febrero 11, 2011

El Abecé DF, en El País.


Ruta por el maravilloso y caótico Distrito Federal.

El Distrito Federal no es una ciudad, sino más bien, la suma de muchas. Una urbe donde conviven casi todos los sabores del país, varias de sus fisonomías, idiosincrasias y cosmovisiones. Debajo de esa suerte de indefinición con la que se ve a distancia se haya una ciudad cordial y contrastante, sutil e intensa, bien puesta en su sitio, pero a la vez, como si no fuese a continuar en pie al día siguiente. Sitio elegido por puños de escritores y artistas para sus quehaceres debido a esa extraña anarquía con la que atrapa; lugar abierto a constantes estímulos, pero también, contenedor secreto de rincones de silencio. El DF puede parecer desordenado pero ya en entre su gente descubriremos la amabilidad y parsimonia de una ciudad tapizada por otras ciudades. Aquí, en esta ruta, una probadita de sus contrates y gentilezas.
Contemplar la Plaza de la Constitución provoca una suerte de espejismo que nos hace pensar en la grandeza de Tenochtitlan, capital de los mexicas. A sus flancos se encuentran algunos de los edificios más importantes de México: la Catedral Metropolitana, dedicada a la Asunción de la Virgen María, una de las principales obras del arte mexicano e hispanoamericano; y el Palacio Nacional, construido en 1522 como segunda residencia de Hernán Cortés sobre el palacio de Moctezuma Xocoyotzin y donde Diego Rivera pintó algunos de sus murales más emblemáticos. En la esquina noreste de la plaza se encuentran la zona arqueológica del Templo Mayor [centro dominante de la vida religiosa de los aztecas de México-Tenochtitlan] y el museo que la resguarda, declarada por la Unesco, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Caminando por el Centro Histórico tropezaremos con sus muchas maravillas como el Museo del Estanquillo [Isabel la Católica 26] que aloja la colección personal de pinturas, fotografías, juguetes, álbumes, calendarios y libros del escritor Carlos Monsiváis quien durante más de 30 años se dedicó al coleccionismo de objetos de la cultura popular mexicana. Otro tropiezo afortunado es el mercado de La Ciudadela donde artesanos manufacturan piezas de todas las regiones del país como zarapes coloridos, joyería en metales preciosos, cerámica, cestería, vidrio soplado, cuero y madera. Además es un buen sitio para practicar la interesante costumbre del regateo. El siguiente punto es la colonia Roma-Condesa donde hallaremos bares, restaurantes, librerías, galerías de arte y sitios salpicados de esténcil y graffiti’s alternativos. Tres recomendaciones: la exquisita comida yucateca de la cantina Xel-Ha [Parral 78]; el café de la librería Rosario Castellanos [Tamaulipas 22] para extender la sobremesa rodeados de literatura; y, de noche, el bar Lilit, virtud y vicio [Orizaba 125] con su atmósfera que transpira arte en todos sus rincones y nos acerca a experiencias gastronómicas, estéticas y etílicas. Volviendo a la vida diurna, hay que visitar el Castillo de Chapultepec; construido por el virrey Bernardo de Gálvez y Madrid como su casa de veraneo, sus muros trasminan la historia de los siglos: fungió como Archivo General del Reino de la Nueva España, fue sede del Colegio Militar y es el lugar más simbólico de la guerra contra la intervención estadounidense de 1847. También fue residencia del emperador Maximiliano I de México y su esposa Carlota, quienes amueblaron el recinto con arte europeo de la época y muchos otros finos artículos que siguen exhibiéndose hoy en día. Una avenida conecta al castillo con Palacio Nacional: Paseo de la Reforma. Vía ideada por el mismo Maximiliano para tener acceso directo al centro neurálgico de su imperio, Reforma conserva el diseño de los imponentes bulevares franceses. En mitad de esta avenida se encuentra el emblemático monumento conocido como el Ángel de la independencia, inaugurado en 1910 para conmemorar el Centenario de la independencia de México e ícono actual de la ciudad y lugar de festejos nacionales. Nada más bajar del cerro de Chapultepec se encuentra el Museo de Antropología e Historia, quizá el recinto antropológico más importante de México y América Latina, concebido para albergar el legado arqueológico de los pueblos de antes de la llegada de los españoles, así como para dar cuenta de la diversidad étnica del país. Continuando con la ruta hacia el sur encontraremos El Polyforum Siqueiros, donde el muralista David Alfaro Siqueiros dejó impresa “La Marcha de la Humanidad”, considerado el mural más grande del mundo. La ruta nos lleva, ahora, a Coyoacán, sitio donde convergen historia, cultura y arquitectura. Sus museos, iglesias, parques y cafecitos invitan a plácidos paseos vespertinos. Caminar por la plaza Centenario, sentarse en las banquitas del jardín de La Conchita con un aromático café del Jarocho, dejarse estar en el ambiente de globeros, puestos de elotes, danzas prehispánicas y tambores es una experiencia que no debe perderse. En el corazón de Coyoacán se encuentra La Casa Azul de Frida Kahlo [Londres 247], donde nació, vivió y murió la pintora. Ahí se encuentran varias de sus más famosas obras y muchos de sus objetos personales. Por último y para cerrar esta estrecha y apresurada ruta, no pierdan la oportunidad de pasear por los jardines de la Universidad Nacional, por el aroma de sus muros, por el Espacio Escultórico, la Torre de Rectoría y el novísimo Museo Universitario de Arte Contemporáneo, símbolo inequívoco del México de vanguardia.
Muchas otras cosas hay en esta ciudad que se oculta. Muchos rostros esperando ser descubiertos por nuestros ojos. Muchos rincones íntimos e inolvidables de esta ciudad enorme compuesta por muchas ciudades pequeñas.



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