por las nostalgias compartidas.
Para la mujer que me enseñó a bailar.
Cuando don José Alfredo Sarquís percibió que estaba perdiendo el oído no lloró ni se lo dijo a nadie; ni siquiera a doña Consuelo Zendrera, su mujer, ni a Néstor, su mejor amigo, ni a Daverio Miasnikoff sino que, por el contrario, continuó tocando el clarinete en la Orquesta Filarmónica Nacional de la Ciudad de México como desde hacía ya cuarenta y cinco años, porque el clarinete no sólo era su devoción, sino su vida misma.
Don José Alfredo Sarquís era un hombre más bien solitario que tenía un andar parsimonioso y una despacés al hablar que a veces terminaba por desesperar a sus interlocutores. «Habla más aprisa, Fredo», le había dicho su mujer miles de veces, «¿No te das cuenta que aburres a la gente?»; a lo que don José Alfredo respondía igual de quedo que siempre: «Si la gente no tiene tiempo ni siquiera para escuchar, entonces es gente que no merece la pena», y cruzaba los brazos desnudos, porque siempre llevaba las mangas de la camisa remangadas para dejar libres las manos y los dedos, que cada noche masajeaba una hora y media exactamente.
Casado por lo civil con doña Consuelo Zendrera de Sarquís, fiel hasta el tuétano, negado al consuelo de las lágrimas y sin más hijos que un clarinete en si bemol, de ébano, traído de Alemania a principios del siglo diecinueve, don José Alfredo Sarquís había dedicado sesenta y nueve de sus setenta y ocho años de vida a tocar el clarinete, pues cuando tenía nueve años cumplidos comenzó su relación indestructible con aquel instrumento de aliento.
Fue la noche de un invierno triste en el Distrito Federal cuando su padre, don Rogelio Sarquís, lo llevó al Zócalo Capitalino a escuchar a la Sinfónica de Luxemburgo interpretando el Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach. En esos tiempos José Alfredo Sarquís era un niño al que apenas interesaban las cosas del mundo; con trabajos asistía a la escuela y las tardes duraban una eternidad mientras su madre intentaba ayudarle en sus tareas escolares. Aparentemente, lo único que le interesaba era el aire, las ráfagas de viento que en febrero se subían a la azotea y levantaban las sábanas blancas recién lavadas, o el viento que arrancaba las hojas de los árboles y las mantenía flotando ingrávidas con sus manos invisibles. Pocas cosas le interesaban más, podía pasarse horas y horas en la azotea viendo cómo los aviones atravesaban el cielo dejando una estela etérea, sostenidos por los brazos incorpóreos del viento.
Al llegar al Zócalo Capitalino ocuparon su lugar en la primera fila de las butacas plegables que se extendían de un lado a otro de la explanada. Era una noche fría y abierta, con la luna rutilante descaradamente puesta en lo alto del cielo. Y cuando los músicos estuvieron en sus puestos y el director izó la batuta y comenzaron a emerger las primeras notas musicales de los instrumentos de aliento, José Alfredo Sarquís sintió por vez primera la caricia más extraordinaria que jamás había sentido; abrió los ojos creyendo que su corazón también se abría conforme la pieza iba tocando suavemente sus oídos, pero se estremeció aún más hondamente cuando entendió que ese sonido no era otra cosa más que viento. El mismo viento que levanta sábanas en la azotea, el mismo viento que deshoja los árboles. Desde entonces no tuvo nada más en la mente y en el pecho que la idea impertinente de poder, como esos hombres, convertir el viento en música.
A los pocos meses lo expulsaron de la escuela porque se pasaba las clases con la mirada perdida en la ventana reproduciendo perennemente dentro de su cabeza aquel sonido que le daba cuerpo al viento. Y cuando su padre lo interrogó iracundo con el cinturón en la mano decidido a meterlo en el aro, a él no se le vinieron encima las lágrimas, sino la idea de hacerse etéreo y salir volando por encima del mundo. Cerró los ojos e intentó con todas sus fuerzas desvanecerse, hacerse invisible y salir convertido en una ráfaga de viento, sin embargo un cinturonazo de su padre le devolvió a la tierra.
—No te entiendo —se disculpó don Rogelio Sarquís arrepentido y con la voz llena de impotencia—. ¿Qué es lo que quieres, José Alfredo?
Entonces él sintió cómo las palabras se le caían de la boca empujadas desde el centro su pecho:
—Un clarinete —dijo con voz pequeñita.
—¡¿Qué?! —preguntó su padre, un poco porque no entendió, y otro porque la respuesta le resultó insólita.
