prefiero la duda a la certeza, lo sutil a lo concreto, la posibilidad al hecho, el mito a la leyenda, la lluvia de otoño al sol de verano, el pecado a la pureza, las cosas pequeñas a las grandes, las diablas a los dioses, la izquierda a la derecha y la literatura a la realidad. viví en barcelona más de una década y ahí aprendí a ser uno de esos otros∙muchos que me habitan∙todos. sé ahora que escribir es escribir∙me y que todo texto es mejor que su autor.
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marzo 31, 2009
La madrastra [fragmento]
Supe que mataron a mi padre por un enredo de faldas. Lo supe desde que era yo así de chiquito, a eso de los nueve o diez años; o tal vez desde antes, pero como me falla la cabezota pues no lo recuerdo bien. Su muerte nunca me importó tanto, lo que sí me daba comezón de vez en cuando era no saber quién lo había matado. Y conforme se me fueron juntando los años en el cuerpo más me fue entrando la curiosidad y la muina.
Por ahí de los trece o catorce, cuando yo y todos los demás niños comenzamos a hacernos hombres, fue cuando más me di cuenta de que yo padre no tenía. Al principio me gustó saber que lo mataron por faldas. Sonaba rebonito que al padre de uno le hubieran partido el pecho a cuchillazos por una mujer. La madrastra decía que bien merecido se lo tenía. «De tanto enredo llegó el momento en que se lo quebraron», decía secándose las manos en el delantal.
Lo primero que supe fue cómo lo mataron. Tenía yo ya casi diecisiete. Me lo dijo la Juana, una noche que estaba en su casa mojándome con sus besos y con sus caricias morenas de a treinta pesos.
-Ya se sabe que andas oliéndole los pasos a la Abigail -me dijo entre beso y beso.
Yo seguí como si nada, restregándome en su cuerpo.
-Mejor ni le busques -dijo-, no te vaya a pasar lo que a tu padre.
Entonces me encabroné. Me paré en seco de un pinche brinco y que le clavo los ojos como queriendo que mi mirada tuviera filo para cortarle el pescuezo.
-Déjate de pendejadas, Juana, a mi padre ni tan siquiera lo nombres.
-Perdón -dijo ella-, no sabía que te encabronara tanto.
-Pues ahora ya lo sabes -le dije y comencé a buscar mi ropa regada por todo el suelo.
La Juana se me quedó mirando como si yo fuera un niño todavía, y desde el catre donde estaba acostada, con las piernas abiertas y mojada, me dijo:
-Pues si de veras te molesta tanto, ¿por qué no has vengado su muerte?
Yo sentí como si me hubieran echado lumbre adentro, más lumbre de la que ya tenía por los besos de la Juana.
-Mira, Juana -dije acercándome a ella con los pantalones en la mano-, si yo supiera quién lo mató, en este mismito instante le partía la cabeza.
La Juana se quedó callada. La pinche mirada de como si yo fuera un niño no se le iba de los ojos. Cerró las piernas y sonrió arremolinándose en el catre.
-Tú lo sabes, Juana. Tú, cabrona, sabes quién mató a mi padre -le dije aventando el pantalón a la chingada y agarrándola de los brazos con harta rabia.
-¡Suéltame, pendejo! -dijo intentando zafarse de mis manos. Pero no la dejé. Es más, la apreté más recio. Es más, tuve un chingo de ganas de cachetearla, de voltearle la cara a chingadazos.
-¡Tú sabes quién mató a mi padre, Juana! -le grité zangoloteándola.
La Juana supo que no se me iba a soltar, así que me miró más seria, no como antes sino más seria, más como se mira a un hombre.
-Lo único que sé es que a tu padre no lo mató un hombre, lo mató una mujer.
En cuanto me llegaron las palabras a las orejas se me fueron las fuerzas de los brazos y solté a la Juana. Justo entonces me di cuenta de que estaba encuerado y volví a buscar mis pantalones para ponérmelos.
-Lo mataron en el mirador -siguió diciendo mientras se echaba una cobija encima-. Venía de ver a su querida allá arriba, y en la esquina de casa de don Alfredo López lo esperó una mujer engabanada y con sombrero, retrancada en el poste de luz. Dicen que a tu padre ni tiempo le dio de hacer nada. Cuando menos sintió ya tenía el pecho abierto a cuchilladas.
-Más te vale irte callando la bocota, Juana -le dije con la sangre hirviéndome por dentro-, no vaya a ser que el ansia que te tengo se me convierta en muina -y me salí descalzo y sin camisa, y comencé a caminar hacia mi casa, que es la casa de la madrastra: madre de mi hermano Ramiro y de los otros tres chiquitos.
marzo 15, 2009
me miras
desde la fotografía me miras
a mí
y yo
quisiera morir abrazado a tus ojos
estos que me beben ahora
y los.otros.ojos.tuyos que esta noche me beberán
desnuda
sembrada en mí
estar junto a ti es estar a la sombra de los cedros
cobijado por su tiempo
aliviado por su pausa
desde la fotografía
tu mirada escarba en la escarcha de los años que me restan
adivina en mis ojeras
quizá por eso no paro de nimbar tus labios
estos, que me nombran ahora
y los.otros.labios.tuyos que esta noche me nombrarán
desnudo
sembrado en ti
brota
desde tu fotografía
un aroma a sombra de cedros
te miro.
desde la fotografía me miras
a mí
y yo
quisiera morir abrazado a tus ojos
estos que me beben ahora
y los.otros.ojos.tuyos que esta noche me beberán
desnuda
sembrada en mí
estar junto a ti es estar a la sombra de los cedros
cobijado por su tiempo
aliviado por su pausa
desde la fotografía
tu mirada escarba en la escarcha de los años que me restan
adivina en mis ojeras
quizá por eso no paro de nimbar tus labios
estos, que me nombran ahora
y los.otros.labios.tuyos que esta noche me nombrarán
desnudo
sembrado en ti
brota
desde tu fotografía
un aroma a sombra de cedros
te miro.
marzo 04, 2009
la noche aquí es larga y honda y llena de
carcajadas y cadáveres
la noche
aquí es un insecto
un incesto
un
defecto
no hay
aquí sitio para el mar
ni se
pueden ver los barcos perdiéndose en la lejanía
tierra es lo que me hierve en el cuerpo
en las costuras de mis huesos
en el escarabajo de la fe
en la hilerita de hormigas que caminan por mis
nervios
puñados de tierra en mis pupilas
montones de piedra desmoronándose en mi
boca pedregosa de palabras
la noche aquí es un helecho.oscuro
un oscuro.helecho
rastro de
saliva sobre las desnudas piernas de una mujer
no hay mar que pueda ser porque aquí la noche
es de
los terrosos
los enterrados
no hay viento entre los dientes
ni cielo posible
sólo el mineral
el barro
las sustancias de la noche
las carcajadas de lodo
y estas mis lágrimas que no sirven para un
carajo.
Edson Lechuga
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