junio 21, 2013

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Edson Lechuga recorda el Terratrèmol del 85

ENTREVISTA A L'AUTOR DE LUZ DE LUCIÉRNAGAS


L'escriptor Edson Lechuga viu actualment a Barcelona i ha publicat fa poc el seu darrer llibre, Luz de Luciérnagas, on experimenta amb la ficció al voltant del sisme del setembre de 1985 a Mèxic. Li hem fet una petita entrevista per a que ens expliqui els seus records i sensacions.

El día del terremoto tenías 15 años ¿qué recuerdos tienes, y qué se plasma en la obra de ello?
Pese a que tenía sólo 15 años y pese a que no estaba en DF los recuerdos que guardo de terremoto son tan nítidos como los de la semana pasada. Creo, es más, que muchos mexicanos hemos mantenido el recuerdo de la tragedia a flor de piel. Y supongo que lo hemos mantenido así por falta de duelo, por ausencia de funeral. El terremoto del 85 es una desgracia sin luto. Un cuerpo que no aparece nunca y al que no se le puede velar. Luz de luciérnagas intenta plasmar esta sensación, este estado de ánimo. No sólo el hecho, plano, anecdótico, sino la forma en que este acontecimiento se fue enraizando en el inconciente colectivo dejando cicatrices imborrables.

No hay literatura de este acontecimiento. Quizás aún es traumático hablar del sismo.
Ciertamente pocos textos existen sobre el tema. Al menos pocos de ficción, pocas o ninguna novela. No así crónicas o ensayos. Poniatowska, Monsiváis o recientemente Ignacio Padilla han abordado el tema desde un punto de vista ensayístico.  Supongo que narrativa no se ha hecho debido a que fue un acontecimiento muy traumático y donde los culpables no tuvieron rostro, al menos al principio. Quiero decir que la devastación fue provocada por un fenómeno natural y no humano, por lo tanto inevitable, ineludible, inexorable. O al menos de esa manera el individuo se lo explica. Un huracán, un tsunami, una erupción volcánica caen en el pensamiento colectivo como símbolos del destino. Y ante el destino no hay nada qué hacer. No hay injusticia. No hay causa. Las causas tuvieron que venir posteriormente, ante la ineficacia del gobierno, ante su ineptitud. Sin embargo estas causas no fueron capaces de paliar nuestro duelo, tan es así que hoy por hoy hablar del terremoto provoca silencios hondos, y, me consta, algunas lágrimas.

¿Venir a Barcelona fue una vía de escape? Y si lo fue, ¿de qué escapabas?
Primero me gustaría aclarar que yo no soy Germán Canseco, el personaje de mi novela. Si bien es cierto que existen muchas coincidencias [los pueblos, barrios y ciudades donde hemos vivido, ciertas concepciones estéticas y éticas, la ruta de nuestras vidas], hay varios puntos también en los que somos más bien antagónicos [nuestra cosmovisión, la manera de relacionarnos con los demás, la forma de llevar la amistad, el amor, la duda, pero sobre todo el pasado y la ruptura de este], por lo tanto Germán Canseco huyó del DF por ciertas causas y yo, Edson Lechuga, por otras completamente diferentes. Las de Canseco son sus muertos, o más bien su muerta. Las mías, la intención de desarrollar, de continuar mi formación como escritor. En México el nepotismo ha creado un cuello de botella por el que es casi imposible colarse. Las élites intelectuales y pseudo-intelectuales se cierran en sí mismas, se solapan, se mantiene unas a otras, unos a otros. Yo quería, necesitaba continuar con mi formación, con mi búsqueda. Por eso vine. De eso huía. «¿A qué vas a Barcelona?», recuerdo que me preguntó mi novia de entonces. Sin dudar, sin pensar respondí: «A escribir novelas».

En México DF muchos tenemos la sensación que estamos en una ciudad en permanente derrumbe. El hundimiento, las hendiduras, la fragilidad. Lo inestable. Metáfora también de un espacio social y político. ¿Qué es para ti México DF?
Un nido de gatos. Una luz. Un sitio sin sentido. Un imán. Mi razón de ser. Mi ombligo. Un conflicto entre el monte y el asfalto. La ciudad más hermosa del mundo y la más hija de puta. México es una contradicción: por un lado es un espacio de dolor, de constante dolor, de soborno, de deudas, de corrupción, de vicio, de impunidad, de abuso, de injusticia, de mal gobierno, de nepotismos, de racismo, de machismo, de clasismo; y por la otra, es un lugar de sol, de luminosidad, de manos tendidas, de canciones rancheras, de sonrisas, de colectividad, de fraternidad, de comida caliente, de mujeres fuertes, dignas. México es un lugar al que no se puede renunciar. Jamás.

¿Está teniendo buena acogida el libro? ¿Aquí? ¿En México?
Afortunadamente Luz de luciérnagas está pasando de ser un ejercicio individual, es decir, del autor, a convertirse en una experiencia colectiva, es decir de los lectores. Me refiero a que la acogida tanto aquí como allá ha sido extraordinaria y sorprendente. Decenas de personas se han sumado a este ejercicio llamado Luz de luciérnagas y lo han llevado, traído, hablado de él, analizado, recomendado, regalado sin una razón aparente más que la obra misma. He recibido muchos e-mails de personas desconocidas [en la solapa del libro aparece mi dirección] dándome sus opiniones, felicitando y/o agradeciendo. Todos, sin excepción son respondidos.

Háblanos de tu vida en Barcelona. Te sientes después de ocho años un catalán más?
Debo decir que España, y Cataluña en particular, y Barcelona en particular, ha sido un espacio muy importante en mi formación profesional y en mi construcción como individuo. La realidad que me rodea aquí poco o nada tiene que ver con la de allá, en todos los sentidos y en todos los niveles. Sin embargo, sigo teniendo la sensación de ser ajeno, pese a que me nuevo en esta ciudad como en mi casa, pese a que aquí tengo grandes amistades, relaciones, trabajo, vida social, pese a que aquí está mi agente literario, mi editor, pese a que he participado en grandes proyectos de esta ciudad, para esta ciudad, sigo teniendo la sensación de ser ajeno. Y no me refiero a estar de paso, no me refiero a vivir de una manera pasajera, sino a una emoción, a una anomalía que nada tiene que ver ni con la integración ni con la extranjería. No se trata de las diferencias culturales, ni lo hábitos, ni las formas. En ese sentido soy uno más. De lo que hablo es de un estremecimiento, una sensación de ajenidad. Afortunadamente esta sensación no ha sido capaz de hacerme ir. Sólo, y en momentos muy determinados, provoca que me sienta sesgado. De cualquier manera Barcelona es una ciudad de la no me quiero ir. La quiero, sin ruido, sin escombros, nítidamente.

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