agosto 18, 2011

soledad.piedra

Si estoy en la orilla acuática, yo digo:

en el medio está el lenguaje.

María Sabina




I

sobre el mapa recorres con el índice la carretera que une a oaxaca con puerto escondido en busca de un nombre que te dé noticia de su nombre.

fallas.

erras.

te equivocas.

la trayectoria de tu dedo sobre el papel te lleva a su piel. te preguntas cuántas veces vagó tu yema por sus pechos, por su vientre, por su pelvis. cuántas fronteras trazó. cuántas carreteras inventaste para unir sus pezones a su ombligo. el mapa de su piel se impone sobre el mapa que toca tu yema aquí, a muchas ciudades de distancia, rodeado de un paisaje opuesto, contradictorio al suyo. te gustaría saber cuántos pueblos se interponen entre su voz y tu voz pero, pese a que tienes el mapa debajo de tu palma, no lo revisas. su recuerdo se impone. piensas en los límites de su piel y la tuya cuando sus cuerpos estuvieron juntos. aquella finísima línea que une y separa, que indica dónde terminas tú, dónde comienza lo otro; y lo otro, entonces, era ella. toda:

ocupando el espacio inmediato a tus lindes,

frente a ti,

encima de ti,

alrededor de ti.

piensas en sus orillas, agudas, innatas, constituyentes. experimentas un deseo casi hiriente de vivir en la frontera muchos años, hasta volverte fronterizo, como ella: entre aquí y allá, en mitad de esto y lo otro, sujetando con una mano una cosa y otra con la otra. limítrofe como ella: mujer.mitad, mujer.puente, mujer.frontera.

vuelves al mapa, ella te ha dicho que firmará su próxima novela con un pseudónimo que corresponde a un pueblo de esa geografía:

«no firmaré con mi nombre», dijo tirada sobre la cama, desnuda, fumando, «usaré el de un pueblo que se encuentra entre oaxaca y puerto escondido».

supiste que era un juego. supiste que lo que ella pretendía era que tú adivinaras el pueblo para corroborar que el azar estaba a favor de esa anomalía que estaba creciéndoles dentro. por el rabillo del ojo la viste soltar una bocanada grande de humo. su cuerpo rozaba tu cuerpo. su cuerpo era el límite de tu cuerpo.

«me gustaría adivinar cuál es», dijiste y mezclaste el humo de tu boca con el humo de la suya, «pero si acierto…»

«si aciertas», te interrumpió, «no te dejaré ir jamás».

acertaste.

lo malo fue que lo hiciste días después.

lejos ya de ella.


1 comentario:

Carlos Kubli dijo...

¡Bien! cuánta pasión desde el inicio, abrazo

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