septiembre 01, 2009

gotas.de.mercurio [5]

309
Este es el número de la habitación que nos asignaron, Dorina. Tú no lo sabes porque ahora duermes y antes no tenías el cuerpo como para fijarte en cosas tan sin sentido. Yo sí: 309. Lo sé porque es la misma que aparece en uno de mis poemas. ¿Lo recuerdas? ¿Lo sueñas ahora en tu sueño? ¿Serás capaz de escucharme, de entenderme allá, de ese otro lado de la vida?
Nada más salir el camarero, me dio por leerte y entonces fue cuando lo noté [no había caído en cuenta hasta entonces]. Tomé el par de libros que compramos, mis poemas embarrados con tu sangre y te leí desde esta vigilia, desde esta borrosa realidad. Y al nombrar la 309 en uno de mis textos quise saber si la sincronicidad de Jung había tocado nuestro destino. Me levanté, fui a la puerta y la abrí. Antes de ver el número eché un vistazo a ambos lados, la luz del techo iluminaba el pasillo cada pocos metros y se perdía en perspectiva, al fondo. Me sentí aislado, Dorina, infinitamente pequeño. Volteé la mirada seguro de ver lo que vi y no pude evitar poner mis dedos sobre los números en relieve. Toqué como un ciego el tres, el cero, el nueve. Bajé la mirada a mis pies descalzos y los encontré borrosos como el mundo, como es ahora el mundo desde que llegamos aquí. Mis pies ligeramente abiertos por las puntas, las plantas firmes sobre la alfombra azul, áspera, olorosa, con una quemadura de cigarro entre mis talones. Y recordé las golondrinas de esta tarde, luego el piano de Schubert, luego tú acurrucada en el asiento del copiloto leyéndome poemas y fumando, luego los meses que llevamos de conocernos, el día en que viniste a mi clase por vez primera, tus continuas ausencias, tu manera de mordisquear el lápiz en los exámenes, la cicatriz que descubrí en tu muñeca al acercarme a la butaca para entregarte la nota de tu ensayo sobre Vallejo. «Un accidente, profesor», dijiste aquella vez y escondiste la herida. «Cierto», agregué, «en la vida Vallejo es un accidente». Y me miraste, Dorina [¿lo recuerdas?, ¿lo sueñas?], pusiste tus pupilas en las mías y leíste las palabras que este corazón más viejo que el tuyo había escrito en ellas y en las nubes que rodeaban tu cielo, y en las huellas de tus ojos tristes; comprendiste los símbolos que este corazón más viejo que el tuyo había tatuado a fuego en mis pupilas como un estigma luminoso donde también te encontrabas tú. A partir de entonces releí a Vallejo buscándote, tristemente, llovidamente. Ahora duermes en esta habitación de hotel, desnuda, herida y sola porque en tu sueño no puedo hacerte compañía. Y yo te veo y fumo; a ratos me acerco a besar tus palmas y tus parpados; a ratos te leo poemas míos o de los libros que compramos esta tarde a media fuga, cuando después de llenar el tanque de gasolina y comprar leche, pan y tabaco te empecinaste como una hiena en pasar a una librería a comprar a Vallejo o me tiro del puto coche, profesor, y sabes que no miento, sabes que soy capaz, sabes que necesito la voz de Vallejo, la tristeza de Vallejo, la lluvia de Vallejo para seguir existiendo, para seguir siendo naturaleza. Y yo mirando la carretera que se abría frente a nosotros, las fondas de pie de la autopista, los cables de luz que acompañan en paralelo a la carretera. Volvimos, Dorina; por supuesto que volvimos por tu libro de Vallejo y otro de Pessoa que aproveché para comprar y hacer que me leyeras en el coche, horas después de haber detenido tu hemorragia con mis textos, horas después de ver las golondrinas tachando el cielo, metidos ya en la lluvia que nos ha perseguido desde entonces. Bajamos el volumen al piano de Schubert y tu voz se encargó de empañar el cristal de las ventanas. Leíste a Vallejo a Pessoa y a mí, con un tono leve y acuático que me hizo pensar en que eras piscis, o hija de piscis. Y yo, maldito géminis, te escuché hondamente y contuve mis besos para más adelante, cuando estuvieras más tranquila.
De pie en el umbral de la puerta, después de haber sentido con las yemas el número de la habitación, mirando mis pies descalzos y borrosos y la quemadura de cigarro en la alfombra, volví al cuarto inundado con tus suspiros.
Cerré la puerta.

2 comentarios:

Pamela dijo...

QUE RICO ES LEERTE... ME SEDUCE LA HISTORIA.

Anónimo dijo...

QUE GUSTO LEERTE DESPUES DE VACACIONES... NOS VEMOS EN LA SEMANA, NIÑO.

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