noviembre 02, 2008

Unas por otras [fragmento]

Yo pensaba que esas pendejadas de Dios eran eso mismamente, puras pendejadas. Pero desde que se me comenzó a pudrir la pierna tuve que agarrarme a veinte uñas al manto sagrado de la Virgen de la Buenaventura. De no haber sido por eso, de seguro ya tendría podrido todo el cuerpo. Suerte que ella con sus ojitos retechulos me cuidó tarde a tarde la pierna que poco a poco se me fue poniendo renegrida; si hasta parece que me sobaba quedito con sus manitas santas.

Y todo por el pendejo del Clodomiro Vargas que me pegó un tiro en la pata derecha. Él dice que porque estaba robándome sus vacas, pero yo para qué iba a querer sus pinches vacas si están reflacas, las méndigas. Además, yo tengo mi Cliopatra; esa sí que está rechula, la canija. Todos los días nos da un chingo de litros de leche blanca y fresquita fresquita. El nombre se lo puso mi hija la menor. Ella, como sí fue a la escuela, pues le puso ese nombre, quesque porque fue una mujer de quién sabe dónde chingados que se bañaba con leche. A mí me cuadró el nombre, suena rebonito: Cliopatra. Luego en las tardes me la paso divisándola cómo menea la cola para espantarse las moscas, y le digo y le digo: «Cliopatra, Cliopatra». La verdad, no creo que me entienda ni una chingada, y si me entiende se hace güey, porque la ingrata ni siquiera me mira de reojo, nomás sigue meneando la cola de un lado para otro.
El Clodomiro dice que fue por lo de las vacas, pero en realidad fue por lo de su mujer. Yo no tengo la culpa de que aquella noche en el baile la Felipa se me arrejuntara tanto, y pues poco a poco se me fue poniendo duro el entendimiento. Ella bien que se daba cuenta, no me van a decir a mí que las viejas no sienten cuándo a uno se le endurece el instrumento. Sí, bien que se dan cuenta, las canijas, nomás que le hacen al güey para que uno piense que no saben nada de esas cosas.
La verdad es que a mí se me habían pasado las cucharadas aquella noche. Mi mujer no quiso ir al baile porque los zapatos que traiba estaban ya de al tiro muy dados al traste.
―Cómprame onque sea unos guaraches, Prudencio ―me había dicho una semana antes.
Pero de dónde hijos iba yo a sacar para unos guaraches, si con trabajos le habíamos comprado las libretas a los pilcates para que fueran a la escuela. Además, estaban pagando rebarato el maíz, si no mal recuerdo a menos de tres pesos el cuartillo.
―No vieja, ¿de dónde quieres que saque yo centavos para calzarte? ―dije yo.
Y ella que se monta en su macho.
―Si no me los compras, pues no voy.
Y pues no fue.

1 comentario:

Ernesto dijo...

así.. simple... así sincero

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