mayo 05, 2010

Luz de luciérnagas

Alejarte demasiado de aquello que amas es meter la cabeza en un hoyo negro: si no eres capaz de salir de tanto en tanto y dejar que la luz acaricie tus pupilas, empiezas a perder la vista hasta que tus ojos enceguecen y olvidan.
Entonces ya no hay remedio, tu alma se convierte en una criatura fosilizada, en un espíritu colgando del tendedero de un barrio pobre, en una bisagra oxidada que impide que se abran las puertas de otro tiempo.
Yo lo sabía.
Siempre lo supe.
Desde el momento en el que salí de México tuve presente esa sentencia. Antes. Desde el momento en que salí de mi pueblo; incluso más al principio de mi historia, en las pequeñas fugas de mi infancia ya presentía ese resabio amargo que deja la lejanía, esa sombra que ocupa tus pupilas y va creciendo conforme más te alejas.
Yo me encontraba lejos, no sólo lejos de México, sino lejos de mí.

Era febrero y Barcelona se había puesto más triste que cualquier otra ciudad en el mundo. O quizá no, quizá lo que veía en las calles, en los gestos de la gente, en el vuelo de las palomas, era el reflejo espectral de mis paisajes interiores.
El peso de la hernia discal que tenía enquistada en la lumbar número cinco, atado a la certeza de que mi vida es-taba atenazada por el vaho de muchos muertos, atado a la soledad, daban como resultado una forma distante de mirar, como si intentase ver el mundo sin nada encima, antes de que estuvieran los hombres; antes, incluso, de que estuvieran todas las cosas.
Tres meses atrás había tenido una crisis lumbar a causa de la hernia y la recuperación se había hecho oblonga y pegajosa; difícil de tragar, imposible de ser inhalada. Menos aun, cuando mis bronquios estaban infectados por el agudo piquete de alacrán del asma. Había aprendido a convivir con el inhalador de bromuro de ipratropio y, a fuerza de agujazos discales, estaba aprendiendo a coexistir con la hernia. Entender que algo dentro de ti no funciona no es fácil. Comprender que en el interior de tu humanidad algo se ha quebrado irreparablemente, supone un desasosiego que te hace sentir temeroso, cristalino.
Meterte en la estrecha garganta de un aparato de resonancia magnética te hace más maduro, pero también más viejo, no importa que sólo tengas cuarenta. Estaba harto de estudios y finalmente en tres días debía de asistir al Hospital del Mar a recibir el diagnóstico definitivo respecto a mi columna. Sabría, en tres días, si mis huesos soportarían el peso de los cuarenta años vividos y los otros cuarenta pretendidos; o si necesitarían la ayuda de manos expertas, ojos endoscópicos, bisturí, luz cenital de intensidad cegadora, cubre.bocas, guantes de látex y una sala exhaustivamente aséptica.

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