septiembre 03, 2010

Los viajes de la conciencia literaria Sobre: Luz de luciérnagas de Edson Lechuga Roberto Frías

Según Edson Lechuga me ha referido, Luz de luciérnagas no es su primera novela, es la primera que vemos publicada pero no la primera que escribe. Así que antes que nada quiero celebrar su perseverancia, sobre todo al pensar en las condiciones en que tuvo que mantenerse fiel al oficio. Nos conocimos en Barcelona, donde ambos vivimos durante mucho tiempo, donde él sigue viviendo, así que conozco la soledad en que tuvo que gestarse su obra y, peor aún, la soledad en que tuvo que soportar que sus novelas anteriores no fueran del gusto de las editoriales más encumbradas. No es casualidad que el epígrafe de Luz de luciérnagas provenga de otro latinoamericano, otro solitario, que escribió a contracorriente en su autoexilio catalán, Roberto Bolaño. Dice Bolaño:
«La soledad sí que es capaz de generar deseos que no se corresponden con el sentido común o con la realidad»
La frase no sólo se aplica al protagonista de Luz de luciérnagas, Germán Canseco, cuya soledad genera precisamente las condiciones necesarias para lo que llamaremos su «viaje alucinante», sino para Edson Lechuga y para la idea misma de producción literaria, pues ¿qué es la literatura sino un deseo que se genera en soledad y que necesariamente tiene poco que ver con el sentido común y con la realidad? Edson Lechuga perseveró en su autoexilio catalán tal y como el mismo Bolaño anuncia en el primer poema de La universidad desconocida (donde confiesa que continúa escribiendo a pesar de los rechazos de casi todas las editoriales, que continúa escribiendo a pesar de que ya tiene un hijo que mantener), y de esa perseverancia llegó la primera recompensa, Luz de luciérnagas.
El libro es una constatación, una forma de dar fe de un viaje, de dar testimonio de un tiempo, pero no sólo de fechas concretas como los años ochenta en México o la primera década de este siglo en Barcelona sino de un tiempo de la conciencia, la de Germán Canseco. O debería decir de las conciencias, porque Canseco sigue el itinerario vital de su creador, Edson Lechuga. De Pahuatlán a la Ciudad de México, de la Ciudad de México a Barcelona. Aclaro que poco debe importarnos ya si una novela es autobiográfica o no, porque todas las novelas son autobiográficas en la medida en que surgen del cúmulo de experiencias vitales y de pensamientos de sus autores, y porque afirmar en estos términos que una novela o un pasaje de una novela puede no tener relación con la vida de su autor me parece aún más descabellado. Pensemos más bien que Canseco y Lechuga son dos personas, o dos personajes, como ustedes quieran, que han pasado por los mismos lugares y que quizá piensen y sientan igual. Decía, pues, que Canseco deja su pueblo en la sierra huasteca para llevar la vida de poeta en el Distrito Federal, donde es testigo de las consecuencias del terremoto de 1985 y luego, al cabo de unos años, decide huir a Barcelona, donde pasará casi veinte, rumiando el recuerdo de sus muertos, en especial, el de una muerta que no pudo enterrar, su querida novia Alma, y donde al cabo de los años tendrá una gran revelación que cambiará el sentido que le ha dado a su vida.
Con la trama vista así, a vuelo de pájaro, se abre ante nosotros el panorama de ese viaje que en realidad es varios viajes. El viaje geográfico, que actualiza el antiguo género literario en que los personajes viajan del campo a la ciudad, y, en este caso, de la ciudad latinoamericana continúan a la ciudad europea. Sabemos que Canseco se va de México huyendo de sus muertos, pero la elección de Barcelona quizá tiene también que ver con que es un poeta, un poeta perdido en el mundo cuyos pasos muy bien podrían encaminarlo, como a tantos escritores actuales, como al mismo Edson Lechuga, a una de las capitales literarias del ámbito de habla hispana. Es el viaje literario, la peregrinación que muchos autores realizan hoy en día, ya sea físicamente o enviando sus manuscritos por correo electrónico, a las supuestas mecas de la edición. En este viaje geográfico-literario, Canseco no hallará, o por lo menos no se nos dice, la confirmación de su yo poético, sino más soledad y una mayor proximidad con los recuerdos de sus muertos, con los que trata de vivir en paz hasta que otra muerte lo llevará de nuevo, sin escapatoria alguna, al pasado.