—Un clarinete —repitió, ahora más claro.
Su padre reprimió una sonrisa de satisfacción y de orgullo, giró sobre sí mismo y abandonó la sala donde se encontraban, con un gesto contradictorio en la cara.
Para las siguientes navidades, José Alfredo Sarquís recibió con los ojos desorbitados de júbilo aquel instrumento que lo acompañó toda la vida. Venía en una caja envuelta en papel navideño y con una tarjeta donde se leía:
Para el mejor clarinetista del mundo.
Rompió el papel con desesperación y se encontró la caja negra forrada en piel y con herrajes plateados al frente. No dudó ni un segundo en abrir los herrajes y contemplar aquel instrumento partido en tres y acomodado gentilmente sobre el empaque de terciopelo rojo.
A partir de entonces se le vino encima otra afición, la de pasarse horas enteras subido en la azotea, pero ahora no sólo mirando las sábanas y los aviones allá puestos en el cielo, sino intentando sacarle alguna nota melodiosa a aquel instrumento. Así llegó a sus años adolescentes, sin instrucción profesional sobre el clarinete pero con un dominio de él que, cuando alguien lo escuchaba tocando, hacía que se sintiera irremisiblemente colmado de nostalgia; así cursó los seis años de conservatorio; así se especializó otros cuatro años más en el instrumento; y así fue cómo Consuelo Zendrera, en sus años de soltera, se enamoró ciegamente de él. De eso hacía ya casi cincuenta y dos años. Don José Alfredo Sarquís lo recordaba perfectamente. Fue el veintidós de julio, en plena época de lluvias. Consuelo Zendrera atendía un modesto tenderete de flores en el Parque de los Venados y, aquella tarde fría, después de un aguacero diluviano, escuchó, arrinconada en su puesto, las notas tristísimas del clarinete. El sonido se le enredó en el alma sometiéndola a seguir el aroma de las notas que se extendían en el ambiente como si se tratara de humo. Abandonó el puesto de flores, caminó entre los prados solitarios sin percatarse del ramo de claveles blancos que llevaba en la mano y, en una banca del fondo, entre la soledad que dejaba la lluvia tras de sí, encontró a José Alfredo Sarquís cerrando los ojos, envuelto en la bruma de la tarde y en una paz de monje, unido al clarinete en un beso perpetuo y acariciando con los dedos las claves de su instrumento. Atrapada por la nostalgia, por la fragilidad de la escena y por las notas, Consuelo Zendrera no pudo evitar sentarse a penas en la banca contigua y escuchar con un silencio solemne la pieza que aquel hombre interpretaba: Sonata número 13 para clarinete, de Johannes Brahms. La pieza por momentos caía en un remanso sutil y plácido, después subía el tono acariciando las copas de los álamos. Fue ahí cuando los árboles comenzaron a dejar caer sus hojas acompañando la melodía y un viento suave las mantuvo ingrávidas en el aire, jugueteando taciturnas, extraordinariamente etéreas. Consuelo Zendrera no supo en qué momento comenzó a deshojar los claveles blancos, soltando los pétalos al mismo viento que los recogía y los ponía a bailar igual de ingrávidos que las hojas. El parque se llenó entonces de una nube tersa de pétalos blancos, hojas secas y notas musicales que giraba pausada, luminosa, fantástica. «Así que esto es el cielo», pensó Consuelo Zendrera, y sin resistencia se dejó ir en la nube.
Nueve semanas más tarde se casaron sin ceremonia religiosa, les bastó un almuerzo en Tres Marías acompañados solamente por los familiares más cercanos y por Néstor, el eterno compañero y colega de oficio de don José Alfredo, con quien arreglaba el mundo todos los martes y jueves en el café Le Boheme ubicado en la calle Orizaba de la colonia Roma. Le Boheme era un cafecito con paredes de madera y luz tenue, atendido por Daverio Miasnikoff, un muchacho alto y blanco como la nieve, de gesto adusto y mirada recelosa herencia de sus abuelos rusos que habían llegado a México por esos azares inexplicables y a quien don José Alfredo intentaba persuadir para que se iniciara en las artes del clarinete. «En la tierra de tus abuelos este instrumento es muy importante», le decía. «Deberías interesarte un poco por su historia». En realidad don José Alfredo Sarquís veía al muchacho como el hijo que nunca tuvo y eso no era secreto para nadie; ni para Néstor, ni para doña Consuelo, ni para Daverio, ni para él mismo. Muchas veces, sentado en Le Boheme esperando a que llegara Néstor, don José Alfredo le había confesado:
—El destino se equivocó con nosotros, muchacho, tú debiste ser mi hijo y yo debí ser tu padre.
