas siete horas de tu muerte. Por un momento pienso que ojalá fuera posible viajar más horas para recuperar más tiempo. Recuperar veinte horas, cien, tres meses, treinta años, remontarme hasta mi infancia, bajarme del avión siendo un niño para volver a sentir el viento voraz y los aguaceros que ennegrecían el cielo. Volver al monte con mi padre, y al río; volver a elevar papalotes en mi pueblo; volver a comer cachaza los marzos; quemar toritos; hacer globos aerostáticos de papel de china y soltarlos al cielo estrellado de mi pueblo, vigilados por mis ojos de niño, absortos y luminosos como el fuego que hacía volar los globos aerostáticos. Y verlos irse, verlos subir lentamente hacia la noche y hacia las estrellas allá puestas en ese cielo bajito.
Me detengo en una esquina del barrio Gótico, cierro los ojos un momento y casi puedo verlos; casi puedo sentir el calor que desprendían entre tus manos cuando los sujetabas de la base justo antes de irse, justo antes de volar; casi puedo ver a mi viejo sonriendo, con la cabeza descubierta, con el sombrero en la mano para poder seguir el vuelo de esas aves nocturnas luminiscentes, lentas, esponjadas, como coloridas nubes nocturnas.
Recuerdo a mi viejo; recuerdo como solía escuchar la radio mientras desempolvaba sus libros. Aquella radio de transistores por donde salían palabras que construían imágenes que se superponían a las imágenes reales. Historias de Kalimán, ese héroe oriental que fue a dar a México por un azar que nunca nadie se preguntó y cuya ética era jamás matar a ningún hombre. «Kalimán, el hombre increíble», decía la radio con voz penetrante. Y yo imaginaba a Kalimán con su turbante blanco y su mirada honda y su equilibrio mental y sus sólidos principios y su dominio de la hipnosis. «Serenidad y paciencia, mi querido Solín», decía Kalimán a su discípulo mientras mi padre sacudía sus libros y yo lo miraba de espaldas imaginándolo con un turbante blanco defendiéndome del mal. Lo imaginaba luchando contra monstruos y malhechores, derrotando canallas y llevándome a un lugar seguro. Lo imaginaba con su turbante blanco y su esmeralda en la frente protegiéndome de los malvados. En ocasiones incluso hablaba con él: «Ayúdame, Kalimán», pedía en mis fantasías, «tercer hijo de la dinastía de
Mi padre también solía darnos baños con agua de sol a mi hermana y a mí. Llenaba tres o cuatro cazos con agua y los dejaba a pleno rayo de sol la mañana entera. Al mediodía nos desnudaba completos y nos bañaba en el patio entre sonrisas y chapoteos. No había entonces resentimiento, ni pudor, ni miedo. No había soledad, ni este hoyo negro que descubrí en mi pecho hace algunos años, ni esta sensación de lejanía que siento ahora mientras camino y cavilo en el anonimato de las calles, escondido del mundo, luido por dentro.
Mi hermana seguramente está ya con mis viejos. Más triste que nadie, más sola que todos. Así es ella, de pocas palabras y mucha disposición, solidaria y sincera. Ella y su hija que está por nacer. Su hija que no sabe lo que está pasando, y que sin embargo, ya late. Seguramente cuando crezca le contaremos la historia deformada, como son las historias que recordamos. Y ella —estoy seguro que es mujer—, intentará reconstruir el tiempo viejo —será viejo entonces—, y ponerles rostro a las personas de quienes solo conocerá el nombre. Seguramente no sabrá de Kalimán, ni de los aguaceros de mi pueblo, ni de los baños de agua de sol. O solo lo sabrá de oídas, por boca de su madre que es mi hermana; por boca de su tío que soy yo. Sabrá por nuestra boca de mi huída a Barcelona; y sabrá, por supuesto, de esta noticia que recibí hace unas horas. Pero a ella le sonará lejana, antigua, empolvada por el paso de los años, arrinconada en el puto tiempo que inexorablemente pasa. Pienso en mi hermana solidaria y fiel y en su tiempo parsimonioso y creador; pienso en su hija que ya late en otro tiempo distinto al de todos; pienso en mis viejos que cada día transitan en un tiempo más lento y más triste; pienso en las horas de vida que recuperaría si volara de aquí para allá.
Este tiempo que nos separa. Este tiempo que transmuta en muchos tiempos diferentes. Muchas realidades separadas por tiempos distintos: el tiempo de aquí, de Barcelona; el tiempo de allá, de México; el tiempo de la hija de mi hermana que ya late; el tiempo de mi hermana que gesta; el viejo tiempo de mis viejos. Muchos tiempos que no son lo mismo; ajenos unos con otros y, sin embargo, simultáneos.
Pienso, recuerdo, imagino, hundido en esta marea de rubias con faltita y blusas de tirantes y enormes gafas de sol. Sin saber cómo llego a Plaza Cataluña; busco un rincón para descansar mis adoloridos pies; tomo asiento en un banco cualquiera. El paisaje está cubierto por una fina capa de ceniza que lo hace grisáceo: gringos haciéndose fotos frente a la fuente; abuelas hablando solas mientras tiran migas de pan a las palomas que se amotinan y asoman sus ojos rojos y sus patas rosadas entre un hervidero de plumas; niños corriendo detrás de pompas de jabón que sus padres producen a soplidos desdeñosos detrás de un patético arito mojado en un líquido fluorescente que sujetan con la mano donde no tienen el cigarrillo; un grupo de jóvenes con pinta de Vatos-Locos; bicicletas que atraviesan la plaza como los aviones atraviesan el cielo. Mis párpados pesan, mi mente gira, se confunde, se sumerge entre la bruma del presente de aquí y el pasado de allá. De repente, al otro lado de la plaza, lo veo. No puedo creerlo. No es verdad. Me miento. Mi mente me miente, me miente ese tiempo que evoco. Ese tiempo que se superpone a este. Ese tiempo sin tiempo que llevo dentro y que me dice que es real sin serlo. Ese tiempo que se retuerce dentro de mí y me hace ver cosas pasadas, o presentes, ya no lo sé. Me tallo los ojos, ajusto la mirada y voy distinguiendo su figura recortada entre la gente que va y viene. Está sentado en flor de loto dándome la espalda, la columna recta y serena, los brazos relajados, los hombros alerta, la cabeza erguida coronada con un turbante blanco. No hay duda, es él: Kalimán, tercer hijo de la dinastía de
—Ayúdame, Kalimán. Dame claridad ante esta jodida realidad que no comprendo.
