julio 14, 2015

Pájaros en la cabeza

Sobre "Anoche me soñé muerta" de Edson lechuga

Por: Menahén Guadarrama

Hace algunos años, el escritor estadounidense Ray Bradbury paseaba con un amigo durante la noche por las calles de Los Ángeles, cuando una patrulla se les acercó y los detuvo por un momento; del auto bajó un policía y les preguntó qué es lo que estaban haciendo.
Ray Bradbury le explicó que sólo caminaban y conversaban, a lo que el oficial incrédulo insistió en interrogarlos, hasta que el escritor le demostró algo que era  a simple vista evidente, que si hubieran estado asaltando o robando se moverían en coche y no a pie o estarían corriendo, no conforme con la explicación, el policía le sentenció para terminar la discusión: está bien, pero no lo vuelvan a hacer.
Gracias a esta anécdota Ray Bradbury escribió un cuento llamado El peatón, una historia donde está prohibido caminar y a los peatones se les trata como criminales. Al pasar el tiempo, esta historia fue transformándose hasta que se convirtió en la trama principal de su gran novela Fahrenheit 451, en ella narra un tiempo futuro en el cual están prohibidos los libros y los lectores son tratados como criminales. En ese tiempo futuro de Fahrenheit 451, como muchos de ustedes saben, existe un cuerpo de bomberos que no apaga incendios, al contrario, generan los incendios al quemar todos los libros que se crucen en su camino, de ahí que Ray Bradbury escogiera el título de Fahrenheit 451: la temperatura exacta en la que el papel de los libros se inflama y arde, es una temperatura equivalente a los 232.8 grados centígrados.

Pero ¿qué tiene que ver esta historia con la novela de Anoche me soñé muerta?, se estarán preguntando, al parecer nada, sin embargo, al leer la más reciente novela de Edson Lechuga me hizo recordar la anécdota y el título de la novela de Ray Bradbury porque me  ocurrió lo que sucede cuando uno lee una gran historia bien escrita: cuestionarme y cuestionarla.
Anoche me soñé muerta me hizo preguntarme por qué tenía tanto calor mientras la leía, y me hizo cuestionarme durante la mayor parte de la novela lo siguiente: cuál es la temperatura exacta para que hayan llovido pájaros en Pahuatlán; cuál es la temperatura exacta para que hayan llovido pájaros en mi cabeza.

Avanzaba en la lectura, y a pesar de la lluvia de agua de las pasadas noches aquí en la Ciudad de México, sentía el calor sofocante que azotaba en las páginas de la novela, y tenía la esperanza que de pronto, al asomarme al patio de mi casa, aparecería Bulmaro y transformaría en cuervos el agua que caía y los vería volar, por desgracia, Bulmaro nunca apareció.

Al no encontrar respuestas ante mis interrogantes, entendí que Anoche me soñé muerta no se miden en grados Fahrenheit o en grados centígrados, su temperatura es diferente, se siente, se padece, se huele, se disfruta, se lee y se mide en personajes fabulosos que representan más de un significado en la historia que les tocó vivir, en personajes entrañables que hacen que el mundo se reduzca a un pueblo tan real como su propia ficción. Esta novela se mide en terrenos literarios donde el autor se la juega en su lugar de origen, pero con un destino incierto, sin dejarse llevar por las modas literarias donde impera más la globalización que una buena trama.
Así como en la novela la sequía se mide en agua, la lluvia en pájaros y el amor en sacrificios, Anoche me soñé muerta también se mide en el riesgo de re invención que asume Edson Lechuga como autor, al utilizar un estilo diferente al de sus obras anteriores, un estilo tan depurado como si hubiera escrito con una hoz en la mano para dejar fuera la maleza del regodeo literario, de la palabrería fácil,  logrando un estilo conciso en su forma, pero hondo en su contenido, tan hondo, que si uno lee la novela en voz alta se escucha su propio eco.

Anoche me soñé muerta hace arder algunos de los huecos que existen en el papel, entre algunas de las palabras, esos huecos que Edson Lechuga eligió tapar con puntos, como si fueran piedras candentes, y así lograr otra vez su propio guiño literario, su propio camino de tierra y piedras en la literatura mexicana, donde cada vez abunda más el coctel, la banqueta y el concreto, donde por desgracia, la sequía no es de la tierra,  es de las buenas ideas.

Fulminante en significados, símbolos, y ceremonias, tengan cuidado cuando la lean, porque esta novela transforma a hombres en cuervos, a mujeres en vírgenes, a santos de madera en asesinos, a la muerte en perros, a pájaros en lluvia y a sus lectores en muertos de sed, por eso también se mide en los vasos de agua que te tomas mientras la lees, en las veces que te llega el olor a agua bendita mientras te encuentras sentado en la calle leyendo, y en las ocasiones que te sacudes la ropa pensando en la polvareda de una sequía interminable.

Y así como el abandono se mide en ausencias, Edson Lechuga nos muestra de a poco su inagotable tema del que nos ha hablado en cada uno de sus libros, el tema de la migración que a su vez, es su propia ausencia. Sin embargo, me llama la atención que en esta oportunidad decidió no tener piedad con ninguno de sus personajes, ni con su pueblo en donde está su ombligo y al que quiere tanto. En esta ocasión decidió tratarlos como criminales y castigarlos como se castiga a quien se extraña, a quien no aparece por más que se le llame, por más que se la dediquen sacrificios, y mejor decidió condenarlos a una disyuntiva donde la solución puede ser peor que el problema, una disyuntiva que él mismo tuvo que sortear más de una vez y sospecho, que por eso se venga de sus personajes y su pueblo, esa disyuntiva en la que tarde o temprano todos caemos: te quedas o te vas. Y es así que en Anoche me soñé muerta los que se quedan tal vez mueran de sed, y los que se van, tal vez mueran de ausencia, de no pertenecer, de dejar de ser tierra, campo, sembradío.

Terminé de leer Anoche me soñé muerta sin saber con exactitud cuántos grados se necesitan para que lluevan pájaros en Pahuatlán, pero también terminé de leerla con la certeza de que a pesar del calor, la disfrute a 451 grados Fahrenheit, y a su equivalente en grados Celsius, 232.8 grados centígrados y por fortuna, no tuve quemaduras de ningún grado, pero les aseguro que morí de sed más de una vez mientras llovían pájaros en mi cabeza.


DF. Mayo 2015.

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