A lo que Daverio Miasnikoff respondía cambiando el gesto adusto por una sonrisa mientras le preparaba el eterno expreso doble, sin azúcar, servido en un pequeño vasito de cerámica poblana y sin cucharilla ni plato. Pero el muchacho estaba más interesado en asuntos del teatro y la fotografía que en asuntos de música. Sin embargo, jamás se negó a asistir a sus conciertos, y no sólo por complacer a don José Alfredo, sino porque igual que los pocos que lo conocían, disfrutaba empapado de la nostalgia que salía del clarinete cuando don José Alfredo Sarquís tocaba.
La noche de bodas había sido antes que la boda, lo mismo que la luna de miel; y todo porque los dos viejos, en aquel tiempo de jóvenes enamorados, no esperaron la bendición de nadie para comerse a besos en los hotelitos destartalados de la colonia Narvarte. La primera vez que José Alfredo Sarquís tuvo en la intimidad a su novia, sintió como si la tierra temblara en el momento en que ella se desnudó delante de él y sin pudor se dejó ver entera. José Alfredo clavó los ojos en aquel cuerpo firme y moreno que charoleaba destellos de luz a la altura de los pechos abundantes y hermosos.
—Tú también eres de ébano —dijo antes de acercarse y bañarla a caricias trémulas de sus dedos.
Siete años después de casado ingresó en la Orquesta Filarmónica Nacional de la Ciudad de México, cuando ya tenía treinta y tres años cumplidos, y desde entonces había convertido su oficio en algo místico, religioso.
Sus años de casado fueron buenos, limpios y sin lágrimas, recogidos en costumbres llanas y poco ambiciosas. Le bastaban los bailes del primer viernes de cada mes en el salón Riviera, donde asistía vestido de fiesta y con su mujer perfumada sujetándose de su brazo. Cuando se conocieron ella no sabía bailar, pero él, con un amor tan cierto como la certeza que da la sangre, la tomó entre sus brazos una noche en el salón, le puso la mano suave alrededor de su cintura y le dio las primeras clases de baile susurrándole dulcemente al oído:
—Uno, dos, izquierda, te amo. Uno, dos, derecha, te amo.
También le bastaban las tardes de martes y jueves con Néstor en Le Boheme y las charlas parsimoniosas con Daverio Miasnikoff. Pero sobre todo le bastaban su clarinete y su mujer. Una ocasión el mismo Daverio, intrigado por la sencillez del viejo y por esa nostalgia con la que miraba las copas de los árboles, se acercó a él y en un tono cómplice, como esperando ser aliado de un secreto inquebrantable o de una verdad profunda, le preguntó:
—¿Qué es lo que quiere usted de la vida, don Fredo?
Don José Alfredo Sarquís no quitó la mirada de las hojas, solamente parpadeó tranquilo y recostó las palabras casi como un suspiro:
—Lo único que quiero, muchacho, es llegar a casa y que me esté esperando mi mujer.
Su pérdida auditiva no fue súbita sino más bien paulatina, cadenciosa, como si su invalidez tuviera también un ritmo. Comenzó confundiendo las palabras, distorsionando las oraciones, contestando unas cosas por otras, yendo a abrir la puerta cuando sonaba el teléfono y viceversa. Entonces doña Cosuelo Zendrera tuvo que encargarse de casi todas sus necesidades, contestaba el teléfono, anotaba las citas para sus próximos conciertos, atendía la puerta cuando alguien llamaba e incluso lo ponía al tanto de los acontecimientos mundiales que se escuchaban por la radio, hasta que llegaron a compenetrarse en una simbiosis tal, que casi lograron comunicarse sin palabras. Le bastaba mirar a don José Alfredo de una forma fría para que éste entendiera que se estaba equivocando, o verlo profundamente para hacerle sentir un «Te Amo», o rasguñarlo con el rabillo del ojo comunicándole que era la hora de irse a la cama. También era la encargada de arreglarle el smoking antes de cada concierto y de dejar sobre la mesa del comedor el atril y la partitura de la pieza que tocaba interpretar.
Debido a la pérdida de su oído don José Alfredo fue apaciguando más la voz, temía que al no controlar los decibelios sus palabras sonaran escandalosas como de viejo sordo y que entonces todo el mundo notara su imperiosa sordera. Pero lo atormentaba aún más la posibilidad de que el director de la Filarmónica se percatara del hecho y, sin remedio, le dejara fuera de la orquesta, condenándolo por siempre al sinsentido de no tocar para otros. Así que, en un sumiso intento de disimular su sordera, fue transformándose en un hombre más introvertido, más tímido, más receloso de articular palabra alguna. Y concentró sus relaciones en Néstor y en Daverio Miasnikoff, quienes fingían no enterarse de su deficiencia hasta que terminaron comunicándose con él en penosos monosílabos.
