julio 16, 2015

Cartografía imposible para llegar a Pahuatlán de Valle



Presentación de la novela Anoche me soñé muerta, de Edson Lechuga
Carlos Aníbal Alonso (La Habana)

Hay un ensayo que siempre me llamó la atención dentro de ese libro extraordinario, y en muchos sentidos ejemplar, que es Ensayos críticos sobre la literatura europea. Entre las novedades literarias que ofrece la tradición europea desde Virgilio hasta el “joven” Cocteau, el profesor Curtius desliza, a manera de sobresalto, una profunda reflexión sobre el americano Ralph Waldo Emerson. Más allá de sus afinidades con Balzac, la prosa de Emerson despierta en Curtius una admiración sin reservas, una admiración que viene a ser el umbral para un deslumbramiento mayor con el Nuevo Mundo: esa nueva posibilidad que se le antoja a Curtius compensación de tantos fracasos, expiación del cansancio europeo. Los atropellos de la historia, el trauma implacable de una guerra mundial que, más que gloria, dejó tras de sí un profundo hastío, la falta de fe y el desgarramiento cínico, la experiencia de una modernidad que amenaza con destruir lo más valioso de la historia y sus tradiciones han producido un tipo de hombre que ya no está en “comunión vital con la naturaleza”. Ni Rousseau, ni Hölderlin, tampoco Baudelaire y Wordsworth son capaces de sortear la tentación de convertir la naturaleza en un paisaje de mármol y metal. “Hacer compatible la eterna revelación de la naturaleza con el trabajo y el tráfico, con la industria y la realidad cotidiana, éste es un mensaje que estaba reservado al Nuevo Mundo”; tal es la magnitud de la promesa que atribuye Curtius al “genio americano” en un gesto que apunta insistentemente a Emerson, pero que también se proyecta en Whitman. El escenario del Nuevo Mundo es la clave: el tono profético de Emerson funda una América anterior al “americanismo”, una América que se inserta en el tiempo a partir de su historia posterior. Más abierta, más viva, la prosa de Emerson no padece el peso de varios siglos de una tradición paralizante.
Con mayor o menor intensidad, todo el continente americano participa de un impulso semejante; se suma al coro de la modernidad empeñado en apropiarse de un nuevo comienzo. Más de un siglo después de los Ensayos de Curtius, el espacio latinoamericano ha sido testigo de varias guerras de independencia contra el régimen colonial, del surgimiento de varias Repúblicas, y con ellas de un discurso republicano y nacionalista que habla casi siempre desde la frustración, de emigraciones masivas, de guerras civiles y de no pocos dictadores, de una revolución socialista y de su fracaso, de guerrillas y narcotráfico… en fin: lo que trato de fijar es el cuadro de una modernidad que ha quedado trunca. Más de un siglo después de los Ensayos de Curtius, en un amplio abanico que va desde los códices encontrados en el siglo XVI hasta los hipertextos del XXI, las maneras de nombrar y ordenar lo latinoamericano “semejan un caleidoscopio donde los cristales rotos cambian de color tanto como los camaleones observados” (Villoro), en un cruce de miradas que va de lo desenfocado a lo alucinatorio. A fuerza de desencanto, la acumulación de experiencias frustrantes y el impulso dominante de lo global han enseñado a tomar distancia de las cosas, han hecho de la evasión una marca generacional, pero, sobre todo, han enseñado a muchos el escepticismo, y a otros algo parecido al compromiso.
Creo que puedo decir sin exagerar que la narrativa latinoamericana vive en las últimas décadas un momento de auge, de reconocimiento universal marcado por una fuerte balcanización y por la presencia de una gran diversidad de voces alejadas de aquella voluntad de integración que determinó el escenario literario latinoamericano en la década de los sesenta. La gestión y la competencia entre las editoriales españolas fundamentalmente, la gran cantidad de traducciones a otros idiomas y la cada vez más rápida difusión del libro propiciada por las nuevas tecnologías determinan un panorama de crisis, dispersiones y rupturas en los más recientes proyectos literarios, a los cuales parece interesarles muy poco pensar en términos supranacionales. Los autores posteriores al así llamado y así aclamado “boom latinoamericano” se mueven por fuerza al interior de una cartografía que ya no se reconoce a sí misma dentro de un proyecto continental, en una cartografía que incluye, en cambio, el cuestionamiento de la fe en la existencia de una literatura latinoamericana, la rebelión contra la condición hispánica, el tránsito de lo público a lo privado, del nosotros al yo; una cartografía cuya marca característica sería, al cabo, la de una hibridez sin centro.
