agosto 17, 2009

gotas.de.mercurio [4]

Hace un rato tocaron la puerta de la habitación y por mi cuerpo atravesó como una espada tu pareja. Cada golpecito amplificado en mi pecho con el rostro de él, compañero tuyo en la universidad, también mi alumno. Él, de quién conozco apenas nada salvo que ama a la mujer que amo. Él, muchacho sonriente que cuida más de ti que de él. Cada golpecito en la puerta su nombre cuando lo nombro en clase y atiende a mis palabras e intenta comprender. Cada golpecito en la puerta su rostro y los besos de tus labios destinados a él y atrapados alevosamente por mí. Él y su guitarra, sus notas bajas en hispánicas, su necesidad de hacer poesía. Cada golpecito en la puerta sus palabras [aquella tarde después de clase] pidiéndome ayuda para ayudarte, para salvarte, para rescatarte, para dar la vida por ella si fuese necesario, profesor; porque la amo, ¿sabe?; porque se ha convertido en el cielo bajito de donde tomo el alimento. Y yo mirándolo a través de mis gafas; compadeciéndolo; sabiendo que tú piel ya había estado en mi piel y que tus miedos eran sempiternos, antiguos y más fuertes que él. Cada golpecito en la puerta sus canciones que escuché muchas tardes en los prados de la universidad: colmados de marihuana, tu cabeza en sus piernas, tus brazos rodeando su cuerpo, tus ojos en mis ojos cuando pasaba rumbo al estacionamiento. Cada golpecito en la puerta de esta habitación de hotel donde hace unas horas entramos prófugos, Dorina, eran el rostro de él, tan joven, tan valiente, tan con ganas.
No abrí.
Simplemente me quedé observando la puerta blanca, recortada por un marco de madera color café, en el centro un letrero enmarcado y protegido con un cristal donde se detallaba la normativa del hotel. Me acerqué y con el mundo borroso leí los teléfonos de servicio: 01 recepción, 02 urgencias, 03 Room Service; luego las normas: 1.- Las habitaciones se entregan a las 12:00 sin excepción 2.- No se permite recibir visitas, 3.- La toallas, el papel higiénico y el control remoto de la televisión son propiedad del hotel, 4.- Prohibido el uso de sustancias, 5.- No fumar. Y yo fumaba, Dorina, y mientras fumaba volvieron a tocar la puerta. Vino entonces su recuerdo nuevamente, sus canciones como espadas, su pelo largo, sus ojos caídos de marihuana; pero esta vez acompañado de tus padres a quienes no conozco, enfurecidos y dispuestos a descargar su ira sobre mis huesos de profesor seductor de alumnas inocentes, lastimadas; tus padres y sus gritos y sus llantos. Y mi hija, dos años menor que tú, muchos siglos por detrás, lastimada de otra forma, parricida espetando mi conducta, apelando a la ética, tachándome de desvergonzado, aprovechado, ventajoso, cobarde. Mi hija consternada tocando la puerta de esta habitación de hotel donde estamos escondidos tú y yo, Dorina. Tus padres iracundos tocando la puerta de esta habitación de hotel donde estamos escondidos tú y yo, Dorina. Tu novio destrozado tocando la puerta de esta habitación de hotel donde estamos escondidos tú y yo, Dorina.
Acerqué el oído a la puerta.
―¿Quién es?
«Las toallas, caballero», respondieron desde el otro lado.
Era cierto. Cuando llegamos no había y tuviste que secarte con una sábana. Entramos silenciosos, silenciados por nuestra conducta o por la noche tan espesa o por las tristes notas de Schubert que aún resonaban en nuestros cráneos. Tiré las llaves del coche sobre el tocador, evité mirarme al espejo [cruzarme conmigo, ponerme delante de mí, decirme la verdad] y me tiré a la cama boca arriba. Me zafé los zapatos y los calcetines, me quité las gafas y el mundo fue borroso desde entonces. Tú no hiciste otra cosa que aventar la bolsa de víveres y correr al baño intentando vomitar, intentando llorar, intentando olvidar. Poco después, escuché la regadera e imaginé el agua resbalando por tus heridas. Quise aliviarte, quise curarte, quise ser el agua y lavarte. Busqué una toalla y no encontré, así que tomé una sábana y te envolví como a una hija.
―¿Quieres un vaso de leche? ―te dije al oído.
―Dormir ―dijiste tú y casi tuve que llevarte cargando a la cama donde ahora duermes y respiras y callas y quizá sueñas con cosas limpias o con los versos de mis poemas o con el olor a libros de mi biblioteca o con cualquier otra de esas cosas que te fascinan, te alteran, te hacen vibrar.
El camarero dejó las toallas y al salir te miró sin ninguna discreción. Así son los camareros del sur: miran y ya; sin dar explicaciones de nada; sin pedir permiso a nadie. Desde el umbral me sonrió con complicidad como diciendo: Si necesitas algo [lo que sea] dímelo, hermano, colega, padrino, cuñado, camarada, brother, valedor, ñero, carnalito. Su rostro era borroso porque borroso es el mundo desde que llegué aquí. El mundo desde mis ojos. Mi mundo.
Cerré la puerta.
Ahora duermes y yo quisiera dormir contigo pero me resulta imposible. Lo único que puedo hacer es ver como los minutos se amontonan en los rincones de esta habitación de hotel.
No pasan.
Se asientan.
Se aquietan.
Se quedan ahí y yo los veo llenos de segundos borrosos,
porque borroso es el mundo desde que llegamos aquí.