En esos tiempos, don José Alfredo Sarquís se fue sumiendo poco a poco en la misma mudez de cuando niño y otra vez buscó refugio en el silencio del viento. No dejó sin embargo la Filarmónica, le resultaba impensable vivir fuera del volátil ámbito de la Orquesta; y mucho menos dejó el clarinete, porque el golpe de sus alientos dentro del clarinete le seguía llegando a la cabeza y podía reproducir perfectamente las melodías que tocaba. Sentía las notas nítidas, claras, perfectas, debido a que conocía concienzudamente la presión que hacía su aliento al entrar en la boquilla del instrumento. Casi podía ver cómo el viento se deslizaba sobre la caña, cómo inundaba el cuerpo de ébano retumbando leve por dentro, cómo iniciaba la alquimia que lo trasmutaba en notas que a continuación borboteaban por la campana del clarinete e inundaban el otro aire de afuera. «Aire que inunda el aire», pensaba.
A últimas fechas, él y doña Consuelo Zendrera seguían yendo a bailar el primer viernes de cada mes al salón Riviera, pero ahora era ella la que con los ojos pedía que mirara su boca y le decía exagerando el movimiento de los labios: «Es un bolero», o bien, «Es un danzón», o si no, «Es un chachachá», y don José Alfredo Sarquís comenzaba a reproducir dentro de su cabeza las notas para después poder mover los pies al ritmo de bolero, o de chachachá, o de danzón, según fuera el caso; y doña Consuelo Zendrera se dejaba en sus brazos susurrándole dulcemente al oído: «Uno, dos, izquierda, te amo. Uno, dos, derecha, te amo», tratando de ayudarlo a pesar de saber que don José Alfredo Sarquís ya no podía escucharla.
Cuando descubrió que no le quedaba casi nada de oído fue un jueves a media tarde. Ensimismado por la estela de un avión que partía el cielo de la ciudad de México, cruzó sin precaución la calle de Orizaba rumbo a Le Boheme y lo siguiente que vio fue el coche que se había estrellado en una palmera del camellón por evitar atropellarlo. No había escuchado nada, ni el estridente claxonazo, ni el rechinido de las llantas, ni el rugido del golpazo del coche contra la palmera. Se sintió aislado, clausurado y solo, como si nadie más estuviera en el mundo. No tuvo fuerzas para disculparse, lo único que pudo hacer fue volver de prisa a su casa y meterse en los brazos de su esposa buscando consuelo. No lloró, no lo había hecho nunca, solamente al cabo de un rato tomó el clarinete, sacó una silla al balconcito y se perdió intuyendo las notas de la Sonata número 13.
Pero la perdición de don José Alfredo Sarquís llegó dos semanas antes de su último concierto, el día en que su mujer cayó en cama atacada por una gripe empedernida que amenazaba con pulmonía cuata. Entonces él tuvo que hacerse cargo de la casa, de su mujer y de él mismo. El problema fue que don José Alfredo Sarquís era un hombre de aire y no de cuerpo, de aliento y no de manos. Se descubrió quemando torpemente la olla de los frijoles, destiñendo las prendas en la lavadora, amontonando los trastes medio lavados sobre la mesita de la cocina porque no conocía su sitio, trayendo y llevando con la escoba la basura de la sala a la recámara, de la recámara al comedor… Hasta que su casa se fue convirtiendo en poco tiempo en la casa de un viejo solo, a pesar de las instrucciones gesticulares que desde la cama y entre tosidos e infusiones le daba doña Consuelo Zendrera. Pero don José Alfredo Sarquís tampoco se permitió derramar ni una sola lágrima, simplemente se arrinconaba en las noches al pecho enfermo de su mujer y cerraba los ojos perdiendo todo contacto con el mundo.
La gripe de doña Consuelo comenzó un viernes y, dos semanas más tarde, con la casa empolvada y olorosa a rancio, don José Alfredo Sarquís tuvo que preparar por primera vez en su vida su atuendo de conciertos. Se percató de que no había llevado a la tintorería el smoking, no tenía camisas limpias, sus zapatos no estaban boleados y no encontró por ningún lugar la pajarita guinda del cuello. Pero una sorpresa le rescató de aquella miseria. Cuando fue a verificar la pieza que interpretaría la Orquesta, con una alegría de niño en sábado leyó en el tríptico que anunciaba el concierto:
Orquesta Filarmónica Nacional de la Ciudad de México.