Presenciar accidentalmente la muerte de la madre de Jimena, una antigua amante con la que se reencuentra en Barcelona, desata el recuerdo, tantas veces reprimido, de Alma. Es decir, desata el nudo que impedía a Canseco escribir esa novela de la que en 1985 tan sólo tenía el título: Luz de luciérnagas. Ahí comprendemos que ese título no era un título en 1985 sino la premonición de un título, y que Canseco tenía que vivir el terremoto y sus peripecias europeas para poder contar la historia que se guardaba detrás de esas tres palabras inaugurales.
No dudo que en muchas novelas mexicanas podemos encontrar, con mayor o menor fortuna, ecos de la literatura de Juan Rulfo, rumores que se sitúan entre el plagio vil y el mero seguimiento ciego de una estética exitosa pero irrepetible. Y tampoco dudo al decir que encontramos ecos de Rulfo en Luz de luciérnagas, pero son ecos afortunados, porque Edson Lechuga ha logrado establecer un diálogo con la literatura rulfiana, dejándonos claro que la estética y los sucesos de Luz de luciérnagas habitan un mundo que corre paralelo al de Rulfo pero que hay puntos de contacto entre ambos.
Esto nos lleva a otro viaje de Germán Canseco el espiritual-amoroso. No creo exagerar si afirmo que Canseco pierde la vida cuando llega al Callejón de la soledad, en pleno centro histórico del D.F., y ve que el edificio de su novia es un montón de escombros muere, su espíritu y su amor quedan aplastados, reducidos, convertidos en la mera inercia de los días, por los que se arrastra como un zombie, como un muerto viviente. Si Juan Preciado sólo conocía de su padre dos palabras, Pedro Páramo, Germán Canseco sólo conoce de su novela, y de su futuro, tres, luz de luciérnagas, y parece que ninguno de los dos personajes necesita más para emprender su odisea.
Juan Preciado viaja hacia el origen de las cosas, a Comala, y lleva la perspectiva de su madre: «Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros», y más adelante, «Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver». De cierta manera, Preciado logra ese objetivo cuando la realidad muerta de Comala cobra vida ante sus ojos de muerto, es decir, logra ver el origen que tanto buscaba en medio de la destrucción, pues en Comala ya sólo quedan las ruinas. Por el contrario Germán Canseco huye del origen sin mirar atrás. Con la vista puesta en la capital del país, en un futuro que se antoja difícil pero necesario, ya que su pueblo, si bien no ha muerto, ha dejado de ser el lugar en el que puede encontrarse a sí mismo, digno representante de una generación, los nacidos después del 68, que ven con normalidad habitar las grandes ciudades del mundo, a sabiendas que allí se enfrentarán con la decadencia, la soledad, la violencia y la explotación laboral. A diferencia de los primos de Juan Preciado, quienes migraron a la ciudad de México en los años cincuenta persiguiendo la quimera del oro, Canseco y toda su generación llegaran a ella en el caos de mediados de los ochenta, sabedores de que la vida en el campo es ahora aún es más dura que antes, que nunca ha sido lugar para poetas y que la gran ciudad es el único escenario para, nunca mejor dicho, «rifársela» y pretender un sitio en la corte de la cultura nacional. Pero Canseco también llega al DF armado con la mirada de alguien más, de su abuela. No es la mirada esperanzada de Doloritas, cuyos recuerdos narrados fortalecen a Juan Preciado y se vuelven imágenes idealizadas que debe contrastar con la realidad de Comala, sino recuerdos de Pahuatlán que habrán de fortalecer al nieto cuando tenga que orientarse en la perpetua oscuridad del DF y en la supuestamente cosmopolita pero monótona realidad de otro pueblote, Barcelona. Allí, el cansado espíritu de Canseco, enfrentado una vez más a la muerte, pero reconciliado con el amor, comprenderá que aún está vivo y que debe ser consecuente con esa sangre que aún se agita por sus venas. Allí, enfrentado al Mediterráneo, vuelve a ser uno consigo mismo. De la misma manera, aunque en sentido inverso, Juan Preciado comprende que está muerto y que debe dejar de aferrarse a la vida.
Y no sólo se manifiestan los ecos rulfianos en estas referencias, hay un tono, un diapasón, un rumor de muerte, asumida como tal, con toda su llana contundencia y sin melodramas, que hacen que este diálogo sea afortunado y coloque a Edson Lechuga en lo que ya podríamos comenzar a llamar una época hiperrulfiana.