agosto 02, 2009

gotas.de.mercurio [3]

Nunca te había visto tan vulnerable, Dorina; tan triste, tan como niña, sola, temerosa. Entre las sábanas te veo así: quebradiza y enferma, herida.
Esta tarde, cuando subiste al coche sangrando de la muñeca, cuando vi tus temblorosos dedos teñidos, tus labios apretados entre los dientes, tus parpados subiendo y bajando rápidamente tratando de detener las lágrimas, las palabras llenas de llanto, ininteligibles, que se escabulleron de tu boca y salieron veloces por la ventana del coche sin que yo pudiera escucharlas, tu mano derecha oprimiendo la muñeca izquierda, tu cuerpo contraído sobre el asiento del copiloto, mi pie hundido en el acelerador, el golpazo de la puerta, los hilos se sangre que se colaban entre los dedos de tus manos; esta tarde, Dorina, cuando te retorcías de miedo dentro del coche, cuando el cielo se ponía ambarino y las nubes comenzaban a estropear su color, cuando levantaste la mirada y a través del parabrisas viste un grupo de golondrinas tachando el cielo, el cielo nuestro, el cielo sin dios que nos tocó por techo; esta tarde, Dorina, cuando buscaste en el asiento trasero algo con qué detener la hemorragia y lo único que encontraste fueron las hojas del manuscrito que llevaba a la editorial y sin pedir permiso a nadie agarraste un puño de folios y los apretaste contra tu muñeca herida; esta tarde, Dorina, cuando de tu boca salían hilitos de baba, maldiciones, relámpagos, gotitas de saliva y muchos te quiero, muchos no me dejes, muchos perdóname profesor, perdóname; esta tarde cuando vi como mi manuscrito se teñía con tu sangre, mis poemas se teñían con tu sangre, mis palabras se teñían con tu sangre y dije [o pensé]: «Se está mezclando tu sangre con mi sangre»; esta tarde, Dorina, cuando con mis poemas intentabas sanar tu herida y estiraste ambas manos [una sujetando la muñeca de la otra], y encendiste el estero del coche y el piano de Schubert comenzó a hacernos compañía en nuestro viaje de fugitivos, nuestro viaje de arrepentidos, nuestro viaje de escapados, huidos, ácratas; esta tarde, Dorina, cuando ya con Schubert sonando te recostaste en el asiento y [mientras yo me saltaba los semáforos en rojo, mientras yo tomaba calles en sentido contrario, mientras yo conducía y te miraba por el rabillo del ojo, mientras yo huía junto, con, para y por ti, mientras yo veía mis poemas tiñéndose con tu sangre, mientras yo trataba de dar coherencia a tus ruidos y a tus gemidos y a los pedazos de palabras que escupías, mientras yo deseaba beber hasta la última gota de tu sangre], te pusiste a hablarme de cosas…,
cosas como el vuelo de las golondrinas que recién habías visto en nuestro cielo desprovisto de dios, cosas como algunas palabras de mis poemas que lograbas leer sobre las hojas que cubrían tu muñeca, cosas como tu necesidad de encender un cigarrillo; esta tarde, Dorina, cuando te pregunté: ¿Te duele?, y tú, como si la herida en tu muñeca fuera una cosa como cualquier otra, como si el piano de Schubert no sirviera de consuelo, como si el cigarrillo en tus labios te hiciera cada vez más semejante al humo, como si te gustara teñir mis poemas con tu sangre, respondiste: «Lo que más me duele es tu futuro».
―Nuestro futuro, Dorina.
―No. Mi futuro no me duele. Me duele el tuyo.
Y dejaste de mirarme para mirar el cielo ahora gris y sin golondrinas, y dejaste de escucharme para escuchar a Schubert, y dejaste de sentirme para sentir tu herida tiñendo de rojo mis poemas.

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