septiembre 11, 2008

Bigotito de galán de los años 50´s

Soñé que estaba en un restaurante chino. De esos donde venden arroz.tres.delicias, rollitos.primavera y tienen los asientos forrados con vinil rojo. Sentado en uno de aquellos sillones, abrazaba a la mujer que amo mientras mirábamos una película en blanco y negro del Tin Ta.

La película era proyectada sobre una cascada instalada al fondo del local. En la poza del pie de la cortina de agua nadaba tranquila una mamá.pato con sus tres patitos siguién-dola en fila.india. La cascada media por lo menos dos metros por cada lado y la proyección sobre el agua daba a la película un toqué extremadamente realista.
En el filme actuaban también Cantinflas y Mauricio Garcés. La trama consistía en que los tres cómicos intentaban deshacerse del cadáver de una viejita que inesperadamente se les había muerto en el baño de su departamento, mientras orinaba.
De pronto, dentro de la película aparecía yo. Yo mismo. Vestido
de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios.

Mientras los tres cómicos intentaban esconder el cadá-ver de la viejita en la parte superior de un ropero enorme, yo me dirigía hacia otra sala donde había un piano de cola, negro y brillante. Tomaba asiento frente al piano y
de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
empezaba a tocar una pieza clásica. Lo raro era que cada vez que mis dedos caían sobre las teclas, de la caja del piano brotaba una tortuguita amarilla. Viva. Sonriente.
Así, mientras yo interpretaba la pieza, el cuarto se iba llenando de decenas de pequeñas tortuguitas amarillas. Vivas. Sonrientes.

La película cambiaba de pronto la trama y el tono. Aho-ra Cantinflas, Tin Tan y yo, huíamos en un Chevrolet 56 de la temible, abominable, diabólica carcajada de Mauricio Garcés que nos perseguía omnisciente. En la imagen aparecía el ros-tro maléfico de Mauricio Garcés superpuesto en transparencia sobre el Chevrolet 56 donde viajábamos nosotros.
Ahí, se apoderaba de mí el presentimiento de que el fin del mundo estaba cerca. Y corroboraba esa noticia cuando veía pasar por la calle una camioneta de helados pregonando por el altavoz:

«¡Tin Tan, Cantinflas y Mauricio Garcés
quieren destruir el mundo!»

Con el terror de la noticia, yo
de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
iba en busca de la mujer que amo. Pero dramática-mente la encontraba fuera del filme.
Abrazada a otro hombre.
Otro hombre que era yo mismo.
Estaba sentada junto a ese otro yo en un sillón de vinil de un restaurante chino y mirándome de frente.
Su mirada me hería. Tanto, que estuve a punto de en-tregarme a la carcajada diabólica de Mauricio Garcés.

Fuera del filme yo.vestido.como.ahora, también sufría. Sufría por verme sufrir dentro de la película. Sufría porque el otro yo.en.blanco.y.negro era incapaz de entender que él y yo éramos el mismo.
«¡Apaguen esta chingadera!», gritaba a los chinos del restaurante, «Me hace sufrir verme sufrir». Pero nadie me hacía caso. No me entendían. Los chinos hablaban chino.
En un arranque de locura y al no soportar más el dolor de mis dos yoes. Tomaba del brazo a la mujer que amo y nos lanzamos hacia la cortina de agua donde se proyectaba la película alborotando a la mamá.pato y a sus tres patitos que la seguían en fila.india.
Y aparecíamos ahí los tres:
yo de riguroso smoking
sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
la mujer que amo,
y yo.vestido.como.ahora.
Yo.en.blanco.y.negro miraba ofendido a yo.vestido.como.ahora porque llevaba de la mano a la mujer que amo. Yo.vestido.como.ahora intentaba explicarle a yo.en.blanco.y.-negro que éramos lo mismo, que ese yo y este yo éramos la misma persona, que por favor no se ofendiera.

Yo.en.blanco.y.negro no aguantaba más la rabia y la burla de ese otro yo. Así que
con sombrero negro de ala corta
bigotito de galán de los años 50´s
cigarrillo humeante entre los labios,
sacaba del riguroso smoking una smith.&.wesson cali-bre 44 y encañonaba a yo.vestido.como.ahora. Pero justo cuando iba a vaciar el arma sobre mí, Mauricio Garcés suje-taba mi brazo y me desarmaba sin que pusiera resistencia.
Súbitamente Tin Tan y Cantinflas me sacaban de cua-dro y yo.vestido.como.ahora me acercaba a Mauricio Garcés para agradecerle el gesto de haberme salvado de mí mismo.
―Gracias, pinche Mauricio ―le decía sonriendo.
―No soy Mauricio ―contestaba él con un brillo extraño en la mirada―. Soy Satanás.
Y su carcajada sonaba tétrica en el ambiente.
Y enormes llamaradas incendiaban la escena con todo y la cortina de agua donde se proyectaba la película;
con todo y la mamá.pato y sus patitos en fila.india;
con todo y los sillones de vinil rojo;
con todo y los chinos que hablaban chino.

Entonces,
llegó esa neblina tibia que va sacándome del sueño y devolviéndome a la vigilia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

y que el negro de tus ojos nunca muera...

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