Ante un cuadro de semejantes proporciones, el escritor poblano Edson Lechuga presenta su tercera novela Anoche me soñé muerta (publicada bajo el sello editorial Axial) en un contexto que comparten generaciones que han pasado de la euforia militante de los sesenta a la depresión reflexiva de los setenta, del realismo mágico al realismo virtual, de la novela total a los amasijos informes celebrados por el esplendor multicultural, de la grandiosidad al narcisismo, de la obsesión con la definición de una tradición al impulso dominante de lo global… y al hacerlo, Lechuga parece proponernos otra vez un regreso a la tradición, al testimonio de una naturaleza desbordada, a la recuperación de la memoria colectiva en una especie de viaje a la semilla al pasado indígena, a los mitos de su pueblo natal: Pahuatlán del Valle.
A la manera de un espejo que reflejara una imagen siempre algo distorsionada (o diría: siempre algo más precisa) del modelo original, hasta que la fuente pareciera desdibujarse y solo entrega el reflejo como verdad última de una imagen anterior que regresa, se muestra y se transforma en su multiplicidad de imagen, la nostalgia de Pahuatlán emerge en la obra de Lechuga como intento de rumear en los despojos del pasado las marcas del presente, o mejor, como centro de una utopía que aspira a una verdad más fiel que la que nos ofrece nuestra propia experiencia.
Lechuga escribe impulsado por la fuerza de la nostalgia, desde la fascinación y el encantamiento por las voces de unos personajes que habitan en el espacio de la memoria y modulan una identidad, una historia, una manera de pertenecer al mundo. En la medida en que las formas de representación de ese entorno están determinadas por la magia y por sucesos premonitorios y fantásticos, la novela encarna una suerte de epopeya posmoderna del realismo mágico americano. Por momentos, cede a la neurosis del espacio que entiende la condición latinoamericana como una totalidad portadora de atributos inexplicables. Sin embargo, toda vez que la exigencia de valores pone en evidencia las carencias de la realidad, lo importante viene a ser la fuerza de una imagen, su capacidad para decidir un verdadero desvío creador. Porque de lo que se trata en definitiva es de la experiencia de la enunciación, no de la experiencia vivencial. De modo que su misión declarada ha sido la de escribir sobre la tradición, pero alejado del costumbrismo, poner a dialogar contenidos antiguos con formatos posmodernos.
Como fundamento implícito de la estructura de su novela, se actualiza ese entrecruzamiento crítico entre la verdad y la falsedad, entre realidad y mito, esa tensión íntima y decisiva capaz de decidir un estilo. No interesa, para Lechuga, aquello que realmente ocurrió en el pasado, sino lo que pudo haber ocurrido, lo que ha quedado impreso en el imaginario popular, aquello que decide la cifra de una identidad. La novela se articula para salvar la memoria, precisamente cuando la memoria viene a ser lo mismo que la posteridad.
Se trata de obtener de un determinado contexto una esencia, un mito capaz de poner en evidencia la función poética y cognoscitiva, la capacidad de resaltar, con una claridad de laboratorio, un experimento del mundo. Y esa noción de lo experimental pasa en primer lugar por el estilo, por la hechura literaria. La seducción del sistema de imágenes de Anoche me soñé muerta participa del afán de encontrar, desde una conciencia colectiva, una expresión suya, original, una expresión fragmentada que contorsiona la sintaxis, que quiebra la frase o se rebela contra la convención de separar la palabra con espacios, por ejemplo, una expresión acoplada a las modulaciones de la poesía con el objetivo tácito de convertirse en un canon de sí misma. Lo que importa es la función poética, ese trabajo detenido sobre el lenguaje; solo que Lechuga, además, busca algo así como un efecto desestabilizador que se cuestiona por momentos la pertinencia de la narración, para experimentar con las bondades de la tradición oral.
En una reciente entrevista Edson Lehuga afirmó: “El arte es el encargado de pensar la realidad. Todas las disciplinas artísticas tienen la función de pensar la realidad y después cuestionarla. Si no pensamos la realidad, el hombre no sería lo que es, seríamos una horda de tecnócratas robotizados. Cuestionar la realidad quiere decir cuestionarlo todo, pensar la realidad quiere decir pensarlo todo; entonces, la literatura debe cuestionar las tradiciones, las religiones, las instituciones, las teorías, para dejar en el lector un sedimento de duda, para que resulte en un pensamiento más agudo y crítico, en una conciencia social más transparente, más despierta”. Queden sus palabras como invitación a la lectura de esta novela en la que conviven vírgenes cristianas y sacrificios aztecas en un espacio donde la única salida que es dada a sus personajes es la fuga de la realidad, una realidad donde deambulan hombres convertidos en cuervos, santos llorones y estatuas asesinas. Ahora los lectores tienen la palabra.

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