Pero Kalimán no responde, no está, ha desaparecido. Solo queda la gente y las turistas y los gringos y las abuelas dando de comer a las palomas y yo. Pero insisto:
—Ayúdame, Kalimán. Dale sentido al pasado y al presente.
Entonces, la voz de Kalimán viene a mis oídos, potente, profunda. La voz de Kalimán que me lleva nítida y sutilmente a México, justo delante de la puerta de la casa de mis viejos. Antes de entrar miro esa puerta carcomida por los años. Ahí, detrás de esa puerta está mi gente esperando mi regreso. Detrás de esa puerta está mi hermana sentada en la sala, ensimismada y serena, rodeada por las paredes donde cuelgan diplomas de la familia, fotos de nuestro pueblo, adornitos de bautizos y bodas. Detrás de esa puerta está mi hermana, fiel, solidaria, acariciando a su hija que se mueve tenue en su vientre. Detrás de esa puerta está el aroma a café recién hecho, el librero frente al cuál mi viejo se pasaba horas enteras, y la luz de las seis de la tarde colándose por la ventana e iluminando un trozo de suelo. Detrás de esa puerta está también la recamara de mi madre con sus paredes adornadas con calendarios, fotos de sus padres de otro tiempo, fotos de sus hijos de otro tiempo. Detrás de esa puerta está mi madre sentada en el filo de la cama, pequeña, adolorida, llorando poquito en los brazos de mi padre que intenta darle consuelo en penumbras, alumbrados únicamente por la infinita veladora que arde frente a
Tomo aire, respiro, abro la puerta y lo que veo no es lo que supuse que vería. Veo lo que hay, y lo que hay es una casa vacía, totalmente vacía; sin muebles, en penumbras y casi muda. El único ruido que se escucha es el golpeteo de las gotas de lluvia en el tejado, porque inesperadamente afuera ha empezado a llover. Cruzo la sala escuchando el eco de mis pasos rebotando en las paredes desnudas, sin cuadros; giro por el pasillo hacia la recámara de mis viejos de donde sale un resplandor desuniforme, trémulo, como si se tratara de un resplandor de velas. El cuerpo se me endurece a cada paso y dentro de mi pecho se comienza a abrir un hueco enorme y negro que me impide respirar. Llego a la puerta y echo un vistazo. La recámara está vacía, totalmente vacía; no hay muebles, ni cortinas, ni nada; solo, tocando la pared del fondo, descansa un ataúd escoltado por cuatro cirios que sueltan desde sus lenguas rojas unos sinuosos hilitos de humo que tiznan el techo. El enorme hueco de mi pecho se hace más hondo apretándome con sus tenazas de escorpión los pulmones y agudizando mi asfixia; pero sometido por un instinto insano, avanzo tembloroso hacia el ataúd con los ojos espantados y colmados de lágrimas. Me acerco. Estiro el brazo y justo cuando toco el féretro con la mano, mi ojo izquierdo suelta una lágrima gorda y redonda que rueda por mi mejilla, baja al mentón y cae al vacío, sola, desamparada. Se desploma mi lágrima viva hasta reventar entre los dedos de mis pies que ahora descubro descalzos y sucios, como si hubieran pisado un suelo de lodo. Acaricio estremecido el féretro con la mano abierta. Mientras lo rodeo, mi palma va dejando un rastro de sudor en la madera. Me detengo a la altura de la cabeza, donde se encuentra el cristal de la caja de muerto. Miro y me miro. Digo bien, me miro; porque quién descansa dentro del ataúd soy yo mismo.
Me largo de ahí gritando aterrorizado, ahogado en llanto, babeando, mordiéndome las manos, desquiciado. Corro en busca de la puerta de salida y al abrirla me encuentro de súbito con las estruendosas calles de Barcelona llenas de gringos con la cámara fotográfica colgando del pecho y turistas rubias con falditas y blusas de tirantes y enormes gafas oscuras. Veo a través de las lágrimas el cielo alto tachado por la estela de un avión; veo el ir de venir de los coches y el ruido y este sol que hace daño a los ojos; veo este tiempo que trato de hacer mío, este tiempo separado de otros tiempos pasados o futuros.
Regreso a casa aterrado, con los nervios retorciéndoseme dentro, con la sangre golpeándome sin piedad en las venas. Entro a mi piso y corro al teléfono, marco el número de mis viejos como siempre. Espero… al cabo de cuatro timbrazos me contesta una voz desconocida. Pido por mis padres, pero la voz desconocida me ladra exigiéndome que deje de llamar; me grita que no insista, que ahí no vive ninguna familia Mabres, que no conocen a nadie con los nombres que digo, que ni siquiera saben quién soy, que estoy loco, que no vuelva llamar nunca.
Tembloroso y sudando frío, cada vez más enlodado por dentro, cuelgo el auricular y me dejo caer en el sofá. Cierro los ojos huyendo de esta realidad; cierro los ojos en busca de mi refugio de paz, atemporal, imaginario.
