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Mostrando entradas de mayo, 2008

Papalotes y Elefantes

Soñé que despertaba.
Me encontraba en una habitación ajena y, sin embargo, conocida. Un haz de luz se colaba por la pequeña ventana. Dentro del brazo de luz gravitaba una colmena de motas de polvo. Las blanquísimas briznas se movían lentas, iban y venían como un banco de sardinas. Sentado en la orilla de la cama intentaba reconocer la habitación:
junto a la ventana había un descascarado casillero color granate,
al lado un montón de ropa tirada en el suelo,
al lado un cesto de basura,
al lado un elefante.
Movía la cola y las orejas mientras comía enrollando paja con su trompa y llevándosela a la boca. Estaba ciego. Lo supe porque en lugar de ojos tenía dos cuentecitas de lentejuela azul. Me puse de pie con la necesidad onírica de acariciar a ese animal salvaje y leve. Estaba desnudo y desnudo toqué su cabeza enorme, su frente milenaria, y cuando pasé la mano por sus ojos de lentejuela, sentí que lloraba,
sin derramar ni una lágrima lloraba,
sin ojos lloraba.
Me sentía cómodo en aquel espacio, c…

Frijoles quemados

Soñé que estaba en una habitación con las paredes excesivamente altas. Eran unas paredes de adobe, sin ventanas. Sin embargo, entre el techo de tejas y los muros, había una apertura que hacía de la habitación un espacio iluminado con un chorro de luz anaranjada, cálida. Los muros estaban impresos con bajorrelieves de siluetas de manos abiertas. Miles de manos impresas sobre aquellas enormes paredes de adobe. Al contemplarlas pensé en mis palmas y las miré. Tenía las mismas manos de ahora, incluso estaba anillado con un aro de plata en el mismo dedo: el pulgar derecho. Tomé el anillo ―que extrañamente se rompió por la parte de abajo― y lo abrí como quien abre un aro de alambre. Esta apertura sirvió para ponérmelo en el lóbulo de la oreja izquierda, justo donde tengo dos aros más como pendientes. Los dos aros de la oreja más el aro nuevo sumaban cuatro, no tres. Cuatro aretes de plata que pendían de mi oreja izquierda y destellaban pequeños reflejos de la cálida luz anaranjada que entra…