Sonata número 13 para clarinete, de Johannes Brahms.
Gratamente sorprendido soltó el tríptico sin leer la fecha, y sin enterarse de su gravísima equivocación. Emocionado, le echó valor al asunto y se puso la camisa menos sucia, se calzó los zapatos opacos, se echó encima el smoking y disimuló la pajarita con una corbata color vino, tomó el atril y la partitura sabiendo que no iba a usarla, fue a la recámara de su esposa y besó sus labio resecos.
—Voy a tocar para ti.
Doña Consuelo lo miró así, mal vestido, oloroso a añejo, cansado y sordo; le pasó la mano avejentada por el pelo sintiendo una ternura de madre y no pudo evitar una lágrima cuando pensó: «No va a poder vivir sin mí.»
Don José Alfredo Sarquís llegó a la sala del Palacio de Bellas Artes con treinta minutos de anticipación, saludó con un leve movimiento de cabeza a sus compañeros y dio un apretón de manos a Néstor.
—¿Todo bien? —dijo don José Alfredo parcamente.
—Sí —dijo Néstor.
Fue tras bambalinas a desenfundar su instrumento, donde otros músicos afinaban y retocaban cuerdas o limpiaban trombones. Cuando llegó el momento ocupó su lugar justo al lado de su amigo Néstor. Las cortinas se abrieron y, en primera fila, pudo distinguir la cara de Daverio Miasnikoff que lo miraba sonriente. El director golpeó tres veces su atril, levantó la batuta y entonces don José Alfredo Sarquís cerró los ojos y, aislado del mundo, se dejó llevar por su aliento entrando al clarinete; se dejó llevar por los golpecillos de su lengua sobre la caña; se dejó llevar por la música que escuchaba nítidamente en su cabeza; se dejó llevar por la Sonata número 13; se dejó llevar por Brahms; se dejó llevar por la imagen de su esposa postrada en su cama de enferma; se dejó llevar por la imagen de las sábanas ondeando en la azotea; se dejó llevar por el viento; se dejó llevar, se dejó llevar… Afuera, los músicos habían iniciado otra pieza y, al notar el desajuste, algunos se incomodaron, volviendo sus miradas unos a otros. Cuando el director notó las notas equívocas sintió vergüenza, pero la tristísima melodía que interpretaba don José Alfredo detuvo su vergüenza convirtiéndola en piedad. A medida que la pieza avanzaba los otros músicos fueron suspendiendo sus intervenciones, los trombones se detuvieron, los violines bajaron sus brazos enternecidos, las violas callaron su sonido de cuerdas. Todos miraban atónitos a ese hombre que dejaba su alma a cada soplido, hasta que sólo se escuchó la melancolía del clarinete de don José Alfredo Sarquís y fue como si la sala se llenara de aquella nube de pétalos blancos, hojas secas y notas musicales que giraba, pausada, luminosa, fantástica. Todo el mundo permaneció en silencio, era imposible hacer otra cosa. Imposible. El público permaneció atónito ante aquella nube de pétalos blancos, sintiéndose parte de esa melancolía que tocaba con sus dedos de humo el corazón de la gente. Así, la melodía fue y vino de las nubes a los hombres, hasta que don José Alfredo Sarquís entregó el último soplido a su instrumento y, pesadamente, abrió los ojos. Entonces lo notó. Notó que todo el mundo lo miraba, que el director no tenía la postura de director, que los violines y las violas estaba descansando en el suelo y no en brazos de sus ejecutantes. Sintió un puño apretándole el corazón, echó un vistazo furtivo a la partitura de Néstor y descubrió la otra pieza…
Supo entonces que todos lo sabían. Miró a Néstor con unas ganas de llorar tan grandes como nunca en su vida había sentido:
—¿Por qué no me avisaste? —susurró.
Pero por respuesta sólo recibió la mirada acuosa de su amigo.
Don José Alfredo Sarquís no tuvo ni valor ni temple para quedarse a hacer nada. Lo más que pudo hacer, torpemente, fue tomar sus partituras del atril, ponerse de pie trémulo y salir apretando el clarinete a su pecho, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que las lágrimas no se le escurrieran por las mejillas.
3 comentarios:
gracias perroné. no dejes de escrivir por favor.
Que buen cuento..un beso
Buen relato como nos tienes acostumbrados carnal, yo siempre he creido (bueno desde que te conozco) que tienes plumas en vez de dedos, un abrazo, donde andas?
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