El DF y el terremoto de 1985
Otro viaje de esta conciencia literaria es el urbano, el periplo del pueblerino Canseco por la Ciudad de México, a la que llama siempre «el DF», con la concreción amarga, impersonal, técnica y cuadrada que tiene esta abreviatura. Tenemos que admitir que esta forma de ver a la Ciudad de México es un logro, pues el DF de Canseco es un lugar terrible y seductor al mismo tiempo, un lugar que, nos dice, ama con amor de madrastra. Cuyo pálpito nocturno es «ese lamento que te rasguña las entrañas». Una ciudad, agrega, «milagrosa como caracol azteca» y «desdentada como puta vieja». O más tarde, cuando vemos la ciudad en ruinas, después del terremoto de 1985, dice: «El milagroso DF sudaba fuego y polvo; se retorcía sobre los rescoldos de un infierno ancho. Sufría. Lloraba. Pero no se arrepentía de sus desalmados actos.» Estas y otras frases retratan, me parece que a la perfección, el verdadero problema del DF, que es una ciudad que se ha vuelto loca. No sólo es una madrastra sino una madrastra demente, que castiga y premia sin recurrir al sentido común, que ríe o llora pero vuelve siempre aplicar los cilicios a sus habitantes, quienes, por cierto, la hemos vuelto lo que es. Y todo eso está aquí, en los recorridos de Canseco por sus calles. En la manera verdaderamente afortunada con que Edson Lechuga decidió retratar ese momento de derrota total, el terremoto del 85, en que el gobierno, el supuesto cerebro de la madrastra demostró que no pensaba cuidar de sus hijos, que le importaban poco, que los conocía desde lejos, desde los visillos del ayuntamiento o de Los Pinos, desde la distancia que tiene un dictador con sus esclavos.
En este sentido, quiero agradecer a Edson Lechuga que haya recordado el terremoto, tan olvidado en la narrativa. Ya que si bien aún nadie ha dado la zancada para escribir la gran novela sobre el terremoto estoy seguro de que Luz de luciérnagas es un primer paso. Y un muy buen primer paso que transmite la desolación de una tragedia pero también el surgimiento de la sociedad civil, como dice Canseco al ver el trabajo de las cadenas humanas que despejan los escombros en busca de sobrevivientes:
«sus manos trabajosas recibiendo escombros y pasándolos rápido a otras manos […] sus ojos abiertos; sus corazones latiendo a un mismo ritmo como si hubieran perdido sus orillas y se fundieran en una sola entelequia. Un solo ser.»

Da gusto leer un retrato tan sombrío de la ciudad de México, abolir ese optimismo mediocre que no nos ha llevado a nada, y ver su verdadero rostro. Un retrato que me hizo pensar en otro eco rulfiano, en «Luvina», el cuento de El llano en llamas, específicamente en este pasaje que podría aplicarse al DF de Edson Lechuga:

«-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara.»

Por último, quisiera llamar la atención sobre dos recursos gráficos que acompañan el texto. La portada y las fotografías. La portada de Paula Laverde nos revela una ciudad gris en la que se apilan los edificios uno tras otro, como lápidas de un cementerio, como escombros y ruinas, incluso podríamos pensar que los ligeros filamentos que cruzan el cielo son una lenta lluvia, de esas que acoquinan a los capitalinos. Y sin embargo, también en el cielo, cruzan algunas aves. Palomas carroñeras, quizá, de esas que se deleitan en los basureros públicos, pero aves al fin, la constatación de que algo sigue vivo en alguna parte. Creo que define con exactitud el clima de la novela.
Respecto a las fotos, no son decorativas, no son, me parece, el resultado de una moda. Son los mementos que esta conciencia literaria ha recolectado en su odisea hacia la escritura de una novela, para no olvidar que alguna vez no tuvo una novela, no tuvo escritura, sólo tuvo muertos y la promesa de la escritura.
Celebro que el viaje de Edson Lechuga para escribir y publicar su primera novela haya terminado, que lo tengamos aquí entre nosotros, sano y salvo.

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