julio 06, 2009

gotas.de.mercurio [1]

Llueve. Es jueves y llueve.
Noviembre se vino encima del mundo con toda su nostalgia. Allá afuera la autopista mojada refleja tímidamente los últimos suspiros de luz vespertina. Va cayendo la noche sobre nosotros como un presentimiento negro y bello; como el ala de un cuervo inmenso. Una pequeña parvada de palomas se acurruca sobre los cables que flanquean la carretera y tachan el cielo oscurecido. El cielo sin dios. Y debajo de este cielo nosotros, siempre mansos, siempre arrepentidos.
No es una lluvia torrencial la que cae; es, más bien, una llovizna fina y persistente que termina por meter sus dedos en los rincones más íntimos de nosotros.
Tú duermes.
Descansas metida en la cama de este hotel donde las horas, la carretera y la lluvia nos hicieron buscar refugio. Derrumbado entre las sábanas tu cuerpo se presiente liviano, completamente diferente al de hace unas horas, cuando sentada en el asiento del copiloto ibas encendiendo un cigarrillo con la colilla de otro, y otro, y otro. «No me gusta esta lluvia», dijiste mirando como los limpiaparabrisas abrían un hueco por donde metíamos la mirada para descubrir la carretera. Sonaba Schubert y su piano se mezclaba con el infinito humo de tu boca. «A mí sí», comenté buscándote con el rabillo del ojo. Hacía frío. Ibas envuelta en una manta que sólo dejaba fuera una de tus manos donde ardía eternamente el cigarro. Sentí girar tu cabeza y buscar con tus ojos mis ojos: «Lo que digo es que no me gusta esta lluvia. No la lluvia en general, sino ésta; precisamente ÉSTA». Mi ángulo de visión alcanzaba a dibujar tus rodillas envueltas en la manta, tus pies desnudos buscando cobijo en los rincones.
Estabas descalza.
Horas antes, cuando pasé por ti, no te dio tiempo de ponerte los zapatos, ni de echarte encima la chamarra, ni de buscar el bolso. Saliste corriendo y lo único que pudiste hacer fue tomar el teléfono celular y la cajetilla de Camel. A través de la ventana del coche te vi correr hacia mí: la falda arriba de las rodillas, la blusa de tirantes, el pelo enmarañado, el celular en una mano, los Camel en la otra.
Y partimos.
Prófugos,
temerosos y, ya, desde mucho tiempo atrás, arrepentidos.
«Todas las lluvias son bonitas», dije yo sinceramente. Tú, silenciaste el cassette con el piano de Schubert y replicaste con esa contundencia que había empezado a conocer y que daba a tu voz un matiz escalofriante y agudo:
«Ésta no».

2 comentarios:

PAULINA PASOS PUEBLA > LA PUTA QUE NO COBRA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...

Hay que seguir leyendo. No hay remedio.

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